Diario Vasco

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Crecimiento personal. “Encajar críticas”
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Cecilia Casado | 31-08-2015 | 06:44| 0

 

Vivimos en una sociedad en la que sus miembros se han  acostumbrado a tener siempre razón en lo individual y que lleva muy mal eso de que se la quiten. Cuando alguien expresa su saber, incluso aportando datos, lo más común es que se encuentre con un desprecio frontal cuando no con un insulto encubierto y esto es porque falta tanta humildad como arrogancia sobra.

Cualquiera corre el riesgo de molestar al prójimo con su actitud, con palabras o actos que son mal recibidos o –lo más habitual- mal interpretados ya que no todos pensamos igual ni nos comportamos de la misma manera y hay tantos baremos como tipos de individuos.

En lo personal y en lo colectivo, en la pareja, en la familia, en la amistad e incluso en el dominio de las relaciones virtuales, cada persona está corriendo el riesgo de no hacer las cosas tal y como al resto le gustaría que las hiciera. Y surge la crítica.

Siempre he pensado que “criticar” es examinar algo para determinar su bondad o belleza. Por ejemplo, una obra de arte, un libro, una película. Y si no hallo esos valores en lo que estoy criticando puedo limitarme a expresarlo así, pero no tengo derecho a poner en tela de juicio moral al AUTOR.

Un crítico de cine –por poner un ejemplo sencillito- es un señor que se supone entiende de cine no un torquemada más allá del bien y del mal que se pueda arrogar derechos que no le corresponden poniendo a parir al director de la película o enjuiciando su catadura moral. Y ahí viene el quid de la cuestión, cuando la crítica viene acompañada del insulto y de la descalificación.

Si le queremos decir a alguien que ha realizado un “mal trabajo” –en lo profesional o en lo personal-, no será lo mismo criticar los hechos en sí mismos que adjudicar a la persona defectos o carencias que tan sólo existen según el  particular criterio del observador.

Le puedo decir a un compañero que escribe poesía –por poner otro ejemplo- que sus poemas me hacen sentir incómoda por su descarnada desnudez o porque me sumen en la tristeza; pero lo que no puedo hacer es decir que “él” es un tipo depresivo que vive inmerso en sus agonías personales.

Le puedo decir a una amiga que lucha contra el sobrepeso –más ejemplos- que las comidas precocinadas le harán daño y es mejor optar por los alimentos naturales, pero lo que no puedo hacer es decirle que es una cerda que no sabe alimentarse correctamente.

De la crítica al insulto pasando por sacar desde el interior lo peor que hay en uno mismo, en forma de proyección inconsciente (o más bien consciente).

¿Cómo pretendemos que alguien encaje una crítica si la personalizamos haciéndole sentirse culpable en primera persona?

¿Cómo podremos nosotros encajar una crítica si nos la dirigen como un torpedo a la línea de flotación de nuestra dignidad?

Tenemos demasiada mala costumbre de realizar juicios y comentarios negativos sobre las personas…en vez de centrarnos únicamente en los actos que cometen que, estos, pueden estar siendo interpretados erróneamente por el observador lo que convierte la crítica y la descalificación en un acto injusto en sí mismo y más injusto todavía para quien lo tiene que sufrir.

Pero para encajar bien una crítica hay que tener cuarto y mitad de humildad en la mochila. Y para realizar bien una crítica es preciso también que haya mucha generosidad en el corazón. Qué difícil…

En fin.

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La valentía de viajar sola
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Cecilia Casado | 27-08-2015 | 09:09| 14

 

En los largos períodos de mi vida en que he estado sin pareja estable –que no han sido pocos ni a este paso parece que vayan a reducirse sustancialmente- me he encontrado de frente con uno de los prejuicios peores y más dañinos que puede padecer una mujer libre, libre en el sentido total no en el sentido social o marital, y no es éste otro que el “miedo a viajar sola”. La sociedad y los amigos –sobre todo los amigos y ellos sabrán porqué- ponen el grito en el cielo aunque sea en sordina cuando ven que agarro el portante y me voy por ahí, con mochila o sin ella, a disfrutar del tiempo libre vacacional o a investigar qué es eso llamado “mundo”.

Mi primer viaje sola lo hice a los veintiún años y fue la aventura de ir a Madrid haciendo auto-stop (qué tiempos aquellos) y tardar en volver a casa varios meses, justo el tiempo en que, en vez de comerme la gran ciudad ella intentó merendárseme entre pan y pan y amplié horizontes dando la vuelta al mapa para acabar en Sevilla enamorada de rebujito y palmas. A pesar de los momentos “malos”, me di cuenta de que podía estar sola, moverme sin que el mundo se me cayera encima, sin peligro para mi integridad física –con un mínimo de prudencia lógica bastaba y basta todavía- y, sobre todo, que la emoción del “todo por descubrir” no había hecho más que empezar.

Luego me casé y viajé en pareja; luego me descasé y viajé sola. Comenzó de esta manera un ciclo intermitente de “ahora con, ahora sin” y que me fastidiaba en grado sumo puesto que me producía cierta inestabilidad. Es decir, grandes viajes “con”, pequeñas escapadas “sin”, como parece ser que marcaban los cánones de la época. También estaba el apaño de viajar con amigas pero no lo he hecho más que una vez en toda mi vida y la experiencia fue buena pero no la ideal ni para ella ni para mí ya que no hemos vuelto a repetir…

Pero no quiero hablar de los viajes vacacionales a lugares más o menos exóticos, hay muchas experiencias en single que llevar a cabo y lo de “suplemento habitación individual” no está superado pero se paga y punto. Los viajes organizados están ahí para quien guste de ellos, no estoy a favor, puede ser horrible tener que compartir el tiempo con desconocidos impertinentes, bastante hay ya con los impertinentes de la propia familia (es un suponer y sin señalar).

Un par de veces al año me alejo de “la tierra Media” y me voy a “mi otro mar”, donde los vaivenes meteorológicos no alteran el ánimo de forma brusca como es habitual en mi ciudad. Diferencias de 20º en 24 horas no hay ánimo que las soporte sin deprimirse o ponerse a gritar de desconcierto. Un par de  veces al año, digo, agarro a mi perrillo, cargo el maletero y piso el acelerador durante 500 kms. para cambiar de aires. -¿Sola, te vas sola de verdad? Me preguntan retóricamente quienes ya saben que es una costumbre en mí. -¡Y si te pasa algo, a quién llamarás? Pues no sé, a algún vecino, al 112, a los Mossos de Escuadra, yo qué sé…!!!

Sé que soy “valiente” por comparación con quienes son “cobardes” y no se atreven a estar en silencio, en soledad, durante más de cuatro días mal contados. Pasear por el paseo marítimo entre familias, parejas y grupos ruidosos. Sentarse en una terracita entre sangrías y pescaditos (congelados) fritos. Ir a la playa a compartir agua y arena con huestes extranjeras con permiso oficial de invasión pacífica en teoría. Y los restaurantes… ¡mesa para uno, por favor! -¡Una paella o una fideuá no puede hacerse para un solo comensal! Pues me la pido para dos y lo que sobre en un táper para llevar…!

¿Qué ocurre cuando no se tiene pareja y las amigas sí la tienen y viajan por su cuenta? ¿Y si no hay familia con quien compartir viajes? ¿Y si llega el 2×1 y no puedes apuntarte? ¿Y si…y si…?

Voy y vengo y mientras tanto me entretengo, duermo cuanto quiero a la hora que quiero, canto mientras pelo vainas y bailo mientras se cuecen, con la excusa del perro me meto en los chiringuitos a la hora de la luna y a él le pido un pocillo con agua para acompañar el mojito que me tomo yo. A veces se acerca alguien a charlar, a veces no se acerca nadie y se conforman con mirarme lo guapa que voy con mi vestido largo de verano y la melena al viento, a veces, tan sólo a veces… también los que somos valientes y vivimos con alegría la soledad tenemos razón.

No todo está perdido: algunas mujeres jóvenes empiezan a darse cuenta de que ya no hace falta pedir permiso para sacarse el pasaporte, algunas mujeres de mi edad han aprendido que el “viaje de aventura” les sigue estando permitido, algunas mujeres mayores que yo siguen haciendo el viaje a Itaca saludando a las sirenas y enamorando algún que otro viejo lobo de mar. No todo está perdido.

En fin.

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Errores comunes sobre la mujer y su sexualidad
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Cecilia Casado | 21-08-2015 | 12:22| 20

Nos contaron que las mujeres, cuando llega la menopausia, dejan de sentir deseo sexual y son reticentes a mantener relaciones. También nos contaron que los hombres pueden seguir funcionando en la cama hasta el día que se mueren.

Como el tiempo y la vida me ha demostrado que esas afirmaciones no son verdades absolutas sino falacias bien dirigidas con oscuras pretensiones, contaré un par de anécdotas con la intención de quitarle hierro a un asunto que afecta a un gran colectivo de este país : las personas mayores de cincuenta años.

La mayor parte de las mujeres pasan la menopausia con más pena que gloria y abanico incluido. Yo también fui de ésas; pero cuando pude gastarme en gintonics lo que antes me gastaba en tampones comprobé gozosamente sorprendida que mi pulsión sexual seguía no sólo indeleble sino que se había acrecentado en proporción directa en la que había desaparecido el riesgo de un embarazo tardío y no deseado.

Es decir, me sentí liberada de la función de la hembra de perpetuar la especie a cambio de ese famoso “minuto de placer”. Las hormonas me las reforcé y volví a equilibrar a base de algún fármaco –que para eso están; cambié de peinado –flequillo a la derecha-, me compré vaqueros pitillo y un coche rojo y me fui de vacaciones con las amigas a un país donde hace falta pasaporte. En fin, lo típico para un guión de cine real como la vida misma, como Telma y Louise pero de andar por casa y con final feliz.

Mis amigas casadas “de toda la vida” me miraban alucinadas y torcían el gesto al darse cuenta de que la única diferencia que había entre ellas y yo era que yo era “libre” y ellas estaban “atadas”. (Y a buen entendedor pocas palabras bastan)

Yo empecé a echarme novios que me daban más quebranto que alegría, (debo confesar) pero en el tema del que hablamos no tuve necesidad de ponerme a dieta porque el apetito y las ganas de comer iban de la mano, contradiciendo estadísticas, leyendas urbanas y malas intenciones en general y alimentando el famoso morbo de “la mujer madura” entre el personal más joven y masculino.

Esto que digo va a misa entre las mujeres. Otra cosa es que los hombres estén en desacuerdo y refunfuñen y digan que son “chorradas”, que ellos llevan treinta años casados y la “parienta” hace mucho que no tiene ganas de “cumplir”. Bueno, eso también es lógico y habrá que preguntarle a ella si le interesa el revolconcillo de los sábados después de la peli de la noche y que ya no tiene ni gracia ni salero ni dura lo que marca el minutero.

Bromas aparte –que allá cada cual se las componga en sus “juegos de sábanas”- el auténtico problema a mi entender es que demasiados hombres mayores de cincuenta años (y no digo ya nada de los que han cumplido los sesenta) se han acomodado a una vida sin relaciones y se quedan más que sorprendidos cuando una mujer –aunque sea la suya- les reclama atención horizontal.

Sé de lo que hablo; hablo de señores (viudos o divorciados) que buscan pareja para el último tramo del camino; una compañera/cómplice, guapa todavía, con ganas de disfrutar, de viajar y de acompañarles, de su misma edad o parecida –para que la familia no ponga el grito en el cielo- y a la que le ofrecen seguridad para paliar la más que previsible soledad del anciano que ya están vislumbrando en el espejo.

El problema acontece cuando se dan cuenta de que esa mujer de cincuenta o incluso sesenta años sigue estando activa sexualmente y quiere morir “con las botas puestas”. Algunos –los menos- reaccionan a favor de la corriente y buscan remedio si lo necesitan; otros –los más- se enfadan y se indignan y huyen en dirección contraria al problema.

Excepciones habrá muchas –tanto en hombres como en mujeres- pero el error comúnmente repetido de que las mujeres a partir de la menopausia dejan de sentir deseo sexual es una pura falacia. Lo único que hace falta es tener la pareja adecuada porque la “maquinaria” funciona como el motor de un Rolls.

En fin.

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El lado femenino del hombre
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Cecilia Casado | 18-08-2015 | 06:18| 13

 

No he tenido hermanos, pero sí muchos amigos, así que puedo hablar del tema por lo que me han contado y lo que he visto reflejado en la vida de algunos chicos y bastantes hombres. En primer lugar dejar claro que la educación de la época –años 60/70- tenía bien diferenciados y separados los roles de cada sexo: las niñas por un lado y los niños por otro lado. No nos mezclaban porque el puritanismo meapilas del que mandaba en el país y sus secuaces de sotana y hábito así lo querían. Les preocupaba más la “moral cristiana” que el desarrollo mental natural del individuo y sacrificaron lo segundo a lo primero. Así nos fue a todos…

¿Qué hombre de mi quinta no tuvo que padecer la ignominia de tener que tragarse las lágrimas porque le soltaron a la cara el tristemente famoso “los chicos no lloran”? Había que ser “machote”, aguantar estoicamente lo que hiciera falta –como aquel “pequeño saltamontes” de película que soportaba castigos y torturas para dar la talla ante sus mayores.

¿Cuándo aprendió el varón la libertad de poder llorar su pena, expresar su dolor sin sentirse ridiculizado por familia, educadores y amigos? ¿Lo ha aprendido ya o sigue siendo una asignatura pendiente?

El lado femenino de cualquier hombre es tan natural como el lado masculino en cualquier mujer. Somos seres duales, válidos por igual para ser felices con todas las herramientas a nuestro alcance y la libre expresión de emociones y sentimientos es necesaria para conformar un ser humano adulto, libre, feliz y completo.

¿Qué sociedad es ésta que define y defiende lo que es conveniente para los niños y exclusivo para las niñas? La burla hacia el chaval que disfruta jugando con muñecas, la mofa hacia el crío que no siente la necesidad de jugar a ver “quién mea más lejos”, el desprecio a un chico sensible, tranquilo, que ve la vida como un camino para aprender y no como un campo de batalla para demostrar que es más “machito” que los demás.

El lado femenino de los hombres lo he disfrutado grandemente cuando he tenido entre mis brazos a un ser humano atribulado que lloraba su pena o su rabia; cuando he hallado un “igual” y no un contrincante.

Pero no es lo habitual, tristemente, no lo es. Los chicos y hombres siguen siendo educados con el concepto de no dejarse invadir por sentimientos que les puedan volver vulnerables ante el mundo. Las emociones inherentes al ser humano tan sólo son permitidas en pequeñas dosis y tan sólo algunas de ellas: la ira, la rabia, el asco. Pero el miedo y la alegría no les están permitidas…son cosas de mujeres, dicen, los que creen que saben porque les interesa que los demás sigan escuchándoles a ellos hablar en vez de escuchar al interior de uno mismo, esa voz que tantas veces ha sido acallada por puro miedo a llamar la atención.

Hace poco estaba paseando con un amigo y al pasar frente a una tienda de ropa me preguntó si me importaba que entrara a comprarse una camisa. –Vale, le dije (cruzando los dedos para que no me pidiera que eligiese por él, ya que esto es algo que muchas madres hacen con sus hijos mayores y no pocas esposas con sus maridos). Eligió él solito varios modelos y se fue al probador. A los cinco minutos se me acerca una dependienta y me dice que a ver si puedo acercarme al probador. Allí, mi amigo, con una camisa de cuadros y muchos colores, tipo blusa, con botones hasta medio pecho nada más, me preguntó que qué tal le quedaba. Yo le miré y le vi guapo, porque guapo era el tipo, pero había algo que no me terminaba de gustar y era el corte “tipo blusa” en vez de el típico corte de la típica camisa. -¿No te gusta?, me preguntó. –Da igual que me guste a mí o no, te tiene que gustar a ti. –Entonces ¿por qué no me dices que es bonita?

Entonces me di cuenta de que era yo misma la que estaba enjuiciando el supuesto “lado femenino” de mi amigo que no estaba haciendo nada extraño, sino pedir una opinión, como hacemos las mujeres sin complejos cuando vamos de compras con una amiga. ¿Por qué pensé que mi amigo tenía que ser capaz de decidir por sí mismo qué camisa comprar? El cazador, cazado; en este caso, la cazadora…

El tema dio para mucho después de la compra de la camisa. Me sentí culpable por haber caído en el estereotipo prejuicioso y sé que todavía tengo mucho que evolucionar en ese sentido. Las ropas bonitas para hombre no suelen tener más comprador que los desprejuiciados y libres, los demás siguen comprándose la camisa tipo leñador o tipo botoncitos, el polo discreto y el jersey de pico.

El lado femenino de un hombre sigue estando pisoteado por una sociedad llena de prejuicios y…por los propios hombres que también deberían hacer su pequeña cruzada para que no sean denostados por expresar sentimientos, demostrar debilidad (la que tiene cualquier ser humano) o necesitar una caricia, un beso, un abrazo, un poco de calor en el corazón.

Como si todos quisieran ser una especie de Donald Draper de pacotilla…

En fin.

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Crecimiento personal. “Déjate llevar”
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Cecilia Casado | 17-08-2015 | 06:55| 18

 

Hay días en los que uno preferiría no tener que levantar la persiana y abrir el chiringuito. Esos amaneceres entre sudores nada pasionales sino producto de sueños revueltos, pesadillas arrastradas y esa pequeña angustia que es como un dolor intermitente, no tan fuerte como para hacer algo al respecto pero sí lo suficientemente molesta como para provocar el desasosiego.

Esos días, no frecuentes pero siempre presentes, me llevan a pensamientos negativos, a una mezcla de rabia y dejadez, al grito sordo de que no me gusta la vida, de que no me gusta mi vida porque quiero algo, no sé qué, pero algo que no está ahora mismo a mi lado.

Es entonces cuando cierro los ojos de nuevo y repito como un mantra: “déjate llevar”.

Porque la lucha, cualquier tipo de lucha, necesita un enemigo contra el que urdir estrategias y dirigir las lanzas y en estas cosas de lo anímico demasiadas veces no sabemos qué ocurre ni el porqué ni contra quien, si acaso contra nosotros mismos. Pero ¡estamos tan acostumbrados a estar en guardia! En una tensión continua, que desgasta el ánimo y vacía las baterías que no encuentran dónde volverse a cargar. Son momentos difíciles, terribles incluso, esos en el que te encuentras con el café en la mano, mirando de pie por la ventana y con un único pensamiento martilleante: “y qué, y ahora qué”.

Nos salvará una rutina, para eso están concebidas, para no pensar, para no sentir, para adormecer el intelecto, anestesiar el espíritu y echar tierra sobre esas brasas de discernimiento que todavía pugnan por cumplir su cometido.

Déjate llevar” –me repito-, hacia el silencio donde no hay preguntas porque no hacen falta respuestas, hacia la quietud de la soledad acogedora permitiendo que aflore desde el interior “eso” que somos realmente y que tapamos, acallamos, amordazamos para no sufrir ni un ápice más de lo que ya sufrimos.

Quizás dormir más, quizás leer más, o callar o pasear y observar sin juzgar ni pensar, ni reflexionar, ni tomar notas, ni hacer planes, ni reclamar atención de nadie más que de nosotros mismos.

Déjate llevar” –no es malo hacerlo-, buscando el espacio propio en vez de caer en el cráter común de gente y algarabía. Llegar incluso a llorar por esa ansiedad que horada las entrañas como un berbiquí emocional, aprender el exorcismo de la no dependencia de los demás, ni del ruido, ni de las risas, ni del alcohol o del tabaco. Sentirse uno con uno mismo y nada más, llegar donde nos lleve la esencia que tenemos dentro, aunque dé miedo perder el control, ese control maldito que nos desgaja por dentro, siempre tenemos que saber qué hacer, cómo hacerlo y estar ahí al pie del cañón, de lo que se espera que hagamos, y lo peor, de lo que nosotros mismos nos exigimos hacer por cuenta propia en un acto absurdo de masoquismo inconsciente.

Déjate llevar”, y siento que la tensión se afloja, que deja de apretarme un yugo emocional que ya mató todas las mariposas en el estómago y que produce acidez sin poesía alguna. Entonces no me fijo ya más en el calendario ni en que llega un fin de semana y nadie llamó o que se acercan fechas feriadas y tampoco se acordaron, ni echo cuentas de que los demás tienen y yo no tengo algo que ni siquiera sé si me haría feliz.

Me dejo llevar y tapo los relojes y dejo de hacerme preguntas, tan sólo escucho con cuidado y mimo la voz interior que reclama –siempre reclama- lo que es suyo. A veces es la música y otras la poesía quien me salva. O escribir. O dormir. Porque también eso es vivir.

No pasa nada. Déjate llevar.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.

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