Uno de esos placeres que se renuevan cada año es el reencuentro con un nuevo tomo de los diarios de Andrés Trapiello. A uno le gusta últimamente empezar el año con una nueva entrega del llamado Salón de los Pasos Perdidos, porque también Trapiello comienza cada volumen de la serie con lo que le ocurrió en el primer día del año correspondiente a ese tomo. Y luego viene lo que se ha dicho tantas veces, ese pequeño misterio de la obra magna y muy pequeña al mismo tiempo que emprendió el escritor hace 20 años: cómo logra que la vida rutinaria, más bien solitaria y sin excesos ni sorpresas de un escritor de más que limitada fama, se conviertan en material altamente adictivo para el lector, en gruesos tomos que se devoran con la excitación de la novela más intrigante y con personajes a los que se ama y se odia con la intensidad de los grandes relatos, construidos con situaciones reconocibles o insólitas, inesperadas o tranquilizadoramente rutinarias, en las que reconocerse, o no, y acogerse.
Aún va uno por el tomo 10 de los 16 que ha publicado hasta ahora Trapiello, el titulado ‘Las inclemencias del tiempo’. El interés y la admiración por su titánica y modestísima obra sigue creciendo. De las pequeñas cosas que se encuentra en su camino, de su imprescindible visita al Rastro cada domingo, de los escasos viajes y encuentros con otros elementos de su profesión, de cada observación en las calles por las que pasa cada día, hace Trapiello un lugar donde habitar. Un raro y deslumbrante espacio en el que la realidad y la ficción encuentran una mezcla que no hemos visto en ningún otro sitio, igual que el propio Trapiello parece al mismo tiempo desgarradoramente sincero e irónicamente fabulador.
Los fragmentos con los que va tejiendo esa vida-libro pueden ser de una sola línea o de 30 páginas. Pero siempre contagian la necesidad de seguir adelante, de ver qué pasará ahora, aunque lo que pase a continuación sea sólo un aforismo, un pensamiento melancólico, una constatación de que el loco que cada día habita la calle de abajo, sigue ahí.
Se ha criticado, reñido y hasta temido a Trapiello porque cuenta lo que siente sobre otros escritores o gentes de la profesión, y lo que siente y cuenta no suele ser muchas veces bueno. Normalmente lo hace con su famosa X. como nombre del personaje, o a lo sumo unas iniciales, pero a la gente le gusta intentar adivinar de quien se trata, a veces para sentirse luego indignada. Pero lo que Trapiello hace es fruto de la sinceridad y el malévolo pensamiento interior, esas cosas comunes y reales como la vida misma.
A veces critica o desmonta a gentes que uno admira, pero eso no implica que uno deje de admirar al criticador ni al criticado: sólo ayuda un poco más a comprender cómo son las cosas, e incluso a desarrollar el sentimiento de compasión, en buen sentido.
En ‘Las inclemencias del tiempo’ (publicado en 2001 y correpsondiente a la vida del escritor en 1996) hay un comienzo extrañamente onírico y fabulador, uno de los mejores fragmentos que ha construido Trapiello. No diremos aquí de qué trata por si alguien lo llegara a leer, pero hay un momento en que se revela ese don que tiene Trapiello para hacer de una leve frase que pasa desapercibida en medio del texto algo conmovedor. Intuyo que cada lector siente eso en momentos distintos. Aquí, después de que Trapiello haya estado ensimismado en su estudio, y haya entrado su mujer, M., en la habitación con la sensación de que estaba hablando solo e incluso hubiera fumando, cuando él no fuma, escribe: “Levanté la cabeza de este cuaderno y vi a M. Me estaba sonriendo, parecía pensar: no me importa que te vuelvas loco con tal de que envejezcamos juntos”.