Diario Vasco

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El “Día del Libro”… ¿El día de la lectura?
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Cecilia Casado | 23-04-2015 | 08:07| 15

Reconozco que soy bastante pesadita con eso de invitar a la gente a leer y que a veces siento que lo mío es una pequeñísima cruzada en solitario que no obtiene más respuesta que la mínima que puedo obtener cuando soy yo misma la que leo un libro detrás de otro o consigo interesar a alguien cercano en la bondad de tal o cual obra literaria. O cuasi literaria (todo hay que decirlo).

Pero como hoy se celebra el “Día del libro” aprovechando que el Pisuerga pasó por las vidas de Cervantes y Shakespeare segándolas el mismo día, el tema me viene al pelo. Buena efeméride ésta para gastar unos dinerillos en un libro y honrar a ambos grandes genios de la literatura occidental. (En la Oriental hay otros genios que nos son desconocidos, lamentablemente) Y como es San Jorge –patrón de importantes naciones- pues miel sobre hojuelas: hacemos doblete y compramos rosas y libros para quedar bien con las personas queridas. Y de paso nos las damos un poquito de concienciados intelectualmente.

Sin embargo, hoy no compraré ningún libro, más que nada porque estoy en un pueblecito en medio de un bosque donde la “librería” más cercana se limita a un hipermercado surtido únicamente de papel escrito en formato revista. Rosas sí que hay, pero también las tengo en el jardín, así que no vale la pena el estipendio.

Sin embargo, hoy no compraré ningún libro pero romperé mi lanza a favor de la LECTURA, que no es lo mismo aunque parezca que la lógica debería hacerlo igual. Que una cosa muy distinta es que te regalen un libro y otra leerlo. Lamentablemente. Todavía estarán vírgenes algunos cuantos volúmenes recibidos como regalo en las últimas (o penúltimas) navidades en las estanterías de las personas que consideran que leer es una pérdida de tiempo o una actividad que tan sólo se pueden permitir quienes tienen menos trabajo que realizar que ellas.

Nada más lejos de la realidad. Leer es una actividad en sí misma, como hacer deporte. Requiere atención completa, mucho cuidado para no malinterpretar lo que se lee, discernimiento para diferenciar la realidad de lo fabulado y, como el deporte, te llevará a acabar cansado pero satisfecho. ¡Cuesta mucho mantener la disciplina de reactivar la mente todos los días…! Pero al igual que hacemos con nuestro cuerpo cuando lo cuidamos en el gimnasio o con la ingesta de comidas saludables y nutritivas… ¿por qué no ofrecer a nuestra mente la posibilidad de mejorar intelectualmente con todo el beneficio que se deriva de ello?

Nunca escuché de alguien que se enfermara por leer a los clásicos, -exceptuando al inefable Don Quijote-; que alguien me ponga un ejemplo de quien fue menos feliz por cultivar la mente, por ensanchar la cultura, por ampliar los conocimientos que hacen que el ser humano evolucione imparablemente.

¿De dónde viene el saber?

De la ciencia infusa no, desde luego.

Y de los documentales de la 2, me temo que tampoco.

Hoy que es el Día del Libro… ¡no hace falta comprar un libro! ¡Bien que bastaría con leerlo.!

En fin.

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Cada día de mi vida es víspera de fiesta
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Cecilia Casado | 20-04-2015 | 07:59| 16

Hoy no tengo que ir a trabajar; ni mañana ni al otro ni al otro… ¿Alguien puede imaginarse qué se siente? Supongo que tan sólo empatizarán conmigo quienes estén en parecida situación, aquellas personas para quienes su vida laboral ha terminado del todo y en buenas condiciones.

Cuando cuento todo lo que entro y salgo, lo que viajo por el mapa, cuando comparto mis vivencias, alguna persona me ha llegado a “avisar” cariñosamente de que tenga cuidado con lo que comparto públicamente puesto que el deporte nacional es la envidia y no quedaré exenta de recibir algún “pelotazo” inadvertido.

Y yo me pregunto: ¿por qué?, ¿acaso no es lícito acceder a la jubilación llevando a cuestas la friolera de cuarenta y un años de fichar todos los días a las ocho de la mañana?

¿Está escrito en algún sitio que la vida de los jubilados tenga que regirse por las mismas reglas que sufren quienes están en activo? ¿Tengo que dar paseos higiénicos, tomar cafecito con las amigas, ir a buscar a los nietos al cole –cuando los tenga-, vestir como una monja y reducir mi vida nocturna a la programación de la tele?

Hay una especie de “demonización” de la jubilación como un tiempo de aburrimiento, falta de interés, deterioro de la salud y agostamiento del espíritu. Puede ser que sea cierto en las personas que han basado su VIDA en lo laboral y creen firmemente que después del trabajo…no hay nada. Parece una cuestión de fe –o de ausencia de ella- pero como he llegado “al otro lado” y hablo desde la experiencia y no desde las teorías, aseguro que en mi caso (y en muchos otros) el vasto panorama de la vida sin obligación laboral alguna es puro gozo. Tan sólo hace falta adaptarse a la nueva situación y creer firmemente que la libertad no da miedo –que ese es otro tema.

Así que como no tengo que escribir este blog a ritmo de mambo, me permito relajar mi mente y marcharme de vacaciones con el espíritu ligero, el cuerpo rebosante de fuerza y la compañía de quien bien me quiere y nunca me hace llorar.

Un tiempo de inmersión en la naturaleza, lejos de fastos y compromiso alguno, con arena de dunas, agujas de pino y aire puro. Sin necesidad de tarjeta de crédito, cocinando los productos de la tierra y absorbiendo primavera. Ni siquiera el polen me hará daño…

Miro soñadora hacia el futuro, “ese lugar donde pasaré el resto de mi vida”, mientras abrazo el presente que me hace feliz. Los cerezos están en flor y las tórtolas se vuelven a enamorar. Elur, fiel compañero de fatigas y descansos, duerme en la hierba a mis pies.

La vie est belle!

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Crecimiento personal. “¿Importa mucho cómo nos ven los demás?”
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Cecilia Casado | 17-04-2015 | 09:30| 17

La opinión de un perfecto desconocido puede abrir brechas en el pensamiento provocando una reflexión desasosegante.

Eso es lo que me ocurrió justo el otro día cuando, inopinadamente, durante una excursión al monte, un compañero de “bastón”, inició un tímido saludo que acabó convirtiéndose en una larguísima conversación sobre la divinidad de la naturaleza y la falta de humanidad de nuestro género (el humano).

Me agrada compartir charlas que superan la línea invisible de lo superficial y es enriquecedor tenerlas ausente de todo prejuicio, como puede ser este caso ya que ni el nombre sabíamos el uno del otro. Exponer un poco el propio corazón, abrir la verja de la mente y compartir alguna vivencia pasada con una voz que habla sincera y segura a nuestro lado, no es una oportunidad cotidiana; por eso la aproveché –y creo que él también. Al cabo de tres cuartos de hora ya nos habíamos hecho amigos, mucho más amigos que los que decíamos tener en Facebook. Fue entonces cuando me preguntó mi nombre y supe el suyo.

Detrás de un bocadillo y una cerveza, cercana ya la hora de la despedida, me dijo que le había encantado charlar conmigo (placer recíproco) y apostilló: “aunque seas tan seria”.

-¿Seria…yoooo?

Llevo dándole vueltas días enteros a esa aseveración que, según explicación que “exigí” al momento, parece ser que viene dada por la que yo creía buena costumbre de saber escuchar, de hablar después con voz mesurada y de inspirar aire puro en silencio y con los ojos cerrados en vez de dar saltos de alegría y cantar a voz en cuello… ¡Y yo que creía que era una persona alegre descubro ahora que doy la imagen de mujer seria!

Como no quería quedarme únicamente con la opinión de un advenedizo bien acogido, he empezado a preguntar a mis amigas y amigos cómo me ven, corriendo el riesgo temerario de llevarme más de una decepción e incluso algún revolcón emocional.

¿Cómo nos ven los demás?

¿Se atreverán a confesar las sombras que proyectamos?

Y lo que es más interesante: ¿Aceptaremos escuchar opiniones que consideremos inadecuadas?

Es un juego peligroso que pocas personas aceptarán jugar porque quizás el que gane no lo haga más que a través de una victoria pírrica corriendo el riesgo de perder un amigo.

¿Qué respondería yo si una amiga me dijera que fuera absolutamente sincera y le diera mi opinión acerca de cómo la veo? ¿Le hablaría de TODO lo que me inspira o me callaría algunas cosas, no por no ofenderla, sino por no enfadarla?

Esas sinceridades abruptas suelen darse entre las parejas, sobre todo cuando ya empiezan a ser mal avenidas y uno le echa en cara al otro lo que le disgusta o desagrada de su manera de comportarse. Luego vienen los reproches en plan dardos, venablos y lanzazos indiscriminados y si no se mata el amor seguro que se queda bien herido.

Reconocer que nos importa cómo nos ven los demás tiene su aquél; por un lado es como volvernos vulnerables a opiniones que no controlamos y por el otro, entre la vanidad y el ego podemos hacer una mazamorra francamente perjudicial. Pero si decimos que “a mí me da igual lo que opinen los demás” estamos, de alguna manera, despreciando al otro que nos quiere y si estamos pendientes de la opinión ajena mostramos una vulnerabilidad absurda también. ¡Qué complicado!

Como decía un personaje de una estupenda película, “Le week end”, -odio que me odien- que es lo mismo que decir –amo que me amen. ¿Quién se librará de ello?

En fin.

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Enamorarse a destiempo
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Cecilia Casado | 15-04-2015 | 06:20| 31

 

Hubiera podido enamorarme en mi último viaje a Mexico. Y digo “hubiera” porque  todavía tengo en funcionamiento a ese “ángel de la guarda” que incorporé a mi vida cuando cumplí los cincuenta y que es el único que me impide cometer a esta provecta edad los mismos errores que tan alegremente me complací en cometer en otra época. No es que me haya vuelto fría y desmadejada emocionalmente, ni mucho menos, es que tengo activado –ya digo- un sistema que rastrea, escanea y detecta infaliblemente los eventuales –y más que probables- desaguisados amorosos nada más con tener en frente a quien me alborota las feromonas a destiempo.

¡Qué me hubiera importado a mí hace unos años entablar una relación con un hombre de la otra esquina del mapamundi! Ni un ápice, desde luego, aunque se me hubieran desgastado el corazón y la cartera en viajes transoceánicos… El amor por encima de todo. ¿Acaso no llegué a enamorarme de alguna persona absolutamente inconveniente para mi estabilidad emocional, que me descuajeringó los esquemas, me saqueó la cuenta corriente e incluso me pateó la autoestima? El amor por encima de todo.

¿Acaso no he sorteado hábilmente las zancadillas de la pasión durante varios lustros para poder hoy en día lucir unas cicatrices airosas como hacen los toreros? Pues eso. El amor por encima de todo.

Pero ya no. Y mira que soy yo misma la primera sorprendida, que cuando las mariposas comenzaron a manifestarse no lo hicieron en el estómago sino unos centímetros más abajo –no se piense mal, por favor, me refiero a los intestinos- y me dejaron paralizada en la cama como si de un aviso apocalíptico se tratara y así pude tener tiempo para reflexionar, tirarme de la moto antes de llegar a la curva fatídica y decirme que no, que vivo muy tranquila y feliz en España y no me apetece nada –qué cansancio, por Dios- las aventuras allende los mares por mucha gracia, calorcito y picante que lleven incluidas.

Esto lo cuento con una gran sonrisa en el rostro y el corazón en paz, que conste, porque yo es que soy bastante enamoradiza, la verdad sea dicha, o acaso sea que sigo creyendo en los cuentos de hadas malas o de brujas buenas, donde siempre confundo al sapo con el príncipe, y me gusta soñar despierta con latidos que bailan pegados o con paseos a la luz de la luna grande, de la mano y todo eso. Igual es que esto del enamorarse tiene fecha de caducidad o una obsolescencia programada y una mira más lo que va a perder que lo que ilusoriamente pueda ganar, no sé, aunque algunos ejemplos gloriosos hay de gente de mi quinta –e incluso mayor- que anda por ahí entrelazando los dedos de las manos y los de los pies sin el menor rubor o inconveniente social.

Creo que, en el fondo, me he venido con la penita pena de no haberme dejado llevar por los cantos de sirena –de tritón en este caso- que me endulzaron los oídos varias noches seguidas en una hermosa ciudad blanca; que luego piensas eso de que “a quién le amarga un dulce” y se te queda como un regustillo medio amargo medio picoso de lo que pudo haber sido y no fue.

Pero dejémonos de divagaciones sin sentido. En realidad lo que no quiero –y por eso me hice instalar el “dispositivo preventivo de enamoramientos a destiempo”- es sufrir ni un minuto más de los que me queden de vida por desamor. Sí, he dicho bien, por desamor. Que no es el amor el que hace sufrir, que lo que revienta es cuando se va marchitando y no se ha inventado el fertilizante que haga que vuelvan a florecer las hojas decaídas. Enamorarse estaría bien si el guión se escribiera con final feliz, no digo yo que todas las veces, pero sí la mayoría, y mirando las “películas” de las que he sido protagonista y las que siguen “rodando” amigas y amigos a mi alrededor, como no veo más que cenizas donde hubo llamaradas, como no queda más consuelo del consabido “fue bonito mientras duró”… Y eso dejando de lado las “historias de amor” que se convierten en “películas de serie B”, así que he vuelto de Mexico con la sonrisa a media asta aunque, por otro lado, bien contenta de que el “dispositivo de seguridad” haya funcionado convenientemente.

Que ya tengo bastantes amores en la otra punta del mapa –me refiero a mis hijas- como para echar más leña al fuego, que una ya no está para esos trotes -me refiero a los viajes interminables en avión- y que es bonito y saludable aceptar las propias limitaciones con deportividad y decir: “bueno, bien está lo que bien acaba, incluso aunque ni siquiera haya empezado” y me quedo con lo de aquí, con la serenidad de los amigos del alma –aunque sean sin derecho a roce-, evitando sobresaltos emocionales y tocando madera porque ya se sabe que basta que uno no quiera té para que la vida le obligue a beber taza y media.

En fin.

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Experimento: “¿Y si dejáramos de llamar a la gente?”
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Cecilia Casado | 13-04-2015 | 08:07| 12

La otra noche tuve sesión telefónica con una amiga. Ni a ella ni a mí nos apetecía hacer otra cosa que ponernos al día de nuestras cuitas y logros habida cuenta de que la distancia que nos separa es poco propicia al encuentro físico delante de un buen gintonic. Estuvimos casi dos horas dale que te pego y cuando se nos calentaron las orejas, hicimos un receso de cinco minutos y volvimos a la carga con ganas renovadas. Ella fumando como una posesa y yo sin quejarme; yo con mi jazz de fondo que tan poco le gusta a ella. Situación perfecta.

En un momento determinado se me ocurrió decirle (era el cuarto de hora de los “reproches” que toda amiga que se precie tiene derecho a hacer) si se había percatado de que habitualmente era yo la que movía ficha llamándole y ella se limitaba a estar o no estar al otro lado de la línea. Arguyó que eso era porque yo ando entrando y saliendo y ella es más casera que yo, o sea, más fácil de localizar en el sofá de su cuarto de estar. Entonces le pregunté si al resto de sus amistades también les hacía lo mismo o, por el contrario, tomaba ella la iniciativa en la relación. Se lo pensó y me respondió lo siguiente: “es que yo no soy de llamar…”

-¡Vaya por Dios! ¡A ver si resulta que llevamos casi diez años de amistad y yo molestándote y tú sin decirme nada! -le espeté-, a lo que ella insistió de nuevo en su costumbre de no llamar, de no dar el primer paso. De una cosa pasamos a otra y me empeñé en que nos imagináramos en qué quedaría nuestra relación si YO dejaba de llamarla cada dos meses más o menos como tengo por costumbre y… el silencio habitó entre nosotras.

Esa noche dormí poco y a saltos; me desperté antes de tiempo con un chirrido en mi mente que me colocaba una y otra vez ante una posibilidad desasosegante, pero más que probable.

¿Qué pasaría si yo dejara de ser la típica persona –que lo soy- que se acuerda de fechas, de eventos, de visitas al médico, de enfermedades de familiares, que llama, pregunta, se interesa y mantiene viva la llama de la amistad? (qué frase más cursi me ha salido, pero ahí lo dejo).

¿Y si hiciera un  experimento?. ¿Qué pasaría si a partir de hoy lunes 13 de Abril de 2015 estuviera un par de semanitas sin enviar a NADIE –pero a nadie a nadie- un whatsapp? ¿Qué ocurriría si no conectase el Skype, y pusiera el móvil en modo “huelga de dedos caídos y –hablando de dedos caídos- me abstuviera también de escribir esos largos (y a veces enjundiosos) emails con los que obsequio/martirizo a mis amigos lejanos de vez en cuando. ¿Y si dejara de organizar citas o encuentros para el pintxo-pote, ni para comer o cenar, ni para dar paseos ni ir al monte ni nada de nada? ¿Y si dejara de hacer cenitas en mi casa…me invitarían mis amigos a cenar en la suya?

Así descubriría si están todos los que son y son todos los que están…

Me podría llevar una sorpresa –casi seguro que me la llevaría; lo que no no sabré nunca es si sería una sorpresa alegre o una sorpresa triste. Lo importante es no tener expectativas, tan sólo hacer este pequeño “experimento” sin contárselo a nadie, que el factor sorpresa es muy importante. ¿Me atreveré?

Luego podría escribir mis conclusiones, como en esos sueltos de Agencia que aparecen en la prensa contando que los “expertos” de tal o cual Universidad del otro lado del planeta han llevado a cabo un estudio entre 89 personas del sexo femenino concluyendo que las mujeres sin pareja de más de cincuenta años tienen más expectativas de longevidad que las mismas de su edad pero casadas. Vamos, una chorrada como la copa de un pino –excepto que te paguen por ello, claro está.

La verdad es que no sé si tengo muchas ganas de jugar, pero yo lanzo la idea por si a alguien le sirve de algo y…a ver qué pasa. 

Y que lo cuente aquí dentro de dos semanas y lo publicamos y a ver si nos dan un titular en el periódico. Humor que no nos falte y que los dioses nos cojan confesados…

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.