Diario Vasco

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Cosas que sólo me pasan a mí. “El dietista loco”
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Cecilia Casado | hace 23 horas| 9

 

Pues resulta que por fin me decidí a consultar a un experto en nutrición –según cuentan Diplomas en la pared de su consulta- para ver cómo era posible que, a pesar de no comer en exceso y de alimentarme de comida “no-basura”, mi estómago mantenía una tendencia a estar en estado de “embarazo psicológico” desde hace varios meses.

Primero acudí a la medicina tradicional (que no se diga, que Osakidetza trabaja muy bien en mi opinión) y no me hallaron nada anormal: analítica en orden y un ligero sobrepeso. Durante meses me dediqué a afinar el presupuesto en alimentación eligiendo productos biológicos, naturales –no transgénicos- y sin hormonas declaradas. Frutas de aire libre, verduras de la huerta de aquí al lado, nada de carne roja ni de ningún color, pescado del Cantábrico y huevos de gallina que corretea picoteando maíz. Fuera grasas saturadas, nada de pan, adiós a los hidratos de carbono y el alcohol con cuentagotas los fines de semana. Muchas tisanas, vida sana –más o menos- y paseos rápidos y cotidianos de un par de horitas.

Pero como mi perímetro ventral seguía en su sitio a pesar de mis esfuerzos infructuosos por disminuirlo, acabé yendo al Nutricionista/Dietista mencionado en el primer párrafo.

Cuando le conté el tipo de dieta que seguía y mi ritmo de vida me dijo, a bocajarro, que mi hígado no funcionaba bien aunque las transaminasas estuvieran en su sitio y que lo que me hacía falta era una “dieta de choque hiperproteica”.

 -¿Perdona…?

Sí, sí, a comer carne roja, queso duro y frutos secos a tutiplén. Ahí me quedé boquiabierta porque yo carne no como –en general- desde hace muchos años, no por convicciones éticas o de bolsillo sino porque me parece más natural la ingesta de otro tipo de proteínas. Insistió este señor en que dejara de comer fruta radicalmente y que le diera leña al mono con los filetes y el pollo, el fiambre, el queso duro, y todo aquello de lo que siempre he estado huyendo como de la peste. De postre, gelatina Diet y nada de azúcar sino edulcorante.

Me empecé a revolver en la silla de la consulta, aduciendo que el espartamo que llevan las sacarinas es cancerígeno, que los pollos están hormonados y moribundos antes de que los maten, que la fruta de siempre ha sido sanísima y que la gelatina Diet (con perdón de quien la fabrique) me parece una porquería total y absoluta.

Pero como había ido a su consulta a acatar órdenes y no a hacer lo que me diera la gana, -además de dejarle mis dineros- durante una semana, dejé de comer carbohidratos y fruta –que decía que hinchaba mucho- y me dediqué a la proteína pura y dura adornada con verdura y agua del grifo.

¡Qué tristeza para mi estómago y qué ansiedad para mi mente sustituir mis cerezas de media mañana por un trozo de queso! ¡Y el té de media tarde por un puñado de almendras! Pero el caso es que, pasada la primera semana, adelgacé 1.700kgs. de los cuales 1.350kgs. eran grasa pura y dura.

Resultados óptimos según él (por la pérdida de peso), pero desasosiego y mosqueo por mi parte, ya que mi MENTE rechaza la carne y reclama la fruta. Entonces me cambió la dieta –porque yo le supliqué que me hiciera un apaño- y ahora me ha prohibido los frutos secos y el queso, la ternera y el cerdo, el cordero y el conejo y tengo que comer POLLO  hormonado cuatro veces por semana y pescado sin aceite y muchos huevos (sólo la clara) y pocas ensaladas y nada de tomate y fruta una vez al día en pequeña cantidad. Y seguir con el edulcorante cancerígeno que engorda menos que la azúcar morena.

Antes de volverme loca ante tanta contradicción, me salió la vena de que no me da la gana reducir circunferencia a base de pillarme cáncer o destrozar mi organismo con la ingesta de alimentos a los que no estoy ni acostumbrada ni tengo la más mínima simpatía.

Este señor se enfadó conmigo (no sé por qué si no he dejado de pagarle lo estipulado) y dice que las dietas son como son y que si quiero comer lo que me da la gana que para qué voy donde él y… pues no tengo muy claro qué hacer: si pedirle perdón por comer sano o por haber recurrido a sus servicios que, visto lo visto, me han “servido” para aprender algo muy importante y ha sido comprobar que “las dietas personalizadas” salen del ordenador apretando el botón correspondiente a base de programas predeterminados y que ni la imaginación del dietista ni su buena voluntad juegan papel alguno en este tema. Ahora, eso sí, adelgazar, adelgazas, pero también lo harás si dejas de comer y para ese viaje no necesitaba yo tales alforjas.

En fin.

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La adicción al móvil
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Cecilia Casado | 27-07-2014 | 18:40| 29

 

Mi primer teléfono móvil –un “zapatófono”- lo compré hace exactamente veinte años so pretexto de no quedarme aislada con dos niñas cuando íbamos las tres solas de vacaciones; cuestión de prudencia y responsabilidad y también, cómo no, por el aporte de seguridad que me hacía sentir el hecho de poder hacer frente a una emergencia a cualquier hora del día y de la noche en lugares donde no contaba con un teléfono fijo, como campings, apartamentos en la costa y destinos “aventureros” que siempre me han atraído tanto.

Lo que empezó siendo una posibilidad tecnológica al alcance de los privilegiados que podíamos permitirnos pagar las facturas astronómicas que suponía dicho artilugio, se convirtió –con el paso de justo un decenio- en una NECESIDAD total y absoluta, tanta como tener en casa frigorífico o lavadora (que no televisión). Y conforme los teléfonos móviles fueron disminuyendo de tamaño –para llevarlos en el bolsillo del pantalón vaquero- fue aumentando la dependencia que hacia ellos demostrábamos. Usar el teléfono de casa parecía algo pasado de moda y preferíamos hablar desde la calle con nuestros amigos en vez de hacerlo cómodamente sentados en el sofá de la sala. Luego llegaron los SMS y destruyeron la comunicación verbal, llegándose a dar casos tan nefastos como el de parejas que cortaban su relación enviándose mensajitos apocopados pero contundentes. “K ya no t aguanto +” y cosas así…

Ahora estamos en donde estamos y bien merecido nos lo tenemos; nos hemos ganado a pulso la incomunicación entre las personas, hemos labrado día a día la posibilidad de la depresión por dependencia de aparato y, lo que me parece peor todavía, estamos llevando la libertad al límite exacto donde se pierde el respeto al otro.

Y me explico.

Ayer mismo lo comentábamos la cuadrilla de amigas y, mientras alguna se hacía cruces de las malas movidas que provoca en su casa el hecho de que los comensales estén cenando en silencio y con una mano sujetando la cuchara y con la otra mirando la pantalla del smartphone, alguna otra defendía la postura aduciendo que es una dependencia social extendida y que prefiere no sustraerse a ella porque le crea ansiedad;  a tal efecto, lleva SIEMPRE su teléfono inteligente a mano para poder ser avisada al instante –mediante señal acústica y/o visual- de cuanta comunicación (por inane que sea) tengan a bien hacerle sus innumerables contactos telefónicos o amigos de facebook o seguidores de Twiter.

Me miro en el espejo con mi smartphone en la mano.

Yo tampoco lo suelto. Lo llevo conmigo a las siete de la mañana cuando paseo al perro (por si pasa algo) y a las ocho y media cuando me voy a patear algún parque (por si alguien me llama) y en el bolso cuando hago la compra (por si tengo que llamar yo) y mientras cocino y mientras como y…me digo que si después de treinta años como fumadora fui capaz de dejarlo hace ya más de una década, también creo que seré capaz de aquilatar mi uso y abuso del teléfono móvil.

Mi personal campaña de no-dependencia consiste en no tenerlo encendido por la noche –caiga quien caiga-; ni cuando realizo actos que requieren concentración y/o aislamiento y/o silencio: hacer la siesta, escribir este post o mantener un entente íntimo con alguna persona que merece toda mi atención y dedicación.

Mi personal campaña también pasa por expresar mi contrariedad cuando salgo a pasear con alguien que se acopla al móvil para atender llamadas superfluas dando preferencia al ausente sobre mi presencia real y física. También manifiesto mi desacuerdo si tengo gente a la mesa y, después de haber cocinado con cariño para ellos, se dedican a mandar mensajitos o mirar su Facebook con el móvil sobre la servilleta, como si los demás, los que estamos a su lado, fuéramos invisibles o indignos de su respeto.

Porque, en mi opinión, es cuestión de respeto y poco más. Si salgo con mis amigas es porque deseo compartirme con ellas, no con sus móviles de última generación. Si celebro una cenita íntima es algo de a dos, no de tres o de cualquiera que acierte a llamar en ese momento interrumpiendo.

¿Llamadas urgentes? Una entre un millón…Así que me aplico el cuento y dejo el móvil en el fondo del bolso cuando estoy con los demás, atiendo únicamente las llamadas que considero inevitables y las reduzco a su mínima duración y no envío whatsapp alguno en presencia de otras personas a las que pueda molestar mi desatención. Lo intento cada día con afán aunque no siempre lo consiga, pero estoy en ello…porque no quiero que se me escape ese gesto de cariño, esa mirada cómplice, ese dulce encuentro entre personas por culpa de un aparatito que nunca me dará ni cariño, ni complicidad ni besos ni me rascará la espalda ni me abrazará cuando lo necesite… por mucho que quieran inventar alguna aplicación al respecto.

En fin.

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Tema recurrente. El miedo a la soledad.
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Cecilia Casado | 23-07-2014 | 05:34| 28

Hace diez o doce años me veía obligada a hablar de este tema en primera persona puesto que era un caballo de batalla cuyas riendas no había aprendido todavía a gestionar. La educación recibida, el entorno social, la presión insidiosa, me llevaron durante mucho tiempo a temer el hecho de vivir sola. Y no me refiero a “sola ante la vida” o “sola ante el peligro”, sino por haberme convertido en lo que hoy se llama una “single” y antes de los eufemismos se decía “una mujer sin pareja”.

Una mujer sin pareja, que no dependiente, una mujer sola pero nunca solitaria; sola por preferir estarlo a ubicarme mal acompañada, sola por mantener la dignidad de no aceptar “un matrimonio o pareja que no funciona pero que todavía aparenta” y no agachar la cabeza, sola por desear mejor compañía que la que tenía. Y sola también, por no “tragar” con la infidelidad socialmente aceptada -sobre todo por la mujer- que lleva implícita cerrar los ojos y hacer como que no te enteras de nada o, lo que es peor, aceptar las migajas que caen de la mesa donde están los manjares que ya no están a tu alcance.

Comprendí que para llenar hay primero que vaciar, que no caben en el mismo vaso líquidos que no se pueden mezclar, comprendí que no se puede hacer una tortilla sin cascar los huevos y de esa manera me lancé –una vez más- al campo abierto de la soledad doméstica.

Porque, fijémonos bien, lo que parece que da miedo de verdad es el hecho de llegar a casa del trabajo y no encontrar a nadie que haga ruido o hable –aunque se digan tonterías o palabras molestas-, y ese silencio denso, plomizo a veces, da tanto miedo que o se enciende la tele a todo volumen o se sigue aguantando la el arrastre de la vida en común con alguien con quien hace mucho se dejó de hablar de amor.

¿Cómo afrontar la soledad después de una separación? Ésta parece ser la pregunta del millón a tenor de tantas consultas, cartas y comentarios que voy recibiendo o recogiendo de aquí y de allá.

Y yo contesto siempre a la pregunta con otra no menos acertada aunque parezca capciosa: ¿Para qué necesitas a ESA   persona a tu lado?

Metiendo el dedo en el ojo se consigue que parpadeemos, que despertemos y comencemos a pensar que hay un problema molesto cuya solución no debe ser dilatada por más tiempo.

No pocas parejas, no pocas relaciones se mantienen en el tiempo –un absurdo y larguísimo tiempo- mucho después de que el amor haya desaparecido del dormitorio y no quede más que un “cariño de toda la vida” por la persona con la que se comparte tarjeta en el buzón del portal. En muchas ocasiones la gente no se separa porque tiene miedo de la soledad, miedo de no tener a quien recurrir para que le lleven a urgencias si una noche se ponen enfermos; miedo de saber que pase lo que pase, no podrán contar con UNA persona en concreto…pero…¡hay tantas más en este mundo…!

También “lo social” es una losa pesadísima. ¡Cómo conviene tener con quien ir al cine, al teatro, a tomar un helado después de ver los fuegos! ¿Qué dirán los familiares si acudimos en número impar a los eventos de obligada comparecencia? ¿Qué explicación les daremos? ¿Qué pensarán de nosotros? ¿Y en el trabajo? Si eres hombre pensarán algo malo y si eres mujer puede que incluso piensen algo peor…

¿Y el dinero? ¿Llegaré a fin de mes teniendo que pagar individualmente el alquiler o la hipoteca? ¿No es verdad que todo sale más caro si vamos solos? Las paellas valencianas son “mínimo dos raciones”, los viajes en grupo llevan suplemento habitación individual, en los bailes de los hoteles habrá que bailar con personal del servicio de animación y ¿a quién le pediremos que nos dé crema solar en la espalda?

Y ya no digamos los pequeños desaguisados domésticos: que si la cisterna del váter, que si la conexión de la parabólica, que si el bajo del pantalón que hay que acortar y el botón de la camisa que coser. Lo aburrido y poco agradecido que es cocinar para uno solo y lo caro que sale comer en el bar. Dónde está la gracia de dar un paseo el sábado por la tarde entre la muchedumbre emparejada, dónde quedó el gusto y el regusto de hablar de la parienta si ya no hay parienta ni poner a parir al marido si ya no hay marido que echarse a la boca.

Así que aunque ya no se practique el sexo como no sea intentando fastidiar al otro, así que aunque ya se duerma con el enemigo, sigue siendo un enemigo que sirve para algo, para evitar enfrentarse a la soledad vivida como fracaso en vez de la soledad conseguida como logro digno e individual.

La soledad es como el monstruo ese que les sale a los niños en la oscuridad del tren chu-chú; ese que da un escobazo pero que, en realidad, no es más que un trabajador disfrazado que no tiene sentido ni intención de hacer daño ni meter miedo. Todo está en la imaginación, en el decorado truculento, en lo que cuentan que pasa ahí dentro donde todo está oscuro y hay demonios…

Vivir solo no significa estar solo en la vida; vivir solo no es lo mismo que vivir en soledad. Y en no pocas ocasiones la palabra “soledad” se puede permutar por la palabra “dignidad”. Me consta.

En fin.

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21 de Julio de 1990
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Cecilia Casado | 21-07-2014 | 07:22| 24

 

  

Me gusta recordar las fechas que fueron felices, realmente felices, ponerlas en rojo en mi calendario emocional y, cerrando los ojos, volar con alas suaves al recuerdo amoroso que hará el día presente un poco más amable.

Hace ahora veinticuatro años despertó el día de un sueño cansado con un dulce bebé entre mis brazos. Sus ojos abiertos, de un violeta imposible, miraban sin ver mi rostro emocionado. Dicen que no hay palabras que puedan expresar lo que siente una mujer cuando tiene por primera vez a su hijo pegado al corazón; y creo que no las hay.

Cuando nació mi niña Amanda estuve en silencio muchas horas hablándole únicamente a ella con ese lenguaje que había inventado para nosotras dos durante nueve meses íntimos, un lenguaje más allá de cualquier diccionario futuro, un lenguaje nuestro, sencillo y genuino a la vez, un lenguaje que hoy todavía hablamos entre nosotras.

Tener un hijo quizás no sea más que hacer de vehículo entre el Universo y la Vida, mas siento que nos engrandece a las mujeres por haber sido elegidas para ser artífices del milagro. Tener un hijo quizás no sea lo que dé sentido a toda una vida, pero me ha ayudado a acercarme a ese punto de encuentro conmigo misma del que ya no quiero volver atrás.

Mis hijas no son “mías” aunque yo las haya creado, parido y criado. Mis hijas tampoco han sido “nuestras” con el hombre que puso amor y semilla en el empeño. Mis hijas, todos los hijos del mundo se pertenecen a sí mismos, porque cuando los traemos a la vida les damos también la libertad de SER, de decidir su camino, de cometer sus errores, de llorar sus lágrimas y sembrar sus risas. O deberíamos dársela.

Quizás sea cierto que los hijos eligen la familia en la que quieren nacer, que eligen a sus padres para trascender la Vida a través de ellos, que escogen cuidadosamente la madre, el útero, el camino por el que desean hacer su viaje a Itaca.

Y si así ha sido, tan sólo puedo sentirme agradecida por haber sido el fruto de su elección, porque ellas, las dos, me hayan elegido como madre a pesar de todos mis defectos, a pesar de todos mis errores… o quizás gracias a ellos, para poder aprender, saber y experimentar la vida con un poco de ayuda.

Hoy mi “niña” pequeña cumple veinticuatro años. ¡Ya ha tocado con los dedos el cielo del gozo, ya ha bajado al pozo donde hay dolor, ya va conociendo el profundo significado de la palabra VIDA…!

Pero todavía sus alas están intactas, desplegadas y al acecho del buen viento que la llevará a los cielos que ella elija, cerca o lejos de mi persona, pero siempre anidada en mi corazón.

Feliz vida para ella y para todos los jóvenes que aún sienten en su interior que…La vie est belle!

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Un cuento para reflexionar
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Cecilia Casado | 19-07-2014 | 19:25| 21

 

 

Esta historiqueta es mitad verdad y mitad invento por lo que espero que si alguien se da por aludido no se lo tome como nada personal –se puede aplicar el Segundo Acuerdo de Miguel Ruiz- o reirse a mandíbula batiente… si tiene la imaginación suficiente como para ponerse en la piel del protagonista.

Pues resulta que había una cuadrilla de amigos que solía reunirse cada dos meses en la sociedad gastronómica para, entre cazuelas y copas, mantener una relación amigable más basada en la camaradería que en el compartir profundo, pero lo suficientemente agradable como para seguir manteniendo la costumbre lúdico/gastronómica después de muchos años.

Empezaron de jóvenes, cuando casi todos andaban de novios y se invitaron mutuamente a las bodas los que decidieron firmar papeles. Luego vinieron los hijos y hubo bautizos y celebraciones “familiares” y con el paso de los años empezaron las separaciones y divorcios, los problemas del trabajo, algunos despidos, la muerte de los padres ancianos… Y también se vieron en funerales y en algún juicio como testigos apoyándose unos a otros.

Pero yo quiero contar la historia de Martín, uno de ellos, parecido al resto en casi todo menos en una cosa y es que, en la mayoría de las citas bimensuales, nunca se sabía a ciencia cierta si iba a acudir o no porque siempre “andaba muy liado”, como si él fuera el único que tuviera mucho trabajo, mujer e hijos, familiares a los que cuidar o dolores de lumbago. El caso es que era la típica persona que se hacía de rogar como si su presencia tuviera -de alguna manera- más valor que la de los demás. Unas veces era que había cambiado el turno en el Hospital para devolver un favor a un compañero (trabajaba de A.T.S.); otras que tenía compromisos adquiridos con anterioridad y no podía faltar; el cumpleaños de una cuñada o un concierto al que le habían invitado, aunque la mayoría de las veces que no acudía a la cita aducía que “no le venía bien” y santaspascuas.

Un día decidieron celebrar una cena especial –fuera de programa- con motivo de la sentencia de un divorcio muy conflictivo de uno de ellos: para darle ánimos, para arroparle, para que supiera que ellos, sus amigos, estaban allí y, mira tú por dónde, nadie se acordó de invitar a Martín y es de suponer que todos pensarían: “total, pondrá alguna excusa de las suyas para no venir…”.

La sociedad donde se reunían habitualmente era visitada por el vendedor de cupones de la ONCE y era costumbre, a los postres y con las risas y las canturriadas, comprarle unos cuantos números entre todos. Así lo hicieron esa vez, con la diferencia sobre otras veces de que… ¡Tocó un buen pellizco!

¡Nadie se atrevía a decirle nada a Martín, qué miedo a su reacción tenían…! Pero como la realidad no puede ocultarse mucho tiempo, alguien propuso llamarle y decirle la verdad: que habían celebrado la cena especial el viernes anterior y que, entre pitos y flautas, se les había olvidado invitarle y que les perdonara. El susodicho –como tonto no era- contestó que no pasaba nada, que casualmente ese día no habría podido ir porque a su mujer le tocaba cuidar a su madre y a él quedarse con los niños y que –como siempre decía y prometía- “LA PROXIMA no faltaría, seguro que no.”

Ahí quedó la cosa y cuando cobraron el pellizco de “los ciegos”, se lo repartieron entre ellos haciéndose “los locos”.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.