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Ainara López

SukaldaTU

¿Rosco o roscón? Casi siempre un impostor la mañana de Reyes

Llevamos un tiempo indignados por causas varias. Parece que estamos todo el día crispados, como si todo nos molestara o lleváramos una mochila de piedras a la espalda. En cambio yo pienso que no nos quejamos de la manera correcta, no actuamos inteligentemente y eso es sólo culpa nuestra. Los consumidores tenemos un arma poderosa para ensalzar un algo auténtico o dejar que un fraude insípido campe a sus anchas entre nosotros.

Nos hemos acostumbrado a un mundo donde la vagancia hace que no seamos capaces de apreciar la calidad por encima de lo común o cercano. Una sociedad que se refleja en lo que consumimos; productos como una mantequilla en bote lista para untar o un sándwich de nocilla preparado dice mucho de nosotros. Y así pienso que esas hordas de roscones impostores se cuelan en nuestras casas la mañana de Reyes.

Fraudes como el del pan, los tomates o el aceite de oliva han dado paso a un fraude que se pasea más sibilinamente por el simple hecho de que el roscón o rosco se come una vez al año.

¿Roscón o rosco? Muchos no son dignos de ninguno de las dos opciones si no fuera por su precio. Bollos de leche decorados a precio de oro es lo que venden en la mayoría de las pastelerías Donostiarras. Si tu roscón no sabe a canela, naranja, limón y agua de azahar, si no tiene aroma ni textura te estarás comiendo un mal bollo de leche.

Es fácil echar la culpa a los pasteleros, que claro que la tienen, por poco serios y rigurosos, por hacer de un trabajo que debería ser un arte un proceso industrial donde prima el costo por encima de la calidad. Pero ¿dónde está nuestro criterio como consumidores?

 Esta última foto de mi receta de Roscón (enlace).

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