Día Uno después de Femen. Los artículos, reportajes y columnas sobre la exhibición de pechos han soterrado cualquier hipotética reflexión en torno a la reforma de la ley del aborto. Son las servidumbres de la sociedad del espectáculo. Mostrar los senos en el Congreso debería servir para reivindicar el derecho a la lactancia en lugares públicos, mientras que el combate en favor de la libre interrupción del embarazo exigiría sacrificar en el altar de los móviles con dispositivo fotográfico otras partes del cuerpo, considerado éste como arma de combate, quién sabe si campo de batalla, que dicen las activistas. A su pesar, Femen necesita a los medios de comunicación de masas que tanto denostan como los pulmones el oxígeno. Sin ellos, son tan sólo unas bañistas descontextualizadas. Es lo que tiene la sociedad del espectáculo. Sus formas de vender protesta beben mucho más de los vídeos de Rihanna y la artista antes conocida como Miley Cyrus que de las performances de Marina Abramovic. También en este caso, las tetas no dejan escuchar la música que, al fin y al cabo, acaba siendo lo de menos. No hay como desnudarse para ocultar algo, ni mejor disfraz que la propia piel. En este punto, véase la expresión de comisario artístico del presidente de la Cámara Baja. Otra vez la sociedad del espectáculo. En cuanto al comentado lema “aborto es sagrado”, la supresión del artículo degrada lo que podría haber sido una demostración de ‘body art’ a la categoría de canción de los Indios Tabajara. En cualquier caso, no faltará quien agradezca la elipsis en un país cuyos adultos tienen dificultades para comprender los textos largos. Una de las ‘femen’ ya tiene nombre y apellidos. Anuncia que esto es sólo el principio y ya sabemos que todo lo que empieza termina en la televisión. Sólo pido que no se empareje con un futbolista -comparten la tendencia a quitarse la camiseta con cualquier excusa, pese a la sanciones-, para evitar que se cierre el círculo de los cuerpos postmodernos.