Diario Vasco
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Cambio de aires
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Cecilia Casado | 21-06-2016 | 06:48| 19

 

Si hace un mes dejé la ciudad para refugiarme en el silencio del bosque ahora siento que necesito un auténtico “cambio de aires”. No son vacaciones, no, yo no puedo tomarme vacaciones puesto que no trabajo, de la misma manera que no puede hacer la digestión quien antes no ha comido. Lo que sí puedo es agarrar mi viejo y bonito coche rojo, cargarlo como “el baúl de La Piquer” y cruzar el mapa con mi copiloto silencioso y dormilón de cuatro patas que es feliz allá donde yo vaya con tal de que no le deje atrás.

Me voy a “mi otro mar”, el Mediterráneo plácido casi siempre, azul, acogedor para quien como yo ya va teniendo los huesos necesitados de calor y está más que harta a estas alturas del calendario de dormir con las plumas del edredón cosquilleándome la nariz. Quiero sudar, pasar calor, abanicarme con ganas, recogerme la melena con una pinza hortera, beber cerveza -aunque sea sin alcohol- como si fuera agua en el desierto, liberar los pies de la tiranía de los zapatos cerrados, no tener que conjuntarlos con el bolso ni con la gabardina, usar el paraguas para protegerme del sol y no de la lluvia, dormir con el balcón abierto sin riesgo de que se me cuelen diez metros cúbicos de lluvia…

Un cambio de aires que le va a venir bien a mi ánimo, ya un poco cansado de tanta vida social -¡y que no me falte!-, un respiro para el estómago estragado de menús del día y pintxo-pote, de cenas con amigos y compromisos gastronómicos “ineludibles”, ahora quiero descansar de todo eso para regresar con fuerzas renovadas a mi vida habitual. Comprendo que no sea fácil entender mis contradicciones, por un lado no puedo ni quiero vivir sin mis amigos y mi ciudad y por el otro necesito la soledad física, el silencio, apartarme del bullicio y, sobre todo, de los ladrillos y el asfalto.

Asfalto y ladrillos también hay, a ver qué vida, en “mi otro mar”, pero tan sólo si quiero acercarme a ellos así que disfruto de la opción de escoger libremente entre la terraza, el jardín y la playa al amanecer o al atardecer. El coche se queda acumulando polvo impunemente en el garaje, ni siquiera me dan ganas de hacer excursiones a los parajes aledaños que conozco como la palma de la mano después de tantos años de pasar mis veranos en la hermosa tierra catalana.

“Cambiar de aires” significa literalmente respirar otro oxígeno, sentir otro paisaje y otro paisanaje. A menudo la gente se desplaza unos cuantos cientos de kilómetros de su domicilio habitual pero sigue haciendo las mismas cosas: comer a sus horas, rutinas domésticas, trabajos físicos –con lo que cansa cortar el césped-, acarrear sombrillas para pelear por un metro cuadrado de arena o portar mochilas para hollar senderos llenos de tráfico y peregrinos. “Cambiar de aires” no es solamente ir a la montaña si vives en el mar o acercarse a la costa si vivimos en el interior del mapa. Es mucho más, quizás incluso un cambio de actitud ante la vida, frente a lo cotidiano, reducir la velocidad de crucero a lo justo para no picar bielas, poner el piloto automático de la mente y dejarla que vaya a su aire, sin darle tantas órdenes y dejando que se exprese a través del cuerpo, de sensaciones y emociones, de sentimientos incluso. Entonces ya no somos los mismos y no porque disfracemos el cuerpo con ropas fuera de lo habitual sino porque igual somos más nosotros mismos, los auténticos, los que habitamos por dentro y no los que nos obligamos a aparentar en la vida cotidiana, cuando nos da en la cara el aire viciado de una rutina que no siempre nos resulta placentera aunque la hayamos elegido con aparente libertad.

“Cambiar de aires” y de personas, dejar en suspenso las buenas relaciones, despedirse con un hasta la vuelta, lanzarse a la carretera  conocida con la sonrisa de la aventura por venir, la posibilidad de un encuentro, las sensaciones repetidas que nunca son iguales a como las recordábamos. Buscar y obtener el tiempo “para nosotros”, con el egoísmo justo y necesario para no sucumbir al desaliento, ese tiempo que transcurre al ritmo que realmente necesitamos, sin acceder ni ceder a caprichos ajenos, con la conciencia absoluta de que un buen “cambio de aires” nos devolverá al lugar de origen renovados, limpios, un poco más felices incluso.

Lo aconsejo, sinceramente.

En fin.

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El mejor uso de la hoguera de San Juan
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Cecilia Casado | 22-06-2016 | 03:57| 20

 

Es una vieja costumbre cuyo significado ha ido desvirtuándose con el paso del tiempo, pero todavía hay quienes saben, coincidiendo con el solsticio de verano, aprovechar la noche más corta del año, y el verano recién estrenado y las hogueras rituales para quemar lo que incordia en los desvanes del alma.

Lo viejo, lo inservible, las rémoras, algunos rencores, cuarto y mitad de recuerdos y la mayor cantidad posible de desencanto.

Simbólicamente al menos, que tampoco es cuestión de presentarse a la hoguera con un carrito lleno de cartas de amor mohoso y fotografías amarilleadas por malos recuerdos. Basta con la intención, un papel y un bolígrafo y a escribir la lista de lo que está enganchado por ahí adentro. Un sano ejercicio de introspección, pura terapia psicoanalítica gratuita, nos hacemos un favor que cuesta tan poco a cambio de aliviarnos de tanto.

Ya he escrito lo mío con letra bien grande para que se queme mejor. El proyecto que se quedó a medio camino, la rabia de unos besos que volaron, el perdón que nunca nos pidieron y el tiempo que tiramos creyendo que era por nuestro bien. Una lista ni muy corta ni muy larga pero fácil de arder. Y añadir algún pequeño fetiche obsoleto: un pañuelo que no usaré más, unos pendientes que me dan alergia (en el alma) y un libro dedicado con palabras que ya no significan nada.

 Abulta poco lo que tanto espacio ocupó en otro tiempo, así que cuando la luna brille en su esplendor y la gente ande distraída tirando cohetes, lanzando fuegos artificiales y quemándose los bajos del pantalón saltando hogueras, me iré a la playa larga, caminaré con los pies en el agua y me acercaré a cualquiera de las hogueras que –como cada año- jalonarán la noche de fiesta.

Todo bien envuelto en la bolsa de papel –para que no huela demasiado mal al consumirse-  irá a parar al mejor sitio donde se pueden tirar los recuerdos muertos: al fuego.

Soy una maniática de la limpieza…del alma. Aireo armarios, saco trastos viejos, quito el polvo de los recuerdos y tiro los que ya no me sirven más que para entristecerme de forma absurda. En vez de cargar en la mochila con las piedras existenciales las voy tirando a la basura definitiva, aquella que no vale la pena reciclar, y me aligero la existencia, para que el paso que ya se vuelve cansado con la edad no tenga que acarrear pesos innecesarios.

El fuego de una hoguera ha sido siempre un elemento purificador. Su magia consiste en destruir para revivir, de sus cenizas nacen nuevas esperanzas y de su calor ardiente resurge el alma renovada…o casi.

Lo que pase después será bienvenido. Da mucho alivio aligerarse de peso inútil.

En fin.

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Crecimiento Personal. “Cuestión de un SÍ o de un NO
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Cecilia Casado | 20-06-2016 | 06:53| 20

 

“La contraseña que abre las puertas de la realización personal se compone de una sola sílaba: Sí, un simple SÍ. Sí a la vida, tal como es.”

Esta frase está sacada de un libro amigo: “Vivir en el alma” de Joan Garriga Bacardí, una persona que consigue el improbable milagro de sintetizar en pocas palabras las recetas más complicadas para que parezca que son tan fáciles de llevar a cabo como si el más elemental de los quehaceres culinarios fuera.

Decir sí o decir no. ¡Menuda tontería! Pero… ¿verdad que en alguna época de nuestra vida hemos estado con el “no” en la boca como si no supiéramos articular otra palabra? En realidad decir “no” a algo suele ser producto del miedo; miedo del niño al que le dicen que comparta su juguete favorito y dice “no” porque teme que no se lo devuelvan. Miedo de la joven que dice “no” –cuando está deseando decir “sí”- por miedo a lo que puedan pensar los demás de ella. Miedo del hombre maduro que dice “no” porque no se fía de quien tiene enfrente y piensa mal creyendo que así va a acertar. No conozco ningún “no” que no sea producto del miedo a perder algo, bien físico o bien espiritual.

Unos dicen “no” para conservar su tranquilidad, para poder seguir repanchingados en la comodidad que les es tan querida, aunque se pierdan la vida o parte de ella, aunque dejen de abrir puertas que ocultan maravillas, aunque entren a formar parte de esa legión de seres humanos quienes, al final de sus vidas, se arrepienten más de lo que no se atrevieron a hacer que de los errores cometidos.

Otros hemos dicho “no” porque nos sentíamos amenazados por el miedo de perder algo que nos era necesario: el amor familiar, la aprobación de los mayores, la consideración y el respeto de los iguales.

 Pero llega un momento en la vida –y más vale que llegue- en que de repente nos damos cuenta de que también existe otra posibilidad, la del que nada promete, la del SÍ que no es más que expresión del deseo de la voluntad, la del que abre puertas aunque no sepamos qué hay tras ellas. Decir a la vida y abrirse a la innombrable cantidad de opciones que existen eso que es una aventura maravillosa. Por supuesto que a veces las cosas tendrán su cara oculta, que habrá inconvenientes, cómo no va a haberlos, pero la diferencia sustancial es que cuando decimos en vez de decir NO estamos haciendo la mejor apuesta posible: apostamos por nosotros mismos.

Cuando me he visto en alguna situación dolorosa emocionalmente, de ésas que te dejan como paralizada y con la mente en punto muerto, en vez de decir “no” y cerrarme en banda he probado a “aceptar” lo que me venía y decir a lo que la vida era en ese momento. Bien entendido que no era un dulce de esos que no amargan sino más bien la puerta abierta para saltar de la sartén cuando el fuego está apagado y no hay riesgo de quemarse.

 Decir a lo que la vida es en cada momento sin empecinarse en la intransigencia propia ni escudarse tras esquemas mentales “de toda la vida” que pueden ser destrozados con un simple tiro que dé en la diana. Decir a lo que la vida me ofrece en cada instante y buscarle el lado bueno –que lo tiene- y disfrutar de ello. Sea cual sea la situación.

Hablamos de cosas serias, no de cosas fútiles o sin consistencia; hablamos de dejar que a veces sea el viento quien dé un golpe de timón sin que nos amarremos al mismo para seguir en la misma dirección que, cuántas veces, nos ha llevado directamente a encallar.

Hablamos de cosas serias, de seguir las intuiciones que nos dicen cuándo deberíamos arriesgar en una relación y cuándo deberíamos decir a la libertad, al derecho a decidir, a la posibilidad de un respiro.

Cada vez que me encuentro con alguien que está instalado en el “no” siento una sensación extraña: mitad sorpresa, mitad pena. Y no suele ser unilateral la sensación sino que me atañe plenamente cuando soy capaz de reconocer en el otro una actitud que me ha acompañado durante muchos años y que, ahora me doy cuenta, como un corte de pelo inadecuado, no me sentaba nada bien. Todo es cuestión de tomar conciencia y empezar a probar cosas nuevas. ¿A que ?

En fin.

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Harta de Vodafone
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Cecilia Casado | 17-06-2016 | 05:00| 36

 

 

Escribir este post denunciando mi experiencia personal con la compañía de telefonía no ha sido fácil. Hay una especie de prurito de “vergüenza ajena” en airear las pequeñas miserias de los demás; pero cuando no existe nadie que personalice ese “los demás”, cuando no hay una persona de carne y hueso, con nombre y apellidos -que yo conozca-, detrás del abuso, el engaño y la mala fe, me quedo tranquila y convencida de que no le voy a quitar el sueño a ningún honrado trabajador ni perjudicar a nadie en absoluto.

Pero a lo que vamos.

En el verano de 2015 acepté el ofrecimiento por parte de VODAFONE para suscribir el contrato que ofrecían en su promoción especial “One”: tarifa fijo/móvil con una buena relación calidad/precio, ADSL, Servicio Box de televisión gratis durante seis meses y entrega gratuita de un teléfono móvil inteligente (smartphone) de la marca VODAFONE. Firmamos –la compañía y yo- el contrato pertinente en el que todo estaba clarísimo incluyendo por mi parte un Compromiso de Permanencia por dos años. Todo –aparentemente- correcto y a gusto del vendedor y del consumidor. Debo indicar que esta “oferta especial” me llegó a través de comerciales telefónicos que me llamaron “hasta el aburrimiento” para hacerme comprender que yo era “una clienta elegida” y que querían tener conmigo “un detalle por mi fidelidad” a la empresa después de muchos años. Piqué, como es obvio.

Firmado el contrato en el mes de Julio, recibí en mi domicilio al cabo de varias semanas el kit de televisión llamado BOX. Lo instalé y no me gustó así que fui a la tienda a devolverlo. Lo entregué y me dieron el documento correspondiente a la entrega y firmé la baja voluntaria de tal servicio –que era gratuito por seis meses. Es imaginable mi sorpresa cuando encuentro en la factura del mes de Enero 2016 el cargo correspondiente a dicho servicio. Llamé a ese número de Atención al cliente donde, si tienes suerte, te atiende alguien en tu idioma y si no la tienes hay que poner el decodificador/traductor mental español/castellano/latino pertinente.

Me informaron de que “tenía que dar de baja el Servicio en Canal Plus” –que parece ser que era el proveedor de Vodafone para tal servicio. Les dije que ni hablar, que yo ya lo había dado de baja y devuelto el aparato en la misma tienda donde había firmado el contrato y que se ocuparan ellos de sus asuntos internos. Me dijeron que esperara un momento mientras consultaban, lo que supuso 24’ de “Don’t worry, be happysalpicados de los: “No se retire Doña Cecilia por favor” pertinentes para acabar diciendo que de acuerdo, que me harían el abono correspondiente. OK. Me ingresaron en el banco el importe cobrado erróneamente a los diez días. Pero en el mes de Febrero volvió a ocurrir lo mismo. Vuelta a reclamar, a tener santa paciencia mientras volvían a chequearlo todo y un nuevo abono efectivo a los diez días. Y en Marzo, y en Abril y en Mayo. Todavía me deben la Nota de Abono última después de mis reiteradas y mensuales reclamaciones. No ponen ninguna pega a devolverme el dinero, dicen  que bla bla bla echándo balones fuera, pero cada mes tengo que dedicar media hora de mi vida a charlar con un amable empleado que, soy consciente, no tiene la culpa de nada. Empleado que revisa mi contrato, comprueba que estoy al corriente de los pagos, que tengo TODA LA RAZÓN, que me pide disculpas en nombre de Vodafone y que me asegura que “el fallo ya está corregido y eliminado”. Mentira podrida. Pobre gente, obligada a mentir para conservar su puesto de trabajo.

Paralelamente, el famoso teléfono móvil marca VODAFONE que me regalaron ¿? empezó a fallar en el mes de Marzo por el lado de la batería. Duraba seis horas como mucho y no admitía carga completa. Al estar en garantía hice la correspondiente reclamación, pero oh sorpresa!, descubrí que por “política de la empresa” las baterías de sus móviles tienen únicamente una garantía de SEIS MESES. Les da igual que la LEY –con mayúsculas- explicite que son DOS AÑOS lo obligado. Les da exactamente igual; reclama si quieres, a ver qué te cuesta más si la batería nueva o el proceso burocrático de reclamación, así que –como mi paz interior también tiene un precio- compré una batería nueva para poder seguir utilizando el teléfono que ya no me parecía que hubiera sido “gratis”.

Y como no hay dos sin tres, la semana pasada el propio teléfono móvil ha comenzado a hacer cosas rarísimas. Se queda sin línea de teléfono –ni recibe ni puede hacer llamadas-, se bloquea al encenderse y las aplicaciones funcionan como les da la gana. Comprobado que no es fallo de la tarjeta me dicen que “habría que mirarlo” y enviarlo al Departamento Técnico. ¡Un teléfono que tiene diez meses de uso.! No quiero ni imaginar la pesadilla que me está acechando…

Tengo santa paciencia –siempre la he tenido- pero lo que me aburre infinitamente es tener que atender esas llamadas robóticas “para mejorar la calidad de nuestro servicio le rogamos puntúe la atención ofrecida por Vodafone…”, llamadas automáticas cada vez que se utiliza el servicio de Atención al Cliente y que, en mi caso, está siendo reiterativo y abusivo porque ELLOS me obligan.

Y, digo yo: ¿Quiénes son ELLOS?

“Señores de Vodafone”, les escribo este post publicado en mi blog personal para decirles que me tienen “Ustedes” bien harta. Sin más. Atentamente.”

En fin.

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Ráfagas de recuerdos
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Cecilia Casado | 15-06-2016 | 06:15| 24

 

La última tarde lluviosa me dediqué a hurgar en los viejos álbumes de fotos de  papel. Buscando la que no encontré hallé las que no esperaba, me ocurrió como a veces en las cosas del amor.

Aparecieron varias instantáneas de hace quince años, de cuando me compré una moto que pesaba 110 kgs. a la que a duras penas conseguía mantener en equilibrio en los semáforos en rojo. Era una moto chula, de esas de fardar melena al viento bajo el casco; allí estaba yo sonriente y satisfecha, con vaqueros y chupa de cuero sobre un corcel que tan sólo servía para ir a trote discreto por las avenidas de la ciudad, pero que me hizo sentir como si hubiera conseguido rescatar de la hoguera del tiempo algunas brasas de mi agonizante juventud. Sentí lo que se siente cuando se va rápido y haciendo ruido y todo el mundo te mira pero nadie te puede ver.

La moto me duró tres años hasta que saltamos juntas por los aires gracias a un coche que se saltó un stop impunemente en el cruce de la cárcel de Martutene. Choque frontal, cinco meses de baja para reflexionar sobre la velocidad…de la vida. Pero no es de eso de lo que quiero hablar.

Estas fotos me traen el recuerdo de mis ocho años, cuando iba de “paquete” en la moto de mi padre, una MV peligrosísima (según las normas de hoy), agarrada a su cintura mientras subíamos velozmente –o eso me parecía a mí en mi insignificancia- la cuesta de Aldapeta para depositarme en el colegio a primera hora de la mañana. Las demás niñas iban en autobús o caminando, pero yo llegaba abrazada a mi padre, en un corcel de hierro que provocaba la admiración de los chicos del colegio vecino y la desesperación de mi madre porque me ponía los pelos de punta y la falda del uniforme por los aires.

Sentía en mi rostro la envidia de algunas compañeras y no podía dejar de fomentarla, no por disponer de un bien de transporte cuando casi nadie tenía uno, sino por el hecho de tener a los ojos de mi padre el valor suficiente como para subirme con él en la moto y sin miedo. Que ésa era otra. Sin casco, ni él ni yo, petardeándome el escape en las canillas, sujetando de cualquier manera la maleta de cuero de los libros entre mi cuerpecillo y el suyo. Expuestos al peligro y a la “aventura”, los días en los que mi padre accedía a llevarme en moto con él conformaron la base de lo que sería con el tiempo una autoestima bien nivelada pero que en su momento parecía no ser más que la irreflexión propia de una niña. No juzgaré si mi padre era un inconsciente porque habría que situarse en el tiempo y el momento precisos.

A mi madre no le hacía gracia, pero mi padre disfrutaba de aquella pequeña y exclusiva complicidad que se había instalado entre nosotros. Nunca tuvimos un accidente, ni tan siquiera un patinazo. No sé si alguna vez alguien nos sacó una foto a los dos juntos en la moto, si es así se ha perdido o quizás algún día aparezca entre las cajas cerradas que sobrevivieron a mi padre y de las que todavía es depositaria mi madre como fiel cancerbero.

Cuarenta años después, yo también llevé en mi moto a mi hija pequeña de aquí para allá; con cascos homologados y una prudencia infinita, ella era feliz subiéndose a la Kymko conmigo, sé que se sentía orgullosa y excitada de compartir aquella pequeña osadía y había que verla con su rubia melena al viento (bajo el casco) sujetando la mochila del colegio cuando la esperaba a la salida algunas tardes. Se establece un recuerdo compartido, entre nosotras pervive  la memoria del abuelo y ese empuje que vence el miedo y la fuerza de cumplir ilusiones lanzándose a la vida, con o sin casco. Después del accidente que sufrí mi hija renunció al peregrino sueño de tener algún día una moto y yo nunca agradeceré lo suficiente a los dioses que ocurriera mientras iba a buscarla y no quince minutos después.

Los recuerdos me llegan como ráfagas y no me conmueve  ver que hay más biografía a mi espalda que en el horizonte. ¿Qué será la vida al fin y al cabo cuando estemos en la recta final sino una sucesión de recuerdos? ¿Volveremos alguna vez a los viejos álbumes?

¡Qué regalo poder recordar buenos y viejos tiempos! Personas a las que amamos, lugares en los que se nos deslumbró la mirada, situaciones en las que se nos estremeció el alma, gente que ya no está pero que vivirá unos instantes más en nuestro corazón al recordarla…

¿Y si nos olvidamos…será como no haber vivido?

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.

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