{"id":2100,"date":"2012-12-09T11:01:31","date_gmt":"2012-12-09T10:01:31","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.diariovasco.com\/eljukebox\/?p=2100"},"modified":"2012-12-09T11:01:31","modified_gmt":"2012-12-09T10:01:31","slug":"hace-25-anos-yo-estaba-en-una-jugueteria","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.diariovasco.com\/eljukebox\/2012\/12\/09\/hace-25-anos-yo-estaba-en-una-jugueteria\/","title":{"rendered":"Hace 25 a\u00f1os yo estaba en una jugueter\u00eda"},"content":{"rendered":"<p>No en calidad de posible regalo, sino en la de empleado de refuerzo de la campa\u00f1a navide\u00f1a. Era un establecimiento peque\u00f1o, situado en un barrio obrero de Donostia. Peque\u00f1o, pero abigarrado: all\u00ed se vend\u00edan desde juguetes hasta zapatillas de deporte, pasando por menaje y utensilios de cocina. Tard\u00e9 alg\u00fan tiempo en aprender a dudar antes de responder &#8220;no&#8221; a la pregunta de &#8220;\u00bftienen todo lo necesario para ir a buscar oro a las monta\u00f1as Rocosas?&#8221;.<\/p>\n<p>Lo primero que me sorprendi\u00f3 fue el hecho de que la iluminaci\u00f3n navide\u00f1a que hab\u00edan sufragado entre todos los comerciantes de la calle terminaba justo a la altura de la jugueter\u00eda. Y digo que me sorprendi\u00f3 porque los acaudalados propietarios de la cadena eran el equivalente cat\u00f3lico a los yihadistas. Por desgracia para el esp\u00edritu de la Navidad, tambi\u00e9n eran el equivalente salafista respecto al dinero y puestos a elegir entre una fe y otra, siempre optaban por seguir los estrictos preceptos de la segunda.<\/p>\n<p>Durante aproximadamente tres semanas trabaj\u00e9 en aquella jugueter\u00eda de barrio en compa\u00f1\u00eda de la encargada habitual de la tienda, pongamos que se llamaba Tina. Me ense\u00f1\u00f3 a envolver los paquetes con papel de regalo y a probar los juguetes antes de entreg\u00e1rselos a los clientes. A\u00fan me recuerdo levantando las faldas y bajando las bragas a cuanta mu\u00f1eca ca\u00eda en mis manos en una b\u00fasqueda desesperada del lugar en el que se les pon\u00edan las pilas, ante la mirada at\u00f3nita de m\u00e1s de un comprador, m\u00e1s a\u00fan cuando descubr\u00eda que las mayor parte de las veces la bater\u00eda se instalaba en las espalda. En mi defensa dir\u00e9 que no siempre: en ocasiones, los voltios se introduc\u00edan por los lugares m\u00e1s inusitados.<\/p>\n<p>Un d\u00eda, a \u00faltima hora de la ma\u00f1ana, justo antes de cerrar, entr\u00f3 una pareja de j\u00f3venes cuya melenuda descripci\u00f3n me ahorrar\u00e9, pero cuyo aspecto respond\u00eda a lo que entonces se conoc\u00eda como &#8216;macarras&#8217;. Les antendi\u00f3 Tina. Ven\u00edan en busca de un cuchillo. Que fuera grande, eso lo dejaron claro desde el primer momento. Y con el filo de dientes de sierra. Yo contemplaba la escena y recuerdo que en ese momento pens\u00e9 que era una pena que si nos lo clavaban, la herida dejar\u00eda cicatriz. No obstante, no ser\u00eda yo quien les dar\u00eda motivos para hacerlo: por m\u00ed, como si se llevaban la jugueter\u00eda entera. Con el mostrador lleno de afilad\u00edsimos cuchillos de acero inoxidable, finalmente eligieron uno de unos treinta cent\u00edmetros de hoja, dijeron que no quer\u00edan caja y cuando ya est\u00e1bamos psicol\u00f3gicamente preparados para escuchar la frase m\u00e1gica &#8220;dame todo lo que tienes en la caja&#8221;, procedieron a pagar el importe, antes de marcharse con el descomunal cuchillo debajo del brazo. Tina y yo nos miramos con una mezcla de alivio y estupor. Por la tarde nos enteramos de que era el hijo del due\u00f1o de un bar pr\u00f3ximo, acompa\u00f1ado de su novia.<\/p>\n<p>En otra ocasi\u00f3n el que entr\u00f3 en la jugueter\u00eda fue un &#8216;yonqui&#8217;, pero desde el primer momento dej\u00f3 claro que no ven\u00eda a robar, sino a comprar. Se encontraba en bastante mal estado y quer\u00eda una pistola de pistones. &#8220;Es para un regalo, ya sabes, quiero quedar bien&#8221;, me dec\u00eda. Mientras \u00e9l agitaba un pu\u00f1ado de monedas en la mano que no cesaban de sonar, le fui mostrando la amplia gama de falsas pistolas, pero al ver que todas ellas ten\u00edan el ca\u00f1\u00f3n taponado, de acuerdo con la normativa vigente, no ocult\u00f3 su decepci\u00f3n. &#8220;Oye, \u00bfpero no ten\u00e9is con agujero en el ca\u00f1\u00f3n? Es que enti\u00e9ndeme, es un compromiso y quiero quedar bien&#8221;, repet\u00eda, como si eso lo explicara todo. Tanto \u00e9l como yo vislumbramos que aquello no iba a ir a ninguna parte, as\u00ed que pas\u00f3 al plan B: &#8220;Oye -me dijo en susurros- te paso un cuarto guapo de &#8216;speed&#8217; si me das la pistola&#8221;. Pod\u00eda haberme hecho el ofendido, porque el juguete val\u00eda a todas luces mucho m\u00e1s que &#8220;un cuarto&#8221;, pero le dije que no pod\u00eda y cuando Tina se acerc\u00f3 a ver qu\u00e9 pasaba, opt\u00f3 por largarse, sospecho que sin el utensilio que necesitaba para perpetrar un atraco en condiciones.<\/p>\n<p>No todo los clientes eran as\u00ed, la mayor\u00eda era normales y \u00e9sos eran los peores. Padres incapaces de entender que se nos hab\u00edan terminado los &#8216;Qui\u00e9n es qui\u00e9n&#8217;, madres indignadas al ver que se hab\u00eda agotado no s\u00e9 qu\u00e9 mu\u00f1eca y ni\u00f1os emperrados en que les compraran un juguete m\u00e1s. Aprend\u00ed m\u00e1s en quince d\u00edas sobre la condici\u00f3n humana que en los posteriores veinte a\u00f1os de pr\u00e1ctica period\u00edstica. Por ejemplo, aprend\u00ed que si a ras del suelo dispones de cinco tricilos -azul, rosa, amarillo, rojo y negro- y el verde est\u00e1 colgado en lo m\u00e1s alto de la m\u00e1s descomunal de las estanter\u00edas, el cliente siempre querr\u00e1 el verde y no parar\u00e1 hasta que lo bajes. Y es s\u00f3lo a partir de aqu\u00ed donde las personas se dividen en tres grandes grupos: los que, en efecto, compran el verde; los que lo prueban y acaban llev\u00e1ndose el rojo; y los que dicen que mejor se lo piensan y si eso ya volver\u00e1n otro d\u00eda, y que por supuesto, nunca vuelven.<\/p>\n<p>Hab\u00eda una mujer joven que ven\u00eda por las tardes y tras recorrer el pasillo de estanter\u00edas y consultar algunos precios, se marchaba sin comprar nada. Faltaban ya pocos d\u00edas para la noche de reyes cuando Tina le abri\u00f3 el abrigo bajo el que ocultaba un par de pistas del Scalextric. Le pregunt\u00f3 de d\u00f3nde las hab\u00eda sacado y la mujer le condujo hasta una caja, en cuyo interior apenas quedaban ya una curva y una recta. Los dos coches, el transformador y el resto de la pista se lo hab\u00eda ido llevando poco a poco, a lo largo de sus continuas visitas, supongo que de acuerdo a un minucioso calendario de hurtos escrupulosamente calculado para que en la noche del 5 de enero el regalo al completo estuviera ya en su casa. El caso es que, como pasa casi siempre, el plan fall\u00f3. Avergonzada, la se\u00f1ora se fue, qued\u00e1ndose con un Scalextric incompleto con el que ning\u00fan ni\u00f1o podr\u00eda jugar y nosotros, con una caja y un par de tramos de pista que tampoco se podr\u00edan vender.   <\/p>\n<p>Y ya est\u00e1. \u00c9ste es mi cuento de Navidad.<\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>No en calidad de posible regalo, sino en la de empleado de refuerzo de la campa\u00f1a navide\u00f1a. Era un establecimiento peque\u00f1o, situado en un barrio obrero de Donostia. Peque\u00f1o, pero abigarrado: all\u00ed se vend\u00edan desde juguetes hasta zapatillas de deporte, pasando por menaje y utensilios de cocina. 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