Diario Vasco

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¿De verdad somos los vascos tan cerrados?
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Cecilia Casado | hace 12 horas| 0

Este es un tema del que puedo hablar con conocimiento de causa sin necesidad de tener un master en sociología; de hecho, es un tema del que todos sabemos algo porque en casa nos han dicho que es una de nuestras peculiaridades y nos lo hemos creído…

Dicen los “expertos” que eso de ser tan peculiares, es algo que nos viene “del caserío”, de cuando se vivía aislado en el monte y se hablaba más con las vacas que con la propia familia, pero yo no estoy tan de acuerdo porque ya hace más de cien años que las ciudades se poblaron con los que huían del aislamiento y unos cincuenta en que este territorio se repobló gracias a la llegada masiva de gentes de otra tierra con sus propias peculiaridades.

Eso de que los vascos somos “cerrados” tiene tanto fundamento científico como los chistes protagonizados por catalanes “agarrados” o andaluces que se pasan todo el día cantando y bailando. Lo que pasa es que, a fuerza de repetirlo de abuelos a nietos, al final, nos lo hemos creído y se ejerce de ello como si no quedara más remedio. ¿Qué has nacido en Azpeitia, Legutiano o Amorebieta? Pues eso: cerrazón al canto, sin que se libren del sambenito los de la capital, faltaría más.

Es muy curioso comprobar cómo personas con un temperamento tirando a alegre y jovial en el entorno familiar tienden a quedarse calladas en cuanto se hallan entre personas desconocidas;  como si la autoestima estuviera tan baja que no se pudiera uno comunicar más que con aquellos a los que conocemos, por miedo –quizás- a que nos malinterpreten o –peor aún- que nos suelten un bufido. Como si fuera de casa estuviera el lobo. “No hables con desconocidos” no era únicamente una prevención para evitar pedófilos; era también (y eso lo supe después) la manera de establecer barreras con los demás, de proteger y marcar el espacio propio, como diciendo: “bueno, ojo, que yo no hablo con cualquiera” y así marcar una diferencia arrogante a la vez de estúpida.

Viajando por aquí y por allá, y sin necesidad de salir del mapa de España, he podido demostrarme a mí misma (y a los demás) que la falacia de que “los vascos somos cerrados” pierde su sentido y deja de ser un artículo de fe. Sentada en solitario en una terracita de León se puede pegar la hebra con la gente de la mesa de al lado sin que te miren con cara rara o como temiendo que les vayas a contagiar algo. Lo mismo ocurre en una playa mediterránea, en un paseo sevillano, en la cola de un cine gallego o tomando unas cañas en el Raval barcelonés. Tanto cuando he sido yo la iniciadora de la conversación como cuando han sido los demás quienes se han dirigido a mí, en un momento dado, ha saltado el topicazo: “muy simpática eres tú para ser vasca…con perdón”.

Y es que…no hay perdón. No hay perdón de que nos contagiemos los unos a los otros, como si ser poco amables fuera una seña de identidad de la que enorgullecerse, y no nos demos cuenta de que llevar encima de la cabeza el sambenito de “cerrados” –que también puede ser sinónimo de antipático- no es un honor sino una pequeña y absurda vergüenza.

Afortunadamente he ido juntándome con gente como yo, con personas que somos capaces de hablar con desconocidos sin mirarlos como si nos fueran a robar la cartera o el marido; con personas amables y amigables capaces de compartir la mesa en el bar, de acompañar al que se ha equivocado de dirección, de ayudar a quien lleva mucho peso, de ceder el paso, tender una mano, regalar una sonrisa…

Somos “cerrados” y antipáticos entre nosotros mismos… ¡como para no serlo con los “de fuera”!

Supongo que esto es una actitud personal, que bien podemos cuestionar lo que nos han educado o lo que hemos visto en casa y tener un criterio propio más positivo, más proclive a la empatía, la amabilidad y, por qué no, la solidaridad con los demás. Luego, a puerta cerrada, si nos apetece, podemos seguir siendo “cerrados” y con “la txapela a rosca”.

En fin.

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Cuadro: Mauricio Flores Kaperotxipi

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Cuando una puerta se cierra otra puerta se abre
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Cecilia Casado | 22-10-2014 | 09:17| 18

 

Esta es una de las cuestiones que más a menudo tengo que recordar, sobre todo cuando las cosas no salen como yo quiero y se me descompone el puzzle. Y así, cuando he perdido alguna pieza, en vez de volverme loca buscándola, lo recojo todo y lo tiro a la basura y aquí paz y después gloria.

¡Cuántas veces no me habré lamentado por haber perdido lo que yo consideraba una buena “oportunidad”! Y cuántas veces –pasado el tiempo- he tenido que alegrarme de que aquella puerta se me cerrara, sí, justo aquella puerta tras la que yo adivinaba parte de mi felicidad, porque se me abrió, sin tan siquiera esperarlo, otra mucho mejor. Y esto me ha ocurrido tanto en lo afectivo como en lo funcional.

El año pasado me nació la ilusión de volver a la universidad dentro del plan del “Aula de la Experiencia” en el campus de la U.P.V. en Donosti. Me apunté cumpliendo todos los requisitos y esperé ilusionada a que se celebrara el sorteo que determinaría quiénes eran los afortunados para optar a una de las plazas ofertadas. Las posibilidades eran del 50% así que mis esperanzas tenían cierta base. Sin embargo, el azar quiso que mi número saliera el último. Pero no únicamente el último de las plazas ofertadas, sino el último también en la lista de espera. Una rotundidad indecente porque tan difícil como sacar el primer número era sacar el último…

Pues gracias a que se me cerró esa puerta, me quedé exenta de responsabilidades académicas y pude viajar ese curso durante dos meses a países bien lejanos desarrollando una actividad tan enjundiosa o más que la que hubiera llevado en las aulas. Se me cerró una puerta y me quedé libre para abrir otra que me proporcionó una indecible felicidad y no poco conocimiento. Curiosamente, este año ni se me ha pasado por la mente volver a apuntarme al “sorteo de plazas universitarias para mayores de 55 años”.

En lo emocional y afectivo también me han dado alguna vez con “la puerta en las narices”. Y de ahí es más difícil sacar conclusiones positivas puesto que entra en juego el maldito ego para reclamar su cuota de protagonismo, pero una vez domeñado éste a base de zurriagazos externos y de mucho silencio interno, las aguas arrastran lo innecesario y queda únicamente un remanso limpio en el que poder contemplarse en paz.

Algunas personas cierran puertas por miedo, se protegen, colocan cadenas de seguridad y sienten que así quedan al margen de cualquier daño que les venga de fuera. No digo que no sea efectivo el sistema, -nunca lo he hecho-, pero sí que creo que también, al cerrar esa puerta, se está abriendo otra mucho más amplia, nueva y esperanzadora para la persona que se ha quedado “fuera” de ese afecto. Y esa nueva puerta que se abre es ni más ni menos que la de la posibilidad de encontrar otros afectos más sinceros, menos egoístas, menos calculadores y fríos…

Cuando me han cerrado una puerta afectiva he descubierto que se abría otra. Una puerta que yo he empujado poco a poco, casi con prevención, pero que ha dado paso a un nuevo camino de luz adonde no llega la oscuridad del pasado. Una puerta que no daba a la calle sino al interior de mí misma, territorio nunca suficientemente explorado…

Y está bien que así sea.

En fin.

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Paseos con mi perro. Cristina Enea.
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Cecilia Casado | 20-10-2014 | 05:27| 8

 A veces la vida te hace regalos. Y yo recibí el último envuelto en pelo blanco y con una carita deliciosa: se llama Elur. Y para que la dicha fuera completa, alguien tuvo la genial idea de permitir el acceso a los parques de la ciudad de los perros, para que también ellos pudieran disfrutar del regalo de la naturaleza de una manera sencilla y fácil. Es por eso que, con cierta asiduidad, nos vamos los dos juntos -atados, que no encadenados-a pasear or los espacios verdes donostiarras. Una correa extensible de cinco metros le da la libertad suficiente; hay unas normas que respetar y me siento feliz respetándolas ya que así la convivencia es placentera para todos, para los que amamos los perros y para aquellos a quienes les resultan muy desagradables, que en su derecho están. Los perros son como los niños en un sentido literal: si están bien educados resultan agradables, si no, una auténtica peste.

A trotecillo ligero llegamos hasta Cristina Enea, mi parque bienamado en el que pongo todas mis complacencias y debajo del gran árbol nos sentamos –mi perro y yo- para disfrutar del silencio, del aire caliente de este Octubre extraño y dejar que la mente se serene, se vacíe de todo aquello que le estorba y deje espacio para nuevos y más fructíferos pensamientos.

Al cabo de diez minutos de placentera serenidad, veo subir en procesión colorista un abigarrado grupo familiar provisto de neveras, bolsas de comida y demás parafernalia para hacer picnic. Rezo a cualquier dios despistado para que no se pongan cerca de mí, para que su alegría –que imagino bullanguera- no alcance ni a mis oídos ni a mi ánimo. Por si acaso, me sitúo en “modo Zen”, olvidando las normas explícitas del parque que indican que éste está destinado únicamente “al paseo de los ciudadanos”.

Mis ensueños comienzan a tomar forma y la mente se me vacía de pensamientos negativos, como si una corriente de aire hubiera limpiado lo innecesario.

Dejo que el cielo se convierta en el techo de mi pequeña habitación y que las ramas de los árboles se erijan en paredes, la hierba en alfombra y mi cuerpo sedente esté y no esté, practico la técnica de invisibilización que usaba en mi infancia y consigo que el tiempo se detenga a mi lado y corra rápido en el reloj de los demás.

Una pareja en bicicleta profana los caminos impunemente, pedalean ellos con furia y cansancio por la cuesta que sube entre los árboles, son ciclistas y hacen honor a su nombre, a sus cascos, a su ceguera ante las señales que prohíben circular en tal vehículo por el parque… Detrás viene un señor con un perro grande, suelto, libre, que olisquea las hojas caídas, se acerca al estanque donde dormitan las tortugas, asusta a los patos, defeca cuando tiene ganas y corre tras su dueño que se aleja -afortunadamente se aleja- por el camino que atraviesa el parque y lleva (bendito regalo) hasta la salida. En una especie de procesión surrealista -¿o no?- aparecen los niños de los patinetes, gritando a los niños que juegan con un balón azuzados por padres y madres felices y sonrientes que disfrutan -ellos también y a su manera- de este delicioso parque que es de todos y para todos.

Como yo también tengo mis recursos, decido que es el momento de cerrar los ojos e “irme de paseo” por encima de las copas de los altos árboles al otro lado del río. Vuelo hasta “la casa del águila” y desde allí observo el caos circulatorio consecuencia de la sempiterna carrera dominical por el medio de la ciudad; me queda la duda de por qué se organizan carreras continuamente para protestar, para celebrar, para demostrar al mundo la rapidez de unas buenas piernas bien entrenadas y un corazón a prueba de bomba, será que unos se dedican a correr mientras que otros nos dedicamos a ver cómo los demás corren… El aullido de altavoces me estremece, a punto estoy de estrellarme -en mi ensueño- contra la antena de telefónica, una avioneta pasa rozándome y deja su estela de combustible mal quemado sobre mi piel…

Aún intento bajar a la playa donde hay hormigas en traje de baño que se disputan cada centímetro de arena corriendo alocadamente en un sentido y en otro aprovechando los coletazos del verano, la sirena de las doce del día se mezcla con la barahúnda insoportable que asola la ciudad, las hormigas llevan todas camiseta de la Real, aporrean en grupos de quinientas mil un balón que salta tan alto como la rama de un árbol y aterriza sobre mi vientre dormido y casi mata de un infarto a mi perro que vela mi sueño pero no sabe nada de mis pesadillas…

Es un domingo cualquiera, sencillo y cotidiano, lo reconozco porque es igual a todos los domingos, va vestido de domingo, de fiesta urbanita, de mala educación, de deseo de celebrar el descanso propio saltando por encima de las normas inanes del difunto señor Duque de Mandas, del deseo de paz de mi espíritu, del sursum corda y de todo lo demás.

Como si fuera un lazarillo dejo que Elur me arrastre por la orilla del río, puente tras puente, hasta mi barrio. Atravesamos como podemos el olor a calamares fritos que sale de los bares y llegamos a casa. Me lleva a la cocina y me invita a beber agua fresca. Abro las ventanas y el aire puro me regala unos momentos de emocionada felicidad. Para colmo, en la radio suena un chelo interpretando a Bach…

En fin.

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Fotografías: Cecilia Casado

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Sentir el otoño, sentir la vida
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Cecilia Casado | 17-10-2014 | 06:36| 21


Vivimos a golpe del calendario de la cocina. Esa es nuestra hoja de ruta, el cuaderno de bitácora alrededor del que gira nuestra parca biografía: dentista, ITV, ambulatorio y zapatero. A veces cae un pequeño –aunque contundente- obús en la rutina adocenante: una boda o un funeral. Entonces ponemos las velas al pairo y abrimos paréntesis hasta que vuelva a soplar el viento.

Si el calendario marca Mayo, abrimos las ventanas del ánimo y rejuvenecemos por decreto-ley un par de años durante un par de días: justo lo que dura el efecto de la publicidad y el primer sol con los brazos al aire. Si el calendario marca Agosto, pensamos en desempolvar maletas y meter en ellas el polvo anímico acumulado en los últimos once meses y llevarlo lejos para sacudirlo fuera de casa.

Pero cuando el calendario marca Octubre nos quedamos impasibles. Un nuevo curso ha comenzado aunque ya no estemos dispuestos a estudiar nada más, hartos de repetir asignaturas, de no ser capaces de superar –un año y otro más- la barrera que separa a los que son “muy listos” de los que somos “muy ingenuos”. En Octubre nos quitan los días la inconsciencia del verano, queda lejos ya el tiempo relajado, la prensa vuelve a machacarnos con las nuevas desgracias informativas, la televisión se llena de anuncios de coches, de revolcones en directo –en tertulia o en informativo-, suben los precios de las cosas, bajan los valores humanos, vuelven las prisas, el miedo, la rabia, el desencanto.

Lo peor del calendario en el mes de Octubre es que no pasa nada; ni una fecha en rojo para darle una pequeña alegría al cuerpo, ni la más mínima esperanza se divisa de que “esto acabe de una maldita vez”. Presagiando un invierno frío por fuera y por dentro al que nos someteremos con la cabeza gacha y un abrigo nuevo en el armario.

Lo mejor del calendario en el mes de Octubre -y en cualquier mes- es que se pueden arrancar las hojas o volverlo de cara a la pared. Yo he probado a hacerlo, a no mirar más nada, a no apuntar citas ni obligaciones en sus recuadros en blanco, a recortar la foto del bombero medio desnudo para alegrarme el ojillo mientras plancho mis blusas.

Y miro por la ventana cada mañana, incluso la abro y respiro el aire fresco que se me regala. Huele a otoño, huele a tierra húmeda, a árboles tranquilos.

En vez de buscar siluetas humanas escudriño entre las nubes el esbozo de mi pequeña ilusión cotidiana y si no lo adivino, cierro los ojos y respiro desde el centro de mi ser, suavemente primero, con intensidad después. Me lleno de vida y ya no me interesa el calendario.

En fin.

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Fotografía: Gonzalo Iza

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Crecimiento personal. “¿Deberíamos llevarnos bien con todas las personas?”
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Cecilia Casado | 15-10-2014 | 06:53| 22

Siempre me han llamado poderosamente la atención esas personas que proclaman “llevarse bien con todo el mundo”; incluso en algún tiempo las envidié porque yo también quería ser aceptada por mi entorno, suscitar simpatías, que hablaran bien de mí y me tuvieran en consideración, que mi presencia fuera una brisa y no aire frío de tormenta.

Aunque eso sólo fue hasta que me di cuenta de que quien hablaba era mi ego vestido de engreimiento y no mi ser más profundo que viaja casi desnudo. Pero acallar el ego es tan difícil como poner puertas al campo; lo más que he llegado a conseguir ha sido una especie de “consenso” para que no hable a destiempo, domine su ímpetu avasallador y se atenga a la “media hora de seguridad” emocional y espiritual que necesito para sentirme bien conmigo misma.

Ya no cumplo los sesenta y sigue dando coletazos el problema relacional que me asfixiaba a los veinte por más que he intentado limar las asperezas propias y aceptar las ajenas.

¡A cuántos nos ocurre que, al conocer a una persona amable, simpática y con la que sintonizamos de inmediato, no vemos más allá de la luz de su mirada! Y, si esta luz es diáfana y sincera, ¿cómo no entregarnos a la amistad sin pedir referencias o escudriñar su currículum emocional? No juzgar los entresijos del comportamiento es quizás la única manera de conseguir una amistad sincera.

Sin embargo sé que me equivoco porque cuando se rasca en la superficie aparecen los desconchones que todos ocultamos con diversas capas de maquillaje intelectual o espiritual. A pesar de  reiventarnos cada día, es preciso corregir el rumbo, reconocer errores y cambiar de actitud… Si todo es movimiento, ¿cómo quedarnos estancados?

Y es por eso que se producen los chirridos y los choques, porque cuando las personas intimamos se va teniendo acceso a los “datos del sumario secreto” de la vida de cada cual, se comparten confidencias, el alma se desnuda y ya no se puede cerrar la puerta por la que entrarán tanto el calor de la amistad como el frío de la desconsideración.

Algunos añadieron tachones a mi biografía, otros “corrigieron mi examen” y pusieron lápiz rojo donde no les agradó lo que hallaron y a esa condena de alguno de mis comportamientos, alguno de mis actos,-aunque estos no les concernieran directamente- pusieron sentencia inapelable.

Pero claro…una aprende con los años y, al final, ha resultado que he acabado yo también eligiendo a mis amigos, dejando de sonreir a quien no me respetaba, apartándome con firmeza de aquellas personas que me han tratado con hipocresía y a cuya vera no me he sentido feliz

En ese ejercicio de libertad consciente, de inteligencia emocional tranquila y sopesada, es cuando he aceptado que no puedo llevarme bien con todo el mundo, que siempre habrá personas a las que yo les caiga mal y que me caigan mal a mí y que es justo, es necesario, es incluso sano que así sea.

Por eso ya no me daña anímicamente que quienes sienten la vida de forma diferente a como la siento yo me vuelvan la espalda; ni siento dolor  ante el rechazo de los que explican un discurso que no entiendo ni comparto. Poco a poco voy encontrando “mi sitio” y sintiéndome a gusto en él; aunque sea de los últimos de la fila.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.

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