El ejercicio de la democracia partidaria ha ido generando vicios con el paso de los años. Uno de ellos es la de la convocatoria recurrente de rondas y cumbres políticas, la cual ha dado lugar a su vez a una liturgia tan arraigada -y de la que participamos los medios de comunicación- que parece de mal gusto cuestionarse cosas pedestres cómo su finalidad última, su auténtica utilidad y la hora a la que se celebran. Es un hecho constatable que rara vez las grandes citas con todos los que representan algo en la suerte de un país se organizan para anticiparse a los problemas, o para explorar acuerdos que sienten un terreno común ante cuitas o dilemas que puedan afectar al conjunto de la ciudadanía. No nos engañemos, las cumbres y los grandes pactos ‘nacionales’ suelen reclamarse por gobiernos y oposiciones cuando la cosa ya no tiene remedio, o cuando las dificultades -propias y ajenas- se enquistan en un callejón sin aparente salida. Ahí está la insistencia del PSOE en reclamar, en vano, un acuerdo para reactivar la economía a un Mariano Rajoy al que por mal que le vaya en las encuestas, continúa mejor situado que el socialismo de Rubalcaba. Ahí está también la fotografía que protagonizó el pasado jueves en La Moncloa el presidente del Gobierno con los líderes sindicales y la patronal, una imagen que, arrastrada por otras realidades, comenzó a difuminarse en el mismo momento de haberla inmortalizado. Y aquí está también, hoy a las cinco y media de la tarde en Vitoria, la primera cumbre a la que el lehendakari Urkullu ha llamado a todos grupos con representación parlamentaria, en un intento de compartir la soledad en que deja a su Gabinete la gestión de una crisis endiablada y el fiasco de la prórroga presupuestaria.
Es elocuente cómo hemos renunciado a fiscalizar rondas, cumbres y citas varias. Para empezar, la hora a la que se convocan. En un gesto muy extendido entre quienes tienen responsabilidades institucionales y políticas y que no distingue colores partidarios, el lehendakari ha fijado los dos cónclaves más importantes sobre el papel de su agenda en sesión vespertina: intercambió impresiones con los diputados generales y la presidenta de Eudel a las cuatro de la tarde, y hoy hará lo propio con Mintegi, López, Quiroga y Maneiro con más retraso, a las 17.30. Por definición, y con independencia de cuáles sean los escollos para cuadrar todos los calendarios, eso acota el margen para poder extender cualquier debate fructífero y dificulta por añadidura el trabajo periodístico, que no se basa solo en contar lo que ocurre, sino en discernir qué es lo que ha sucedido realmente tras las consabidas comparecencias de los asistentes. En momentos extremos como el actual, comienza a ser hábito dar por bueno que gobierno y oposición se sienten en torno a una mesa, como si el mero establecimiento de un diálogo bastara y sobrara; e impidiera preguntarse por los contenidos y resultados reales de ese diálogo. Desde que los vascos acudieron a las urnas el pasado octubre, el lehendakari y su Gobierno han mantenido cinco rondas de partidos y, con la de hoy, dos cumbres al máximo nivel institucional y político. No corren los mejores tiempos para la paciencia ciudadana, poco dispuesta a mostrarse sensible con los intereses partidarios de todo signo que llevan meses entrecruzándose en Euskadi sin llegar a construir ninguna fotografía de país.