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EL DÍA DE SAN JORGE ME LLAMO ROBERTO

2013 abril 22
por Juan Carlos Hernández

 

 

ME LLAMO ROBERTO

 

He sobrevivido a la pesadilla. Qué limpio parece todo a mi alrededor, qué limpio me siento. Hoy intento llorar y ni eso puedo. Tendido en una cama de hospital, solo y a merced de mis heridas, bendigo los dolores que me liberan de la agonía que padecí ayer, la angustia que me hizo desear el fin, el tormento que quiso empujarme a saltar y finalmente lo consiguió sin querer.

 

No debería pensar en todo esto, pero cómo evitarlo. Soy una persona más en el mundo, un lobo solitario que lleva con dignidad un negocio de alfombras en la pequeña ciudad de San Sebastián. Mi nombre es Roberto Vimon y no se me ocurre nada sobre mí que pueda interesar a nadie. ¿Y a quién estoy contando esto sino a mí mismo? ¿Por qué me viene a la mente mi propio nombre? Un nombre que no está en boca de nadie… Aunque al otro lado siempre puede haber alguien. Sí, seguro que hay alguien.

 

Era impensable hace dos días. Sé que hoy es sábado, sábado 19 de octubre, acabo de escuchárselo a unos médicos al recuperar la consciencia. Sin duda algo empezó a torcerse a partir de las cinco y media del pasado jueves, cuando entró en la tienda aquel individuo mal encarado y sus abalorios y sus figuras de vudú. No vino a comprar sino a vender y reconozco mi mal carácter ante estas situaciones, aunque nada fue igual a otras veces. Era un charlatán que defendía muy bien su oficio, y en un inusual gesto de respeto decidí comprarle un cachivache. Abrió una bolsa enorme y me mostró toda su mercancía. Un ligero resplandor parecía brotar desde el interior de la saca. Supuse que se trataba de algún truco y dejándome llevar por mi curiosidad acerqué la mano al primer bulto que encontré.

 

“Intento fallido, amigo. No elija al azar”, me advirtió adivinando mis pensamientos. “Imagine qué le gustaría ser o cavile en el mal que desee a sus enemigos. No está comprando una vulgar figurita para la balda de su biblioteca, el poder de este vudú procede de México y se ha forjado con la sangre derramada hace dos semanas en la Plaza de las Tres Culturas en la matanza de Tlatelolco. Hoy solo se habla allí de los Juegos Olímpicos, la “Olimpiada de la Paz” en boca del presidente Díaz Ordaz. Pero la sangre siempre acude a la sangre si se la sabe llamar, así que concéntrese y elija pensando en el amor o pensando en la sangre”.

 

Sus palabras adquirieron un tono tan intrigante que tuvieron un inesperado eco dentro de mi cabeza. Me tomé en serio la búsqueda y quise comprar algún objeto que llamase realmente mi atención. Por supuesto, no pensé en muertes o en enemigos, dejé la mente en blanco y la primera imagen que me sobrevino fue la de Brigitte Bardot, mi musa, mi reina, mi amor platónico. Al instante tenía en las manos una figura de cerámica que, a pesar de la advertencia, imaginé decorando mi biblioteca. El charlatán me clavó su mirada y quiso refunfuñar, aunque sus palabras sonaron cordiales.

 

“Amigo, déjeme decirle que es usted transparente. Esta vez ha elegido la pieza por su estética y lo ha hecho imaginando un amor irreal. No se sonroje, mucha gente actúa así y no es reprochable. Pero yo le estoy ofreciendo algo más elevado que todo eso, yo le estoy otorgando poder, magia, vudú. Quizá no está usted familiarizado con esta jerga pero ya lo entenderá, se lo aseguro. Asuma que la desgracia de unos hace feliz a otros, que si alguien llora en algún lugar del mundo el mismo mundo se compensa con la risa de otro. Permítame vaciar mi bolsa en su mostrador y encuentre el objeto que verdaderamente desea ser encontrado por usted. Es su tercer y último intento, no lo desaproveche”.

 

Parece mentira lo claras que recuerdo hoy las frases de aquel desconocido. El amplio mostrador de mi tienda quedó casi desbordado con todo lo que cabía en aquella bolsa fosforescente. Me tomé mi tiempo, no sé si por hacerle caso o por seguirle el juego a aquel hombre. Necesité varios minutos y reconozco que llegué a ponerme nervioso. Docenas de objetos preciosos, horribles, exquisitos, recorrieron mis dedos. Cerré los ojos y dejé la elección al tacto. Los abrí con una talla de madera en las manos, miré al vendedor y tuve la impresión de que él estaba más sorprendido que yo. Rompí el silencio que súbitamente se había apoderado de mi tienda mientras él se apresuraba en recoger su mercancía.

 

“Ha dicho que era mi último intento, me quedo con esta figura, ¿qué le parece?”. Él titubeó antes de hablar. “Ha, ha hecho usted una excelente elección. Excelente. Su precio le va a parecer excesivo, cuesta 819 pesetas, aunque no se preocupe, no ponga esa cara, yo se la regalo. Nunca creí que alguien elegiría ese trozo de samán, el árbol de la lluvia, que pliega sus hojas cuando el cielo amenaza agua. Recuerde los consejos que le he dado, cuide su acierto como un tesoro y disfrútelo”.

 

Masculló una despedida que apenas salió de sus dientes y desapareció. Tardé un rato en volver a pensar en él, metí el trozo de madera en un bolsillo del pantalón y dejé que llegase la hora del cierre de una jornada con poco trabajo. Anochecía. Di un breve paseo desde la tienda hasta la barandilla de la playa y respiré profundamente los aromas de un mar Cantábrico enfurecido. Si no fueran tormentosos, estos días de otoño serían inigualables. Quizá son las tormentas las que dan a la ciudad tanto encanto los meses de octubre. La cabeza me traicionó y volví a sentirme solo, como casi siempre desde hace ya tantos años, más de veintidós, cuando aquel lamentable 29 de agosto de 1946 ella murió en mis brazos. Ella perdió su vida, y yo, que solo la tenía a ella, llevo arruinados la mitad de mis cuarenta y cuatro. Y los que queden, puedo hoy exclamar desde aquí. El amor pasó de largo en mi biografía, pasó de largo y por eso elegí una diosa de mentira para que gobernara mi mundo. Brigitte Bardot, BB, mi Brigitte, la mujer que me mantiene cuerdo sabiendo que pisa el mismo planeta que yo, la mujer que me mantiene vivo con su simple existencia en mi mismo tiempo.

 

Reparé en la madera de mi bolsillo. Metí la mano en el pantalón y jugueteé unos segundos. Recordé entonces los ojos de aquel vendedor, más bien su mirada fija, y repasé mentalmente algunas de sus palabras; aquella palabrería sobre el vudú, la sangre, los enemigos, el poder, la matanza de México. ¿Los Juegos Olímpicos? Yo he detestado el deporte desde que entendí mi torpeza, desde que comprendí la limitación de mi cuerpo, quizá lo aborrezco desde la cuna. Ni sé ni quiero saber nada de toda esa bazofia que estará celebrándose en México. Y volví a sentir que aquel hombre me miraba y, con el viento y el sonido del mar en mis oídos, recapacité sobre el mundo al revés que me habían planteado. Un desconocido entra en mi negocio y en vez de comprar viene a vender… y lo consigue. ¿819 pesetas? A quién se le ocurre semejante estupidez. Menos mal que decidió no cobrarme y en vez de volverse el mundo del revés la escena quedó como algo parecido a una broma absurda. Maldita broma.

 

Saqué la talla del bolsillo y por primera vez me fijé en ella. Tenía en las manos un objeto negro, alargado, ligero, fibroso. Se asemejaba a una pequeña flauta aunque uno de sus extremos estaba cortado en dos hasta la mitad. Llegué a vislumbrar una figura antropomorfa pero era un trozo de madera demasiado simple. Pensé si el precio (si es que era real) tendría relación con la calidad de la madera. ¿Árbol de la lluvia? El rumor del mar volvió a sacudirme y Brigitte Bardot se mezcló de nuevo con mis pensamientos. Celebré una vez más aquel 25 de abril de hace once años en el que fui hechizado en una sala de cine en Burdeos. El cine me regaló “Y Dios creó la mujer”, la vida al otro lado de la pantalla me regaló a Brigitte Bardot y sus labios me regalaron la frase que tanto ha retumbado en mi cabeza: “El problema con el futuro es que siempre arruina el presente”. Mi vida reflejada en el espejo de un enunciado de película.

 

Ahora es fácil plantearme si cometí algún error, alguna imperdonable herejía que volvió contra mí el poder y la magia prometidos. Me duele el cerebro al pensar así desde mi escepticismo, pero he sufrido tanto desde el jueves que ya no sé a qué razón sujetarme.

 

“Elija pensando en el amor o pensando en la sangre”, habían sido sus palabras. Brigitte volvió a mi mente. Sentí el impulso de hacer caso al charlatán y decidí esculpir las iniciales de mi fantasía en la madera que me había regalado. Busqué en la chaqueta una pequeña navaja y con ella cincelé, pausada y profundamente, mis letras mágicas: BB. Evoqué el flechazo de Burdeos y también grabé la fecha: 254. ¿Profanación? Ay.

 

Profanación. Hoy lo veo probable, sí, porque un escalofrío me recorrió la espalda y empezaron a sudarme las manos. ¿Acaso no pensé en el amor? Mi salud siempre ha sido buena y no di importancia a estas primeras alteraciones que iniciaron mi caída en el abismo que me ha traído hasta esta cama de hospital. Sospecho que no habría podido hacer nada contra ellas. Mientras caminaba hacia casa tarareé sin cesar el “La, la, la” de Massiel en vez de saborear las melodías de Otis Redding , los Temptations, los Beatles o tantos otros, la música con la que me embriago en mis viajes de negocio a Francia, tan poco difundida aquí. Sí, algo distinto a lo normal corría ya por mis venas cuando llegué a mi piso de la calle Hernán Cortés 8, 9ºA.

 

Tomaba el aire junto a la ventana del salón mientras comprobaba en la enciclopedia la existencia del samán cuando varias punzadas en la tripa me cortaron la respiración. Supongo que palidecí como una hoja de papel y asumí un principio de enfermedad. Las manos me ardían. Un súbito mareo me hizo caer de rodillas y sollocé sin motivo. Junté algunas fuerzas para recorrer el pasillo y llegar hasta el dormitorio. Agotado, me tumbé en la cama con la corbata, la camisa y el pantalón puestos. Urgía dormir. Por fin quedaba atrás el jueves 17 de octubre. Ingenuo de mí, no podía sospechar que me encontraba al borde de un precipicio de varias horas de trances y amarguras atroces.

 

La habitación entera daba vueltas a mi alrededor a una velocidad vertiginosa. Dudo de si aquello estaba dentro o fuera de mi cabeza. O dentro y fuera. Algo ilusorio debía de haber porque no había luz y yo veía mejor que en pleno día. Cerraba los ojos y la claridad seguía envolviéndome. Las alucinaciones eran ya evidentes. ¿Alucinaciones? Una terrible desazón recorrió mi garganta, mi respiración se encrespó y los estertores me quemaban los pulmones. Mi cuerpo se agitó como un caballo loco y vomité. Qué pudo ser aquella pestilencia que salió de mi boca si no había comido nada desde el mediodía. Un hedor repugnante se sumó a los delirios. Con terribles dolores me quité la corbata y con ella traté de apartar el vómito. En pleno calvario me quedaban recursos para pensar en la tienda y en si podría abrir el negocio por la mañana. ¿Acaso era todo real o se me mezclaban las ideas? Con la viscosidad extendida asquerosamente por la almohada y el cabezal de la cama empezaron las voces. Voces que me llamaban por mi nombre. Sentí tanto miedo que noté cada átomo de mi cuerpo explotarme hacia dentro.

 

“Por qué, Roberto, por qué…”

“Quién eres tú, Roberto…”

“¿Eres tú tu peor enemigo?”

 

Aquí, en el hospital, me siento hoy a salvo. Pero cómo entender lo de las voces. Todas ellas eran diferentes y todas igual de nítidas. Sentí pánico, terror, cómo no sentirlo. No sé cómo se llama lo que sentí.

 

“La sangre siempre acude a la sangre”

 

¡Esa frase la había dicho el charlatán! Después de temblar no sé cuánto tiempo, emití algo similar a un chillido y se me aflojó tanto el cuerpo que me cagué y me meé encima. Las voces no cesaban, yo no podía hablar, no podía defenderme y el olor era fétido, nauseabundo, extremo. Como mi miedo, como mi enajenación.

 

Encharcado en mis excrementos y sacudido por el terror, intentaba gritar pero mi garganta estaba encogida. La saliva tenía gusto a sangre. Los dolores eran insoportables tanto si me agitaba como si permanecía inmóvil. Hasta dónde llegó mi tortura. Las voces pasaron a ser sólidas, a tener ojos y extremidades. Me susurraban, me gritaban, me abrazaban y abofeteaban. Temblores, patéticos temblores me sacudían el cuerpo y las entrañas cuando notaba a flor de piel los gélidos abrazos de aquellas presencias cada vez más físicas.

 

En el límite del desmayo llegó el primer viaje. Mi capacidad de asombro seguía ensanchándose. No eran alucinaciones, no podían serlo. Me vi de cuerpo presente en México, en la Plaza de las Tres Culturas en el momento que empezó la matanza de la que había hablado el vendedor ambulante. No sé cómo lo sabía pero lo sabía. Envuelto en los empujones, las carreras, los disparos, el olor a pólvora; los gritos de desesperación, la sangre tiñendo el asfalto y las aceras. Corría y lloraba con la marea humana hasta que caí al suelo y fui pisoteado por la marabunta. Seguía vivo. Enjugué mis lágrimas y me incorporé torpemente. Estaba en Praga, en el aeropuerto de Ruzyně. Aviones, paracaidistas. Parpadeaba y cambiaba de lugar. Tanques, atrocidades, muerte. Me perseguía la sangre, con sus voces y amenazas.

 

Llegó la claustrofobia. Yo corría por una sala de máquinas. Militares de todos los rangos corrían también. No necesitaba entender porque las respuestas llegaban a mi mente. Estaba dentro un submarino nuclear, el USS Scorpion. Nos hundíamos sin remedio. Viví, vivimos la atrocidad de la muerte segura. Algunos cantaban, otros reían. Rezos, suicidios. El miedo en una de sus variables más perversas.

 

Regresé a la realidad pútrida de la cama. La desesperación, los dolores, el asco y el pánico me impedían cualquier acto racional. Si hubiera podido moverme yo también habría intentado poner fin a tanto sufrimiento, pero aquellas voces y sus fríos brazos espectrales me retenían e incrementaban su fiesta aterradora. Comprendí que me estaban obligando a recorrer algunas de las desgracias de los últimos meses y caí en la posibilidad de que en otro lugar o en otro tiempo mi situación debía estar haciendo muy feliz a otro ser humano.

 

Sonó un disparo y el Dr. Martin Luther King cayó al suelo en un charco de su propia sangre con el rostro destrozado. Corrí hacia él, trataba de alcanzar el balcón del segundo piso donde agonizaba pero al llegar me encontré en My Lai, envuelto en la más atroz y sanguinaria matanza de civiles en la guerra que está devastando el Vietnam. Violaciones de mujeres y niñas, destrucción a fuego, ejecuciones a sangre fría. Y yo allí en medio. Volví a vomitarme encima y no sé si abrí o cerré los ojos pero repetí la congoja virulenta de encontrar la muerte en el hundimiento de un submarino. En el submarino Dakar del ejército israelí aprendí que todas las muertes se parecen a la misma muerte.

 

El vómito me recorría la cara y se me metía por los oídos. Encontré alguna energía para sacudirme y vi en el reloj de la mesilla que eran más de las diez y media. No podía ser, no había luz en el pasillo. Descifré que no eran las diez y media de la mañana sino de la noche, llevaba más de veinticuatro horas en el filo de la locura. Once menos veinticinco. Yo no era yo, el miedo y los dolores seguían acechándome aunque las voces, sus ojos y sus abrazos estremecedores habían cesado. Me sangraban la nariz y la garganta. La sensación de la ropa pegada al cuerpo y el cuerpo aglutinado a la cama eran repugnantes; la pestilencia de la habitación iba más allá de lo tolerable. Tenía que escapar de allí, de aquella situación repulsiva; que el 18 de octubre de 1968 no fuera un día perdido. Me fallaron las fuerzas pero conseguí moverme. Eran las once menos veinte. Noté que se me clavaba algo en el muslo y entendí que se trataba del trozo de samán que había ultrajado. Lo saqué del bolsillo y comprobé con un nuevo espanto que de las letras y números que yo había grabado rezumaba un líquido pestilente. Intuí mi pecado y sospeché por vez primera la culpa del objeto en todo lo que me había sucedido. Al final del pasillo estaba la ventana del salón y consideré que la víspera se había quedado abierta. Mi meta en la vida pasó a ser arrojar a la calle la diabólica pieza de madera.

 

Me dejé caer de la cama al suelo y me arrastré hasta el pasillo. En el otro extremo vi la ventana abierta de par en par. Un pasillo, tan solo unos metros me separaban del objetivo. Eran las once menos cuarto. Cerré los ojos, me concentré, respiré profundamente y busqué en lo más remoto de mi alma los recursos necesarios para tomar impulso. Junté todo el asco, el terror, la desesperanza y el dolor por todas las muertes que había presenciado y mi cuerpo reaccionó. El pasillo me pareció más largo de lo habitual pero conseguí correr hacia la ventana con un ímpetu en el que tampoco me reconocí. Lancé la talla de samán con tantísima fuerza que yo mismo despegué los pies del suelo y salté al vacío.

 

El maldito cachivache se volatilizó en el aire, lo vi con mis propios ojos, creo, y yo volé los nueve pisos que me separaban del suelo sintiéndome en paz conmigo mismo. No recuerdo el impacto.

 

Hoy los médicos se preguntan cómo es posible que esté vivo. Hace unos minutos, sin saber que yo les oía, comentaban su sorpresa. Al parecer, en una primera auscultación contabilizaron 890 fracturas pero ante la incredulidad general el siguiente recuento ha llegado a 804, lo que debe de ser mucho más normal. Yo no entiendo de medicina pero sí sé que tengo la suerte de seguir vivo, y no me refiero al vuelo o a las fracturas.

 

Se abre la puerta, alguien está entrando. El perfume me dice que es una mujer pero no puedo moverme para comprobarlo. Una voz, firme y compasiva, lo corrobora.

 

- Hola, Bob Vimon, ¿puedes hablar? Mi nombre es Brígida y voy a ser tu enfermera particular.

 

- Pue, puedo hablar, pero yo no me llamo Bob, me llamo Roberto.

 

- ¿Roberto? Alma cándida, ¡tú no sabes qué cosas están pasando en el mundo!

 

- Sí lo sé, Brigitte, desgraciadamente sí lo sé. Son las cosas que me han traído aquí.

 

- ¡Qué vas a saber! Espera a leer los periódicos y ya verás qué gracia te hace. A partir de ayer, tras tu salto de nueve pisos, no habrá nadie que no te llame Bob.

 

PIETRO MENNEA vs. GREGORIO PARRA

2013 marzo 23

 

En aquellos años en los que el Atletismo era uno de los principales deportes de la parrilla televisiva, los aficionados compartimos muchas horas con Gregorio Parra, en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, hasta que su jubilación nos separó.

 

De aquellas retransmisiones yo tengo el recuerdo de que a Gregorio Parra le gustaba meter el dedo en dos ojos. Uno era del triplista búlgaro Khristo Markov, de quien decía que antes de dejarse contratar por un mitin preguntaba si había control antidopaje, y el otro era de Pietro Mennea, al que acusaba de haber invadido descaradamente la calle interior en la curva de la carrera que le llevó a batir el récord mundial de los 200 metros con 19”72. Él estaba allí y lo vio con sus propios ojos.

 

Existen (que yo sepa) dos vídeos de aquella carrera, este y este. Ninguno de los dos aclara el asunto al cien por cien. Lo que sí aclara el primero es que la segunda mitad de la curva la hizo correctamente, por lo que de haber trampeado Mennea tuvo que hacerlo en los primeros 50 metros, tras los apoyos de aceleración, los más alejados del puesto de comentaristas, en el que, supongo, se encontraba Gregorio Parra.

 

Quizá algún día aparezcan evidencias en vídeo o fotografías, quizá Parra estaba en otro lugar, pero con los datos visuales que manejo no tengo por qué dudar del carrerón de Mennea, que repartió su esfuerzo en 10”34 + 9”38 y que llegó al 120 casi emparejado con el atleta de la calle 2.

 

Yo me aficioné al Atletismo cuando Mennea daba sus últimos coletazos, pero era el campeón olímpico, el plusmarquista mundial, el atleta con el mejor promedio de la historia en la prueba antes de la irrupción de Carl Lewis. Pietro Mennea ya era un mito para mí y para el mundo. A mí me tocó ver cómo los 19”72 que Pietro Mennea hizo en 1979 aguantaban las embestidas de Lewis, De Loach, Marsh o Michael Johnson (hasta el 19”66 de 1996, claro), este 19”72 era y será por siempre una de las grandes referencias de aquel Atletismo que ya nunca volverá.

 

Gracias por todo lo que nos diste, señor Pietro Mennea.

 

CUANDO UN JUEZ TE APUÑALA (Y PINCHA HUESO)

2013 marzo 10
por Juan Carlos Hernández

 

CUANDO UN JUEZ TE APUÑALA Y, ENCIMA, SE RÍE DE TI

 

CUANDO UN JUEZ TE APUÑALA (SEGUNDA Y PENÚLTIMA PARTE)

 

Tercera y última entrega del culebrón. La Fundación Kirolgi ya ha hecho al Atlético San Sebastián el primero de los dos pagos (2 x 7011 = 14022€) que hacen justicia económica a los méritos deportivos que el Club se ganó en Eibar el 2 de junio de 2012 y que un juez árbitro, nunca sabremos con qué trasfondo, se esforzó sobremanera en que no fuera así. Un dinero que desahoga mucho porque era o eso o cero.

 

Desde aquí felicito sobre todo a los atletas que compitieron aquel día y a los que no pudieron hacerlo; también a quienes habéis trabajado en la sombra para que se hiciera justicia, algo que nos parecía imposible aun sabiendo que teníamos la razón en nuestras manos; y por qué no decirlo, me felicito a mí y a quienes nos tocó padecer aquella burla en primera persona.

 

Solo espero que este juez árbitro XY no vuelva a cruzarse en nuestro camino, ni en el camino de ningún otro club. Cuánto daño puede hacer un juez maaaalo. Pues hale, a cascarla.

JUAN MORA, UN ILUMINADO ENTRE LAS SOMBRAS

2013 febrero 27
por Juan Carlos Hernández

 

Juan Mora, nada más y nada menos que el subdirector del diario AS, aprovechó su columna de opinión de ayer martes para cagar blando y darle duro al ventilador. Y aunque me duela hacerle publicidad hago de tripas corazón y tiro p’alante.

 

En un batiburrillo de mierda pseudoperiodística mezcló entre los zurullos sus viejas rencillas con el presidente de la Federación Española, José Mª Odriozola, con la galga del puerto Marta Domínguez, con los tralarí tralará de Eufemiano Fuentes, con la enigmática figura del doctor Laich y con el mánager de la galga. Pero el primer arreón le ha llenado de zurraspas los gayumbos, cuando va el tío y suelta sin ningún pudor que Ramón Cid, recientemente elegido director técnico  de la Federación, es el eslabón final de la cadena porque perteneció al grupo de ocho atletas que bla, bla, bla.

 

Así empieza la escatológica faena del blablablista Juan Mora:

 

El atletismo español está lleno de sombras. Se trata de una historia interminable, porque todos los eslabones de la cadena están perfectamente enlazados. Tal es así, que los primeros y los últimos se relacionan entre sí, pese a haber transcurrido treinta años. Ramón Cid acaba de ser nombrado seleccionador por Odriozola, y Ramón Cid fue uno de los ocho atletas a los que el doctor Laich, llegado de Checoslovaquia, comenzó a hacer biopsias musculares para someterles a un tratamiento que mejorase sus marcas.

 

Yo no voy a defender la figura de Ramón Cid porque se defiende sola con su pasado y su presente. Me conformo con ser un pequeño eslabón entre otros que ya han salido al paso de la defecación de Mora, como aquí o aquí.

 

Lo que sí me pregunto es si este vendedor de periódicos busca hacer daño o si él cree, perdido en su atalaya, que está haciendo el servicio social de informar a la población. Tergiversar la historia a estas alturas cuando manejaba estos datos en 1985 no parece compatible con la segunda opción.

 

Por eso me gustaría pedirle a este personaje de la “cultura deportiva” de este país que se disculpe públicamente, y –puesto a pedir y a soñar– que reconozca que ha actuado como un iluminado entre las sombras al sesgar torticeramente la jugosa historieta de las biopsias, esa que le ha llevado a difamar a un SEÑOR por el módico precio de haber hecho el ridículo a ojos de quienes amamos el Atletismo que define y defiende Ramón Cid.

 

Yo sí que me cago en las sombras, las historias interminables y los ventiladores de algunos.

REIVINDICANDO A MIKE POWELL

2013 febrero 23
por Juan Carlos Hernández

 

Hace más de año y medio, en el post titulado “Carl Lewis volador”, quedó patente la estadística que convierte a Carl Lewis en el rey del salto de longitud. Sus números apabullantes, sumados a sus cuatros oros consecutivos en Juegos Olímpicos, sus dos oros y una plata en Mundiales cuatrienales, así como sus 65 victorias consecutivas en diez años imbatido, dejan poco o ningún margen a discutir ese trono.

 

La única laguna de su palmarés fue que nunca consiguió el récord mundial al aire libre (batió tres veces el de pista cubierta, que conserva desde 1984 con 8.79m). Los Ocho Noventa de Bob Beamon en 1968 y los 8.95 de Mike Powell en 1991 le cerraron esa puerta.

 

Entre Bob Beamon y Mike Powell existe un paralelismo: ambos fueron considerados en su momento como “hombres de un solo salto”, ese supervuelo que los colocó en la historia del deporte.

 

Aunque solemos olvidar que antes de México’68 Bob Beamon ya había batido dos veces el récord mundial indoor (8.25 y 8.30 en 1968), la descripción de “hombre de un solo salto” al referirse al Ocho Noventa parece bastante correcta. Eso sí, creo que conviene ubicar las cosas en su contexto histórico: en 1968 ser campeón olímpico a los veintidós años con un salto de 8.90 solo te servía para saber que habías alcanzado tu techo deportivo. A alguien que hiciera ahora algo equivalente le veríamos en el podio con el símbolo del dólar en las pupilas. Pero a partir de 1969, con resultados condicionados por las lesiones y el peso de su hazaña, Bob Beamon apostó por el futuro y optó por acabar sus estudios y graduarse en la Universidad. Victoria suprema para alguien que pocos años antes era un pandillero juvenil en los suburbios neoyorquinos.

 

En cambio Mike Powell llegó al Atletismo en una época totalmente distinta a la de Beamon, lo que le permitió desarrollar su talento durante muchos más años y madurar a fuego lento. Quedó dos veces segundo y una vez quinto en Juegos Olímpicos (1988, 1992 y 1996), siempre derrotado por Lewis, y ganó dos Mundiales (1991 y 1993) más un quinto puesto (1995), concurso ganado por Iván Pedroso. Su incuestionable GRAN MOMENTO es su sonada victoria de Tokio’91, en la que al saltar 8.95 en condiciones reglamentarias batió el récord mundial de Bob Beamon y rompió la mencionada racha de Carl Lewis, quien, para mayor sorpresa del resultado, acababa de saltar 8.91 (+2.9).

 

 

El segundo mejor salto legal de Mike Powell es un 8.70 (+0.7) que consiguió en Salamanca el 27 de julio de 1994. Comparado con Carl Lewis la diferencia estadística es abrumadora. Pero en mi opinión Mike Powell está muy lejos de ser un “hombre de un solo salto”.

 

En su afán por lograr “el salto perfecto” Mike Powell no dudó a la hora de buscar las condiciones de altitud y viento más favorables, por lo que la pista alpina de Sestriere se convirtió en su bastión. Y resulta que al abrir el espectro, si recurrimos a la estadística extraoficial, esa que incluiría los saltos válidos ventosos y no ventosos, y no solo los saltos ganadores sino los concursos completos, comprobamos que los números de Mike Powell crecen notablemente.

 

Para empezar, Mike Powell es el autor del salto medido más largo de la historia, 8.99 (+4.4), hecho el 21 de julio de 1992 en la altitud de Sestriere. Su serie de aquel día, toda ventosa, también es la “mejor” de todos los tiempos: 8.65 (+3.7), 8.75 (+3.4), 8.80 (+3.0), 8.85 (+3.8), 8.99 (+4.4), 8.84 (+4.0).

 

 

Para seguir, Mike Powell tiene cuatro saltos por encima de 8.90 (solo uno legal), y me parece reseñable –ojo al dato– que esos cuatro saltos los hizo en cuatro concursos diferentes, es decir, Mike Powell se fue cuatro noches a la cama habiendo hecho un resultado igual o superior a 8.90, algo que legal o ilegalmente no puede decir nadie.

 

En el ranking extraoficial solamente hay siete saltos iguales o superiores a 8.90, dos legales y cinco ventosos. Y de esos siete CUATRO han sido hechos por Mike Powell.

 

 

Si abrimos el estudio otros 10 centímetros (≥ 8.80), Mike Powell sigue dominando con 7 de 15 saltos (solo uno legal), por delante de Carl Lewis que tiene 4 de esos 15 (dos legales). A los cuatro atletas del cuadro anterior se suma Robert Emmiyan.

 

 

Hay que ampliar el estudio otros 10 centímetros (≥ 8.70), donde yo creo que se juegan las Grandes Ligas, para que reluzca el dominio de Carl Lewis sobre Mike Powell: 21 saltos de Lewis (11 legales) contra 11 de Powell (2 legales). Y aparecen en escena seis nombres más: Larry Myricks (2 legales), Erick Walder, Dwight Phillips, Irvin Saladino y Sebastian Bayer (en pista cubierta). Más Fabrice Lapierre con un salto ventoso.

 

 

En resumen, Mike Powell es un atleta a reivindicar. Es el poseedor de uno de los récords mundiales más caros y, quizá, más olvidados de las listas, siempre a la sombra de los mitos Beamon y Lewis, a los que él superó aquella gloriosa tarde nipona del 30 de agosto de 1991. Mike Powell, el hombre que siendo ya plusmarquista mundial siguió soñando con el infinito y más allá.

 

NACE LA REVISTA “ATLETISMO ESPAÑOL” (DIGITAL Y GRATUITA)

2013 febrero 13
por Juan Carlos Hernández

(Pincha en la imagen para acceder a la revista)

 

Ha nacido la revista digital “ATLETISMO ESPAÑOL”, publicación oficial y gratuita de la Real Federación Española de Atletismo. En este momento solo he entrado una vez en el enlace, y me ha parecido comprobar que es la digna sucesora de la edición impresa de la revista “Atletismo Español”, que acaba de morir después de más de sesenta años, arrastrada, supongo, por el tsunami de la crisis.

 

La verdad es que llevo unos cuantos días pensando en cómo desarrollar un post titulado algo así como “Ha muerto la revista Atletismo Español” y hablar sobre lo mucho que lamento la pérdida. Pero en el último momento me ha parecido mejor idea hacer llegar a quienes sean mis lectores el nacimiento de la nueva versión.

 

He dicho que la edición impresa ha debido morir víctima de la crisis y, en realidad, no tengo ni idea. Quizás la decisión se ha tomado en base a otros criterios; sin duda una edición online (y gratuita) va a pasar por delante de los ojos de mucha más gente y eso tiene un valor.

 

A estas alturas mi relación con la revista “Atletismo Español” era muy esporádica. No era fácil encontrarla en San Sebastián. En los últimos –pongamos– quince años solo la he visto en un único quiosco de la Avenida de la Libertad, y allí es donde solía comprar algún número suelto, normalmente el posterior al gran evento atlético que hubiera en verano.

 

Pero ahora que ha muerto la revista impresa debo reconocer que la nostalgia me ha puesto muchas sensaciones a flor de piel. Porque hubo unos años, de 1986 a 1993, en los que la llegada de la revista al buzón de mi casa era todo un acontecimiento. Y algunos números sueltos que vi de casualidad en 1985 me volvieron loco. De los 16 a los 24 años, esa época en la que se forjan los engranajes.

 

Yo me leía la revista, la releía, la devoraba. Era como rechupetear un hueso de pollo. Repasaba una y otra vez todas las secciones, daba igual si eran de actualidad, de historia, de entrenamientos, resultados, entrevistas, miscelánea, reportajes, las fotos… todo p’adentro.

 

Gané varias veces un concurso que había en aquella época, más por ver mi nombre publicado que por el premio. En una ocasión el premio fue una suscripción anual a la revista para otra persona, suscripción que yo puse a nombre de mi novia de entonces, que me la daba religiosamente para que yo tuviera dos ejemplares, como los petit-suisses.

 

 

Ejemplo de que me aprendía hasta el pie de las fotos. En 1990 yo estaba con un amigo en el aeropuerto de Hondarribia esperando a Merlene Ottey en nuestro papel de caza-autógrafos. Yo tenía un carpetón lleno de fotografías de Atletismo y estaba buscando las que necesitaba. Se nos acercó un tipo con una cámara al cuello y, muy amablemente, se interesó por nosotros. Le contamos qué hacíamos allí y me pidió la carpeta para echar un vistazo a las fotos. Los ojos le hacían chiribitas y para mi sorpresa murmuraba: “anda, esta es mía, esta también, esta también…”. Yo procesaba la información y al final caí: “coño, ¡tú eres Miguélez! ¡¡Tú eres el fotógrafo de Atletismo Español!!”. Y si yo estaba sorprendido creo que a él la cabeza le daba vueltas sobre su eje: ¡Alguien que me conoce! ¡¡Alguien que conoce mi trabajo!!”. Aquello acabó en una agradable conversación y una foto que nos sacó Miguélez con Merlene Ottey. José Antonio Miguélez es un número uno en lo suyo y no sé si recordará esta anécdota. Veintitrés años después le mando un saludo desde aquí si se da la casualidad de que lo lee.

 

 

En aquellos años más de una vez soñé que algún día publicarían algún artículo escrito por mí. Vana ilusión porque finalmente tomé otros caminos. Quién podía imaginar que alguien iba a inventar Internet y que el mundo iba a cambiar tan deprisa. Y en este nuevo mundo digital hasta un torpe como yo ha encontrado su sitio. Este blog, que ya se acerca a su cuarto año de vida, es una muestra de ello y una prueba de lo mucho que se puede disfrutar con estos formatos.

 

Yo voy a ser seguidor de la versión digital de “Atletismo Español”, es el signo de los tiempos y los tiempos no tienen por qué ser peores. Aunque sigo sin tener claro si estos nuevos formatos tienen la capacidad de hacer sentir a las nuevas generaciones lo que aquellas revistas manoseables me hicieron sentir a mí. No sé si lo creo pero me gustaría creer que sí, quiero creer que sí. Espero que sí.

CARL LEWIS EN EL ANUNCIO DEL COCHE

2013 enero 23
por Juan Carlos Hernández

(Pincha en la foto para ver el vídeo)

 

Últimamente está a todas horas en la televisión. Es un anuncio del Renault Megane 2012 con el lema “Cuando la calidad se lleva en los genes… superarse es la única meta”. Las prestaciones del coche están asociadas a imágenes de archivo de Bruce Lee a los siete años, Kaspárov  a los nueve  –solo en la versión extensa–, Steffi Graf a los ocho, Salvador Dalí  a los 22 y Carl Lewis a los 18. De fondo suena la canción “Heroes” del ahora reaparecido David Bowie, por si faltaba talento.

 

El anuncio no es nuevo, hace meses ya estuvo en la parrilla televisiva. Ya entonces hice un intento de averiguar a qué salto de Carl Lewis pertenecían las imágenes, y me llevé la sorpresa de que no solo no fui capaz sino que no supe ni acercarme a una respuesta.

 

Pero el anuncio ha vuelto a la tele para retarme, y tras una conversación con El pajarito inglés en la que yo opinaba que el Carl Lewis del anuncio tenía más de 18 años, he vuelto a la carga con todas mis armas.

 

Y mis armas son la paciencia, una gigantesca colección de fotos de Carl Lewis, el listado de todas sus competiciones, Internet y estudiar casi fotograma a fotograma las breves imágenes del anuncio.

 

 

Una vez resuelto me sorprende ahora lo huidiza que ha sido la respuesta. Y menos mal que acerté con la apreciación personal de que las imágenes son de 1981 basándome en la ropa y lo depurado de la técnica del salto, porque, incluso así, todo lo que analizaba me confundía y me hacía dudar; y me iba de un estadio a otro, incluso de un país a otro, que de todo ha habido.

 

Lo que más despistado me tuvo fue que el propio anuncio hace una pequeña trampa. Cuando Carl Lewis reaparece tras la primera parte del eslogan (en la versión extensa) la imagen está girada horizontalmente. Intentad leer “Santa Mónica” en el pecho de Lewis.

 

 

Total, que la grada que se ve durante el salto y la grada que se ve tras la reaparición me parecieron distintas, y viajé por varias pistas de los Estados Unidos y Europa convencido de que había que encontrar DOS estadios.

 

Sería interminable explicar todos los palos erróneos que he dado hasta encontrar la EVIDENCIA que me puso en el camino correcto, así que voy al grano. La evidencia me llegó con esta foto catalogada en mi colección con un escueto “Lewis_1981b”, fecha que en su momento atribuí por intuición.

 

 

Colocada junto a un fotograma parecido del anuncio resulta evidente que ese es el mismo pasillo de saltos, con la misma grada y vomitorio al fondo.

 

 

Pero en esta foto yo encontraba una información aún más valiosa, y es que en ella aparece  una construcción (¿?) que yo ya había visto en otras fotografías de Carl Lewis.

 

 

Afinando en mi colección y buscando “eso” llegué a esta otra foto que me ubicaba el salto de forma definitiva gracias a la información que da la agencia de prensa:

 

 

SACRAMENTO, nos encontramos en el Hughes Stadium de Sacramento, y google nos resuelve enseguida que eso que yo he llamado ‘construcción’ es un tanque de agua gigantesco, y que la segunda parte del anuncio sigue siendo el mismo estadio:

 

 

Para dejarlo aún más claro, esta imagen aérea nos muestra el tanque de agua y el estadio completo, y yo señalo el foso:

 

 

Resuelto el enigma de la localización falta por determinar qué salto es el del anuncio.

 

Desde el principio de esta “investigación” he estado seguro de que este salto es de 1981. Por si quedara alguna duda, en la década de los 80 Carl Lewis compitió en Sacramento solamente una vez, en los Campeonatos Nacionales de 1981, y no volvió a esta pista hasta 1995.

 

En aquel campeonato Lewis ganó el 100 y la longitud. Fue el 20 de junio de 1981, y como la final se disputó entre la semifinal y la final del 100, se limitó a hacer un primer intento ganador. Fue un salto de 8.62 (+0.8), que en aquel momento supuso la segunda mejor marca de todos los tiempos detrás del Ocho Noventa de Bob Beamon, tema que traté en este post.

 

Existe cierta controversia sobre si un día antes, en la calificación, Lewis hizo un nulo y después un ventoso 8.73 (+4.6) o si hizo este salto en primer lugar. Si la vista no me engaña creo haber resuelto el debate. La respuesta es que hizo DOS SALTOS.

 

Aunque las imágenes son casi idénticas, en la fotografía en blanco y negro vemos un atleta a punto de poner su pie derecho en el pasillo de saltos. La foto en color tiene una calidad bastante mala, pero por más que miro y remiro ese atleta no aparece.

 

 

Llega la duda tonta final: ¿el salto del anuncio es el 8.62 del 20 de junio o alguno de los saltos del 19 de junio? El propio anuncio contiene un fotograma en el que se ve cómo el juez levanta la bandera blanca:

 

 

Ya sabemos que el salto es válido. ¿8.62 u 8.73w? ¿20 de junio o 19 de junio de 1981?

 

Me la juego a la carta de la PRESENCIA DE PÚBLICO en la grada para tener la certeza de que el salto del anuncio es el único salto que Carl Lewis hizo en la final del 20 de junio.

 

 

Hago constar que la agencia fotográfica también atribuye la foto en blanco y negro al 8.73w, aunque sé que muchas veces se equivocan.

 

 

Un último hallazgo para dar brillo al trabajo. Este diario alemán ilustra la noticia de los logros de Carl Lewis con una fotografía atribuida al 8.62 en la que aparece una figura que acredita que esta foto es del mismo salto que el del anuncio.

 

 

Resumiendo. El salto que nos muestra el anuncio del Renault Megane 2012 es el primero y único de la final del Campeonato de los Estados Unidos, en el Hughes Stadium de Sacramento, el 20 de junio de 1981. Salto que le dio la victoria con un registro de 8.62 (+0.8).

 

Y Carl Lewis no tenía 18 años. Lewis nació el 1 de julio de 1961, por lo que el día de ese salto tenía 19 años y 355 días.

 

Un saludo amigos.

 

 

 

 

CUANDO UN JUEZ TE APUÑALA (SEGUNDA Y PENÚLTIMA PARTE)

2013 enero 16
por Juan Carlos Hernández

 

El pasado 5 de diciembre publiqué un post titulado “Cuando un juez te apuñala y, además, se ríe de ti”, que os invito a releer, para desahogarme un poco y exponer un caso de injusticia deportiva que me afectaba de forma directa e indirecta.

 

Hoy, 16 de enero, coincidiendo con mi cumpleaños, por lo que lo considero un regalo (casual pero regalo) ha llegado la RESOLUCIÓN FINAL del Comité de Disciplina Deportiva de la Federación Española dándonos la razón, revocando las descalificaciones y devolviéndonos los puntos que siempre fueron nuestros. Si había alguna duda ya no la hay: el equipo masculino del Atlético San Sebastián NUNCA DESCENDIÓ.

 

Como decía en diciembre, hace tiempo que sabemos que este año vamos a competir en la misma categoría que la temporada pasada porque otros equipos han renunciado, pero la Fundación Kirolgi nos retiró la subvención por el hecho de haber descendido, a pesar de la repesca. Pues bien, ahora que han vuelto a su sitio las piezas del puzle que el juez XY puso tanto empeño en descolocar, espero que pronto pueda escribir el tercer y último capítulo de esta historia para contar que Kirolgi nos concede la subvención que nos corresponde.

 

 

 

A MI AMIGO Y COMPADRE EDGAR VALLE (EN MEMORIA)

2012 diciembre 11
por Juan Carlos Hernández

 

Estimado Edgar:

 

El pasado viernes 8 de diciembre, clavado en el asiento de un autobús que me llevaba de San Sebastián, mi ciudad, a Santander, la ciudad en la que viven mis padres, me llegó un correo electrónico enviado por tu hijo Eric. Pude leerlo gracias al celular, y así, sin previo aviso, me sacudió la noticia de tu fallecimiento.

 

Yo soy de esos tipos que no gustan de mostrar sus lágrimas en público, pero me tenías que ver allí, solamente protegido por la oscuridad de la noche, secándome el rostro con las mangas de un chándal.

 

Y es que tú y yo sabemos lo mucho que hemos disfrutado durante el último año cruzando correos desde San Sebastián a México D.F. y desde México D.F. a San Sebastián; fusionando tus recuerdos con mis investigaciones beamonianas, compartiendo información, pasión, compartiendo amistad. Compartiendo felicidad. La felicidad que el viernes me brotaba de los ojos.

 

Te has ido pronto y te has ido joven, Edgar. Sesenta y seis años recién cumplidos no es edad para dejar a los amigos. Perdona el reproche, Edgar, me ha podido la rabia.

 

Tu hijo Eric me dio la mala noticia y tu hijo Eric fue quien nos unió. Vuelve a mi memoria aquel escueto mensaje que me escribió a través del foro de ‘El Atleta’ el 10 de septiembre de 2011 diciéndome que era el hijo del jefe de jueces de Atletismo de México’68, el juez que sale junto a la tabla de batida en las fotografías del Ocho Noventa de Bob Beamon. Y pidiéndome una dirección de correo para profundizar en el contacto.

 

Ahora me río pero menudo susto me llevé. Evidentemente, en cuanto pude empecé a cartearme con Eric, y pronto me contó que era nieto del general Manuel Valle Alvarado, tu padre, claro, que asistió a todos los Juegos Olímpicos desde Londres’1948 hasta Moscú’80 excepto los de Montreal’76, además de ser miembro vitalicio del Comité Olímpico Mexicano. Así que él y tú ya erais nuevas generaciones de los Valle entregados al deporte.

 

Me relató, adelantándose a nuestros contactos, algunas de las anécdotas de aquel mágico 18 de octubre de 1968, como eso de que no podíais quitaros los sombreros porque la lluvia había despegado la goma y se os habían pegado a la frente; o esa, para mí tan alucinante revelación, de que el pincho que clavabais en la arena para medir los saltos era una aguja de tejer de tu madre, previamente aceptada por la IAAF, que acabados los Juegos volvió al canasto de costura.

 

 

Eric me escribió, además, porque estaba preparando un montaje fotográfico para regalártelo el 28 de noviembre en tu 65º cumpleaños, y buscaba la fotografía en la que Beamon y tú os estrecháis la mano al final del concurso. Modestia aparte, tu hijo acertó, porque si buscas fotos de Bob Beamon yo soy la persona adecuada. Y nos pusimos manos a la obra.

 

Y hace ahora un año, recién pasado tu cumpleaños, tú me escribiste por primera vez para darme las gracias. Yo quedé sobrecogido porque la fascinación que tú sentías por el Ocho Noventa sobrepasaba cualquier expectativa que yo me hubiera hecho. Y esto era muy importante para mí: el juez que estaba junto a la tabla donde pisó Bob Beamon antes de su vuelo legendario, el hombre cuyos ojos estaban más cerca del despegue milagroso, cuyos oídos escucharon los sonidos con los que yo he soñado tantas veces, guardaba en su interior las mismas emociones que yo he adquirido al estudiar el fenómeno. Cuántas veces he leído en voz alta tu despedida de aquel primer escrito: Edgar Valle, el juez de salto de longitud y quien avaló para el mundo ese maravilloso récord.

 

Hablar contigo era como mirarme en un espejo y verte a ti. Y es que aquello era magia pura, Edgar, piensa que tu rostro, colocado ahí, en las fotografías de Bob Beamon, me ha acompañado anónimamente toda mi vida. En mi carpeta del colegio, en las fotos de la pared de mi dormitorio adolescente, en las paredes de mi trabajo o en la cocina y en el salón de mi casa. Y de repente éramos amigos.

 

 

Y te lamentabas de que no hubiera podido entrar en el Estadio Universitario el 18 de octubre de 2008 y me asegurabas que si repito visita entraríamos juntos. Aún espero hacerlo algún día y cumplir mi sueño de saltar en el foso del Ocho Noventa. También sé ahora que si lo consigo será igual de emocionante pero ya no será tan divertido.

 

Me resolviste muchas preguntas y tú siempre me dabas las gracias a mí. Supongo que yo te despertaba recuerdos y emociones mientras tú conseguías que yo me sintiera casi físicamente en aquel pasillo y aquel foso mexicano en el que Bob Beamon marcó nuestras vidas. Juntos conseguimos poner nombre a casi todas las personas que estaban allí, una de las grandes incógnitas que siempre quise resolver y siempre creí imposible.

 

En fin, Edgar, se nos han quedado muchas cosas en el tintero, ya lo sabes, pero creo que este año nos ha cundido bastante. El otro día, en el correo en el que Eric me daba la triste noticia de tu muerte, me daba las gracias por el tiempo que he dedicado a platicar contigo sobre “el gran salto”, y me decía que ese gran salto era “la memoria más valiosa que tenía mi padre”. Y yo pegado al asiento de un autobús.

 

Tengo que despedirme Edgar. Qué mal se me dan estas cosas. Quiero que sepas que yo seguiré brindando por nosotros cada vez que encuentre algún nuevo dato, alguna foto, cualquier cosa que enriquezca nuestro universo beamoniano. Que algún día estrecharé yo también la mano de Bob Beamon, y que saltaré en el foso del Ocho Noventa.

 

Gracias por todo. Descansa en paz, amigo.

 

Juan Carlos Hernández.

 

PS: En 2010, antes de conocernos, escribí el relato “Los milagros del doctor Martínez Laguna”. He retocado el décimo capítulo (aunque se titule “Siete”) para incluir tu nombre y el de algunos de tus compañeros en la historia. Ha quedado así:

 

SIETE [FOREVER IN MY LIFE / STILL WOULD STAND ALL TIME]

 

Al recuperar el aliento un suave murmullo lacustre acarició los oídos de Genaro y le embriagaron aromas de bosque imposibles en el caos y el desorden que había dejado atrás. Creyó reconocer una fuente decorada con mosaicos de cristal, con mármoles y ónix mexicanos de vivos colores. Si aquello era el parque de El Batán le quedaba únicamente averiguar la hora, el día y el año para saber si se había completado la promesa del doctor Martínez Laguna. Se acercó a una mujer que paseaba a su perro y, con el estómago encogido por el suspense, despejó la última de sus dudas: EL MILAGRO SE HABÍA CONSUMADO.

 

Genaro se apartó bajo unos árboles y derramó algunas lágrimas de extraña e intensa alegría. Necesitó varios minutos para controlar los latidos de su corazón mientras se imaginaba formando parte de un mágico Aleph universal. Puso su reloj en hora. Miró al cielo; algunas nubes empezaban a juntarse para descargar la tormenta que él sabía que iba a caer tres horas más tarde. Genaro comprendió que de ahí en adelante sus vivencias y sus recuerdos iban a entrelazarse casi terroríficamente, y solo entonces dirigió sus pasos hacia el estadio olímpico por una avenida, la de San Jerónimo, que hacía años que formaba parte de su mundo.

 

Entre las copas de unos arbustos vislumbró las torres de los focos del estadio y recordó las palabras de su amigo Juan Carlos cuando le describió sus sensaciones ante esa misma imagen. Con el mismo nudo en la garganta por fin las entendió. Dobló noventa grados a la derecha por una pequeña carretera y se enfrentó a la imponente presencia del estadio.

 

Aceptaron en taquilla los dólares americanos que le había entregado el doctor y ascendió y descendió por las tribunas dispuesto a encontrar el mejor sitio para presenciar el salto. Genaro aprovechó el tiempo para ver, tocar y oler cada detalle vedado en las fotografías y vídeos que tantas veces había escrutado. Nada había escapado a su imaginación. El viento en su cara, cielo santo, el viento de la discordia acariciando su cara, qué distinto al viento de la azotea de la que se había lanzado. Los asientos, las banderas, el pasillo de saltos entre la pista y el público, el foso de arena junto a la salida del mil quinientos, el panel de los resultados, la mesa de los jueces, las sillas, el anemómetro, todo le resultaba familiar, él había estado allí millones de veces.

 

Apenas prestó atención al inicio de las pruebas. La recta principal le quedaba al otro lado del estadio por lo que las semifinales de los ochenta metros vallas o los primeros lanzamientos de peso del decatlón no le distrajeron. Los saltadores de longitud no podían tardar en aparecer; Genaro se removía contra su asiento cuando los vio aproximarse. Distinguió a lo lejos a Ter-Ovanesian, después a Lynn Davies… Ralph Boston… ¡y a Bob Beamon! ¡Bob Beamon! ¡¡Dieciocho de octubre de 1968 y él estaba ahí!! Quiso gritar pero se contuvo. Se avergonzaba y se reía de sí mismo al verse tan nervioso ante algo que solo él sabía que iba a suceder. Eran las tres y cuarto, faltaba media hora para la eternidad de Beamon y quince minutos para el inicio del concurso. Los mismos quince minutos para que comenzase el lanzamiento de disco femenino, para que Irena Szewinska batiera el récord mundial de los doscientos metros y algo más de treinta y cinco para que Lee Evans hiciera lo propio con el de los cuatrocientos. Se echaba encima media hora crucial en la Historia del Atletismo y Genaro saboreó el milagroso privilegio de estar presente. Como estaba previsto, el cielo empezó a engrisecerse y los dioses del viento del Noroeste comenzaron a suspirar para completar y compartir el milagro que preparaban los dioses del Olimpo.

 

Genaro había decidido colocarse frente al foso de arena en la primera fila de la grada, que quedaba a ras de suelo. Desde ahí vería acercarse a Beamon en la carrera y tendría una cercana y perfecta perspectiva de todas las fases del vuelo sin que nadie le molestara. Antes de zambullirse exclusivamente en el Atletismo y en Bob Beamon echó un último vistazo hacia el graderío intentando ver a quienes él sabía que estaban por allí. Quiso fijarse en cámaras de fotos pero no encontró entre la gente a Jorge González Amo, ni Pierre Blois en su balcón. Tampoco consiguió distinguir quién sería la ex mujer de Bob Beamon, que casualmente se había sentado -sin saberlo- junto a la actual novia de su ex marido. En la pista, un jovencísimo Edgar Valle ya estaba en su sitio como el resto de jueces y juezas; Sara con las banderas, Laura y Atenea detrás de la mesa. El planeta Tierra empezaba a parecerse a aquellas fotografías que le habían proporcionado tantas horas de estudio. Hizo un nuevo repaso entre los fotógrafos agrupados en torno al foso y trató de reconocer a Tony Duffy, Darryl Heikes, John Dominis, Douglas Miller o Ed Lacey. La final de los doscientos metros estaba a punto de comenzar y el concurso de salto de longitud que iba a cambiar su vida futura también. En algún lugar del pueblo ilerdense de Cervera lloraba un pequeño Genaro de siete meses.

 

Las nubes se cerraron convirtiendo el cielo en un crisol de blancos y negros. El récord mundial de Irena Szewinska calentó los ánimos de Genaro y de un público que no imaginaba lo que iba a vivir. Bob Beamon era el cuarto saltador del concurso. Hiroomi Yamada, Victor Brooks y Reinhold Boschert abrieron la final con saltos nulos. En la tercera ronda del lanzamiento de peso del decatlón el turno era para Lennart Per-Olov Hedmark. Lee Evans, Larry James, Ron Freeman y los demás finalistas de los cuatrocientos metros estaban a punto de salir a la pista. En el panel luminoso el reloj marcó las cuatro menos cuarto y aparecieron los resultados de los doscientos metros femeninos encabezados por el apellido de soltera de la vencedora. Hubo aplausos en la recta de llegada y silencio en la contrarrecta: en el pasillo de saltos, despojado de su chándal y del peso del mundo, se concentraba Bob Beamon.

 

También se concentró Genaro con los pulmones escapándose por su boca. Llegaba el momento del milagro infinito. Genaro clavó los ojos en Bob Beamon y disfrutó como solo disfrutan los niños y los enamorados de las diecinueve zancadas eléctricas, del sonido del esfuerzo, del zarpazo contra la tabla de batida y del éxtasis que experimentó ante un vuelo cósmico que por más veces que lo hubiera visto le pareció aún más largo, más perfecto y exquisito.

 

Tras un segundo de asombro colectivo el público explotó de júbilo, aunque rápidamente se silenció entre murmullos al comprender que habían sido testigos de algo distinto a un gran salto. Genaro estaba borracho de gozo, con una sonrisa bobalicona pegada en su boca mientras presenciaba cada detalle de una escena conocida para él: el visor óptico que manejaba Roberto Ochoa no alcanzaba para medir el salto; Edgar Valle y los demás jueces -todos atónitos- reunidos alrededor de la cinta métrica, colocada una y otra vez en la línea midiendo lo inexplicable, con algunos atletas como testigos alucinados. Largos minutos de incertidumbre pero, al fin, las cifras que iban a hacer historia iluminaron el panel y un escalofrío recorrió la espalda de cada uno de los presentes: 8… 9… 0.

 

El público volvió a reaccionar y una nueva ovación agitó los cimientos del estadio. Genaro, que hasta entonces se había sabido reprimir, también gritaba y saltaba sobre su asiento. Miraba al graderío y lloraba ante tantos rostros estupefactos. Se rio al verse reflejado en un individuo que subía de tres en tres los escalones de la grada dando grandes voces con los brazos en alto. Abajo, ajeno al sistema métrico decimal, Bob Beamon corría y brincaba como corzo herido cuando supo que había mejorado el récord del mundo, sin imaginar todavía lo que realmente había saltado. Cuando salió de ese primer trance, Ralph Boston le confirmó que había llegado más allá de los veintinueve pies y, al empezar a entender, Bob Beamon explotó hacia dentro en un estado de catalepsia, dobló sus rodillas en el tartán de la calle seis y rompió a llorar cubriéndose el rostro con las manos.

 

CUANDO UN JUEZ TE APUÑALA Y, ADEMÁS, SE RÍE DE TI

2012 diciembre 5
por Juan Carlos Hernández

 

Los jueces de Atletismo son esas figuras necesarias, cuyo trabajo normalmente resulta poco valorado y nada agradecido, pero sin los cuales este deporte sería algo inconexo. Vaya por delante mi respeto y mi admiración por su labor; y mi esperanza de que lo que sigue, aunque ácido y crítico, sea bien recibido por el colectivo de jueces.

 

Porque este post es crítico con una actuación concreta, por lo que espero –incluso– que los mismos jueces a los que llegue mi escrito estén de acuerdo conmigo si afirmo que cuando un juez se equivoca estrepitosamente el resultado puede llegar a ser sangrante. O aún digo más: ¿cómo se llama eso de un juez que se “equivoca” a sabiendas?

 

Tal y como yo lo veo lo mejor para el colectivo de jueces, o el de atletas, o el de directivos, sería que algunos de sus miembros se mantuvieran a kilómetros de distancia de las pistas. Juzguen ustedes, amigos lectores.

 

Los hechos se remontan al pasado 2 de junio en las instalaciones deportivas de Eibar. El equipo masculino del Atlético San Sebastián, mi club, se jugaba la categoría en el último encuentro de la Liga. Lo que casi hubiera sido un cómodo trámite con el equipo al completo, se torció a última hora con varias bajas.

 

Bajo un diluvio se llegó a la última prueba, el relevo de 4×400, en una situación delicada. Afortunadamente, el cuarto puesto que consiguieron los chavales resolvió la situación, la categoría estaba a salvo.

 

Aquel día yo había ejercido de delegado del equipo y al dar por concluido el encuentro fui a firmar las actas. Nada hacía presagiar la tormenta que se avecinaba.

 

Llegó un juez y dijo al speaker: “No des los resultados que hay DOS partes de descalificación del Atlético”. ¿Cómo? ¿Dos partes? Pero si ha sido una carrera de lo más normal…

 

Resumamos:

 

Parte 1: Firmado por el juez X, refrendado por el juez árbitro XY y requeterrefrendado por el juez de apelación XXX. Se nos descalifica, ojo al dato, por asistencia en carrera en el 4×400 (¡¡¡¿¿¿???!!!). Resulta que el primer relevista del equipo animó al cuarto relevista en la contrarrecta, corriendo al trote una treintena de metros sin invadir la pista (esto está grabado en vídeo, para vergüenza de quien afirme lo contrario), y el avispado juez X lo interpretó a lo Frank Sinatra, o sea, a su manera.

 

Parte 2: Según el juez Y, refrendado por el juez árbitro XY y requeterrefrendado por el juez de apelación XXX, el cambio de testigo entre los relevistas 1 y 2 de la foto de abajo se produjo ANTES de llegar a la línea blanca de la izquierda. Veredicto: descalificación.

 

 

Como se puede ver, he tenido que dibujar la raya porque, en realidad, es casi inexistente. Aunque la raya es lo de menos, a nadie se le escapa que el cambio de testigo se produjo en la zona correcta POR VARIOS METROS. Aquí una foto de la línea un día soleado.

 

 

No sé qué ocurriría en una competición en la que se mueva dinero y prensa. Lo que sí sé es que la conjunción astral que llevó a los jueces X, Y, XY y XXX a firmar, refrendar y requeterrefrendar estos disparates condenó al equipo masculino del Atlético San Sebastián a descender de categoría.

 

El tema sigue dando vueltas por la Federación Española porque, evidentemente, presentamos todas las reclamaciones que estuvieron en nuestra mano. De hecho, hace tiempo ya supimos que el año que viene competiremos en la misma categoría que este por la renuncia de otros equipos, pero da la casualidad de que la Fundación Kirolgi ha aprovechado la jugada para no conceder los 12000/14000 euros que recibiría el club si no hubiera descendido, por lo que en 2013 –ojalá me equivoque– nos iremos al hoyo deportivo y económico gracias al absurdo de los jueces X, Y, XY y XXX.

 

De los jueces X e Y no puedo decir nada porque no sé quiénes son ni me importa; hicieron su trabajo y errar es de humanos. Del juez de apelación XXX, cuyo trato fue exquisito, tampoco puedo quejarme, se limitó a requeterrefrendar los partes que llegaron a sus manos. Pero absurdos aparte, lo que me ha revuelto las tripas y me ha llevado a redactar este post, ha sido leer las palabras que el juez árbitro (XY) redactó en su acta el 5 de junio, según la cual no nos recalificó porque los delegados no hicimos bien nuestro trabajo y reclamamos antes al jurado de apelación que a él. Palabras textuales:

 

 

No sé ustedes, yo interpreto que el juez árbitro (XY) supo en todo momento que la descalificación era injusta, y que estuvo en su mano arreglar el desaguisado pero no quiso hacerlo.  Así que me pregunto en voz alta: ¿quién actuó mal? ¿Los delegados que acudimos antes al juez de apelación que al juez árbitro? ¿Los jueces que “vieron” lo que les dio la gana? ¿El juez de apelación XXX que requeterrefrendó que la resolución “era descalificación sin ninguna duda”? ¿O el juez árbitro XY, que sabiendo que teníamos razón se rio de mi club y de mí a la puta cara?