De nuevo sale un sol apocalíptico en este verano sin fin. Con la ola de calor, además, crece la probabilidad de que cualquier chispa provoque otra nueva catástrofe. Entre el 1 de enero y el 29 de julio han ardido ya más de 130.800 hectáreas forestales en España, en los que han muerto seis personas.
Grandes áreas en Canarias, Valencia, Girona, Guadalajara… los puntos calientes se extienden por toda la península. Este año es, dicen los expertos, el peor desde 2002. Y del verano queda mucho. También es el peor de los últimos diez en número de grandes incendios, aquellos que abrasan más de 500 hectáreas. En los siete primeros meses del año hubo 20, frente a una media de nueve.
Las altas temperaturas son uno de los factores que actúan como combustible, a lo que se une una fuerte sequía. Entre octubre y junio llovió un 35% por debajo de la media de los últimos 30 años, según la Agencia Estatal de Meteorología. Y en julio las precipitaciones se redujeron a la mitad de lo habitual.
La península es la región europea más vulnerable al fenómeno de desertificación.
Pero también influyen los recortes en los planes antiincendios. Las administraciones responsables de dichos programas justifican los medios con los que cuentan, pero expertos, ecologistas, sindicatos y oposición insisten en que hay menos medios.
Finalmente está la mala gestión forestal. La biomasa ha venido creciendo pero desordenada, dicen los expertos.
Otro problema es la falta de información real sobre las consecuencias para el medio ambiente y para la salud de las subidas extremas de temperaturas. Un artículo de Rogelio Fernández Reyes, publicado por Ecologistas en Acción, señala que olas de calor como la que arrasó Europa en 2003 no se han vinculado adecuadamente sus consecuencias reales en España, y que muchas de las muertes sucedidas en aquel periodo se atribuyeron erróneamente a una crisis de salud.
Y sin embargo, “como nunca los medios de comunicación están reflejando los efectos de los desastres naturales –dice Rogelio Fernández—. Sequías, inundaciones, ciclones y huracanes con mayor frecuencia y virulencia son algunos de los capítulos de la factura que está pasando el planeta al desequilibrio que los humanos estamos provocando con la excesiva emisión de CO2. Cada vez son más las instituciones y expertos que relacionan el calentamiento global con desastres actuales. Rita, Katrina, Wilma, Delta, Vince, mares y océanos más calientes, subida del nivel del mar, glaciares que se derriten, olas de frío, olas de calor se relacionan, por su dimensión, con las consecuencias del cambio climático”.
De hecho, un reciente estudio, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), al que se refiere un artículo reciente de El País, avala que el planeta se está calentando. Según el estudio citado por este diario, las temperaturas medias de los veranos de los últimos 30 años han subido medio grado centígrado respecto a las tres décadas anteriores (1951 y 1980).
El cambio “más importante”—dice el informe— es que el calor extremo en verano es cada vez más frecuente y se produce en más sitios. Mientras que en el primer periodo analizado este fenómeno afectó apenas al 1% de la superficie terrestre, en las tres décadas sucesivas se ha extendido a un 10%.
¿A qué esperamos para pasar a un sistema energético basado en energías limpias?