Diario Vasco

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Lo barato sale caro
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Cecilia Casado | 30-07-2015 | 07:59| 21
  1. Las personas que ya no cumpliremos cincuenta años hemos heredado el “síndrome del ahorro” que nuestros padres padecieron como consecuencia de haber vivido en su infancia o juventud la desgracia de una guerra y una postguerra inacabable que les obligó a una austeridad pinchada en vena. De aquellos polvos vienen estos lodos y muchos siguen todavía poniendo en práctica el famoso “ahorro del perejil”.

    Pero los que nos hemos sacudido (o por lo menos hemos intentado sacudirnos) esas telarañas educacionales, sabemos perfectamente que hoy en día, lo barato sale caro.

    Vestirse con ropas de mala calidad y ver cómo al segundo lavado pierden color, textura y comienzan a deshilacharse, es una penosa experiencia que nos enseña algo. Calzar zapato de plástico con horma rígida y ver cómo al cabo de un par de semanas las suelas se van desgastando mientras que los pies van hinchándose va en el mismo saco que la experiencia anterior.

    Acudir a “profesionales” que rebajan sus honorarios de forma exagerada porque están ofreciendo los servicios de aprendices y utilizando al cliente como cobaya, también tiene consecuencias nefastas y no únicamente sobre el bolsillo. Ejemplos hay demasiados y es feo señalar con el dedo, pero puedo contar cómo acudí a una Clínica Dental donde me hicieron un presupuesto muy barato y al ponerme la anestesia me dejaron el párpado inmovilizado durante seis horas. Protesté y me indicaron que los odontólogos que trabajaban allí “estaban de prácticas”. Afortunadamente, al poco tiempo vi cómo echaban la persiana.

    O esos lugares de “estética” donde para mantener los precios bajos tirando a bajísimos es más que obvio que los productos utilizados son “de garrafón” y luego empieza el pelo a caerse a puñados o el tinte se desvanece en cuatro lavados o las uñas se apergaminan y el cutis pica en cuanto le da el sol, y eso sin contar los desmanes de los alumnos de esas Academias, también nos están enseñando una lección que no se puede dejar de aprender: que lo barato sale caro.

    Por no hablar de alimentos “frescos” que vienen de muy lejos, que no maduran ni en el árbol ni en el camión-frigorífico y que, al cabo de dos semanas dando vueltas por la cocina, acaban en la basura porque es que da asquito comérselos, la verdad, y total, como los compramos “muy baratos” pues no da tanto cargo de conciencia tirarlos.

    Es más barato también no pagar el seguro del hogar o el del coche si te atreves a tamaña osadía (nos quedaríamos asombrados de la ingente cantidad de propietarios de pisos y de coches que no los tienen asegurados) y el día que al abuelo se le cae la colilla encendida mientras da una cabezada y le pega fuego a todo el tinglado es cuando la gente se da cuenta del error cometido “por ahorrar”.

    También sale muy caro ir a comer fuera de casa a sitios que se anuncian con precios rompedores y que ofrecen –además de la dudosa higiene o calidad de los alimentos- la casi certeza de una digestión atropellada cuando no un cólico más que seguro. Me viene a la cabeza el pintxo-pote de cierto barrio donostiarra que ofrece en casi todos sus bares unas fritangas incomibles, congeladas, que vaya usted a saber de qué están hechas, aunque sepan rico como toda la comida-basura. Ahí también nos sale caro lo que hemos tomado por barato porque el colesterol se pone por las nubes en una única sesión y vaya usted a reclamar luego al maestro armero.

    Incluso algunas personas son de tipo “oferta 2×1”, te lo ofrecen casi todo a precio de ganga: comprensión aparente, cariño interesado, generosidad caducada: pura publicidad engañosa. Son personas fáciles de acceder, no suelen ser demasiado complicadas, están ahí al alcance de cualquiera que no rasque la etiqueta superficial; dan comodidad y aparente seguridad, pero no duran mucho en su aparente consistencia: a la primera de cambio que surja una crisis o un problema se caen al suelo y entonces se sospecha cuál es el verdadero precio que hemos tenido que pagar por algo que no valía apenas nada…

    Pues ahí queda la reflexión; cada vez que he tenido que tirar algo por inservible ha sido porque lo había pagado “barato” o me he creído que había encontrado el chollo del mes… o de mi vida.

    Que ya lo decía mi abuela: “nadie da duros a cuatro pesetas”.

    En fin.

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Diferencia entre lo que pienso y lo que siento
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Cecilia Casado | 28-07-2015 | 08:12| 11

Que haya armonía en la “casa interior” es algo que perseguimos muchos seres humanos que hemos despertado de los letargos socio-familiares que han imperado durante demasiados lustros en nuestro modus vivendi. Que haya armonía y paz en los entresijos de nuestra alma quizás haya dejado de ser una utopía porque ya vamos dando forma a otro modus operandi.

Quizás el penúltimo caballo de batalla consista en dirimir el pulso entre la mente y el corazón, esos dos gigantescos pilares de la existencia que nacieron peleándose y morirán –casi seguramente- con la victoria pírrica de uno de ellos para desgracia y desconsuelo del “continente” que los habita.

Ser reflexivo o racional no es ni un defecto ni una virtud sino una cualidad del individuo que no se adquiere sino que se trae de fábrica. Se podrá morigerar esa tendencia o espolearla un poco si hace falta, pero cada uno es como es y no hay más cera que la que arde.

Dejarse llevar por los dictados/impulsos del corazón no denota ni debilidad ni especial sensibilidad sino que es otra característica que se aposenta en el individuo sin que se pueda hacer gran cosa para apartarla (como si fuera una mosca molesta). Es cualidad mal vista socialmente, vituperada por los racionales del párrafo anterior y que, desgraciadamente, suele acarrear consecuencias imprevisibles a quienes la ostentan sin rubor.

Entre lo uno y lo otro he ido viviendo varios decenios y no sería capaz de decir si mis decisiones vitales han estado más influenciadas por la mente o por el corazón porque siento que en mi interior ha habido tantos días de pasión sofocante con galerna incluída como fríos inhóspitos y humedades tristísimas.

Y como no me gusta definirme –porque pienso que definir es limitar de alguna manera-  me he dedicado a preguntar a mis amigos y allegados (no a todos, claro está, sino a los que considero más “sabios”, si en su consideración yo entraba a formar parte de la lista de personas “racionales” o me situarían en la parte de las personas “temperamentales”.

¡Qué curioso es observar y observar y observar!

Digamos que la partida se ha quedado en tablas, habiendo obtenido parecida puntuación ambas facciones.

¿Cómo es posible? ¡Si yo soy la que siempre soy y no hay vuelta de hoja! ¿No será acaso que los ojos del observador modifican la cualidad de lo observado?

         *“Radicalmente cerebral” –me contestó sin titubeo alguno mi mejor amiga.

  • “Una apasionada empedernida”- soltó alto y claro mi mejor amigo.

    Pues nada, ahí os dejo a todos con vuestras opiniones que una ya tiene bastante con “maridar” bien lo que tiene en la “despensa” como para encima romperme la cabeza con “gastronomías” desconocidas.

    Eso me pasa por preguntar…

    En fin.

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Crecimiento Personal. “Me doy permiso para ser yo misma”
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Cecilia Casado | 27-07-2015 | 07:10| 10

 

Entré en una librería atraída por una cuidada y delicada decoración del escaparate. Paseé un rato entre tesoros y dejé que mi mirada vagara disfrutando del especial calor del lugar, pues una librería “de las de verdad” –pequeña, recoleta y atendida con mimo artesanal- sigue siendo para mí estímulo de placer, efímero pero placer, como casi todos los placeres.

Ví un libro con una preciosa cubierta pintada de flores; lo abrí de un golpe certero por una página que atesoraba un mensaje que hice mío. Con el estremecimiento de la magia de los cinco años lo apreté contra mi pecho y pedí que me lo envolvieran para regalo pues regalo fue al fin y al cabo el que me hice a mí misma.

Son pequeñas reflexiones en zapatillas sobre los errores más comunes que cometemos, en esta vorágine vital de la que tan sólo nos saca la enfermedad o el paro, encabezada cada una de ellas por el título genérico del libro. Y así, poco a poco, ir desgranando todas y cada una de las intolerancias con que nos fustigamos como si fuéramos el peor de los verdugos y el más cruel de los cancerberos.

Darse permiso a uno mismo para… ¡Tantísimas cosas! Desde algo tan sencillo como disfrutar de un merecido descanso sin tener que apurar las fuerzas al límite como cometer la “locura” de acceder a algún capricho de esos que nunca hemos sido capaces de permitirnos por culpa de una cultura mal entendida de que todo hay que ganárselo como si fuera un premio a la labor bien hecha.

Lo he leído de a poquitos, cada día un par de reflexiones o tres a lo sumo, deshojando su pequeña sabiduría y viéndome reflejada en el pensamiento y sentir de su autor que, a fin de cuentas, es tan humano como yo y como cualquiera con la única diferencia que él encontró editor para sus pensamientos puestos sobre papel y finamente decorados con dibujos naturales.

Me doy permiso para ser yo misma, -he titulado el post de hoy- como resumen sencillo de lo que parece a primera vista un trabajo de Hércules pero que no es más que un mantra que deberíamos repetirnos cada vez que viene alguien desde fuera e intenta hacer de nosotros algo que no somos, algo que ELLOS quieren o necesitan que seamos para paliar su necesidad o alimentar su conveniencia.

Para ser yo misma… con mi mal genio cuando me sube desde las entrañas y con mis cantos a voz en grito cuando tengo ganas de cantarle a la vida. Con mi tendencia “al control” y mi válvula de seguridad para que no me explote en la cara, quiero ser yo misma de una vez por todas sin que me digan que ya no tengo edad para llevar la melena suelta al viento, sin que me toquen las narices haciéndome creer que –a mis años- tengo que seguir siendo “una niña buena” que no saca los pies del tiesto para no molestar…a quien sea.

Que soy yo misma sin obligación de dar explicaciones, ni justificarme ante nadie por lo que hago o lo que dejo de hacer, que cuando alguien me tira una pedrada con la palabra “egoismo” pintada en ella me dé cuenta de que eso es tan sólo la expresión poco indulgente de alguien que necesita tenerme bajo su control para –qué pobre recurso-sentirse fuerte y crecerse con los temblores ajenos.

Me doy permiso para encogerme de hombros ante los insultos ¿? de algunas personas que no han sabido ver en mí a la verdadera mujer que soy sino que se han enrabietado porque yo no cumplía las expectativas que tenían para conmigo.

Y sobre todo –y quizás lo más importante para mí- me doy permiso para valorarme con indulgencia a sabiendas de que a nadie le importa ni debería importarle lo más mínimo cuáles son mis ideas, mi forma de ver la vida creyendo –muy equivocadamente- que mis actos son una afrenta personal hacia nadie y que si alguien me presupone mala fe o falsedad o intención espuria alguna eso no es más que una idea que brota de una mente que no es la mía.

Al final, lo que nos cuenta el autor y lo que he entendido yo es que es importante darse a uno mismo permiso para …SER FELIZ.

En fin.

LaAlquimista

“Me doy permiso para…” Autor: Joaquin Argente

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Enfados justificados
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Cecilia Casado | 24-07-2015 | 06:14| 11

 

Nunca he sido quejica; cuando algo me parecía que no estaba de mi gusto he intentado cambiarlo y si no he podido he dado media vuelta y enfilado mis pasos en otra dirección. Algunas veces, también, he acabado aceptando una fatalidad que no necesitaba fuerza sino paciencia (pero ese es otro tema).

El TEMA con mayúsculas es que me he cansado de las conversaciones/arreglamundos de la barra del bar o de la sobremesa entre amigos porque veo que anda el personal quejándose de mala manera, así que voy a intentar hacer un pequeño resumen por si atino con la idea general.

Como bien dejó dicho uno de los grandes Maestros:

 “Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.” (Aristóteles)

Digamos que estoy enfadada con la persona adecuada, concretamente con la cabeza visible de “todo esto”, es decir, el que negocia supuestamente en mi nombre y lleva al país por el derrotero que él y su partido consideran oportuno: el Presidente del Gobierno.

El grado exacto de mi enfado es ALTO, tirando a ALTÍSIMO. Y es así por los siguientes motivos: pago religiosamente mis impuestos, he cotizado a las arcas del Estado durante cuarenta y un años (y lo que me queda) y a cambio ¿qué he recibido?: inoperancia, inestabilidad y falta de oportunidades para mí y mis hijas.

El momento de mi queja es de lo más oportuno, oiga usted, justo coincidiendo con el cumpleaños de mi hija pequeña –veinticinco, qué gloria bendita- y que con una Licenciatura a cuestas, ha comprendido que aceptar trabajos de E.T.T. (Empresa de Trabajo Temporal) mal pagados es atentar contra su propia dignidad y se ha tenido que EXPATRIAR buscando un horizonte vital y laboral lejos de su casa, de su tierra, de su gente y de la mendacidad de su Gobierno, Sr.Presidente.

Mi propósito justo al soltarle la filípica –y tiene gracia la paradoja aristotélica- es únicamente aliviar la carga emocional que llevo padeciendo sobre mis espaldas desde hace siete años –y conmigo supongo que cualquier españolito de a pie- creyendo o intentando creer sus mentiras mil veces evidenciadas o soportando las falacias que se empeña Usted en convertir en artículos de ley. Necesito descargar mi rabia y mi ira porque sólo faltaría que me saliera un tumor por su culpa.

El modo correcto en que expreso mi enfado creo que es eso precisamente: correcto. Ni le falto al respeto ni falto a la verdad, sino que muestro hechos exactos que conforman la realidad de una política de gobierno ineficaz, corrupta, mendaz y dedicada más al latrocinio que al bien común. (Para datos extensos consúltese en Google, “Crisis de España” y salen 65.500.000 entradas, a más de una por españolito)

Mis padres ayudaron a levantar este país con mucho sudor, muchas lágrimas y mejor no hablamos de la sangre derramada, pero con la ilusión y la esperanza de un mundo mejor para sus hijos, es decir, nosotros, usted y yo, Presidente, que somos de la misma quinta. A usted le va bien, más que bien porque no tiene rubor alguno en obviar la realidad y transformarla en un mundo de yupi a su conveniencia que, aunque se lo desmontan continuamente con brochazos de exactitud y verdad, espero algún día sus propios hijos tengan la lucidez de reprocharle.

Yo también he trabajado arduamente para construir el buen futuro de este país, no lo dude Usted, y conmigo toda una generación que creció con la consigna del trabajo bien hecho y el esfuerzo mancomunado. Claro, que hubo listillos y aprovechategis que se dieron cuenta de que se podía ganar dinero robándolo y que costaba menos que hacerlo trabajando. Ahí nos duele a todos, Presidente, supongo que a usted también le dará un poquito de vergüenza ver cómo sus colegas de toda la vida se han forrado el riñón y a usted no le han dejado más que las migajas.

Y mis hijas, dos ejemplares sanos, inteligentes, fuertes y “suficientemente preparadas”, han seguido mi mismo camino porque las hemos educado en los de honestidad, trabajo y lealtad “de toda la vida”. Y ahí las tiene usted, a tiro de Skype o de Whatsapp, en la otra punta del mundo, ganándose los garbanzos más que bien, acogidas donde las valoran a ellas, a sus estudios, a sus capacidades, y añorando el vino y el jamón por su culpa, Presidente, por su grandísima culpa.

Lo dicho; gracias, Aristóteles por guiar mi enfado y no dejar que se me salga este post de lo políticamente correcto y, en tu honor, lo acabo con una frase de las tuyas que siempre me ha gustado especialmente: “El castigo del embustero es no ser creído, aun cuando diga la verdad”

En fin. Ya me siento mejor.

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Cosas de las que no puedo hablar
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Cecilia Casado | 22-07-2015 | 07:16| 14

Es mi costumbre relatar en este blog anécdotas o vivencias que me han ocurrido en primera persona; a veces cuento algo como si fuera un narrador omnisciente, ese que ve la situación desde arriba y sabe tanto como el propio protagonista de la historia. En otras ocasiones hablo por persona interpuesta, cuento lo que me cuentan para que lo cuente o simplemente, me fijo, tomo notas y luego hago un refrito a mi manera para que sea “comestible”. Rara vez me invento algo y si lo hago entrecomillo el párrafo o bastardilleo la letra: a buen entendedor pocas palabras bastan.

Y como nadie ejerce censura sobre este blog me permito hablar de todo lo que deseo en absoluta libertad. Otra cosa es que haya temas íntimos que merecen mi silencio –faltaría más- o que correspondan a la vida de alguna persona que pueda verse afectada y que –faltaría más- recibe todo mi respeto a través de mi silencio. Luego está por dónde me da el aire y el estado de ánimo en el que me hallo cuando comienzo a teclear. Se me nota triste algunas veces, enfadada las menos y casi siempre moderadamente feliz. Tengo una visión de la vida con cuarto y mitad de sentido positivo (siempre he sido así y bien que me lo reprochaban en su día) y no me ha ido ni mejor ni peor que a quienes usaban la misma ración de sentido negativo (aunque le llamen realismo) para afrontar las vicisitudes cotidianas.

Sin embargo, hay algunos temas de los que no puedo hablar…por puro desconocimiento de los mismos.

A saber.

Me cuesta hablar del rencor y el resentimiento porque nunca tuve tiempo de sentirlo a pesar de que durante muchos años me ví rodeada de personas que se alimentaban de ese peligroso veneno. ¡Ojo! ¡No es que yo fuera santaceciliavirgenymártir! Es que…cuando algo me hacía daño intentaba aprender de ese ejemplo negativo y colocarme al otro lado de la valla. Que no es que allí no me alcanzaran los dardos, pero me daba cierta perspectiva para ver desde dónde los lanzaban y agacharme cuando tiraban a dar.

No puedo hablar de la envidia porque si alguna vez he tenido algún atisbo o ramalazo, al igual que un absceso purulento, me lo he reventado o hecho arrancar. No puedo hablar de lo que se siente al ser millonaria porque nunca he tenido más que céntimos de millón. Ni puedo hablar de la felicidad excelsa porque tampoco ha llamado a mi puerta. No sé apenas del dolor físico porque el que padecí ya cicatrizó. Y del dolor psíquico bien sé yo la energía que me dejé en su día buscando ayuda para salir del agujero.

No puedo hablar de muchísimas cosas, simplemente, porque las desconozco, porque nunca las he experimentado en mi propia piel. Por eso no hablo de ellas. Para bien y para mal.

Luego está lo que me callo para no hacer daño.

Y eso es lo que más satisfacción me puede llegar a dar porque la palabra tiene mucha fuerza, mucha potencia, y según mi admirado Miguel Ruiz, en el primero de sus cuatro acuerdos lo dice bien claro: “Sé impecable con las palabras”. Porque con ellas se puede herir…e incluso matar.

De lo que no puedo hablar, pues… simplemente no hablo.

Y aquí paz y después gloria. Así que si alguien se toma algo mío como personal y hace suposiciones e interpretaciones a su gusto y manera…ese no es mi problema. Con los años he aprendido a escribir sin faltas de ortografía, a cocinar y que el mundo no gira alrededor de mi ombligo. Que no es poco…

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.

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