{"id":307,"date":"2013-09-03T15:31:19","date_gmt":"2013-09-03T14:31:19","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.diariovasco.com\/viajeros\/?p=307"},"modified":"2013-09-03T15:31:19","modified_gmt":"2013-09-03T14:31:19","slug":"sierra-de-irta-el-ultimo-trozo-de-costa-virgen-en-el-mediterraneo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.diariovasco.com\/viajeros\/2013\/09\/03\/sierra-de-irta-el-ultimo-trozo-de-costa-virgen-en-el-mediterraneo\/","title":{"rendered":"Sierra de Irta: el \u00faltimo trozo de costa virgen en el Mediterr\u00e1neo"},"content":{"rendered":"<p>OSKAR L. BELATEGUI. \/ De Lloret de Mar a Punta Umbr\u00eda, el olor a fritanga mediterr\u00e1nea es el mismo. Dif\u00edcil escapar del hedor a goma de colchoneta en las tiendas de souvenirs, a aceite de coco en los atestados arenales, a sobaco de hooligan en los chiringuitos. Id\u00e9ntico. Pe\u00f1\u00edscola no es una excepci\u00f3n. La \u2018arquitectura\u2019 de su paseo mar\u00edtimo resulta intercambiable con la de Salou, Cullera y Torremolinos. Pero existe otra Pe\u00f1\u00edscola agazapada que, sobre todo fuera de temporada, permite so\u00f1ar con un modelo tur\u00edstico en las ant\u00edpodas del imperante en la masificada costa mediterr\u00e1nea.<\/p>\n<p><a href=\"\/viajeros\/wp-content\/uploads\/sites\/35\/2013\/07\/sierra-de-irta2.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft size-medium wp-image-308\" style=\"margin: 5px;\" title=\"sierra-de-irta2--647x350\" src=\"\/viajeros\/wp-content\/uploads\/sites\/35\/2013\/07\/sierra-de-irta2-647x350.jpg\" alt=\"\" width=\"300\" height=\"162\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/35\/2013\/07\/sierra-de-irta2-647x350.jpg 647w, https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/35\/2013\/07\/sierra-de-irta2-647x350-300x162.jpg 300w\" sizes=\"(max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/><\/a>La <strong>Sierra de Irta<\/strong> culmina un espejismo: el de la ciudad amurallada, que, hasta hace no mucho, quedaba aislada a merced de las mareas como una fortaleza flotante. Benedicto XIII, el Papa Luna, erigi\u00f3 su particular Vaticano azotado por el salitre en este pe\u00f1\u00f3n rodeado del azul cegador del mar. Todas las callejuelas empedradas culminan en el castillo templario. La ascensi\u00f3n implica descansos: los puestos de artesan\u00eda regentados por argentinos, los restaurantes de tablas de embutido con mesitas en precario equilibrio sobre las escaleras de piedra, una horchata helada que corta la garganta, compras de cer\u00e1mica pol\u00edcroma, \u00a1Casa Dorotea, el mejor suquet de peix!<\/p>\n<p>El pasmo del visitante contin\u00faa al descubrir que, apenas a dos kil\u00f3metros de la Playa del Sur, el litoral se vuelve escarpado y rocoso. Es la Sierra de Irta, una alineaci\u00f3n monta\u00f1osa con 573 metros de altura m\u00e1xima y 15 kil\u00f3metros de fachada costera. Los folletos la definen como la \u00faltima sierra virgen de la Comunidad Valenciana. Es m\u00e1s, como &#8220;el \u00faltimo tramo de costa que queda sin edificar entre Francia y Almer\u00eda&#8221;. Y no mienten.<\/p>\n<p>Al acceder a la <strong>id\u00edlica playa de Pebret<\/strong> \u2013nada que envidiar a la cala m\u00e1s recoleta de Menorca o Formentera\u2013 hay que hollar un peque\u00f1o campo de dunas, uno de los \u00faltimos vestigios de este ecosistema en el litoral castellonense. En Irta huele a romero y tomillo, a salvia y espliego. Los senderos se\u00f1alizados marcan los hitos: la ermita de Sant Antoni, el castillo de Pulp\u00eds y el logotipo del Parque Natural, la torre Abadum, desde la que se divisa la playa de Pebret y un edificio abandonado, los restos de un cuartel de carabineros que, hasta mediados del siglo XX, amedrentaba a los contrabandistas en una zona apenas habitada. Los malnacidos llegan a bordo del coche a pie del mar; se pierden el azote de la brisa a pie o en bicicleta; no ven los cormoranes mo\u00f1udos ni los raros halcones de la reina.<\/p>\n<p>Apenas media docena de construcciones salpican el tupido matorral donde brota el palmito y el enebro, el lentisco y la coscoja. El sol cae a plomo sobre el paseante, hu\u00e9rfano de sombra bajo los raqu\u00edticos olivos, algarrobos y carrascas. A cada recodo del camino apetece zambullirse en el agua transparente, pero merece la pena postergar la experiencia para el final del recorrido. Los folletos de turismo aseguran que moran lagartos ocelados, culebras y lagartijas. Es m\u00e1s raro ver zorros, comadrejas, ginetas y jabal\u00edes.<\/p>\n<p>De esta tierra sali\u00f3 la <strong>piedra caliza<\/strong> para la fortaleza de Pe\u00f1\u00edscola y las torres de vig\u00eda que jalonan la costa. Desde ellas se oteaban las frecuentes incursiones de piratas berberiscos que durante siglos asaltaron a las poblaciones del levante peninsular. Hoy se distinguen yates de recreo y barcos pesqueros que descargar\u00e1n a la tarde en la lonja de Pe\u00f1\u00edscola. S\u00f3lo las chicharras rompen el silencio. Ba\u00f1arse depara un paisaje ins\u00f3lito en una Costa del Azahar tomada por el hormig\u00f3n: las dunas ceden el paso al matorral hasta donde se pierde la vista.<\/p>\n<p>Si sobrepasamos el Parque entraremos en la otra localidad con encanto de la zona, Alcossebre, con su playa donde brotan chorros de agua dulce y las mejores paellas de la zona. A un paso de aqu\u00ed emerge la aberraci\u00f3n de Marina D\u2019Or, \u2018Ciudad de \u2018Vacaciones\u2019, cuya visita merece la pena para recordar los tiempos del pelotazo urban\u00edstico. Un para\u00edso kitsch y hortera con parques al borde del mar poblados de pavos reales y carpas gordas como merluzas, hoteles con spa decorados como la villa de Berlusconi y edificios de apartamentos vac\u00edos y desoladores.<\/p>\n<p>Los<strong> senderos<\/strong> de Sierra Irta son circulares, por lo que el recorrido siempre finaliza en el punto de partida. Las playitas de la <strong>Punta del Mabre<\/strong> ser\u00e1n el colof\u00f3n de una jornada que proseguir\u00e1 en Pe\u00f1\u00edscola. Lo mejor del Paseo Mar\u00edtimo sigue siendo la Hoster\u00eda del Mar, un hotelito con el encanto setentero de los paradores nacionales, con recia decoraci\u00f3n castellana \u2013armaduras incluidas\u2013, una piscinita encantadora y un restaurante donde se come un pescado sublime. Desde las balconadas del castillo, palacio y biblioteca pontificia a su vez, el Mediterr\u00e1neo en calma y el blanco de las casitas encaladas resultan tan embriagadores como en Malta y Santorini.<\/p>\n<p>\u2018<strong>El Bufador<\/strong>&#8216;, una gran brecha entre las rocas por la que respira el mar en los d\u00edas de temporal, recuerda que una ciudad aut\u00e9ntica late m\u00e1s all\u00e1 de los cat\u00e1logos de agencias de viajes, hoteles tres estrellas y pensi\u00f3n completa incluida. Aqu\u00ed, por fin, no huele a fritanga.<\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>OSKAR L. BELATEGUI. \/ De Lloret de Mar a Punta Umbr\u00eda, el olor a fritanga mediterr\u00e1nea es el mismo. 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