Diario Vasco

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Normas para soportarse bajo el mismo techo
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Cecilia Casado | 25-05-2015 | 07:13| 10

Pudiera parecer que ya todo está dicho sobre el tema y que las personas que comparten el pan y la sal saben perfectamente dónde están los límites propios para no traspasar los límites ajenos. Pero si nos fijamos en lo deterioradas que están las normas de convivencia pública –en la calle se ven demasiados desafueros- cabe pensar que de puertas para adentro tampoco se guardarán demasiado las formas.

Así que voy a hacer la lista (me encantan las listas) de las normas de convivencia mías, personales, las que le aplico de momento a mi perro y que, algún día, quién sabe, volveré a actualizar si alguien sugiere compartir espacio con una servidora. Ya digo que son MIS normas y no necesariamente tienen que coincidir con las de los demás, aunque todo sería negociable, faltaría más, estamos aquí para ceder lo que haga falta en bien de la paz mundial y de la personal.

Los pisos modernos son pequeños para el común de los mortales, o sea que es también común “tropezarse” por el pasillo o estorbarse en la cocina o desesperarse a la puerta del baño cuando está ocupado, así que mi primera norma consiste en dejarse de urgencias pasionales y utilizar la inteligencia que es lo que se nos supone a los mayores de cincuenta años.

Si vamos a convivir con alguien, elijamos pues un lugar donde haya SUFICIENTE ESPACIO. (Así evitaremos que, un suponer, nos digan algún día eso tan horrible de:”necesito espacio”) ¿Que el piso tiene dos dormitorios? Pues uno para ti y otro para mí –y cada uno con su baño privado, faltaría más. ¡No es tan difícil! Lo más lógico es que los hijos –de haberlos- ya hayan volado y quede alguna habitación desocupada. ¡Aprovechémosla inteligentemente!

Para convivir hace falta primero poder vivir a gusto con uno mismo. Tener la mínima privacidad para demorarse en la cama o ante el armario abierto o frente al espejo después de la ducha. Compartir el lecho cuando apetece es un placer sólo comparado con el que se siente cuando la cama vuelve a pertenecernos en privado. Como algunos familiares: ¡qué gusto cuando vienen y qué gusto cuando se van! La cocina sirve para dos –un chef y un pinche- y el salón puede estar provisto de un sillón para cada uno ¿por qué no? La televisión es más problemática –en mi caso no lo creo- pero se arregla fácilmente con ordenadores personales y cascos ad hoc.

Compartir la vida con otra persona no tiene porqué ser una fuente continua de encontronazos, disensiones y los consiguientes malos humores.

Yo sé mucho de convivencia porque he compartido el pan y la sal, los baños y la cocina con algunas personas. Cuando estuve casada, cuando no estuve casada y con mis hijas en todos los casos. Con el paso del tiempo he sido capaz de ir “perfeccionando” el sistema. Y digo yo: si se le da a cada hijo su propia habitación para que tenga intimidad –cosa lógica y ajustada a derecho- ¿por qué los mayores no podemos tener también cada uno nuestro propio espacio inviolable?

Y cuando todo va como la seda compartir el espacio común y tan felices.

O sea que la lista de mis normas para la convivencia feliz (o moderadamente feliz) empieza por lo pragmático:

 

  • Una habitación con su propio baño para cada uno.
  • Tiempo en común. (Planes conjuntos)
  • Tiempo individual. (Planes con otras personas o solos)
  • Compartir los intereses en común. (Viajes, paseos, salidas, cultura)
  • Practicar el sexo siempre que sea posible. (Con la pareja, a ser posible, claro)

En realidad, estas normas son las que he venido aplicando –con mucho éxito, a excepción del último punto, en los años de convivencia con mis dos hijas o solo con la pequeña que tardó un poco más en volar por su cuenta. Se trata de buscar la posibilidad de sentirse “compañeros de piso” más que “condenados atados al mismo grillete”.Y funciona, vaya que si funciona.

En fin.

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Tonterías que hacemos las mujeres
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Cecilia Casado | 22-05-2015 | 06:54| 44

Aquí va una lista que se me ha ocurrido de algunas tonterías que somos capaces de hacer las mujeres para “sentirnos mejor”, eufemismo que oculta su verdadera intención, que no es otra que la de gustar a los hombres o epatar a otras féminas; y la que diga que no…es que se le ha ido la pinza.

 

  • Destrozarnos los pies y la columna vertebral con zapatos de tacón alto. ¿Quién dijo que los taconazos eran sexys? Que se lo digan a Sarkozy que es un profesional… Los zapatos imposibles son para la foto y en el bolso se llevan –bien ocultas- las bailarinas planas para bailar a gusto. ¡A que sí!.
  •  Creer que estamos más guapas con la piel del rostro recubierta de pasta química. A la hora de la verdad, ¿a quién no le han dicho aquello de lo hermosa que está una mujer con la cara lavada? ¡Y los sustos matutinos cuando el maquillaje desaparece! No nos merecemos esto.
  •  Comprarnos ropa interior provocativa para sentirnos deseadas mientras la compramos. Luego llegas a casa, te la pones y da lo mismo que si llevaras bragas de cuello vuelto. ¡Esas delikatessen son para disfrutarlas con la imaginación!
  •  Preparar una receta gourmet para que se la devore un gourmand. En román paladino: echar margaritas a los cerdos.
  •  Comprar velas, flores y un mantel divino para dar rienda suelta a una fantasía sexual que hubiera podido ocurrir tranquilamente en la mesa de la cocina (con harina o sin ella) * Jessica Lange de mis entretelas…
  •  
  • Acordarnos de cumpleaños, aniversarios e inventarnos celebraciones con la fútil idea de que no estamos haciendo el tonto sino siendo delicadas y románticas. El romanticismo murió con el siglo (XIX) y dudo mucho de que vuelva.
  •  Ponernos a aprender y practicar el deporte que le gusta a nuestra pareja con la esperanza (perdida de antemano) de que se sienta orgullosa de nosotras. (Casi me mato esquiando, no se me olvida)
  •  Limpiar, lavar, cocinar, planchar, ordenar, organizar, preveer, proveer, prever para que no les falte nada a quienes sin nuestra participación la vida se les volvería caótica, sucia, desordenada, malalimentada y pestilente

Y todas estas tonterías están bien identificadas y especificadas en cualquier “Libro de la Joven” que se precie. Y si no, para eso están ahí madres, abuelas, suegras, cuñadas y demás fariseas que nos intentan convencer (¡a estas alturas!) de que somos NOSOTRAS las que tenemos que hacer la compra, decidir los menús, poner la lavadora, tender la ropa y acordarnos de cambiar las sábanas una vez a la semana.¡Se hundiría el mundo sin todas las tonterías que hacemos las mujeres…!

Hoy estoy de buen humor.

En fin.

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Cosas que sólo me pasan a mí. “Un ex con memoria de elefante”
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Cecilia Casado | 20-05-2015 | 06:34| 31

 

Está comprobado que con el paso de los (muchos) años, los recuerdos van formando una amalgama difícil de clasificar, una maraña en la que se confunden algunas vivencias y, por pura supervivencia, se modifican o anulan otras. Pero también puede darse el caso de que acudan a la mente “recuerdos falsos” o lo que es más grave todavía “recuerdos inventados”.

No voy a meterme en vericuetos de la psique sino a contar una anécdota que he vivido en primera persona y que me ha dejado muy reflexiva. Vaya por delante que mi memoria es normal, es decir, ni tengo lagunas graves (todavía) ni la tengo “de elefante”.

La cosa es que me volví a encontrar con un exnovio –o como se le quiera llamar- con el que mantuve una relación cortita (de menos de un año) hace ya más de dos lustros. No nos habíamos vuelto a ver aunque de vez en cuando había los típicos saludos por facebook, poco más. El caso es que gracias al azar –ya que él vive en otra ciudad- coincidimos ambos en Madrid en un restaurante al que habíamos acudido ambos por nuestra cuenta, acompañados por otras personas. Nos saludamos con sorpresa alegre y me propuso vernos para tomar una copa al día siguiente. Accedí porque no me venía mal y también porque no tenía ningún motivo en contra.

El caso es que allí estábamos, él muy envejecido, muchísimo, enfermo por más señas (la vida le había tratado mal, me dijo) y yo recomponiendo el gesto y las arrugas ante los piropos que empezó a lanzarme desde el minuto cero. Recordé entonces que siempre había sido muy “territorial” y viril (según él, machito según mi opinión) y me sonreí pensando que, como se suele decir, “genio y figura hasta la sepultura”.

Yo le hubiera contado mi vida de los últimos diez años, pero él llevó la conversación al tiempo que estuvimos juntos (ya digo que no pasó de unos meses, cuatro o cinco a lo sumo), aposentándose en un espacio nostálgico que a mí no me decía nada pero que a él parecía gustarle especialmente.

Empezó, pues, a recordar nuestro tiempo juntos… y yo comencé a quedarme estupefacta porque sus recuerdos, su percepción de la relación que tuvimos y la mía… ¡era tan dispar! Lo primero que hizo fue dejar patente “lo enamorada que estuviste de mí” –dijo con sonrisa arrogante-, lo segundo que apostilló fue “gracias a mí dejaste de fumar” y para rematar se carcajeó con un “¿te acuerdas de cuando nos liamos los dos con tu amiga fulanita?”. Ahí ya pude cerrar la boca para tragar saliva, reorganizar el caos cerebral que se me estaba formando y levantarme para ir al lavabo a refrescarme la cara y las neuronas.

Pero, pero… ¿¡de dónde sacaba el tipo este que yo estuve TAN enamorada de él si, precisamente, fui yo quien cortó la relación…?! ¡Cómo que gracias a él dejé de fumar si me divorcié del tabaco tres años después de conocerle…! Y para rematar… ¡Si aquella “fulanita” era una amiga mía más maja que las pesetas, casadísima con varios hijos pequeños y que lo único que hizo fue compartir con nosotros –y por pura casualidad- una noche de copas sin más consecuencias que la resaca del día siguiente!

Me tomé mi tiempo de seguridad (no fue media hora, pero sí un rato inusualmente largo para estar en el lavabo de señoras) y cuando regresé a la mesa donde estaban mi gintonic y su “buena memoria” le espeté con menos amabilidad de lo que él esperaba y más ironía de la que yo suelo manejar habitualmente que debía de haber un error, que probablemente era “otra Cecilia” la que habitaba en sus recuerdos.

Yo estaba incómoda ante la situación porque no me apetecía en absoluto entrar en ninguna polémica sobre si las cosas habían ocurrido de una manera o de otra –más que nada porque me parecía una discusión bizantina e inane- e intenté derivar la conversación por el viejo truco de “echar los balones fuera”. ¡Pues no! ¡No me dejó! Insistió con vehemencia en que las cosas ocurrieron tal y como él las relataba y que yo “había borrado de mi memoria los recuerdos que no me convenía guardar”.

 ¡Vaya, otro psicólogo de pacotilla! –pensé y, en vez de decirle que, pudiera ser que él hubiera magnificado sus recuerdos para adecuarlos a sus necesidades del momento, me limité a terminar mi bebida, enseñarle las fotos de mis hijas en el móvil y decidir sobre la marcha que me tenía que volver al hotel porque estaba cansada y al día siguiente madrugaba. Pagué mi bebida –a lo que no se opuso, siempre fue algo rata- y punto pelota.

Pero no he dejado de reflexionar sobre el tema… y debo reconocer que si bien es cierto que he formateado mi disco duro en varias ocasiones (por pura supervivencia), lo que no he hecho todavía ha sido inventarme romances maravillosos con mis actores favoritos ni dar por reales fantasías eróticas ni ficticias “camas redondas” con la gente que pasa por mi lado. Está claro que cada uno se apaña como puede con esto de la buena o la mala memoria… ¡a gusto del consumidor!

Por cierto, me ha borrado como “amiga” en Facebook…

En fin.

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Crecimiento personal. “Mi vida es un desastre”
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Cecilia Casado | 18-05-2015 | 07:14| 25

En este post no me voy a referir a ninguna vivencia personal puesto que mi vida hace ya bastante tiempo que dejó de ser un “desastre”. A ello ha ayudado en mayor medida un hecho nada circunstancial: ir cumpliendo años.

La experiencia, de esta manera, ha ido conformando una base de seguridad y tranquilidad que me ha alejado (por fortuna) de los quiebros y requiebros de otro tiempo. Me complace decir –en voz bajita, por las mañanas, cuando me levanto y hago mi saludo al sol- que “todo está en orden en mi vida”-, porque los vaivenes que todavía me acaecen ya no me marean y ni mucho menos me obligan a vomitar por la borda.

Pero a lo que iba.

Sentir que la propia vida “es un desastre” es algo que pasa hasta en las mejores familias. Prueba de ello es el alto nivel de neurosis generalizada que se detecta por doquier; personas que (supuestamente) deberían estar tranquilas se angustian por el más que predecible incierto futuro. No creen en nada, son agoreros y agonías, prevén debacles, quiebras y ruinas (sobre todo estatales); desconfían de la amistad y se burlan de las promesas de amor, rebuscan en los cajones de los hijos y en las últimas llamadas del móvil de la pareja; son esas personas que toquetean toda la fruta antes de decidir no comprar nada.

Mi vida es un desastre” –me escribía hace poco una persona anónima a mi público correo. “Tengo cincuenta y cinco años y estoy sola. Mis hijos viven lejos y mi marido hace tiempo que se fue. Menos mal que me queda el trabajo y la salud y la casa que él me dejó, pero cada día me despierto con la sensación de que me quedé vacía, de que no sirvo para nada, de que mi vida es un desastre”.

No son quejas estúpidas, ni mucho menos, las de esta desconocida –aunque reconocida en tantas otras personas-, porque el principal baremo por el que medimos la propia vida suele ser –desgraciadamente- el baremo social y el aprobado por el entorno familiar en el que habitamos. Una familia de un pueblecito remoto de Ecuador (es un ejemplo) no es nadie si no tiene unas gallinas, un chanchito, unas cabras o la parcelita donde cultiva sus frijoles y el hijo mayor no lleva unas viejas adidas calzadas al desgaire. Aquí al lado mismo hay quienes “son alguien” por su casa pagada, su cochazo a la puerta y un bolso de CH para ir a hacer la compra.

Sin embargo, la familia campesina del país lejano puede sentirse mucho más feliz, plena y realizada que esta otra familia europea de buen nivel únicamente porque en su interior, allí donde anida lo inefable del sentir, tienen paz y agradecimiento por la vida, en vez de un gran “agujero negro” donde han ido cayendo todas las carencias, los apegos, las penas y las ilusiones. Entonces, es cuando la propia vida se convierte en un desastre.

A la señora que me expresó su sentir le contesté –porque siempre respondo por educación y empatía- que allá y acá todo es lo mismo, que la actitud ante la vida no depende del dinero en la cuenta del banco (aunque también influye porque las penas con pan son menos) sino de saber quitar las manchas de la “sensación de fracaso” cuando las cosas se tuercen.

Un divorcio no es un matrimonio fracasado ni una vida frustrada, sino una experiencia para aprender. Que los hijos se vayan lejos no significa que nos huyan sino que buscan su camino en libertad. Estar sola sin pareja no es el desastre que define a una mujer –o a un hombre- sino la circunstancia vital sobre la que seguir evolucionando. En definitiva, que “la vida es un desastre” si nosotros mismos decidimos que así sea y nos enrocamos en esa idea que tantas veces es autoconmiserativa y dañina.

Cuando sientes que tu vida es un desastre siempre se puede parar, reflexionar y hacer la lista de todo lo bueno (e incluso maravilloso) que todavía está a nuestro alcance. Mejor agradecer lo que tenemos que condolernos por lo que (creemos que) nos falta.

Y si acabamos convencidos de que nuestra vida es un desastre es cuando le damos carta de naturaleza y entonces, efectivamente, la vida puede convertirse en un auténtico desastre.

Mi vida podría ser un “desastre” en estos momentos si me atuviera únicamente a ciertas premisas socialmente reconocidas para “triunfar”. Estoy sin trabajo (obligada a prejubilarme), estoy sin pareja (obligada a elegir) y mis hijas viven MUY lejos (obligadas a buscar su felicidad). Tengo el dinero justo para vivir sin deber nada a nadie y la última aspirina que me tomé fue hace varios meses. La vie est belle!

En fin.

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Leer la prensa en el bar, una odisea cotidiana
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Cecilia Casado | 15-05-2015 | 06:29| 20

En mis largos paseos urbanitas suelo parar a tomar café en aquellos sitios que tengo fichados por buenos y baratos. Que te den un cortado como Dios manda por un euro es algo que hay que agradecer, sobre todo pensar en que quien lo hace es una persona con el cerebro más grande que el bolsillo. Y digo esto porque, en ese mismo barcito en el que recalo de vez en cuando, me sorprendió –y me hizo sonreir- un letrero que aquí reproduzco, pidiendo a la clientela que no acapare los periódicos puestos a su disposición.

¡Qué tema tan peliagudo! Que llegas al bar de costumbre con ganas de echarle un vistazo a la prensa del día –versión papel- y buscas el periódico ese que lleva el lomo de madera para indicar que es privado del bar para uso de sus clientes. Allí está, en la mesa del señor con el cafelito. Y vas y te acercas y le dices: “¿Buenos días. Serás tan amable de pasarme la prensa cuando acabes con ella?”. Y te mira y te dice: “Claro”. Vale, pues a esperar. Pero el tiempo pasa, tú te acabas tu consumición y allí sigue el periódico, en manos del del café que lo lee con fruición y parsimonia. Y entonces te levantas, vuelves donde él y le dices (con sonrisa siempre): “¿Te queda mucho con el periódico?” y va el conciudadano de turno y te espeta: “Todavía no lo he TERMINADO”.

¡Pero, CÓMO, ¿lo vas a terminar!? Pues eso nos pone en hora u hora y media más, suponiendo que te leas incluso los anuncios por palabras (que también tienen su aquél). Y eso si no se te ocurre hacer el crucigrama y completar el jeroglífico… (Esto anterior no se lo digo, pero lo pienso)

Por eso me ha parecido tan bien que el bar Vizcacha, de la Avenida de Sancho el Sabio, haya colocado este letrerito bien a la vista de todos sus clientes. Y cuela, vaya que si cuela…

“Decreto Legislativo Periodístico”

Los periódicos que se facilitan gratuitamente a los clientes del bar son para OJEARLOS, no para aprenderlos de memoria.

Todo aquel que supere los diez minutos leyéndolos, deberá hacerlo en VOZ ALTA  para que las noticias lleguen al resto de la clientela.

LA AUTORIDAD COMPETENTE

¿Por qué es necesario aleccionar al personal en cosas elementales como si fuéramos críos de primaria? ¿Por qué hemos olvidado los mínimos de respeto y educación que en algún momento nos enseñaron nuestros educadores? La sociedad intenta –en su conjunto- recordar que hay que comportarse como seres civilizados (aunque la realidad demuestre la gran amnesia colectiva al respecto) y a mí me da por pensar que detrás de una persona que acapara un bien común se puede esconder un ser maleducado, insolidario e incluso poco digno de confianza.

Como los que se sientan en los respaldos de los bancos y ponen las patazas sucias en el asiento, como quienes se despatarran en el autobús como si fuera el sofá de su casa, como los que se toman uno con leche en la barra del bar y tiran al suelo el papel del azucarillo y la servilleta con la que –acaso- se han limpiado los morros. Eso sin contar a las que no tiran de la bomba en la cisterna de los baños públicos, las que desparraman desechos higiénicos por el suelo de esos mismos baños, las que tiran los pañales manchados de sus hijos en cualquier lado.

Y no quiero olvidarme de los que escupen por doquier -¡qué asco, maldita sea!-, ni de los padres de los niños que dejan perdido el parque de envoltorios de gusanitos y chuches varias, ni de los fumadores que lanzan las colillas –encendidas- como si fueran proyectiles, ni de los abueletes que se te cuelan en la caja del súper con el rollo de que “sólo llevo dos cosas” , ni de los plastas con perro que se piensan que la mierda de sus chuchos es abono para los jardines.

Pues lo dicho. Que a ver si pensamos un poquito más en los demás y se consiguen evitar esas pequeñas faltas de respeto hacia el prójimo que, qué duda cabe, son como una cinta sinfín o como una escalera de Moebius que todo el mundo mira pero nadie sabe darle significado.

Y mi aplauso para el bar Vizcacha que pone blanco sobre negro lo que tantos pensamos y no nos atrevemos a decirle al de al lado por miedo a que nos pegue un bufido.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.

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