Con espíritu aventurero, colonizador, cultural o evangélico, que para todo se puede encontrar una excusa, algunas expediciones europeas llegaron al corazón de África a finales del siglo XIX, a la zona de lo que hoy conocemos como Ruanda.
Allí se encontraron con algo que dejó atónitos a los intrépidos expedicionarios: el gusimbuka-urukiramende, un salto de altura a su manera. En las crónicas remitidas reflejaban que en el transcurso de sus danzas rituales algunos hombres ejecutaban asombrosos saltos que alcanzaban los dos metros y medio de altura. Me hago cargo de la intriga que generarían aquellos relatos a quienes los leyeran hace más de un siglo.
En 1908 llegaron las primeras fotografías. El prodigio era tan increíble que hasta las imágenes fueron puestas en entredicho.
Asumida la veracidad de las fotos, lógicamente se especuló con la idea de que en cuanto estos hombres voladores se adaptaran a las condiciones del Atletismo, los registros del salto de altura serían despedazados.
Actualmente nos sobra criterio para entender aquello. Como puede apreciarse, fijándonos un poco, los saltos no se realizaban a la misma altura que la carrera de aproximación sino que usaban una piedra como apoyo elevado, o se aprovechaba un plano inclinado, o ambas cosas. Eso no quita, en mi opinión, para apreciar las indudables capacidades atléticas de aquellos saltimbanquis.
Completo el álbum de fotos con todo el material gráfico que he encontrado del gusimbuka-urukiramende.
Y una pregunta para la reflexión: ¿qué aportó el primer mundo a aquellas regiones de África para que el récord de Ruanda de salto de altura sea 1.90 desde 1983?