Diario Vasco

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Tema recurrente. El miedo a la soledad.
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Cecilia Casado | 23-07-2014 | 05:34| 27

Hace diez o doce años me veía obligada a hablar de este tema en primera persona puesto que era un caballo de batalla cuyas riendas no había aprendido todavía a gestionar. La educación recibida, el entorno social, la presión insidiosa, me llevaron durante mucho tiempo a temer el hecho de vivir sola. Y no me refiero a “sola ante la vida” o “sola ante el peligro”, sino por haberme convertido en lo que hoy se llama una “single” y antes de los eufemismos se decía “una mujer sin pareja”.

Una mujer sin pareja, que no dependiente, una mujer sola pero nunca solitaria; sola por preferir estarlo a ubicarme mal acompañada, sola por mantener la dignidad de no aceptar “un matrimonio o pareja que no funciona pero que todavía aparenta” y no agachar la cabeza, sola por desear mejor compañía que la que tenía. Y sola también, por no “tragar” con la infidelidad socialmente aceptada -sobre todo por la mujer- que lleva implícita cerrar los ojos y hacer como que no te enteras de nada o, lo que es peor, aceptar las migajas que caen de la mesa donde están los manjares que ya no están a tu alcance.

Comprendí que para llenar hay primero que vaciar, que no caben en el mismo vaso líquidos que no se pueden mezclar, comprendí que no se puede hacer una tortilla sin cascar los huevos y de esa manera me lancé –una vez más- al campo abierto de la soledad doméstica.

Porque, fijémonos bien, lo que parece que da miedo de verdad es el hecho de llegar a casa del trabajo y no encontrar a nadie que haga ruido o hable –aunque se digan tonterías o palabras molestas-, y ese silencio denso, plomizo a veces, da tanto miedo que o se enciende la tele a todo volumen o se sigue aguantando la el arrastre de la vida en común con alguien con quien hace mucho se dejó de hablar de amor.

¿Cómo afrontar la soledad después de una separación? Ésta parece ser la pregunta del millón a tenor de tantas consultas, cartas y comentarios que voy recibiendo o recogiendo de aquí y de allá.

Y yo contesto siempre a la pregunta con otra no menos acertada aunque parezca capciosa: ¿Para qué necesitas a ESA   persona a tu lado?

Metiendo el dedo en el ojo se consigue que parpadeemos, que despertemos y comencemos a pensar que hay un problema molesto cuya solución no debe ser dilatada por más tiempo.

No pocas parejas, no pocas relaciones se mantienen en el tiempo –un absurdo y larguísimo tiempo- mucho después de que el amor haya desaparecido del dormitorio y no quede más que un “cariño de toda la vida” por la persona con la que se comparte tarjeta en el buzón del portal. En muchas ocasiones la gente no se separa porque tiene miedo de la soledad, miedo de no tener a quien recurrir para que le lleven a urgencias si una noche se ponen enfermos; miedo de saber que pase lo que pase, no podrán contar con UNA persona en concreto…pero…¡hay tantas más en este mundo…!

También “lo social” es una losa pesadísima. ¡Cómo conviene tener con quien ir al cine, al teatro, a tomar un helado después de ver los fuegos! ¿Qué dirán los familiares si acudimos en número impar a los eventos de obligada comparecencia? ¿Qué explicación les daremos? ¿Qué pensarán de nosotros? ¿Y en el trabajo? Si eres hombre pensarán algo malo y si eres mujer puede que incluso piensen algo peor…

¿Y el dinero? ¿Llegaré a fin de mes teniendo que pagar individualmente el alquiler o la hipoteca? ¿No es verdad que todo sale más caro si vamos solos? Las paellas valencianas son “mínimo dos raciones”, los viajes en grupo llevan suplemento habitación individual, en los bailes de los hoteles habrá que bailar con personal del servicio de animación y ¿a quién le pediremos que nos dé crema solar en la espalda?

Y ya no digamos los pequeños desaguisados domésticos: que si la cisterna del váter, que si la conexión de la parabólica, que si el bajo del pantalón que hay que acortar y el botón de la camisa que coser. Lo aburrido y poco agradecido que es cocinar para uno solo y lo caro que sale comer en el bar. Dónde está la gracia de dar un paseo el sábado por la tarde entre la muchedumbre emparejada, dónde quedó el gusto y el regusto de hablar de la parienta si ya no hay parienta ni poner a parir al marido si ya no hay marido que echarse a la boca.

Así que aunque ya no se practique el sexo como no sea intentando fastidiar al otro, así que aunque ya se duerma con el enemigo, sigue siendo un enemigo que sirve para algo, para evitar enfrentarse a la soledad vivida como fracaso en vez de la soledad conseguida como logro digno e individual.

La soledad es como el monstruo ese que les sale a los niños en la oscuridad del tren chu-chú; ese que da un escobazo pero que, en realidad, no es más que un trabajador disfrazado que no tiene sentido ni intención de hacer daño ni meter miedo. Todo está en la imaginación, en el decorado truculento, en lo que cuentan que pasa ahí dentro donde todo está oscuro y hay demonios…

Vivir solo no significa estar solo en la vida; vivir solo no es lo mismo que vivir en soledad. Y en no pocas ocasiones la palabra “soledad” se puede permutar por la palabra “dignidad”. Me consta.

En fin.

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21 de Julio de 1990
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Cecilia Casado | 21-07-2014 | 07:22| 24

 

  

Me gusta recordar las fechas que fueron felices, realmente felices, ponerlas en rojo en mi calendario emocional y, cerrando los ojos, volar con alas suaves al recuerdo amoroso que hará el día presente un poco más amable.

Hace ahora veinticuatro años despertó el día de un sueño cansado con un dulce bebé entre mis brazos. Sus ojos abiertos, de un violeta imposible, miraban sin ver mi rostro emocionado. Dicen que no hay palabras que puedan expresar lo que siente una mujer cuando tiene por primera vez a su hijo pegado al corazón; y creo que no las hay.

Cuando nació mi niña Amanda estuve en silencio muchas horas hablándole únicamente a ella con ese lenguaje que había inventado para nosotras dos durante nueve meses íntimos, un lenguaje más allá de cualquier diccionario futuro, un lenguaje nuestro, sencillo y genuino a la vez, un lenguaje que hoy todavía hablamos entre nosotras.

Tener un hijo quizás no sea más que hacer de vehículo entre el Universo y la Vida, mas siento que nos engrandece a las mujeres por haber sido elegidas para ser artífices del milagro. Tener un hijo quizás no sea lo que dé sentido a toda una vida, pero me ha ayudado a acercarme a ese punto de encuentro conmigo misma del que ya no quiero volver atrás.

Mis hijas no son “mías” aunque yo las haya creado, parido y criado. Mis hijas tampoco han sido “nuestras” con el hombre que puso amor y semilla en el empeño. Mis hijas, todos los hijos del mundo se pertenecen a sí mismos, porque cuando los traemos a la vida les damos también la libertad de SER, de decidir su camino, de cometer sus errores, de llorar sus lágrimas y sembrar sus risas. O deberíamos dársela.

Quizás sea cierto que los hijos eligen la familia en la que quieren nacer, que eligen a sus padres para trascender la Vida a través de ellos, que escogen cuidadosamente la madre, el útero, el camino por el que desean hacer su viaje a Itaca.

Y si así ha sido, tan sólo puedo sentirme agradecida por haber sido el fruto de su elección, porque ellas, las dos, me hayan elegido como madre a pesar de todos mis defectos, a pesar de todos mis errores… o quizás gracias a ellos, para poder aprender, saber y experimentar la vida con un poco de ayuda.

Hoy mi “niña” pequeña cumple veinticuatro años. ¡Ya ha tocado con los dedos el cielo del gozo, ya ha bajado al pozo donde hay dolor, ya va conociendo el profundo significado de la palabra VIDA…!

Pero todavía sus alas están intactas, desplegadas y al acecho del buen viento que la llevará a los cielos que ella elija, cerca o lejos de mi persona, pero siempre anidada en mi corazón.

Feliz vida para ella y para todos los jóvenes que aún sienten en su interior que…La vie est belle!

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Un cuento para reflexionar
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Cecilia Casado | 19-07-2014 | 19:25| 21

 

 

Esta historiqueta es mitad verdad y mitad invento por lo que espero que si alguien se da por aludido no se lo tome como nada personal –se puede aplicar el Segundo Acuerdo de Miguel Ruiz- o reirse a mandíbula batiente… si tiene la imaginación suficiente como para ponerse en la piel del protagonista.

Pues resulta que había una cuadrilla de amigos que solía reunirse cada dos meses en la sociedad gastronómica para, entre cazuelas y copas, mantener una relación amigable más basada en la camaradería que en el compartir profundo, pero lo suficientemente agradable como para seguir manteniendo la costumbre lúdico/gastronómica después de muchos años.

Empezaron de jóvenes, cuando casi todos andaban de novios y se invitaron mutuamente a las bodas los que decidieron firmar papeles. Luego vinieron los hijos y hubo bautizos y celebraciones “familiares” y con el paso de los años empezaron las separaciones y divorcios, los problemas del trabajo, algunos despidos, la muerte de los padres ancianos… Y también se vieron en funerales y en algún juicio como testigos apoyándose unos a otros.

Pero yo quiero contar la historia de Martín, uno de ellos, parecido al resto en casi todo menos en una cosa y es que, en la mayoría de las citas bimensuales, nunca se sabía a ciencia cierta si iba a acudir o no porque siempre “andaba muy liado”, como si él fuera el único que tuviera mucho trabajo, mujer e hijos, familiares a los que cuidar o dolores de lumbago. El caso es que era la típica persona que se hacía de rogar como si su presencia tuviera -de alguna manera- más valor que la de los demás. Unas veces era que había cambiado el turno en el Hospital para devolver un favor a un compañero (trabajaba de A.T.S.); otras que tenía compromisos adquiridos con anterioridad y no podía faltar; el cumpleaños de una cuñada o un concierto al que le habían invitado, aunque la mayoría de las veces que no acudía a la cita aducía que “no le venía bien” y santaspascuas.

Un día decidieron celebrar una cena especial –fuera de programa- con motivo de la sentencia de un divorcio muy conflictivo de uno de ellos: para darle ánimos, para arroparle, para que supiera que ellos, sus amigos, estaban allí y, mira tú por dónde, nadie se acordó de invitar a Martín y es de suponer que todos pensarían: “total, pondrá alguna excusa de las suyas para no venir…”.

La sociedad donde se reunían habitualmente era visitada por el vendedor de cupones de la ONCE y era costumbre, a los postres y con las risas y las canturriadas, comprarle unos cuantos números entre todos. Así lo hicieron esa vez, con la diferencia sobre otras veces de que… ¡Tocó un buen pellizco!

¡Nadie se atrevía a decirle nada a Martín, qué miedo a su reacción tenían…! Pero como la realidad no puede ocultarse mucho tiempo, alguien propuso llamarle y decirle la verdad: que habían celebrado la cena especial el viernes anterior y que, entre pitos y flautas, se les había olvidado invitarle y que les perdonara. El susodicho –como tonto no era- contestó que no pasaba nada, que casualmente ese día no habría podido ir porque a su mujer le tocaba cuidar a su madre y a él quedarse con los niños y que –como siempre decía y prometía- “LA PROXIMA no faltaría, seguro que no.”

Ahí quedó la cosa y cuando cobraron el pellizco de “los ciegos”, se lo repartieron entre ellos haciéndose “los locos”.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

En fin.

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¿Os acordáis de mi amigo el belga?
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Cecilia Casado | 17-07-2014 | 16:54| 30

 

Hace ya nueve meses que dejé en “mi otro mar” a mi querida amiga P. haciendo manitas con un belga que había quemado sus naves en Amberes para venirse a empezar una nueva vida llena del júbilo de la jubilación en estas tierras mediterráneas. El post que escribí entonces (que he recuperado de la vorágine y mi desorden cibernético) me recuerda que me lo perdí por los pelos (puesto que yo me volvía a mis tierras norteñas) y mi amiga –con padrón en el pueblo- decidió probar suerte con las mieles extranjeras.

Han pasado el invierno en buena armonía a pesar de no hablar él ni una palabra de español y ella ni una palabra de francés ni flamenco. ¿Cómo se hace esto? Pues muy sencillo: hablando el idioma internacional de la piel y…armándose de paciencia, cariño y buena voluntad, además de un diccionario.

Esas tres virtudes ¿? las posee mi amiga por arrobas, además de ser guapísima, tener gracia y salero de sobra (no es catalana, todo hay que decirlo) y poseer una visión de la vida muy sui generis que le permite adaptarse a las situaciones variopintas que se le presentan sacando de todas ellas el mejor y más alimenticio jugo.

Así las cosas, ella ha viajado con él a su país para conocer amigos, familia, costumbres. Se mete entre pecho y espalda los guisotes centroeuropeos que él le cocina aunque haya que comérselos por la noche y las calorías desborden la mesa, el mantel y se desparramen por las losetas del suelo… Se va a apuntar a un curso de francés para poder decirle a su chico Je t’aime mon amour con acento del Escalda y, en resumidas cuentas, se ha tragado muchos partidos del mundial de futbol –deporte que él adora visionar- para “adaptarse” a la idiosincrasia de su amado en particular y del país de su amado en general.

Por contra, este buen señor, no tiene la más mínima intención de aprender español, se ha colocado una parabólica en su terraza para ver la tele de su país, sigue funcionando con sus horarios de origen (almuerzo de pacotilla a mediodía y cena con todos los sacramentos por la noche), se relaciona con vecinos belgas, busca los bares de extranjeros y, en mi simpática opinión, sólo le falta llevar el traje típico, porque lo que es la bandera la tiene bien colocada en la balconada de su casa.

¡Luego decimos de los “inmigrantes” que no se integran en nuestras costumbres y siguen con el turbante en la cabeza o el velo puesto o soplando la flauta andina o bailando bachata …! Alegría de Europa unida que hace que vengan de fuera a vivir aquí–porque es el país donde más barata está la vivienda- pero que sigan mirándonos como por encima del hombro a los “aborígenes”. ¡Alegría, alegría! ¡Pruebe usted a ir a vivir a Bélgica (o cualquier otro país de EUROPA y pretender que ellos aprendan español y coman tortilla de patatas) y no adaptarse! En seis meses estás en una esquina, marginado, sin nadie que te invite a una triste jarra de cerveza…

Aquí es que somos acogedores, amables, no nos andamos con pamplinas y valoramos el cochazo que el señor este tiene y los buenos euros que va dejando en el hiper donde compra… ¡productos de su país, faltaría más!

Además de todo lo anteriormente expuesto, también somos un poco ingenuos… ¿o no? En cualquier caso, feliz vida amorosa para mi amiga querida…con belga o payès a su lado…

En fin.

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http://blogs.diariovasco.com/apartirdelos50/2013/09/09/ser-valiente-a-los-sesenta/

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Los nuevos esclavos
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Cecilia Casado | 16-07-2014 | 06:59| 45

 

No nos engañemos, tener trabajo hoy en día no es lo mismo que en el último tercio del siglo pasado. Aquellos fueron tiempos en los que había una cosa que se llamaba “contrato social” y dos equipos que jugaban en el campo laboral: la patronal y los trabajadores. A veces el árbitro estaba comprado (demasiadas veces) y otras los representantes de los “currelas” –llamados sindicatos- también se vendían sin darse cuenta (o dándosela) y lamían la mano del amo que les daba de comer (a ellos).

Pero hoy en día las cosas han cambiado muchísimo; ahora ya no se lucha –ni se suspira- por un Contrato de Trabajo, sino por un empleo como sea, mal pagado, precario o incluso cobrando una miseria y, ¡pásmese usted! incluso se trabaja sin cobrar como en los mejores tiempos de Kunta Kinte, que a ése por lo menos le daban cobijo y comida además de los latigazos (que ahora son morales, pero no duelen menos).

Y la gente espabila, faltaría más, la picaresca no acabó con el Lazarillo sino que está bien presente en la sociedad actual y si a las personas que son explotadas y engañadas en su trabajo a la hora de pagarles un sueldo de porquería se les ocurriera u ocurriese tomarse su pequeña justicia por su mano… ¿quién se lo reprocharía?

Aplicar aquello tan viejo de “me engañarás en el sueldo, pero en el trabajo no”, traducido en tocarse las narices una buena parte de la jornada laboral –internet, whatsapp, facebook, prensa, bocata, mirar a las musarañas- sobre todo cuando el jefe no está o mira para otro lado. Traducido en abandonar el puesto de trabajo para ir a hacer la compra para casa, tomarse el cafelito o el pintxo de media mañana durante media hora larga, realizar gestiones personales aprovechando que pasamos cerca de la oficina correspondiente, llevar el coche al taller a cambiarle el aceite y –esto lo he visto yo- ir a cortarse el pelo a media mañana.

¡Es que no hay derecho que paguen la hora de trabajo a cinco euros impuestos aparte! ¡Algo hay que hacer para no sentirse explotados y apaleados!

En otros tiempos se estilaba mucho “la baja del lunes por indisposición”, o salir a hacer gestiones personales con permiso especial para “asuntos propios” –los funcionarios son aparte, nunca lo he sido y no puedo hablar de lo que no conozco más que de oídas, a ver si voy a criticar y meto la pata-. Ir al médico SIEMPRE en horas de trabajo –como si las consultas no existieran a otras horas-y echar raíces ante la máquina del café con los coleguis de la misma planta o departamento. Dos cafés al día a quince minutos cada uno, hace media hora. ¡Y no hablemos del cigarrito para el que hay que salir a la calle o al patio! Tres o cuatro al día –como mínimo- a siete minutos cada uno suman casi otra media hora más de “vóbilis”.

No he inventado la pólvora, soy consciente, y si hablo de lo que se hacía en los tiempos en los que los Convenios Colectivos todavía estaban mínimamente a favor del trabajador y no como ahora que son sentencias terribles, ya no sé qué voy a decir de lo que tendrá que hacer ahora un trabajador serio que no quiera permitir que su dignidad se vea pisoteada trabajando dando lo mejor de sí mismo y recibiendo a cambio lo peor del otro, es decir, las migajas que le caen del bolsillo…

Aunque parezca que estoy haciendo apología de la rebelión laboral… ¡es cierto, claro que es cierto! Que todos los seres humanos tenemos la misma dignidad y no es de recibo que anden ahora encadenados muchísimos de ellos a unos trabajos mal pagados y, para colmo, tengan que pedir permiso para ir al baño (o poco menos).

A ver si espabilamos…

En fin.

LaAlquimista

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.

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