La frase “los políticos se han alejado de los ciudadanos” es más un anhelo que un reproche. En realidad, lo que nos espanta es la sospecha de que ellos son como nosotros. Nuestro deseo oculto es que estuvieran alejados de nuestros comportamientos cotidianos.
El alejamiento no se ha producido entre políticos y ciudadanos, sino entre estos últimos entre sí. El de ciudadano es un concepto tan disperso, aislado e inaprensible que cualquier acercamiento se antoja utópico.
Los políticos se mueren por acercarse a los ciudadanos -y así lo hacen con frenesí en cuanto atisban cualquier tema que suscita el interés general, pongamos por caso, el calentamiento global-, simplemente no terminan de localizarnos en el mapa.
Si algo gusta a un político es compartir percepciones con la ciudadanía, sobre todo, si el formato es el de brindis al sol: “En efecto, tenemos que acercar la política a la gente”, “por supuesto, debemos ocuparnos de los asuntos que realmente interesan” o incluso “así es, la participación ciudadana es más necesaria que nunca”, frases que adornan cualquier programa electoral que se precie, desde la derecha hasta la izquierda, precisamente, porque nada significan.
Por su parte, lo que el ciudadano quiere es una clase política que represente los valores más nobles, asuma un espíritu elevado y trabaje de forma altruista por el bien común. Lo que deplora es que esos mismos políticos se dejen llevar por las mezquindades que caracterizan la vida cotidiana.
Los del “yo no soy racista, pero…” se mueren por votar a Obamas, los empresarios que falsean sus beneficios exigen transparencia, los profesionales liberales con doble contabilidad piden más lucha contra el fraude, los que cuentan chistes sobre maricones están a favor de la igualdad, los machistas piden cambios sociales, los gremios que preguntan si quieres IVA mantienen que con “son todos unos mangantes” y los beneficiarios de pisos de protección mediante fraude viven instalados en el “que rueden cabezas”.
Todo esto se traduce en la uniformización de los políticos, empeñados en ser idénticos los unos a los otros. En el caso de los donostiarras, todos prefieren la cocina de aquí, sus colores favoritos son los de la Real; su paisaje es La Concha y su día, el de San Sebastián; su música, entre La Oreja de Van Gogh y Mikel Erentxun, y si el ciudadano cree que el político vive alejado de la realidad, le contesta que sí, que mucho, que tiene más razón que un santo y, de paso, alaba su madurez democrática.