Y eso siendo generosa. Porque en realidad, no hay nada.
John Lee Hooker, Chris Isaak, Grateful Dead, Countig Crows, Santana, the Steve Miller Band, Green Day, Journey, Sly and the Family Stone, … Son sólo unos pocos de los artistas y grupos que se crearon en la Bahía de San Francisco. Increíble, verdad? Pero hoy en día, nada de nada.
He intentado, sin éxito, buscar locales en los que escuchar música rock por esta zona (ni siquiera me importa si es en directo o en un viejo radiocasete). El caso es vibrar, sentirme viva. Porque eso es para mí el rock, una medicina contra el vacío. Habrá quien piense que estoy delirando, que me ha sentado mal el doble cafe latte con leche de soja que me acabo de tomar; pero el rock siempre ha sido para mí, más que un estilo musical, un sentimiento, una actitud: dureza, honestidad, rebeldía. Sí, esa es la actitud.
Pero Palo Alto sólo suena a indie pop. Y no me entendáis mal, por favor. Que nadie se sienta ofendido. Lo respeto profundamente. Pero también es profundo el sueño que me provoca. El combo Apple+bicicleta+jersey de Stanford no me sugiere más que una canción del irritante James Blunt: pesada, dulce, pretenciosa, empalagosa.
Una amiga me decía ayer que ella cree que Palo Alto suena a música de ascensor. Hilo muscial. Podría ser, pero yo me decantaría por ese ‘género’ más en el resto de la Bahía, en esas ciudades soporíferas en las que no viven tantos empleados y dueños de empresas tecnológicas que no han llegado a la treintena. Por aquí triunfa el modelo ‘gafapasta’ (pero vegano). Aunque en Stanford, si uno se concentra puede llegar a escuchar ligeramente a Marilyn Manson – con Beautiful People o su versión de Sweet Dreams– al mirar a los ojos de algunos alumnos, tan siniestros en su perfección. Y luego, por supuesto, están los ‘otros’, los vagabundos. Pero ellos suenan a blues: hermoso, triste y desgarrador.
Algunos estaréis ojipláticos (se está convirtiendo en mi expresión fetiche, por cierto). “¡Pero qué dice esta loca! ¿Que no hay rock en SF?” Sí, en San Francisco sí, pero insisto en que Palo Alto es un universo paralelo. Y a propósito de SF, este fin de semana entré en un bar de la ciudad, un bar como tantos otros, me senté en la barra y pedí una cerveza. La selección musical (aunque de Jukebox) era perfecta. Y de pronto supe que quería vivir allí. No en San Francisco. En el mismo bar. Durmiendo encima de la mesa de billar o donde fuera. Incluso cuando el dueño del local y un cliente habitual se enzarzaron en una discusión etílica y tuvieron que separarlos, yo estaba feliz. Y de fondo sonaba Crazy Train de Ozzy Osbourne. Tuvieron que serrar las patas de la banqueta para sacarme de allí.
Porque San Francisco sí tiene esa actitud, aunque con matices. Por lo que me dice gente que vivió sus ‘años mozos’ en la ciudad en las décadas de los 80-90, la explosión de las empresas tecnológicas en la zona ha cambiado notablemente el paisaje. Hay cierta pose que me incomoda. Pero esa es otra historia. El caso es que cuando me da el rato de cabrearme con este país (algo que suele ocurrir un mínimo de dos veces al día) pienso que también tengo que agradecerles que nos hayan dado el rock (con permiso del Reino Unido). Dicen que la música amansa a las fieras, y yo soy una fierecilla pegada a unos cascos. Que ahora son blancos y del iPhone, sí, pero la esencia es la misma. Sólo me queda tatuarme una rosa y un corazón sangrante.