{"id":72,"date":"2013-04-04T15:45:16","date_gmt":"2013-04-04T14:45:16","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.diariovasco.com\/la-mirada\/?p=72"},"modified":"2013-04-04T15:45:16","modified_gmt":"2013-04-04T14:45:16","slug":"la-soledad-del-juez-castro","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.diariovasco.com\/la-mirada\/2013\/04\/04\/la-soledad-del-juez-castro\/","title":{"rendered":"La soledad del juez Castro"},"content":{"rendered":"<p>Reza un viejo adagio que nadie es m\u00e1s poderoso que un juez de instrucci\u00f3n. La sentencia resulta exagerada, claro, porque el Estado de Derecho\u00a0 tiene sus propios contrapesos para garantizar que, realmente, se hace justicia. Pero es obvio que hasta que se sustancie el anunciado recurso de la Fiscal\u00eda Anticorrupci\u00f3n, nadie habr\u00e1 podido ejercer el poder de una manera tan notoria como el magistrado Jos\u00e9 Castro al imputar a la infanta Cristina, lo que es lo mismo que formalizar por primera vez en la Historia una acusaci\u00f3n penal contra un miembro de la Casa Real espa\u00f1ola. En democracia, la Justicia es igual para todos, del mismo modo que todos somos iguales ante la Justicia. Sin embargo, cabe imaginar que para Castro, sentado en la soledad de su despacho delante del sumario que va tejiendo y destejiendo, no habr\u00e1 habido una decisi\u00f3n comparable a la de tener que resolver si dejaba correr las sospechas sobre la infanta o les conced\u00eda la suficiente apariencia de verosimilitud como para transformarlas nada menos que en un auto de imputaci\u00f3n. Corre en las \u00faltimas horas la tesis de que el juez, arrastrado supuestamente por ese af\u00e1n de protagonismo que se atribuye a los instructores de causas muy relevantes, habr\u00eda cedido a la presi\u00f3n de la calle; a la presi\u00f3n de los indignados que ya no soportan la descripci\u00f3n cotidiana y cotinuada de podredumbres en todos los \u00e1mbitos de la vida p\u00fablica. Pero si se plantea esa hip\u00f3tesis tan poco compasiva hacia Castro, tambi\u00e9n habr\u00eda que plantear la contraria: que, en realidad, el juez se lo ha pensado muy mucho antes de llevar ante los tribunales a quien forma parte por nacimiento de una instituci\u00f3n como la Monarqu\u00eda y sigue estando en la l\u00ednea sucesoria al trono. Especular con las motivaciones ocultas de los jueces es f\u00e1cil, porque las insidias rara vez encuentran r\u00e9plica y porque, en ocasiones, los propios integrantes de la Magistratura se encargan irresponsablemente de alimentarlas. Y, sin embargo, para entender por qu\u00e9 los jueces act\u00faan como act\u00faan hay que asumir la singularidad de su trabajo, un oficio que no se asemeja a ning\u00fan otro. Porque ponen en manos de la ley la suerte de otros seres humanos. Porque acusan sin poder disponer casi nunca del relato completo e incontrovertible de los hechos. Porque tratan de reconstruir la \u00fanica verdad posible, la verdad del veredicto judicial. Porque en un momento decisivo de la instrucci\u00f3n, Castro se situ\u00f3 por encima del &#8216;qu\u00e9 dir\u00e1n&#8217; para citar a Cristina Federica de Borb\u00f3n y Grecia a que d\u00e9 explicaciones sobre su relaci\u00f3n con el Instituto N\u00f3os; sobre el uso presuntamente fraudulento que de su nombre, de su rango y de su parentesco pudo hacer su propio marido; y, en definitiva, sobre si ella misma se benefici\u00f3 de la supuesta corrupci\u00f3n levantada, tambi\u00e9n supuestamente, sobre el tr\u00e1fico de influencias.<\/p>\n<p>Los 18 folios del auto redactado por Jos\u00e9 Castro pueden resumirse en una pregunta: si es posible que la infanta desconociera las actividades de I\u00f1aki Urdangarin y c\u00f3mo revert\u00edan \u00e9stas en su patrimonio familiar. Ante la\u00a0 impugnaci\u00f3n de la Fiscal\u00eda, Castro se juega ahora la credibilidad de su in\u00e9dita imputaci\u00f3n. La carga conjunta de los indicios frente a la prevalencia de la presunci\u00f3n de inocencia. Pocas cosas hay seguramente m\u00e1s perniciosas para el correcto funcionamiento de la democracia que un juez justiciero, y de los tribunales espa\u00f1oles ha emergido alg\u00fan que otro ejemplo de lo que significa que quien debe aplicar la ley la fuerce hasta el intolerable l\u00edmite de pervertir su esp\u00edritu original. Pero pocas cosas pueden devolver la confianza a tantos ciudadanos cada vez m\u00e1s descre\u00eddos y decepcionados que la Justicia, y sus jueces, act\u00faen como un efectivo y riguroso dique de contenci\u00f3n frente a la gangrena colectiva que implican los eventuales delitos de corrupci\u00f3n. Provengan de donde provengan.<\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Reza un viejo adagio que nadie es m\u00e1s poderoso que un juez de instrucci\u00f3n. La sentencia resulta exagerada, claro, porque el Estado de Derecho\u00a0 tiene sus propios contrapesos para garantizar que, realmente, se hace justicia. 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