Los refugiados y desplazados en el mundo ya superan los 60 millones, la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial. De ellos, cerca de la mitad son menores de edad.
Su indefensión y su dependencia de las personas adultas los hacen especialmente vulnerables en situaciones de desplazamiento forzoso. Cuando emprenden la huida con sus familias en busca de zonas más seguras, generalmente arriesgan su salud y su bienestar debido a las dificultades que encuentran en el camino.
Otras veces son captados por las partes en conflicto y se les los involucra de lleno en la lucha armada. Para las niñas la situación es aún más crítica, pues muchas de ellas se convierten en esclavas sexuales de los combatientes.
Llegar a un campo de refugiados es la meta de muchas familias. Sin embargo, una vez allí es necesario que los niños continúen su formación y sobrelleven con las mejores herramientas el destierro y el desplazamiento forzoso.
La educación es la mejor herramienta. Aunque los campos de refugiados son una solución temporal, muchas familias pasan un promedio de 17 años en estos lugares, que se convierten en el entorno natural para los niños que crecen o nacen allí.
Dicho entorno tiene un gran impacto en la formación de su carácter y su personalidad. Los campos garantizan la acogida y la atención básica de los menores pero en este caso no bastan. Es necesario devolverlos a su niñez y reducir, a través de la educación y las herramientas del conocimiento,los efectos del desplazamiento.
Además, el porvenir de los niños refugiados es incierto. Nadie tiene la certeza de cuál será su próximo destino. Algunos volverán a sus lugares de origen en la medida en que esto sea posible; otros serán trasladados a terceros países y unos cuantos, como ya hemos dicho, se harán adultos en los campos de refugiados.
Independientemente de cuál sea su camino, la educación es la mejor herramienta que se les puede brindar en los campos, no solo porque les permite avanzar en los ciclos de su formación básica, sino también porque se les dota de recursos para su supervivencia en la edad adulta. Serán personas autónomas, independientes y con más probabilidades de salir adelante.
Las escuelas de los campos de refugiados deben realizar su labor en torno a una serie de principios. En este caso, se trata de fomentar en los niños valores como la igualdad, la solidaridad, la integración y la capacidad de ser autosuficiente.
Las ventajas de que los niños acudan a estas escuelas son numerosas para ellos y también para sus familias. Algunas de ellas son:
Favorece su desarrollo personal. Los niños desarrollan habilidades, talentos y capacidades que serán determinantes en su futuro. El conocimiento es un don que solo les pertenece a ellos.
Les permite recuperar su infancia. La educación mitiga, de alguna forma, los efectos nocivos del destierro y el desplazamiento forzoso. También les ayuda a superar traumas y duelos. Al integrarlos con niños de su misma edad y con inquietudes similares, se les recuerda que su infancia no ha terminado.
Los aleja de peligros cotidianos. Los campos no son del todo seguros. El solo hecho de que tengan una rutina escolar los protege de los peligros que puedan surgir o de situaciones poco adecuadas para su edad.
Mayor autonomía para las madres y los hermanos mayores. Las madres y los hermanos mayores pueden, a su vez, dedicarse a otras actividades: las primeras pueden encontrar nuevas formas de subsistencia en los campos o en sus alrededores; los segundos pueden acudir también a una escuela al no tener que cuidar de sus hermanos pequeños.
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