{"id":182,"date":"2013-03-08T12:00:18","date_gmt":"2013-03-08T11:00:18","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.diariovasco.com\/viajeros\/?p=182"},"modified":"2013-03-08T12:00:18","modified_gmt":"2013-03-08T11:00:18","slug":"alzuza-en-la-casa-del-vacio","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.diariovasco.com\/viajeros\/2013\/03\/08\/alzuza-en-la-casa-del-vacio\/","title":{"rendered":"Alzuza: En la casa  del vac\u00edo"},"content":{"rendered":"<p><strong>Inh\u00f3spito por fuera, acogedor por dentro, el museo alberga desde hace diez a\u00f1os el legado de Oteiza, el genio de Orio<\/strong><\/p>\n<p>Por Jorge Balb\u00f3.<\/p>\n<p><a href=\"\/viajeros\/wp-content\/uploads\/sites\/35\/2013\/03\/alzuza.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignright size-medium wp-image-183\" style=\"border: 1px solid black;\" title=\"DOCU_DVA\" src=\"\/viajeros\/wp-content\/uploads\/sites\/35\/2013\/03\/alzuza.jpg\" alt=\"\" width=\"300\" height=\"199\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/35\/2013\/03\/alzuza.jpg 2000w, https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/35\/2013\/03\/alzuza-300x199.jpg 300w, https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/35\/2013\/03\/alzuza-768x510.jpg 768w, https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/35\/2013\/03\/alzuza-1024x680.jpg 1024w\" sizes=\"(max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/><\/a>Desde la carretera, el encantador pueblecito de Alzuza emerge entre monta\u00f1as, como un coqueto balc\u00f3n con vistas al Valle de Eg\u00fc\u00e9s, con Pamplona a la vuelta de la esquina. Con sus siete casitas mal contadas, su diminuta placita, su campanario&#8230; y su gigantesco museo. Desde fuera, el centro art\u00edstico se antoja como un tosco b\u00fanker futurista, herm\u00e9tico, una especie de molesto ap\u00e9ndice que le brot\u00f3 al pueblo sin su permiso. Tres chimeneas picudas, casi cortantes, no ayudan a dar un aspecto amable al edificio. Un primer an\u00e1lisis, poco acertado, invita a pensar que se trata de otro delirio arquitect\u00f3nico m\u00e1s. Pero, por fortuna, en ocasiones, las primeras impresiones se quedan s\u00f3lo en eso.<\/p>\n<p>Gregorio D\u00edaz Ere\u00f1o, el anfitri\u00f3n, el director del museo, sale a la puerta para recibir al visitante. Al traspasar el umbral del Museo Oteiza, uno se siente dentro de un hogar c\u00e1lido. Una casa que, pese a los enormes espacios vac\u00edos, nada tiene que ver con esas lujosas moradas minimalistas que aparecen en los programas de la tele.<\/p>\n<p>Como los hogares de verdad, el espacio abierto y amable -a diferencia de la apariencia que ofrece desde el exterior-, no est\u00e1 pensado para las visitas, sino para sus habitantes. Las m\u00e1s de 3.000 piezas (entre esculturas, creaciones experimentales, dibujos y collages) so\u00f1adas, estudiadas y moldeadas por Jorge Oteiza (Orio, 1908 &#8211; San Sebasti\u00e1n, 2003) viven desde hace una d\u00e9cada en una morada dise\u00f1ada por el arquitecto Francisco Javier S\u00e1enz de Oiza que se adapta a ellas como un guante.<\/p>\n<p>En el zagu\u00e1n no faltan paneles que tratan, sin demasiado \u00e9xito, introducir al visitante en el universo del genial creador oriotarra. Ni todos los afiches del mundo ser\u00edan suficientes para, siquiera, aproximarse a la compleja personalidad del hombre, a la genialidad del artista. El que dej\u00f3 hu\u00e9rfano al arte vasco hace ahora una d\u00e9cada. El mismo que, de ni\u00f1o, se escond\u00eda entre los huecos que dejaban las excavadoras en la playa de Orio para observar la nada.<\/p>\n<p><strong>14 ap\u00f3stoles<\/strong><\/p>\n<p>Como el peque\u00f1o Jorge, el visitante se siente protegido en el gran sal\u00f3n que se despliega ante sus ojos. A pesar de sus dimensiones, la pieza central del museo se asemeja m\u00e1s a una acogedora salita de estar. O a la nave central de una peque\u00f1a iglesia. D\u00edaz Ere\u00f1o explica que fue concebida tomando como ejemplo, de alguna forma, el Santuario de Arantzazu. Si uno le echa algo de imaginaci\u00f3n no tarda en diferenciar el p\u00falpito, el altar&#8230; las v\u00edrgenes brotan de la pared, salidas del arraigado misticismo de Oteiza. Im\u00e1genes religiosas que, de pura sencillez, parecen rayar lo profano. No se equivoque.<\/p>\n<p>No caiga en el mismo error que los responsables del Obispado de San Sebasti\u00e1n que, a medidos de los 50, censuraron parte de la obra que el artista engendr\u00f3 para el templo mariano. Ante esos 14 ap\u00f3stoles \u2013s\u00ed, cu\u00e9ntelos otra vez, son 14\u2013\u00a0 entender\u00e1 que aquello no fuera bien entendido, en una \u00e9poca en la que el arte religioso se limitaba a querubines de mejillas sonrosadas y v\u00edrgenes dolorosas de facciones hiperrealistas. Por no tener, los ap\u00f3stoles no tienen ni ojos \u00abpara reforzar la idea de que miraban hacia dentro\u00bb, explica el cicerone. Puro misticismo.<\/p>\n<p>La muestra sigue avanzando, por la obra y por la vida del artista \u2013el montaje pretende seguir un riguroso orden cronol\u00f3gico\u2013 de su etapa m\u00e1s figurativa a la m\u00e1s expresionista.<\/p>\n<p>El visitante llega a la sala dedicada a su participaci\u00f3n en la Bienal de S\u00e3o Paulo, en 1957. Fue entonces cuando el artista alcanz\u00f3 su mayor protagonismo internacional. Sus famosas \u2018cajas metaf\u00edsicas\u2019 \u2013algunas se pueden observar en el museo\u2013 cosecharon los elogios de los grandes expertos en arte del momento.<\/p>\n<p>F\u00edjese en los manuscritos que resisten al tiempo conservados en las vitrinas. Comprobar\u00e1 la obsesi\u00f3n por los detalles que caracterizaba al autor. En anotaciones al margen, Oteiza dise\u00f1\u00f3 hasta las peanas que mostrar\u00edan su obra en la ciudad brasile\u00f1a.<\/p>\n<p>Siga la visita. Sea curioso y as\u00f3mese a los ventanucos abiertos a su paso. Fruto de un ingenioso juego de perspectivas, adivinar\u00e1 los \u2018museos\u2019 del museo. En una de las salas, en la que se cuela el imponente paisaje a trav\u00e9s de un ventanal panor\u00e1mico, una estanter\u00eda guarda a buen recaudo peque\u00f1as, diminutas, obras del autor. Como si de una de esas vitrinas en las que las se\u00f1oras tratan de guarecer del polvo ese recuerdo de la primera comuni\u00f3n del sobrino de Palencia, ese gallo llegado de Lisboa o una de esas bolas dentro de las que la Torre Eiffel vive, congelada, en un perpetuo invierno nevado. Algo as\u00ed, pero sin atisbo de lo kitsch, de lo vulgar. Todo lo contrario.<\/p>\n<p>Merece la pena detenerse a contemplar esas joyas m\u00ednimas, que surgen de materiales anodinos. De una lata de conservas, de unas simples tizas&#8230; En el hogar de un artista no puede faltar una buena biblioteca. La de Oteiza adquiere la categor\u00eda de obra de arte, como una pieza m\u00e1s de su cat\u00e1logo.<\/p>\n<p>Apilados con mimo en sus estanter\u00edas, los vol\u00famenes refl ejan la personalidad inquieta y ecl\u00e9ctica del artista. Un libro sobre Bob Dylan comparte espacio con otro tomo titulado \u2018La caza en la Prehistoria\u2019, con tratados de matem\u00e1ticas, f\u00edsica y geometr\u00eda.<\/p>\n<p><strong>La morada del pastor<\/strong><\/p>\n<p>Y como anexo \u2013aunque, en realidad, el museo es el verdadero agregado\u2013, se levanta en piedra la casa. La misma que Jorge e Itziar, su esposa, compraron por 250.000 pesetas. All\u00ed, en lo que fuera la morada del pastor, el artista instal\u00f3 su estudio, hoy recreado con sus libros y una mesa de trabajo en la que se puede ver uno de esos calendarios que regalan las cajas de ahorros que ha parado el tiempo en 1994.<\/p>\n<p>Grabado en un cartelito de madera se puede leer: \u00abD\u00e9jenme tranquilo. Estoy tratando de sobrevivir\u00bb. Puede interpretarse como una muestra m\u00e1s del car\u00e1cter exc\u00e9ntrico del artista, una se\u00f1al disuasoria ante el vecino fi sg\u00f3n.<br \/>\nPero tambi\u00e9n como la barrera de contenci\u00f3n ante el universo del que s\u00f3lo quiere estar protegido en su casa, en su rinc\u00f3n. Como el peque\u00f1o Jorge, que se escond\u00eda del mundo entre los agujeros que formaba la arena en la playa. Para observar la nada.<\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Inh\u00f3spito por fuera, acogedor por dentro, el museo alberga desde hace diez a\u00f1os el legado de Oteiza, el genio de Orio Por Jorge Balb\u00f3. Desde la carretera, el encantador pueblecito de Alzuza emerge entre monta\u00f1as, como un coqueto balc\u00f3n con vistas al Valle de Eg\u00fc\u00e9s, con Pamplona a la vuelta de la esquina. 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