Diario Vasco

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“Círculo de Mujeres” – Invitación -
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Cecilia Casado | 11-02-2016 | 08:57| 25

 

La idea que voy a compartir no me pertenece, la he visto desarrollada en otro lugar e incluso se me permitió participar en una ocasión. Y me pareció tan luminosa, tan llena de acierto, generosidad y empatía que no he parado hasta intentar darle forma también a mi manera y ver si en estas latitudes puede funcionar.

Se trata, sencillamente, de hacer un “Círculo de mujeres”, pequeño y discreto, donde las participantes puedan expresar en libertad confiada las congojas que les apenan o los deseos que tienen por realizar. Un espacio sin luces ni taquígrafos en el que la voz nuestra, la voz de la mujer, sea escuchada por otras mujeres iguales a nosotras en todo. Madres o hijas, esposas o novias, maduras o jóvenes, tituladas todas en la “Universidad de la vida” –que es donde no dan títulos pero más se aprende.

Sé que puede funcionar tanto como terapia como un simple tiempo de relajación, dependiendo cada vez de la energía que aporte cada componente del grupo; a veces habrá muchas risas y otras serán las lágrimas las que vendrán de visita: todo es posible y además aprovechable.

Estoy hablando de reunirnos el “Círculo de Mujeres” de forma periódica en horario vespertino (a determinar) en un lugar privado y sencillo de la ciudad de San Sebastián. Estoy hablando de que cualquier mujer que desee participar, aportando su experiencia, hablando o escuchando con la más absoluta y ética confidencialidad, pueda acudir y encontrar nuevas amigas, nuevas compañeras para nutrirse mutuamente de la sabiduría que nos va dando la vida y ser un poco más felices.

Algunas habrá que se apunten por mera curiosidad, otras porque les parece buena la idea; en cualquier caso, con que empecemos un pequeño grupo será suficiente. Sin más coste que el regalo de nuestro tiempo y la palabra, con todo el beneficio que se puede obtener de sabernos partícipes de un “Círculo” que nos es favorable, íntimo y provechoso.

La primera vez que acudí invitada a formar parte de un “Círculo de mujeres” me mantuve un poco “distante” porque quería ver realmente de qué iba aquello. Había recurrido a “San Google” para informarme y topé con muchísimas páginas web –casi todas de Latinoamérica- que se remitían a ritos ancestrales, a sabiduría “de otro tiempo” y, sobre todo, mucho ritual con velas, flores, música y baile tribal. Aparecieron catorce mujeres, todas desconocidas entre sí, que respondían al anuncio que les invitaba a participar –como estoy haciendo yo ahora. Cuando fuimos tomando la palabra se hallaron juntas la “profesional familiar” junto a la “profesional laboral”, quedando desplegado el abanico casi completo de todos los roles de la mujer en esta sociedad. La maravilla se fue mostrando al descubrir que, tengas la edad que tengas, las mujeres hemos pasado a lo largo de nuestra existencia por similares vicisitudes.

Lo primero porque todas hemos sido HIJAS y esa condición nos ha marcado de por vida; algunas con dolor y muchas con más pena que gloria. Después hemos ido buscando nuestro camino, bien siguiendo el esquema social/familiar establecido, bien alejándonos un poco de la norma y siendo –o pretendiendo ser- diferentes. Pero cualquiera que haya sido nuestro destino seguimos teniendo mucho en común; tanto que deberíamos compartirlo.

Mi dirección de correo electrónico está a disposición de quienes deseen más información sobre esta idea y para las que den el paso al frente de apuntarse a la primera reunión.

Sin esoterismo alguno, con la espiritualidad justa y precisa que aporte cada una y con los pies siempre en la tierra. Un lugar para hablar y ser escuchadas. Nada más. Y nada menos. Como unas amigas que se juntan para tomar café pero con plena conciencia de lo que hacemos. A ver qué sale de todo esto…

En fin.

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Confidencias a un desconocido
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Cecilia Casado | 09-02-2016 | 08:29| 24

Supongo que a casi todos nos habrá pasado alguna vez que coincidimos en un sitio pequeño con una persona desconocida de la que no podemos alejarnos –un avión, la cola del paro, un tanatorio- y que nos cuenta su vida y milagros sin que esté en nuestra mano hacer otra cosa que escuchar con mayor o menor educación. Son esos “absolutos desconocidos” que aparecen también al doblar la esquina de cualquier red social y que nos toman por confidentes improvisados, aunque la huída de estos esté a tiro de “click”. Guardo en mi biografía no pocas anécdotas –más o menos divertidas, más o menos sabrosas- de personas que me han tratado como si fuera su terapeuta de bolsillo sin conocerme absolutamente de nada. Pero ahora toca darle la vuelta a la tortilla y ser sincera.

Este post está preñado de una carga emocional muy fuerte, la que traje en mi equipaje al regreso de mi último viaje a Yucatán, a donde fui a pasar las Navidades con mis hijas y conocer a mi primera nieta. Vivencias inusitadas, inesperadas y sorpresivas que me asaltaron a traición y se me quedaron agarradas a todas partes: las neuronas, los latidos del corazón e incluso los recovecos de los intestinos –aunque quede poco delicado señalarlo-; vamos, que volví a casa después de tres semanas fuera hecha unos zorros.

Con el paso de los años he ido cambiando –y cambiando muchísimo- la forma de relacionarme con mi entorno amistoso; he pasado de no contar nada a contarlo todo para acabar teniendo un buen filtro que me indica qué debo compartir y qué debo callar: por pura supervivencia, ya que las mejores “traiciones” las he padecido precisamente por hacer confidencias a personas próximas quienes, en algún momento posterior y dejándose dominar por sus propios demonios, me las han echado a la cara o las han utilizado para hacerme chantaje emocional. (Esto suele ser más frecuente en las relaciones familiares)

Así que estaba tranquilamente paseando a mi perrillo cuando me crucé con un conocido. Amable y correcto el hombre, me saludó como siempre: educación de barrio. Sin embargo, a diferencia de otras veces, se paró a mi lado y le hizo una gracia a Elur. Por educación yo también, me detuve y le sonreí. Él me preguntó: “¿qué tal?” y ahí ya la liamos porque en vez de contestarle con el socorrido “Bien, ¿y tú?” le dije: “Pues, quitando lo malo, bien” y él en vez de hacerse el loco me miró a los ojos y me espetó: “¿Qué te ha ocurrido de malo?” y yo en vez de reir y decirle que era una broma… le conté.

Le conté a un “desconocido” con el que jamás he tenido un atisbo de confianza, el problema que me atenazaba y me tenía sin dormir desde hacía varias semanas; volqué mis palabras en sus manos como si fuera lluvia y él, en vez de sacudírselas, se puso en mi lugar, desplegó un abanico real de empatía y de repente pareció que sufría conmigo, él quien tenía el mismo desasosiego, él quien formaba equipo conmigo para afrontar un problema y hallar una solución.

Me dejé llevar por el momento –que fue una media hora larga, parados en mitad de la calle, con el perrillo cortejando a la farola más cercana- e hice lo que tantas veces otras personas han hecho conmigo a la vez que iba a cada instante siendo más consciente de que el tipo estaba REALMENTE interesado en ayudarme. Vamos, como el terapeuta que hace lo mismo cobrándote los 70€ de rigor por sesión y a quien también alguna vez me he visto obligada a recurrir.

Fui muy consciente de la situación y así se lo hice saber. Él, inteligente donde los haya, me contestó que no tenía importancia, que a él también le ocurría de vez en cuando, eso de que la solución a sus problemas apareciera cuando menos lo esperaba y de forma sorpresiva. Ni siquiera fuimos al bar a tomar un café o nos sentamos en un banco aledaño; estuvimos de pie, en la mera calle, hablando como dos amigos ensimismados en sus cosas durante casi cuarenta minutos.

Volví a casa con el pensamiento tranquilizado, dormí casi ocho horas de un tirón y, a la mañana siguiente, la decisión que me era preciso tomar amaneció conmigo.

Gracias Igor por tu ayuda. Te debo una.

En fin.

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“Buenos” y “malos” enfermos
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Cecilia Casado | 08-02-2016 | 09:52| 16

 

Estar enfermo no es algo que se decida voluntariamente para llamar la atención o pasar el rato. Aunque bien es cierto que en algunas ocasiones en las que el ánimo está por los suelos casi todos hemos sentido alguna vez la “tentación” de meternos en la cama y apagar la luz y apearnos del mundo porque “no podemos más”, lo cierto es que, a la hora de la verdad nadie quiere estar enfermo de nada.

Y no voy a hablar de las graves patologías que afectan al ser humano y que provocan un desbarajuste total en su vida y en la de quienes le rodean sino de las enfermedades del “día a día”, esos inconvenientes que periódicamente alcanzan a todos y con los que hay que lidiar mal que bien hasta que desaparecen.

En realidad lo que motiva este post es el hecho de haberme topado en la misma semana con dos personas enfermas dentro de mi círculo habitual. Una de ellas, hospitalizada por una pequeña intervención quirúrgica, ha aceptado amablemente la compañía de quienes le queremos. No le ha importado solicitar pequeños favores y agradecerlos. En todo momento ha ofrecido palabras amables, sonrisas e incluso pequeñas bromas con respecto a su situación –hospitalización, entubamiento, molestias evidentes- y me ha hecho reflexionar su actitud positiva. No es cuestión aquí de hacer un examen de la gravedad o no de su patología sino de recalcar la “actitud” ante la misma.

Otra persona está enferma de gripe encerrada en su casa. No ha dicho nada a nadie durante varios días y ha ido por su propio pie a Urgencias a buscar ayuda médica y medicamentosa. Si me he enterado ha sido porque le he llamado simplemente para saber cómo le iba la vida después de no saber nada de él durante un par de semanas y así he sabido de su enfermedad. Es decir: no había dicho nada a nadie “para no molestar”. Obviamente –desde mi obviedad- me ofrecí a hacerle un caldo o llevarle naranjas, los dos ofrecimientos básicos de todo amigo que se precie hacia alguien enfermo. Lo de la compañía ya es más complicado porque una gripe es una gripe y se contagia hasta con el pensamiento. Pero mi sorpresa fue morrocotuda al escuchar su voz cavernosa informándome de que lo único que quería era “que le dejaran en paz” y “no ver a nadie”. Bueno, tampoco hay que ponerse así, por favor, que parece como si la culpa de la gripe ajena fuera propia –la culpa, digo-, como si yo hubiera echado a la cara los virus que le invaden, que de hecho alguien lo ha hecho, alguien con gripe pensó que no valía la pena proteger a los demás del contagio y estuvo al lado, contigo, en el trabajo, en el bar, haciendo como si no pasara nada y dejndo de regalo los virus que ahora te tienen postrado en el lecho del dolor.

¿Qué cuesta ser amable y aceptar los pequeños ofrecimientos de las personas que nos quieren? Entiendo que una gripe no es el estado idóneo para recibir visitas ni mantener conversaciones sobre lo divino y lo humano, pero bien se puede aceptar una red de naranjas, una novelita sencilla o la ayuda para ventilar la casa, cambiar las sábanas o cocinar una porrusalda.

Ser “buen” enfermo o “mal” enfermo es una actitud que puede llegar a ser determinante para las relaciones entre las personas. A fin de cuentas, no sabemos qué nos puede deparar la vida y quizás no siempre tengamos al alcance de la mano a quien nos quiera ayudar cuando de verdad lo necesitemos. Aceptar la ayuda que nos brindan es algo humano, natural y que no tiene ninguna connotación con el orgullo ni la dignidad sino todo lo contrario. Quien rechaza la ayuda ajena con no buenos modos, haciendo hincapié en que “no se puede imponer la ayuda a quien no quiere recibirla” es tanto como decidir cuáles son los parámetros afectivos, emocionales e incluso éticos que tienen que mover los actos ajenos…como si fueran los propios.

Por lo menos estoy aprendiendo que vale la pena mucho más ser “buen” enfermo y que te ayuden a superar la enfermedad.

En fin.

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Hijos lejos de casa
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Cecilia Casado | 05-02-2016 | 07:19| 39

 

Hace poco escuchaba la pena ribeteada de alegría de una amiga cuyo hijo ha marchado a Australia por siete meses aprovechando una oportunidad de adquirir experiencia en su especialidad. Ella sabe que, si todo sale bien, ese hijo se afianzará en las antípodas, quizás se enamore, quizás le contraten, quizás ya no vuelva a este país, y mi amiga se enfurruñaba consigo misma por no poder sentir alegría sin más por el hijo que busca su camino en vez de rumiar la tristeza de la más que presumible separación “sine die”.

Y me he puesto a hacer recuento de cuántos de mis amigos, conocidos o vecinos tienen a los hijos en la otra punta del mundo, cuántos son los que “vuelven a casa por Navidad” y cuántos se quedan anclados en la nueva tierra que les acoge. La lista se hace exhaustiva y cuanto más larga más me va pesando, supongo que es porque yo también formo parte de ese nuevo colectivo de “padres con hijos lejanos”.

En una época de este país, hace tan sólo unos sesenta años, miles de personas tuvieron que exiliarse huyendo del enfrentamiento político y de una guerra cruenta. Fueron nuestros abuelos (o los abuelos de cualquiera) que marcharon a países amigos que les acogieron en su éxodo por salvar la vida. Fueron países de habla hispana en su mayoría–que no eran tiempos de saber idiomas-, mientras que ahora ya marchan nuestros hijos a cualquier parte del mundo, con su FCE (First Certificate English) en el bolsillo que vale lo mismo para trabajar en China que en Melbourne.

Ahora la historia se repite, pero sin sangre de por medio, tan sólo para poder hallar el camino que lleve a un futuro cada vez más incierto.

Dicen las estadísticas que ya hay casi dos millones de emigrados españoles entre “los que se ven y los que no se ven”, porque la gran mayoría no se inscriben en los Consulados extranjeros sino que permanecen como “turistas” apurando los plazos para renovar la visa volviendo a salir y entrar al país en el que se han “refugiado” para dar salida a su necesidad vital de trabajar.

Unos son aventureros de corazón, los que subieron a un avión contentos, con la ilusión de vivir la vida en cualquier lugar, ausentes de miedo e incertidumbre, como mis hijas. Pero la mayoría agarraron el pasaporte a la fuerza, porque aquí no había nada para ellos, porque sus estudios y sus títulos (que tanto habíamos valorado nosotros, sus padres) aquí no valían nada o casi nada y no les quedó más remedio que marchar hacia Oriente o hacia el otro lado del charco o a las Antípodas donde (todavía) parece que se puede encontrar un trabajo acorde con los propios conocimientos. En el Norte, ya se sabe, las posibilidades de que un título universitario abra puertas son mucho menores; las cocinas de los restaurantes están llenas de licenciados.

Tener a los hijos lejos de casa nos ha trastocado la vida a toda una generación de padres que andamos viajando de acá para allá para mantener la relación con ellos y no limitarla a las tristes sesiones de Skype. Tener a los hijos lejos de casa nos hace abuelos de pacotilla, nos quita “el as en la manga” que guardábamos para la vejez: los nietos y sus alegrías.

Tener a los hijos lejos de casa porque ellos eligieron irse y son felices volviendo en vacaciones no es lo mismo que tenerlos a la fuerza, sabiendo que sufren, que luchan, sin que desde casa se pueda hacer otra cosa más que mandarles unos cientos de euros de vez en cuando para que sientan que no se les ha abandonado.

La próxima generación va a venir con “doble nacionalidad”; ya no serán españoles sino mitad americanos o mitad japoneses o vaya usted a saber, serán los hijos del éxodo de la crisis del siglo XXI y más nos vale tomarlo a risa porque lo de “ocho apellidos vascos” o catalanes o de donde sean quedará en chascarrillo de película. Lamentablemente. Y si no, al tiempo.

Tengo dos hijas y las dos están afincadas –de momento- en México. Y mi primera nieta ya es mexicana. La vida nunca es como uno la había imaginado y nos obliga, a los mayores de cincuenta, a reubicar nuestros valores, actualizar los criterios y, sobre todo, llenar los corazones de amor y de paciencia para no amargarnos la vida, esa vida que soñábamos tan distinta…

En fin.

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Crecimiento Personal. “Reproches”
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Cecilia Casado | 03-02-2016 | 08:25| 35

 

Reprochar es echarle en cara algo a alguien, sin interpretaciones de ningún otro tipo. Y aclaro esto de entrada porque sigo teniendo alguna discusión cuando tengo que escuchar frases del tipo: “Yo no hago reproches, pero… “ y los puntos suspensivos son rellenados con una expectativa incumplida que estaba únicamente en la mente y el deseo de quien lanza el reproche o reconvención.

No solamente funciona el reproche como arma arrojadiza fácil de conseguir y de utilizar dentro de la pareja, aunque es el territorio en el que se mueve “como en casa”, sino que  también da saltos y brincos por todas las ramas del árbol genealógico. De hecho, incluso rinde visita a la amistad y ya no digamos lo que se palpa en el ámbito laboral.

De reproches sé mucho; casi podría decir que soy una experta, de tantos y tantos que he tenido que digerir a lo largo de mi vida. Los vi en el hogar desde pequeña disfrazados de “chantajito emocional”, ya sabéis, ése: “haces tanto ruido que ahora ya no puedo quitarme el dolor de cabeza” o “si hubieras llegado un poco antes habrías visto todavía al abuelo con vida”, cosas así, absurdamente malignas pero que se te quedan grabadas a fuego.

Me han reprochado de todo en esta vida: desde no ser una “hija como Dios manda”, a no ser “una esposa conveniente” para terminar la trilogía reprochadora con el no avenirme a ser “una madre al uso”. Qué le voy a hacer, cada uno es como es y nunca he llevado bien el tema de que se empeñaran en cambiarme desde el tuétano hasta el corte del flequillo. Y como no me dejaba, pues me lo reprochaban; y como no sabía demasiado de la vida me sentía culpable; y como me sentía culpable aceptaba que se me “castigara” de alguna manera; y como me castigaban era infeliz. El círculo perfecto.

Cuando alguien le reconviene a otro por no hacer las cosas tal y como se esperaba de él, eso es un reproche. Cuando le echas en cara a una persona que no se está comportando como tú querrías que lo hiciera, eso es un reproche. No vale disfrazarlo de eufemismo, en plan, “yo digo lo que pienso y pienso esto de ti, no te reprocho nada, tan sólo te comunico mi sentir”. Ah. Bueno. Vale, pues qué bien.

Y si dices, espera, espera… ¿qué tienes tú que reprocharme a mí? Entonces el gesto se tuerce porque a nadie le gusta que le tilden de reprochador y puede que se rasguen las vestiduras jurando que, “por favor, los reproches son de gente miserable, yo no los hago jamás” y se te queda la cara a cuadros y el reproche flotando a la altura de los ojos como un remolino de polvo.

Mis reproches tienen número de identificación. Reproché amargamente el fallido cumplimiento de ciertas promesas hechas ante un cura o un juez. Reproché que se me hubiera despojado de mis bienes terrenales haciéndome firmar por encima de una letra tan pequeña que no se podía leer. Reproché, en fin, que no me hubieran dado el amor que me merecía cuando todavía no había hecho nada para dejar de merecérmelo. Lo reproché todo y pasé página.

No sé porqué no hacen los demás lo mismo y vivimos en paz de una vez.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.

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