Diario Vasco
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Salvar vidas desde el sofá de casa
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Cecilia Casado | 22-01-2017 | 09:22| 0

 

Hay días en que amanezco con el trigémino hinchado. Quiero decir que ya desde el punto de la mañana aparece el típico salvavidas tocando las narices al personal con su “buenismo de sofá” pidiendo firmas por whatsapp para arreglar el mundo. Y no es que esté en contra de las campañas de recogida de firmas para presionar a Gobiernos o estamentos para desfacer entuertos sociales y humanitarios–que mucho Change.org tengo consumido- sino que lo que me enfada es la facilidad con que el personal se autoengaña con una solidaridad de tres al cuarto dándole a un clic desde el sofá de la sala o la silla de la cocina.

¿Que se están muriendo de frío miles de refugiados en Europa? Pues nada, tú firma una petición a la autoridad competente de turno y ya entran en calor y se quedan tan agustito los que padecen hipotermia.

Si es que… de verdad, que se me hincha la vena ante tanta estupidez congénita (o adquirida con el paso del tiempo). Porque cuando les dices –a estos salvadores- que por qué no ingresan 100 eurakos a una ONG que esté in situ ayudando a los emigrantes te sueltan el discurso de “a saber qué harán con mi dinero” y te dejan con la palabra en la boca porque han quedado para cenar –o lo que sea.

Luego están las recogidas de ropa VIEJA, que tiene bemoles la cosa que vayas a dar tu abrigo raído o tu plumífero desmochado –que ya no usas porque está hecho una birria- y uno se crea honestamente que está ayudando al que pasa frío. Vamos, hombre, si es que hay que ser muy cafre. Vete a una gran superficie –que están de rebajas- y compra un anorak como Dios manda, que repela el frío y aguante el magro calor humano. Compra unas botas nuevas que no calen el agua ni la nieve y tira a la basura las viejas tuyas que ya no te pones porque están hechas una porquería.

¡Qué buenos y solidarios somos firmando una y otra vez y llamando a la mensajería de turno para que recojan en casa nuestra ropa vieja y, de paso, hacer limpieza de armarios y deshacernos de lo que nos sobra en el trastero!

Vale que yo también podría haberme marchado a una isla de Grecia a cocinar para los desafortunados o dar la mitad de mi pensión de jubilación a una ONG de mi simpatía. Vale que no soy ejemplo de solidaridad humanitaria ni de caridad cristiana ni de la otra, pero por favor, dejad de comerme la oreja con tanto activismo de sofá dándole a la tecla para poner el DNI y mi firma digital…

Cuando queremos ayudar al prójimo porque consideramos que pertenecemos a una parte privilegiada de la sociedad, hay muchas maneras efectivas de hacerlo. Mucho más efectivas que andar con mensajitos supuestamente bondadosos mientras agarramos la cartera con ambas manos para que no se nos escurra ni un solo billete.

Desde que comenzó la tragedia del Mediterráneo hay varias asociaciones generosas que se dedican en cuerpo y alma (sobre todo cuerpo) a salvar vidas in situ. Esas “empresas” son las que necesitan nuestro apoyo ECONÓMICO, y no firmas en pliegos digitales.

Proactiva OpenArms es una de las fundaciones pioneras. ¿Nos ayudas con algo más que buenas palabras?

https://www.facebook.com/proactivaservice/

Lo que cueste una cena, unos gintonics, el enésimo pantalón que no necesitamos, una sesión de peluquería, lo que gastamos un fin de semana con los amigos sin echar cuentas… porque nos sobra… ¡vaya que si nos sobra dinero!

Y las firmas también, pero después de una ayuda más real, más tangible, más eficaz y más humana.

En fin.

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Nostalgia de la tamborrada
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Cecilia Casado | 18-01-2017 | 09:02| 12

 

Casi todos los seres humanos hemos grabado a fuego en el cerebro una serie de fechas que emiten lucecitas y pitidos de aviso para que salten los mecanismos de la nostalgia si no estamos en el lugar adecuado en el momento oportuno. Hay fechas individuales y fechas compartidas y, entre estas últimas, es muy difícil sustraerse a la marea colectiva; por ejemplo, las navidades arrastran a la mayoría con diferencia aunque luego están las del terruño, las fiestas del pueblo, las que nos retrotraen a la infancia y a un tiempo que –en la distancia- nos parece más cálido, más feliz, inalcanzable ya.

Y de fiestas de pueblo, de fiesta de San Sebastián va este post porque hoy mismo comienzan las veinticuatro horas anuales de tamborrada sin fin que a pocos autóctonos dejan indiferentes –para bien o para mal- además de atraer a los del otro lado de la frontera que se acercan a vivirla con tanta ansia como si fuera 14 de Julio en vez de 19 de Enero.

¡Que no te toque pasar una tamborrada lejos de casa! ¡Verás cómo se te ponen los vellos de punta cuando alguien te mande por whatsapp el enésimo video del Orfeón cantando a Sarriegui! Y es que no hay nada como que haya kilómetros de por medio para que se activen los mecanismos de la nostalgia, ese sentimiento que no funciona en las distancias cortas, en el día a día ni el cara a cara. Pasa como con las personas, si las tenemos cerca, cotidianas, pueden llegar a aburrirnos, pero que no se vayan lejos, que no se vuelvan inalcanzables, entonces…¡ay, cuántos recuerdos!

En realidad la tamborrada en sí tiene el mismo peso específico que un partido de la Real o unos fuegos artificiales en el mes de Agosto; son fiestas y nada más, pero en nuestra mano está dotarlas de significados especiales porque tenemos ganas de juerga, eso es todo, como si no hubiéramos tenido ya bastante con las reuniones familiares y comilonas de las –por fin- finiquitadas navidades. Y como fiesta popular que es, está “permitido” irse con los amigos, correrse una juerga en la sociedad pasando de la family y comer sin tiento y beber hasta reventar aporreando tambores, barriles o tablillas de los chinos y cantar y berrear hasta caer exhaustos porque la fiesta es así y punto. Igual que la fiesta esa en la que se lanzan toneladas de tomates unos a otros, aquí le damos al tambor caiga quien caiga porque es lo que toca –y nunca mejor dicho.

Yo tenía un amigo de Irún que ridiculizaba a los donostiarras y a la fiesta de la Tamborrada por considerarla ruidosa, pazguata y absurda. A él le emocionaba participar en el Alarde pegando tiros al aire, ¡vas a comparar! Así somos, lo de casa nos parece maravilloso y lo del vecino una payasada y en lo personal somos capaces de criticar en el otro aquello que defendemos como válido para uno mismo.

Pero volvamos a la Tamborrada. Si estás en medio de la fiesta –por ejemplo, participando activamente disfrazado de lo que toque en una “tamborrada oficial”-, acabas estragado de cansancio, de frío o de lluvia, de tiritonas y con los nervios a flor de piel y la cabeza como un bombo. Si participas de la fiesta colateralmente, lo usual es “ir a ver” a alguien que sale en una tamborrada y sacarle fotos con el móvil, puro en ristre o gintonic en vaso de plástico en la mano. Un rollo de aburrimiento, pero ya sabemos que al vasco le gusta desfilar y que le miren, eso es de toda la vida.

Luego están los de a pie, cuadrillas de amigos que se juntan aquí o allá, en sociedades, restaurantes o casas particulares para hacer lo mismo pero a cobijo; empezar a las nueve de la noche a comer y a beber y alcanzar la madrugada haciendo bises de todas las marchas de Sarriegui y alguna más. Lo mismo pero sin pasar frío.

Ir a la Plaza de la Constitución a ver las tamborradas en el estrado también está muy bien, yo también fui joven y comí bocatas y bebí kalimotxo cuando era lo que tocaba…

En definitiva: llegan estas fechas y cada vez tengo más ganas de quedarme caliente en casa y verlo todo en la tele con una copita de cava en la mano (como mucho). Es lo que tiene cumplir lustros en vez de años que la nostalgia nos parece mucho más bonita que la vivencia que la provoca. A ver si el año que viene me voy fuera de Donosti y me emociono a gusto escuchando –o tocando- la tamborrada.

En fin.

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“Detox” total
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Cecilia Casado | 17-01-2017 | 08:47| 6

 

Parte 1.-

Estamos a miércoles y ya he decidido que será el próximo lunes cuando empiece mi “detox total” durante una semana completa. Así a bote pronto parece que no es mucho tiempo, pero lo que voy a llevar a cabo (no me gusta conjugar el verbo “intentar”) es una limpieza “total y absoluta” de algunas cosas que han comenzado a agobiarme en los últimos tiempos, no porque sean tóxicas en sí sino porque he perdido la medida o por creer que estoy perdiendo la proporción de las cosas.

Así pues, a partir del lunes 9 de Enero de 2017 y durante una semana completa:

- Descansaré de publicar tres post semanales en el Blog.

- No alimentaré mi cuenta de Facebook, (Twitter no significa nada para mí) ni abriré mis cuentas de email.

- El smartphone permanecerá APAGADO (excepto a una hora precisa para conectar con mis hijas); lo que supone: NO Whatsapp, NO mensajes, NO fotos, gifts ni videos. NO llamadas entrantes ni llamadas salientes para preservar la “dieta de silencio”.

- Prescindiré de cualquier compromiso social (No comidas, no cenas, no encuentros en ninguna fase, no pintxo-pote)

- El teléfono fijo de casa permanecerá con el contestador activado (No vaya a ser que alguien tenga una emergencia, me necesite y no me entere)

- La pantalla de plasma que hay en el salón será un adorno más.

- Mi dieta consistirá únicamente en alimentos sanos, ricos, nutritivos y carentes de todo lo que tiene poder para destrozarme por dentro. Cero ingesta de alcohol. No soy fumadora.

- Seguiré dando mis grandes caminatas diarias, escribiendo, leyendo y mirando por el ventanal hacia los montes y el mar. Meditaré un buen rato todos los días, dormiré mucho, me bañaré con espuma y pensaré, reflexionaré y dejaré que mi mente vuele hacia donde le dé la gana con el mínimo equipaje posible. El silencio exterior propicia la voz interior y ésa es la que necesito escuchar ahora…

El mundo seguirá girando sin necesitarme en absoluto, como tiene que ser. Mi gente querida ya sabe que soy como soy y, aunque no siempre les guste ni estén de acuerdo, igual ni se enteran de mi “plan detox” porque tampoco estamos en contacto diario y absorbente excepto que pase algo que, espero sinceramente, no pase mientras yo “esté fuera”.

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Domingo 15 de Enero de 2017

Parte 2.-

Ya han pasado siete días y pongo en marcha el PC para escribir la segunda parte de este post.

El lunes –como primer día- fue durillo, pero pude soportar salir a la calle sin móvil –aunque lo eché en falta en el ascensor, en los semáforos en rojo y en mi bar del café de media mañana.

El silencio exterior propicia el silencio interior, un silencio que tiene voz propia, en sordina pero potente; la voz interior que dicta sentencias (algunas inapelables), es ardua de escuchar, incluso duele porque lo que cuenta lo sabemos de sobra y lo hemos estado acallando durante años con el ruido, las prisas, el ritmo loco de vida que ya nos parece que es lo normal aunque sepamos que perjudica.

El piso se queda silencioso a partir de las nueve de la mañana, los vecinos han salido en pos de su afán y es el momento en que mi perrillo y yo damos un paseo por el parque frío y desierto. No hablar con nadie es muy difícil, hay que tener disciplina y fuerza de voluntad, pero al cabo de un par de días el esfuerzo va remitiendo.

Cuido las plantas, dejo que los pensamientos hagan lo que quieran sin intentar ponerlos en orden; leo un libro sin prisa, en la calma demorada de la atardecida tranquila. Pongo a cocer jengibre con lima para beber algo rico; desayuno con fundamento, como legumbres y verduras mezcladas, y el té que tanto me gusta a media tarde, una sopa calentita en la noche con la proteína justa para no sentir hambre…

El miércoles, falleció el padre de una muy querida amiga y vuelvo a dejar oir mi voz y llevar abrazos que alivian unos instantes el dolor de la pérdida. No puedo dármelas de “interesante” mientras mi amiga sufre así que hago un break para estar con ella… y vuelvo al silencio, al aislamiento sintiendo que estoy haciendo lo que debo hacer y considerándome privilegiada por poder llevarlo a cabo.

En esta semana de “detox total” han caído un par de esquemas que asfixiaban mi andadura y he tomado un par de decisiones sobre la forma de moverme entre la jungla tecnológica. He visto con claridad qué necesito y de qué puedo prescindir –incluso de quién.

En realidad, para vivir conforme a la vida que quiero necesito muy poco, poquísimo: aire, libertad, amor y la pensión de jubilación.

Fin del experimento. Ahora, a vivir un poquito mejor gracias a lo desaprendido…

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¿Los niños son tontos o qué?
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Cecilia Casado | 07-01-2017 | 07:34| 16

 

 

Hablar a estas alturas de la película de la presunta inocencia de infantes -que se pasan el día jugando con maquinitas en las que el intríngulis consiste en ver quién mata a quien- es una auténtica boutade que nos contamos los adultos para marcar la diferencia con el salto a la realidad terrible que va a ofrecerles la vida en cuanto dejen a un lado la tablet.

Cuando yo tenía cinco años (cuando varias generaciones pasadas teníamos cinco años) a pesar de que no había bombardeo mediático a mansalva de juguetes, los que teníamos dos dedos de frente, aunque nos hicieran creer que aún no teníamos “sentido común”, ya andábamos con la mosca detrás de la oreja con el tema de los Reyes Magos y los camellos. Que a ver quién era el guapo que se tragaba la pildorita de que llegaban a tu casa si el ascensor era currutaco y que se tomaban la copita de anís abandonada en el suelo junto a los restos del turrón navideño. Eso sin contar los armarios cerrados escondiendo de mala manera paquetes que no tenían por qué estar ahí –y que todos sabíamos que estaban.

A mí me daba la risa cuando me obligaban a escribir una carta a los Reyes Magos diciendo que había sido muy buena y que, como premio, me trajeran tal o cual regalo cuya descripción siempre era de forma sibilina inducida por la madre o padre vigilante a la espalda. El primer año que pedí una bici y no “me la echaron” ya aquello me olió a chamusquina y el segundo me agarré un buen cabreo infantil cuando me chantajearon emocionalmente diciéndome: “será que no te la has merecido”.

Pero yo no era tonta ni siquiera a edad tan temprana, e inocente, lo justo, nada más como para no darme cuenta de la movida que se traían mis padres y abuelos con el tema. Sobre todo cuando veía que mi padre le daba a mi madre un sobre con dinero “para que te compres lo que te apetezca”. Y estoy segura de que las niñas y niños de mi generación tampoco se chupaban el dedo a ese respecto, sobre todo cuando veían que al vecino o al primito le traían un balón de reglamento y a ellos un pijama y unos calcetines.

¿Qué ha pasado después de tantos años? ¿Los niños son tontos o qué? Con tanto rollo de que si “lo hacemos por que no pierdan la inocencia” o es que “hay que mantenerles la ilusión”, les estamos mandando un mensaje más que contradictorio, de hecho supongo que pensarán que sus padres son un poco idiotas, como si no estuviera la casa llena de catálogos de juguetes y la televisión vomitando todo el día anuncios en los que se indica hasta el precio de los regalos que se quieren vender.

Será que a los adultos no nos importa que los infantes de hoy en día sigan siendo tan presuntamente inocentes como lo fuimos nosotros algún día; será que se les está preparando de forma más que convincente para tragarse todas las mentiras que después van a tener que tragarse gracias a nosotros mismos, por culpa de la sociedad, de la mano de los políticos…

O igual es que verdaderamente los niños de hoy en día son tontos o se lo hacen para que sus padres y abuelos les sigan haciendo partícipes de una sociedad de consumo que, el día de mañana, seguramente ellos mismos no podrán asumir. Porque ¡cómo vas a quitarle a la niña la ilusión por la enésima barbie o al niño le vas a dejar sin el traje de su equipo de fútbol favorito, faltaría más!, aunque cueste todo un disparate, aunque los padres se tengan que apretar el cilicio en vez del cinturón; para no ser menos que los cuñados o los vecinos, porque sus niños se lo merecen todo, porque faltaría más, que es el día de Reyes y además hay que comprar un bizcocho industrial y relleno de algo a precio de solomillo, faltaría más…

Y eso sin contar con quienes ya hicieron regalos en Diciembre, por Olentzero, por Papá Noel o hicieron “cagar al Tió” y van a hacer doblete en esto de gastar estúpidamente por seguir una tradición que, todo hay que decirlo, es quizás el único momento del año en el que nos volvemos todos un poco niños mientras rasgamos el papel de colores que envuelve las ilusiones perdidas y los sueños rotos.

Dejemos, pues, un año más, que los niños sigan siendo inocentes y nosotros, los adultos responsables de casi todo, nos sintamos –ya sin remedio- rematadamente tontos por el patético autoengaño en el que nos empeñamos en vivir, sean navidades o cualquier mes del calendario.

Y ahora, otro ritual alienante: las rebajas. ¡Qué cansancio, por Dios!

En fin.

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Los “Reyes” de mi infancia
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Cecilia Casado | 05-01-2017 | 08:35| 17

 

 

De las Navidades de mi infancia recuerdo siempre como fecha estelar y  emoción histérica el día de Reyes. No solamente porque el despertar era como una película de Hitchcock –temblando de miedo por no recibir el regalo solicitado en la famosa carta petitoria- sino porque había que pasar por una serie de rituales a cada cual más surrealista y alucinante. Empezando por la angustia matutina, ante la puerta cerrada del salón-comedor donde habíamos dejado la víspera un zapato (uno solo, no el par completo) angustia que podía durar el tiempo que se quisieran tomar mis padres en abrir la puerta –su dormitorio y el salón comunicaban- y dejarnos entrar en tromba a las criaturas de la familia. Dicen que quien espera, desespera y ciertamente que nuestros corazones se desbocaban ante el muro -sólo franqueable después de desayunar y vestirse- que nos separaba de nuestros deseos infantiles.

Nunca conseguí saber qué criterios utilizaron mis padres a la hora de elegir los regalos que ponían en los zapatos de sus vástagos, pero en mi caso, jamás consistió en cumplir las instrucciones que venían reflejadas en la carta a sus Majestades que, escrupulosamente y sin ninguna falta de ortografía llegué a escribir desde la tempranísima edad de cuatro años. Déjate tú de traumáticos sentimientos de culpabilidad inculcados en la infancia por una educación estricta, ahí lo que se dilucidaba de verdad era todo tu porvenir, el sendero que tomaría tu vida durante el año que se acababa de estrenar, era el momento cumbre de la autoestima, de la seguridad y la creencia en que la vida era bella o una auténtica porquería. Era el juicio sumarísimo por excelencia.

Nunca pusieron carbón en mi zapato –mi madre me explicó con el tiempo que esa costumbre le parecía traumatizante para los niños-, pero jamás de los jamases los Reyes me “echaron” lo que había pedido. Mis deseos pasaban el filtro implacable de mis mayores para decidir si el juguete solicitado era “adecuado” para mi desarrollo o  –como supe después- si, simplemente, me lo había merecido o si iba a suponer un incordio para mis padres verme todo el día dando patadas por la casa a un balón de reglamento o disparando con unas pistolas de cowboy y metiendo sustos de muerte a mi madre. Y casi nunca tuve suerte. Tampoco con las muñecas y cocinitas que eran los juguetes por los que suspirábamos las niñas de mi generación –los juguetes que tenían mis amigas y que nunca tuve yo, aunque sí mis hermanas menores que ellas pudieron sustraerse a la ola “feminizante” que le atacó a mi madre conmigo.

Llegada ya la edad en la que la falacia persistente me entraba por un oído y me salía por el otro, sabiendo que era mi madre -mi padre no pintaban ada a este respecto que yo supiera- la que decidía con poder omnímodo qué regalar a sus hijas y qué sustraer a los deseos de éstas, intenté infructuosamente, año tras año, que me regalaran lo que yo más ansiaba: la bicicleta. Yo era ya muy consciente –a mis seis o siete años- de que ésta suponía un dispendio considerable, pero sabía también que mis padres se lo podían permitir sobradamente. No comprendía porqué algunas de mis amigas cuyos padres (teóricamente) tenían menos dinero que los míos -tema del que hablábamos sobradamente los críos en la calle- tenían su bici flamante y yo tenía que conformarme con arrastrarme sobre patines con ruedas metálicas por las calles del barrio. Cuando fui capaz de pergeñar una estrategia de persuasión lo suficientemente asertiva como para enfrentarme a la “decisión de sus Majestades” me respondieron que no habría bicicleta por una sencilla razón: en casa éramos muchos y la bici sería un incordio para guardarla adecuadamente.

Luego estaba “lo del Banco”, humillación lacerante que se repetía cada 6 de Enero para los hijos de los empleados del Banco -así, con mayúsculas- donde trabajaba mi padre dejándose los ojos y la vida apuntando asientos manualmente en libros que necesitaban casi de un facistol para sostenerse. Yo no quería ir al Banco a recoger el regalo que nos habían dejado los Reyes allí; me parecía una pantomima aberrante para la que se entregaba con antelación a cada empleado una cantidad por cada hijo hasta los doce años para que -el empleado o “la señora” de éste- la transformara en un juguete, un regalo, que se exponía con el nombre del infante y que, en un escenario con varios empleados (obligados a ello, según supe después) disfrazados de Melchor, Gaspar y Baltasar -¿quién haría de negro, con la tez tiznada, y a qué precio?-, había que salir al escuchar tu nombre y recibir, con posado incluido para la foto junto con tu padre y el “rey” que te tocara, el regalo que te correspondía. Aquello era lo que era, obviamente,  un paternalismo franquista, porque los hijos de los empleados que querían aparentar recibían unos regalos grandes y ostentosos y los de los bedeles unas birrias pinchadas en un palo. Luego supe que muchos empleados añadían de su propio bolsillo un cantidad para que el regalo fuera veraz representante de la posición que ocupaban en el escalafón bancario –o por lo menos aparentarlo. Tengo fotos -horrorosas, quejamás compartiré públicamente- que ilustran aquella situación repetitiva y nada gratificante que acabó puntualmente al llegar yo a la edad límite (y límite también de mi paciencia y vergüenza ajena).

El día de Reyes era el único de dos días al año en que íbamos a comer a casa de mis abuelos maternos toda la tropa. Allí no se podía elegir el regalo, sino que venía de la buena voluntad de mis abuelos y de un vale de mil pesetas que les regalaba un señor que tenía una juguetería en la calle Urbieta; voluntad inmensa, -que mil pesetas de los años sesenta podrían ser algo así como casi mil euros de ahora- lo recuerdo y reconozco, pero que también pasaba por el filtro materno antes de convertirse en materia. En casa de los abuelos los Reyes dejaban material didáctico que era muy bueno para la educación y desarrollo de las niñas de entonces. Nada de muñecas. Nunca. Jamás. Ni bicicleta, claro está. Acabé hasta las narices de lápices Alpino, cuadernos para colorear y “arquitecturas” de piececitas blancas de plástico –el ancestro del Exin Castillos. Los libros me gustaban, eso sí tengo que reconocerlo.

Pero por lo menos había rosco de Reyes. ¡Ay el Rosco de la pastelería Gloria en el Paseo Colón! No sé si era una leyenda urbana, pero decían que un anillo de oro se ocultaba en alguno de los que se venderían y las colas eran inmensas para recoger los encargos el seis de Enero. Nada de comprarlo la víspera industrializado, no, se hacían por la noche y de madrugada y se vendían tiernos, esponjosos, maravillosamente aromatizados con azúcar glass, frutas escarchadas, crema chantilly batida a mano y la emoción añadida a la fecha.

 

Nunca supe de dónde salió la tontería esa de que, a quien le tocase el haba lo tendría que pagar, porque siempre lo pagaron mis abuelos, pero quedaba la cosa de que si te tocaba a ti, era algo así como mala suerte para todo el año o, simplificando, que los hados divinos ya sabían a quién se lo tenían que dar: a quien se lo merecía…

El Rosco de Reyes era la culminación de todos los placeres que, supuestamente, llevaban implícitos las Navidades que, con una tarde apresurada de juegos nerviosos –porque el día siete había que volver al colegio- se clausuraban con sus emociones y decepciones hasta el siguiente veinticuatro de diciembre en que, como ahora mismo, cerramos un capítulo de nuestra vida, dejando atrás la felicidad que ha vuelto a casa por Navidad y la decepción de comprobar, otro año más, que este año tampoco me han traído lo que he pedido, que tampoco me voy a comer un rosco…por lo menos el seis de Enero.

En fin.

LaAlquimista

 *Cuente aquí sus historias de los Reyes Magos. Por lo menos nos divertiremos juntos un rato.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.