Diario Vasco

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Lecturas primaverales
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Cecilia Casado | 27-03-2015 | 08:19| 24

Me he pasado el invierno corriendo de un lugar para otro, siempre con un libro a cuestas, pero me temo que he dedicado poco tiempo al dulce placer de la lectura. He leído a salto de mata, como sin fundamento, pensando a veces en otras cosas, en otros lugares, en otro tiempo incluso. Por eso mi lista tiene poca enjundia, pero por coherencia la comparto, sobre todo a la espera de vuestras recomendaciones para leer esta primavera.

 

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Lecturas livianas: (para pasar el rato y sin que inviten a la reflexión profunda) Aquí también se incluyen los “fiascos” literarios con los que he tenido que pelear. (Ver puntuación)

 

“Ofrenda a la tormenta”  de Dolores Redondo. Glorioso colofón a la “Trilogía del Baztán”. Lástima que su protagonista, Amaya Salazar, no aparezca más que en la película (seguro que es malísima) que van a hacer destrozando el encanto “de casa”. Una gozada de libro.    7/10

“Muerte blanca”  de Unni Lindell. Excelente thriller. Excelentes personajes. Reales, escapándose de la fabulación y de la intriga. Ideal para un fin de semana lluvioso y solitario.                        7/10

“El pasajero”  de Jean Christophe Grangé. Thriller extenso y excesivo. Demasiado rocambolesco; hay autores que rizan el rizo presionados por los editores, por la fama o por la propia incompetencia para mantener la intriga. Una pena.                   6/10

“Lo que me queda por vivir”  de Elvira Lindo. Creo que esta es la novela menos “divertida” de la autora de Manolito Gafotas. Evoca el tiempo de las dudas y la inseguridad en el amor.                       6/10

“Mi año con Salinger”  de Joanna Rakoff. Título engañoso, para empezar. Es tan sólo la experiencia de una auxiliar administrativa en una agencia de escritores. Decepciona porque se espera que cuente algo “nuevo” sobre el personaje de Salinger.                              6/10

“Perros e hijos de perra”  de Arturo Pérez Reverte. Recopilación de artículos sobre perros, chuchos y canes. En su línea.                  6/10     

“Atardecer en Paris” de Nicolas Barreau. Una novelita rosa. ¿qué demonios hago yo leyendo esta sinsorgada? Todo un misterio. 5/10 

“Adiós princesa”  de David Rocasolano. ¿Qué me importa a mí que la Reina sea abortista o tenga mal carácter? Lo que me molesta de ella es lo que representa como personaje, no como mujer. Pero por lo menos este libro sirve para destapar la hipocresía absurda, total y absoluta de una institución que fija su basamento en el “haz lo que yo digo y no lo que yo hago”. En fin. Ha valido la pena el esfuerzo de leerlo.                                                                                   5/10

“Dispara, yo ya estoy muerto”  de Julia Navarro. INFUMABLES 900 páginas. Respeto los gustos ajenos, pero está claro que los míos están dando un gran giro. La dejo por plasta.           —————-

“Un otoño romano”  de Javier Reverte. Otro fiasco inesperado.

Resulta que al autor le pagan la estancia en Roma a cuenta del Ministerio de Cultura a cambio de escribir una guía de viajes anodina y carente de todo interés. Se ha valido de su nombre otra vez. ——-

“El libro de las pruebas”  de John Banville. Incomprensible galimatías en clave de novela negra. Premio Príncipe de Asturias de las Letras, vaya usted a saber porqué. (Y cómo) Absurdo.   ———–

“Noticias felices en aviones de papel” de Juan Marsé. Otro más. Hay escritores que hacen lo que les da la gana y encima cobran… Una tontería de pies a cabeza en edición de semi lujo y con todas las subvenciones a la espalda. En fin.                                —————-

“Made in Spain”  de Javier Mestre. 21,90€ incomprensibles. (Menos mal que tomo el libro prestado de la biblioteca). Seguramente sólo lo habrán comprado los amiguetes y Donosti Kultura.  ——————-     

“Juego de damas”  de Mamen Sánchez. Esto es lo que vende… pero no va a ser lo que yo lea. Cincuenta páginas y carpetazo. ————-

“El edificio de las mujeres que renunciaron a los hombres”de Karine Lambert.Yo es que ver una portada con una foto de Paris y pico como una tonta. Pero en dos capítulos me doy cuenta de que me querían engañar y…. punto final.                                 —————-

“Una del Oeste”  de Javier Abásolo. Lo he intentado. Novela negra que se queda en gris a secas. Pero como el autor es de Bilbao…——-

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Lecturas enjundiosas: (que ayudan a incrementar el acervo cultural a la vez que estimulan el intelecto)

 “Vivir sin pensar, vivir en pleitud”  de Antonio Jorge Larruy. Trabajo interior con esfuerzo exterior. Se acabaron las teorías. Llega el momento de cambiar de una vez por todas. Claro, conciso, contundente. Siguiendo el espíritu de Antonio Blay.                  9/10

“Nada”  de Carmen Laforet. Una novela de culto. Leída y releída, sigue moviéndome por dentro. A fin de cuentas no es más que la búsqueda natural del cariño por parte de la familia y su negación nunca aceptada le valió un gran premio. Desoladora.                8/10

“Carmen Laforet. Una mujer en fuga”  de Anna Caballé e Israel Rolón. La biografía novelada de una vida ocultada. Me ha impresionado tanto la ocultación, los problemas psicológicos, la no aceptación de la realidad. Un personaje estremecedor.              7/10

“Mujeres en la playa”  de Tove Alsterdal. Varias historias sobre la inmigración africana. Doloroso y tenebroso.                              7/10

“Biografía del hambre”  de Amélie Nothomb. Una pluma viva, resuelta, fresca y a la vez comprometida. Otra novela autobiográfica sobre el origen de su anorexia. Impactante.                              7/10

“Underground” de Harouki Murakami. Insoportable recuento de las víctimas del atentado al metro de Tokio. Obsesivo y desasosegante. Ni adorando al autor lo he podido soportar completo.                5/10                                          

“El hombre aparece en el holoceno”  de Max Frich. Quiere complicarlo y lo complica. ¡Qué manía de escribir para que el lector se rompa la cabeza interpretando! En fin. Por la honrilla…               5/10                                      

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Lecturas con peso específico: (para sustraerles la sustancia a base de neuronas)

“Autobiografía de Alice B. Toklas” de Gertrude Stein. Arrogante –como era Gertrude- y genial a la vez. Toda una época, una cultura, un pasado que ha marcado sin duda a varias generaciones de artistas, intelectuales y…lectores insospechados.                                    8/10

“Música blanca” de Cristina Cerezales Laforet. Biografía –que no es tal- de la inefable Carmen Laforet escrita por una de sus hijas. Un elogio amoroso difícil de comprender conociendo la realidad.      7/10

 

* La puntuación es fruto de una opinión personal que no tiene más valor que el que uno le quiera dar…

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La peluquería como escuela de la vida
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Cecilia Casado | 25-03-2015 | 07:31| 13

Voy a una peluquería de barrio, de mi barrio, de esas donde te llaman por tu nombre con sonrisa sincera, te ponen guapa –alternativa de ir a Lourdes- por pocos euros, puedes estar con el perrillo en los pies y te ofrecen la oportunidad de aprender, observar y recabar información sobre lo que es el pequeño mundo de nuestra pequeña ciudad, amen de servir en bandeja cualquier “estudio sociológico” que se te antoje hacer. Eso sin contar con las revistas “de colorines” que me encanta hojear displicentemente, como si no me importaran las tonterías que en ellas se cuentan.

Hay días en los que las conversaciones de algunas clientas me invitan a poner la antena y escuchar atentamente; a veces, incluso meto baza con alegría, porque la cosa tiene su gracia y me apetece participar en esa crítica lenguaraz que se usa en ciertos lugares públicos para “arreglar el mundo” o poner a parir a la clase política. Otras veces, tengo que bloquear mis trompas de Eustaquio pues aparece en mi mismo turno la típica señora plasta que se complace en repetir sus males, enfermedades, viajes al ambulatorio y desaguisados médicos que le está tocando padecer, sin darse cuenta –la buena mujer- de que sus cuitas no sólo no le importan a nadie sino que aburren al personal con exageración.

Es entonces cuando me sumerjo en plancha en esa revista que nadie confiesa leer –al menos entre mis amigos- pero que todo el mundo conoce, esa reina del photoshop de manubrio, donde salen siempre las mismas señoras de sesenta y setenta años disfrazadas de primera comunión y contándonos las excelencias de sus vestidos de alta costura (prestados para la foto) o llorando tras las gafas negras en algún funeral de algún conocido de su quinta. Real como la vida misma porque vida es, así que suelo mirar con lupa las fotos e incluso leer los textos, que ahí sí que rizan el rizo de lo inane e incluso con tropelías al diccionario, al buen gusto, al sentido común e incluso al derecho al respeto que todo ser humano se merece.

Lo bueno (y divertido para mí) es que la mitad de las señoritas y hombres que aparecen en esa y otras revistas de parecida ralea no tengo ni remota idea de quiénes son y cuando busco su afiliación resulta que el mérito para salir en el papel couché lo sacan de una noche loca con un futbolista o una cenita íntima con un político. Gente que sale en la tele –que no miro desde hace casi dos lustros-, gente que sale en pelis –que no suelo ver por malas- o gente que hace cosas que no me llaman la atención, como ir a desfiles de modas o a fiestas “by the face”.

Pero lo que me hace reflexionar de verdad son esos reportajes de “casas de ensueño”, castillos habitables, palacios recuperados o áticos urbanos, presentados en sociedad por sus dueñas, casi siempre dueñas consorte, vestidas de algún diseñador de tronío que se publicita aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. Suelen ser –las casas- paradigma del lujo, la exquisitez, de la arquitectura de vanguardia o de la otra, batiburrillo de antigüedades carísimas o de muebles minimalistas carísimos también. Me desplazo con deleite por la cocina perlada de cobres decorativos, por el comedor con sus servicios de Limoges y Murano, por el salón atestado de cojines aterciopelados, cuadros firmados con billetes de quinientos euros, para llegar a los dormitorios privados con doseles, baldaquinos, colchas animalprint -muy poco sintéticas- y demorarme en el sancta sanctorum del placer, esos cuartos de baño con piscina, espejos versallescos, perfumes feromonados, toallas más dulces que la piel de un bebé…

Hoy he “visitado” un ático frente a la torre Eiffel, alquilado por una señora que es princesa porque se casó con un príncipe de un país donde no reina la monarquía sino la república, pero que princesa es al fin y al cabo. Esta señora de edad imposible de imaginar me ha regalado una perla cultivada impagable. Héla aquí: “Mi vida no ha cambiado por casarme y tener hijos. Mis días siguen transcurriendo entre cenas interesantes, encuentros con personas importantes, películas y almuerzos”. Ahí queda eso. Y lo dice sin que se le muevan las arrugas del alma.

Y es que no aprendemos ni a tiros. La revista que más vende en toda España –creo- nos sigue enviando los mensajes que necesitamos (sobre todo las mujeres) para poder gestionar con éxito la realidad real en la que vivimos nuestro día a día. ¿Nos invita a soñar o nos insulta a la cara? ¿A quién le importa, honestamente, cómo viven los millonarios? ¿Estamos tontos o qué?

La anécdota no pasaría de ser eso, una anécdota, si no fuera porque nuestro cerebro asimila esas imágenes de derroche, lujo y despilfarro sin protestar, incorporándolas a un esquema mental que es aceptado y asumido inconscientemente como si formara parte de “nuestra” realidad. Y nos parece bien que se haga ostentación del dinero. Igual es porque todos estamos acostumbrados a eso: a fardar de lo que gastamos en viajes, en ropa, en coches, en vacaciones, en colegios o en comida cara… y no ver más allá.

En fin.

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Volver a casa, el sentido de todo viaje
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Cecilia Casado | 23-03-2015 | 10:23| 19

 

Este va a ser un post muy personal, así que no lo leas si esperas aprender algo porque no valgo yo para dar lecciones a nadie detrás de un título en la pared. Tampoco escribo para que me compres algo porque no me vendo, así que carezco de interés social. En cuanto a lo de cotillear mi vida privada, tiene ésta menos interés que la lista de la compra, de verdad, que soy normalita y vulgar, lo que pasa es que me inventé este blog para masajearme el alma hace ya más de cinco años y no tener que tomar ni pastillas para dormir ni pastillas para espabilarme.

Tengo dos hijas que son las únicas que votan por mi persona en ese sitio llamado familia y, lógicamente, me importan más que nada ni nadie en esta vida; de hecho, por ellas voy y estoy yendo al fin del mundo cada varios meses. Sigo sus pasos como el animalillo que busca agua fresca para vivir; invento el aire que respiran y lo comparto en mi imaginación cada vez que siento que me asfixia alguna soga imaginada. Soy una mala madre al uso, siempre lo he sido, porque no les ofrecí más refugio que mi útero durante nueve meses y luego dejé que se parieran a sí mismas y eligieran libremente qué vida vivir, cómo vivirla y también, dónde gastarla y con quién compartirla.

Ni las bauticé ni les perforé las orejas, convencida de que por encima de la convención social volaba la libertad del individuo: nunca me lo reprocharon. Les privé de una familia “al uso” porque yo también quise atrapar mi propia libertad y evitarles las peleas entre sus padres, el sufrimiento de verme sufrir y, sobre todo, les hice daño para curarlas en salud de las trampas del amor, para prevenirles de las promesas falsas y que vieran que el camino personal debe ser elegido en libertad y no impuesto por las normas familiares. Les conté mis errores y hasta algún secreto inconfesable para que supieran lo que jamás deberían permitir que yo –ni nadie- les hiciera nunca. Esto me lo han reprochado alguna vez, con la boca pequeña, aunque mis disculpas fueron aceptadas y las heridas restañadas –convencida estoy de que para casi todo el tiempo que nos quede. No sabemos de rencores, ni resentimiento, los reproches los dejamos atrás, tanta gente ávida había de recogerlos y hacer mazamorra emocional con ellos.

Mis hijas las parí libres y libres son ahora, y quizás por eso o acaso a pesar de que –una después de otra y por diferentes motivos- hayan volado TAN lejos del nido, siguiendo su huella profesional y amorosa la mayor, buscando su camino y su proyecto vital la pequeña. Ambas viven ahora en la misma ciudad de un país al que tardo en llegar diez horas apretujada en un avión y menos de diez segundos con las alas de mi corazón. Una de ellas eligió su destino libremente, la otra se ha tenido que expatriar buscando lo que en su tierra la nefasta gestión de un Gobierno incompetente no le permite alcanzar.

Vuelvo a casa después de compartir las rutinas con ellas, dejándolas felices, seguras, sanas y contentas. Las dejo con sus proyectos por crear la pequeña sociedad alternativa con la que yo también soñé en otro tiempo, apartadas de la autopista de la prisa por ganar cuanto más dinero mejor. Su camino es de pasos firmes y ligeros, pero se hace igual a pie que en bicicleta, es un camino para el que no hacen falta dientes de tiburón, ni ojos en la nuca, ni cobardía en el corazón. Siguen siendo libres para apartarse de los hilos que nos manejan a todos por estos lares, quizás nunca se hagan ricas, pero que sigan siendo felices, con eso me basta…

Y yo me vuelvo a casa porque ese es mi destino circular, me vuelvo a mi pequeña ciudad donde está el mar y vive la montaña, a mi aburguesada y aburridísima ciudad donde todavía hay que pensar en qué ponerse para salir a tomar un café pero donde disfruto saludándome con la gente por la calle. Volver a casa es el destino de todo viajero; volver para contarlo, regresar a la propia cama, al olor de mi hogar, a los lametones de mi perrillo y a algunos besos que creía perdidos.

Volver a casa, el sentido de todo viaje, el reencuentro con el aire húmedo de salitre, las baldosas desajustadas de toda una vida, los ladrillos grises que me hacen desear volar lejos, volver a sentir la soledad los días impares o reir con mis amigos a horas mal vistas. Volver aunque no tenga familia que me añore o me quiera, volver porque este es mi sitio, porque lo elegí para vivir comparándolo una y mil veces con tantos otros donde no había más que cantos de sirena y algún que otro mar con jardincillo. Volver porque llevo la casa encima, o quizás la lleve dentro pero conmigo, sentirme cómoda tecleando en la cama solitaria pero nunca fría, sentir en lo más profundo que el tronco de mi vida soy yo misma, que las raíces las dejé penetrar libremente con el agua de la lluvia de mi infancia, que crecieron mis ramas buscando la luz, el cielo, la felicidad, que nacieron mis frutos empujados por las flores que me adornan, que soy un árbol único, fuerte, solitario, feliz.

Ya siento que este post no diga nada interesante y que quizás lo lean muy pocas personas; tanto da… porque esta vez lo he escrito únicamente para mí. Como bienvenida.

En fin.

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Hiru y Luna, dos gatas mayas
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Cecilia Casado | 20-03-2015 | 14:25| 16

Últimamente en mi vida están apareciendo muchos animales de cuatro patas. Este hecho en sí no es ni bueno ni malo ni tan siquiera remarcable para un eventual lector de este blog, pero yo siento que es un pequeño punto a favor que me acerca de alguna manera a la naturaleza que tanto amo y que se me escapa entre el ladrillo y el asfalto.

Estas últimas semanas me despierto con las tórtolas y respiro aire de jardín tropical, con mangos y chapotes, limoneros y ciricotes y un sinfín de pájaros –cuyo nombre todavía no he sido capaz de aprender- además de los murciélagos nocturnos y los gecos diurnos.

Si no quiero –y quiero muy poco- no veo “ciudad al uso” en varios días. Aquí los caminos se mezclan con las aceras, y los barrios más parecen pueblos de cualquier esquina del mapa, con sus gentes a la puerta de sus casas cuando la fresca hace su aparición (es un decir) o en sus patios interiores, resguardados, con una tranquilidad doméstica y placentera. También hay otra zona, la “americana” que digo yo, aburrida de centros comerciales y automóviles que van y vienen con sus hormiguitas dentro, sin que asomen ellas la cabeza fuera del espectro vital del aire acondicionado.

Pero donde yo vivo ahora la vida se ha ralentizado a golpe de fuerza mayor; el calor empieza a enseñorearse del calendario y poco apetece dar vueltas en bicicleta –ni mucho menos paseos a pie como no sea a las seis de la mañana o bien entrada la tarde. Y con este poco salir de casa me he ido haciendo amiga de las dos preciosas gatas mayas, Hiru (la tercera de la camada) y Luna, adoptada bajo el plenilunio y que ya forman parte de la familia. Aunque en realidad debería decir que han sido ellas, las preciosas tataranietas de alguna leona fiera, quienes me han adoptado a mí como “humana amiga en período de prueba”.

Nunca había habido un gato en mi vida, ni tan siquiera por persona interpuesta.  Tan sólo he sabido que quienes han tenido uno mucho lo han amado y más extrañado el día que se fue. Así que, cuando llegué y Luna vino directa a mis piernas para frotarse contra ellas, pensé que me estaba olisqueando para ofrecer un veredicto o un visto bueno necesario para incorporarme a su espacio vital. Al cabo de diez minutos, Hiru desapareció de la vista y buscándola fue encontrada…¡dentro de mi maleta todavía sin deshacer! Así que, entre risas se decidió que me iba a llevar bien con las gatas…

No he podido evitar establecer una continua comparación entre ellas y mi perrillo Elur que, a fin de cuentas, es el único referente “animal de cuatro patas” que hay en mi vida. (Si insisto en lo de las cuatro patas, a buen entendedor pocas palabras bastan). Y la verdad es que…si no me he enamorado de ellas es porque sé que nuestra relación va a ser como una nube de verano, que se la llevará el viento que empuje al avión que me devuelva a mi casa del norte, donde mis raíces me atan, me atan, me atan… Aprovecho que Elur no sabe leer para decir aquí, sin menoscabo de todo el amor que le profeso a mi bichón maltés enfermito, que si pudiera, adoptaría un gato para convivir con nosotros, tanto y tanto me han gustado las peculiaridades de estas gatitas que no sé si son todas así o estas son especiales por la historia de abandono y enfermedad que arrastran y de la que han sobrevivido gracias a mucho amor y muchos cuidados. (Y latas de paté que huele bien rico).

Yo sé lo que es amar a un animalillo indefenso y el vínculo que se puede establecer con él, de corazón a corazón, sin pasar por el cerebro –ya que el suyo y el nuestro están a diferente nivel generalmente; y veo en estas preciosas gatas, Hiru, tan fina, delgadita y “hermana mayor” la aceptación de la “segunda huerfanita gatuna” que llegó a su vida, invadió su espacio y provocó los primeros e inevitables celos. Luego resultó que Luna venía gordita, una comilona irredenta que, a la que te descuidas, se come lo suyo y lo de su “hermana”. Ambas son preciosas, simpáticas, divertidas en sus travesuras, como con la manía de esconderse en cualquier armario de la cocina que se quede abierto más de treinta segundos y descansar confiadamente el tiempo que haga falta junto a las galletas, el azúcar, el arroz y los botes de pimientos. O la afición desmedida a jugar con el agua de la taza del baño –obligado bajar la tapa- inventando una piscina a su medida. Mis sandalias de lentejuelas se las comieron entre las dos en un pispás, así como la esquina izquierda de mi pashmina azul. Si estoy tecleando en el ordenador les fascina pasearse por el teclado y escuchar el ruidito de sus zarpas sobre las letras. Ayer Hiru se hizo con un trofeo que arrastró velozmente por toda la casa: un camarón cocido y sabrosote. En resumidas cuentas, son un motivo de alegría, de distracción y de emotivas efusiones de cariño.

¿Por qué siento que todo es más sencillo, fácil y liviano con los animales que con algunas personas? Ya, ya sé que es una boutade lo que acabo de escribir, pero es que… acabo agradeciendo que no me juzguen, que no se metan en mi vida –más que para jugar-, que vengan en la mañana a saludar en cuanto abro tres centímetros la puerta de mi cuarto, se suban a la cama, oteen el panorama desde la ventana y, después de un par de caricias mutuas, se aovillen a mi vera para seguir durmiendo un rato más.

Todo sencillo. Demasiado para quitarles dos patas…

En fin.

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Fotos: Amanda Arruti

 

 

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No a la integración.(Sobre)saltos culturales
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Cecilia Casado | 18-03-2015 | 14:55| 16

Llevo viviendo casi un mes en Mexico y no hay mañana en la que no me despierte con el anhelo de un buen té caliente con pan tostado y aceite y sal. Supongo que en varios años seguiré soñando con mi desayuno fetiche y nunca me adaptaré a la ingesta matutina de huevos con talos de maiz (tortillas) y frijolitos calentitos (alubias negras), con una buena salsa de chile habanero (guindillas de la madre que la parió) y todo ello regado con aguachirri americano (también llamado café). Una tiene sus nostalgias de la leche con colacao y galletas maría o las meriendas a base de quesitos de la vaca que ríe o chorizopamplona (en mis tiempos no se había inventado la nocilla) y esa costumbre queda acendrada en los genes culturales (si es que existen esos tipos de genes, que por qué no), tan fijada al inconsciente que no se va ni con agua caliente.

Cuando visitas un país diferente (¿cuál no lo es?) resulta divertido “probar de todo” y hacerse el viajero experimentado no poniendo cara de asco a algunas comidas que, sinceramente, uno prueba por aquello de la honrilla, pero no porque apetezca realmente. Así me ocurre que llega la hora de almorzar (la comida del mediodía) y si estoy fuera de casa tengo que elegir entre varias cosas que no me apetecen ninguna, más que nada porque mi estómago tiene memoria y quiere pescado y aquí…pues no hay pescado y punto. ¿Cómo que no hay pescado? –preguntará alguien que busque Yucatán en el mapa. Pues haberlo, haylo, pero no hay cultura de comer pescado y punto. Aquí se come puerco, res, pollo y pavo. Preparado de mil maneras y envuelto siempre en el talo de harina de maiz o de trigo o en una hoja verde (tamales), pero deshilachado, en trocitos, nada de cuchillo y tenedor. Entonces voy yo y pido una ensalada y me miran como pensando, ya está otra pobre gallega vegana, que es como decir una guiri vegetariana que no sabe apreciar nuestra maravillosa gastronomía mexicana… ¡Pero es que yo quiero comer lo que me hace sentir bien, no hacer experimentos! Quiero mi copa de vino y no un agua de sandía y pepino para acompañar la comida. Quiero mi pan francés para untar una salsa que sea untable y no un tormento picoso para el estómago… pero es que en la mayoría de establecimientos de comidas no hay licencia para vender alcohol y es curioso ver cómo hay gente que se sienta a la mesa –por la noche en alguno incluso elegante- y ponen encima de la mesa sus propias botellas de vino, traídas de casa o de la vinoteca del centro comercial. Pagas el descorche y listo.

Ahora voy comprendiendo más a los árabes que se afincan en España y no comen más que cuscús con las manos; ahora voy comprendiendo un poquito más a los sudamericanos que viven en mi ciudad y que siguen engordando a base de harinas imposibles (e importadas) de raíces y tubérculos ásperos, de frijoles en vez de patatas, de catsup en vez de tomate casero, de cocacola en vez de vino. Ahora voy comprendiendo finalmente a todos los extranjeros que no pueden, no saben o no quieren integrarse en una cultura nueva porque es como si perdieran su propia identidad y bastante tienen ya con haber tenido que abandonar su casa, su familia, su país, como para encima tener que cambiar de costumbres alimentarias.

Yo no quiero inflarme de botana (aperitivos) a base de cereales fritos, tostados y salados. A mí me siguen apeteciendo la tortilla de patatas, los boquerones fritos, las gambas y los mejillones. Odio las marquesitas (barquillo relleno de queso rallado o de nutella) que la gente toma como si fueran manjares; yo quiero mi bocata de jamón.

O sea, que cuanto más viajo por el mundo más me doy cuenta de que la integración es poco factible, que yo misma no quiero integrarme y perder mis raíces estomacales que, a fin de cuenta, son las que nos dieron impulso y fuerza para echar a andar como cultura y las que de su mano nos llevarán a la tumba.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.