{"id":1347,"date":"2019-05-05T19:23:20","date_gmt":"2019-05-05T18:23:20","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.diariovasco.com\/mirandoalabahia\/?p=1347"},"modified":"2019-05-05T21:36:01","modified_gmt":"2019-05-05T20:36:01","slug":"el-club-de-las-mujeres-que-hablan","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.diariovasco.com\/mirandoalabahia\/2019\/05\/05\/el-club-de-las-mujeres-que-hablan\/","title":{"rendered":"EL CLUB DE LAS MUJERES QUE HABLAN"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft size-medium wp-image-1348\" src=\"https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/23\/2019\/05\/0-3-300x247.jpeg\" alt=\"0\" width=\"300\" height=\"247\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/23\/2019\/05\/0-3-300x247.jpeg 300w, https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/23\/2019\/05\/0-3-768x633.jpeg 768w, https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/23\/2019\/05\/0-3-628x518.jpeg 628w, https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/23\/2019\/05\/0-3.jpeg 951w\" sizes=\"(max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/><\/p>\n<p>Me sent\u00e9 en un taburete alto y me apoy\u00e9 en la barra, como quien se va a tomar\u00a0un Martini. Eran las 12 del mediod\u00eda (tan poco tan mala hora para un Martini) de\u00a0un s\u00e1bado y dispuesta a cambiar viejos h\u00e1bitos, salir del rojo y burdeos y\u00a0pintarme de azul las u\u00f1as. Ten\u00eda el \u00e1nimo de ese color, entre melanc\u00f3lico y\u00a0sociable y lo que ocurri\u00f3 vino por sorpresa, peque\u00f1os regalos que te ofrece la<br \/>\nvida. A mi izquierda estaba sentada una mujer de unos cuarenta y bastante, ojos\u00a0verdes, mirada profunda y larga melena, a mi derecha una mujer de edad\u00a0parecida, pelo rubio, alta y delgada que dec\u00eda que le encantar\u00eda tener mi color\u00a0de pelo. Le mir\u00e9 y le dije que eso no era tan dif\u00edcil, que a m\u00ed me gustar\u00eda tener\u00a0su altura y que eso s\u00ed que era complicado&#8230; Las dos nos re\u00edmos. Reconoc\u00ed su\u00a0acento, venezolano sin duda alguna. Se llamaba Elena, y la de los ojos verdes,\u00a0Patricia. Tambi\u00e9n venezolana. La casualidad nos hizo compartir charla y se nos\u00a0uni\u00f3 una chica joven y polaca de rastas rubias que me hac\u00eda a m\u00ed la manicura y\u00a0que me dijo que intu\u00eda que a m\u00ed me gustaba la pintura&#8230; Se llamaba Ada, sin\u00a0hache, y parec\u00eda un hada moderna. Dej\u00f3 de lado mis manos por unos instantes\u00a0y me ense\u00f1\u00f3 un viejo cuaderno de piel con dibujos a l\u00e1piz que eran puro arte.\u00a0Las venezolanas y yo nos maravillamos con los dibujos y seguimos hablando de\u00a0Venezuela, de series y libros. La historia de Patricia era aparentemente normal.\u00a0Su marido segu\u00eda trabajando en Caracas y ella hab\u00eda estado seis meses viviendo\u00a0en casa de su hermana en Miami para alejarse de la situaci\u00f3n pol\u00edtica. Su madre\u00a0octogenaria le hab\u00eda acompa\u00f1ado a Patricia pero pasados los seis meses hab\u00eda\u00a0querido regresar a su casa de Caracas. La madre, de origen \u00edtalo liban\u00e9s,\u00a0prefer\u00eda la incertidumbre de sus cosas a la seguridad de lo desconocido. Patricia,\u00a0antes de su viaje a Miami, hab\u00eda sufrido un intento de secuestro del que le\u00a0costaba hablar y pasados los meses que ten\u00eda pensado quedarse en Miami, se\u00a0acababa de instalar en Madrid. Elena, a mi derecha, parec\u00eda una mujer m\u00e1s<br \/>\ntriste. Hab\u00eda perdido a su madre hac\u00eda siete a\u00f1os y le cost\u00f3 una depresi\u00f3n.\u00a0Cuando parec\u00eda que sal\u00eda de ella, conoci\u00f3 a un hombre guapo y seductor que le\u00a0alegr\u00f3 la vida durante unos meses hasta que el d\u00eda menos esperado, la hab\u00eda\u00a0abandonado sin demasiadas explicaciones. Todav\u00eda lo contaba con ese dolor\u00a0que los ojos no saben disimular y solo supe decirle que tal vez ese hombre hab\u00eda\u00a0hecho su papel, sacarle de la tristeza m\u00e1s profunda y ahora ten\u00eda que olvidarlo\u00a0para seguir viviendo con ilusi\u00f3n y energ\u00eda. Elena no viv\u00eda en Madrid, llevaba a\u00f1os\u00a0afincada en Roma y estaba en Madrid de paso. Me dijo que necesitaba leer m\u00e1s,\u00a0que disfrutaba de las series pero que \u00faltimamente le\u00eda menos. Le habl\u00e9 de los\u00a0libros de la escritora italiana Elena Ferrante, de Daria Bignardi y su Historia de\u00a0mi ansia y de mi amiga la periodista Karina Sainz Borgo y su magn\u00edfica novela\u00a0La hija de la espa\u00f1ola que habla sobre Venezuela y sobre el desarraigo y se\u00a0apunt\u00f3 los t\u00edtulos para leer. Creo en el poder sanador de la literatura y creo que\u00a0las cosas ocurren por algo. Ahora que me miro mis u\u00f1as azules pienso que ese\u00a0rato que nos junt\u00f3 el destino hab\u00eda sido por algo. Intercambiamos tel\u00e9fonos y\u00a0prometimos volver a vernos.<\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Me sent\u00e9 en un taburete alto y me apoy\u00e9 en la barra, como quien se va a tomar\u00a0un Martini. Eran las 12 del mediod\u00eda (tan poco tan mala hora para un Martini) de\u00a0un s\u00e1bado y dispuesta a cambiar viejos h\u00e1bitos, salir del rojo y burdeos y\u00a0pintarme de azul las u\u00f1as. 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