Diario Vasco
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La vida a través del móvil
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Cecilia Casado | hace 3 horas| 0

 

Estoy cabreada. Podría estar triste, pero he decidido dejar que el enfado aflore de donde se instaló hace unos días como consecuencia de tanta idiotez humana socialmente admitida. Me da igual que alguien pueda pensar que me paso de arrogante y tal y cual, los hechos son tan absurdos a la vez que inadmisibles que tan sólo un débil mental podrá justificarlos.

¿Que de qué hablo? Pues de la costumbre que ha cogido el personal de grabar con el móvil todo aquello que se le pone por delante y que le llama la atención porque lleva el componente ideal para lucirse en un protagonismo de tres al cuarto: el morbo.

¿Que ves a un subnormal pegándole a una mujer en mitad de la calle? Pues a grabarlo con el móvil.

¿Que te tropiezas con una ancianita que se cae al suelo y se rompe la cadera? Pues a grabarlo con el móvil.

¿Que ves de lejos a una pareja dándose el lote? Pues a grabarlo con el móvil.

Con el fin único y dignísimo de enseñarlo a la cuadrilla, compartirlo en el grupo de whatsapp, subirlo a Facebook o ponerlo en YouTube como si fuera un cortometraje del último director de cine de vanguardia. Para enseñarlo en la sobremesa familiar del domingo o en la cogorza del sábado noche con los coleguis, en plan, “mira, mira lo que grabé ayer, flipante ¿no?”

Poca gente –de los que viven su vida a través del móvil- es realmente consciente del daño que hacen a los demás (por no hablar del que se hacen a sí mismos, pero esto ya entra dentro de lo utópico de la evolución del borrikote sapiens), utilizando el rostro de personas que tienen derecho a su intimidad para reirse de ellas o hacerse los guays a su costa.

Se me hincha el trigémino de pensar que cualquier día me resbalo en la calle, me caigo patas arriba en un charco, me rompo una pierna, me pilla una moto, me pega una hostia un borracho o me dan en la cabeza con una piedra y allí va a estar, el subnormal de turno con su smartphone grabándolo todo para conseguir su miserable minuto de gloria a costa del infortunio ajeno.

(Me he dado veinte minutos de intermedio para que se me pase el enfado. Gracias a una cervecita ahora estoy más calmada, aunque triste).

No es únicamente el hecho de pasarnos el día con la cabeza gacha mirando la pantallita del teléfono móvil, no, no es sólo eso, vamos mucho más allá en la degeneración a la que le hemos abierto la puerta de nuestra mente, al desfase neurótico en el comportamiento y, sobre todo, a la pérdida de calidad como seres humanos conscientes.

Amistades virtuales en el grupo de whatsapp que nunca tienen tiempo para juntarse, encuentros por skype, selfies sacando la lengua o haciendo gestos ridículos pero que están de moda y de los que se avergonzarán en poco tiempo; besos congelados, abrazos muertos, cenas románticas con el móvil junto al plato, orgasmos retransmitidos desde debajo de la almohada, idioteces fotografiadas en el espejo del baño… Y eso sin contar el lado oscuro del asunto, los abusos, las violaciones, el dolor ajeno en directo.

Me pregunto qué puedo hacer para mitigar esta plaga, para no contribuir a la debacle que se avecina (de insospechadas consecuencias todavía) y tan sólo se me ocurre lo de siempre, la gotita de agua en el océano, el grano de arena en la gran playa, la cucharilla para remover la tierra de la base de la montaña. Respetar al prójimo y respetarme a mí misma. No parece tan difícil…

En fin.

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Viajar con el perro puesto
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Cecilia Casado | 23-08-2016 | 18:09| 0

 

 

Elur se acomoda en el asiento trasero del coche rojo; se deja atar al cinturón de seguridad y coge postura para dormir. Ya sabe que hay un largo trayecto por delante, que escuchará música sin parar y que tendrá que aguantarse el pis hasta Zaragoza como mínimo. A veces se despierta y tiene ganas de parloteo y se pone a ladrar provocándome para que yo le responda con mis aullidos/ladridos inventados; es un juego que le encanta y al que siempre acabo sucumbiendo por puro cansancio ya que se me da bastante peor hablar en su idioma que en el mío.

Pero a lo que iba.

En esta última travesía por carretera desde el Cantábrico hasta el Mediterráneo recalé en un Hotel-Restaurante-Bar de Aragón hacia las diez de la mañana para tomar un café e ir al lavabo. Evito la autopista para poder acceder a algún lugar donde admitan perros puesto que si no me veo obligada a dejarlo dentro del coche –o atado al retrovisor si hace mucho calor- mientras recupero energías y como tuve la suerte de encontrar el lugar referido sin pegatina alguna que vetara el acceso a los perros, entré toda ufana en el lugar con mi perrillo a la zaga de la correa que lo ata a mi mano.

Nada más atravesar el umbral del bar una camarera (la camarera única que atendía) se dirigió hacia mí enfurecida y con gesto airado y voz brusca me dijo: “¡Aquí no pueden entrar perros!”. Vaya –pensé- ya me he tropezado con alguien que está trabajando de mal humor y que se ha dejado la buena educación en casa. Amablemente –de primeras siempre soy amable- le dije que no había visto ningún cartel que impidiera el acceso de perros a lo que ella, brava y aguerrida, se me puso en jarras y me espetó: “!!!Señora, en España no pueden entrar los perros en ningún restaurante!!!”

Vaya –volví a pensar-, encima de maleducada mal informada y me di media vuelta saliendo del negocio para atar a mi perrillo a la manilla de la puerta del bar, por la parte de fuera pero a la vista, mientras  solicitaba me pusiera un café con leche. Accedí a los lavabos donde descubrí que estos adolecían de algo tan importante como la falta de educación de la trabajadora, a saber, de papel higiénico, por lo que volví sobre mis pasos a solicitarlo. Mientras tanto, la camarera miraba con ojos aviesos a mi perrillo que, desde el otro lado de la cristalera, esperaba pacientemente a que yo culminara con mis necesidades para proceder él a las suyas. Qué situación más estúpida –pensé, enrarecido ya el pensamiento; el café con leche enfriándose, la camarera sirviendo a otros clientes, el wc sin papel, mi perrillo en la calle y yo rebuscando en mi bolso alguna moneda para pagar y no hallando más que un billete de 50€ que fue recibido con mal gesto, como si fuera falso. -“¿No tiene cambio?” – “Pues va a ser que no” – “Espere”. – “Vale”.

Mientras tanto entró en el bar una familia completa (tres adultos y tres niños) que se pusieron a hacerle cucamonas a Elur a la puerta misma del bar, dejando al personal en corriente de aire y llamando la atención ya manifiestamente malhumorada de la camarera que, pobrecilla, apareció por la puerta de la cocina cargada con ese rollo de papel higiénico que mide cinco kilómetros y las vueltas del pago de mi café con leche. Los niños corretearon entre todas las mesas del bar, movieron las sillas de sitio con singulares chirridos, se pelearon para decidir qué querían tomar cada uno, la madre le pegó cuatro berridos al mayor y el padre se cagó en todo lo que se movía a voz en grito amenazando a sus vástagos con repartir estopa si no se callaban y se estaban quietos.

Entonces, como yo ya empezaba a reir por dentro y por fuera, le dije en voz alta y clara a la camarera a ver si sería tan amable de vigilar a mi perrillo mientras entraba al lavabo… La buena mujer no daba crédito –o sí lo daba y no sabía qué hacer- así que, mientras buscaba en su repertorio alguna respuesta adecuada a mi desfachatez, aproveché para terminar con éxito mi estadía en tan infausto Hotel/Restaurante/Bar de la carretera Nacional 232 y allí los dejé a todos, con la Normativa a cuestas sobre la prohibición de acceso a locales públicos de perros atados que pesan cuatro kilos y medio y la laguna legal que no dice nada de cachorros de humano sueltos de veinticinco kilos con sus correspondientes progenitores que gritan y molestan lo que no está escrito.

Ay, mi perrito bonito, cómo lo quiero yo…

En fin.

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De vuelta a la playa
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Cecilia Casado | 22-08-2016 | 19:33| 0

 

Una de las diferencias básicas entre el Cantábrico y el Mediterráneo estriba en que en el primero no puedes sentarte a meditar cerca de la orilla por más de un rato relativamente corto: los paseantes te atropellarán o la marea –si es que está subiendo- te empapará. Pero en el Mediterráneo la cosa cambia sustancialmente; puedes sentarte casi con los pies metidos en el agua y no te avasallará una turbamulta paseante ni el agua dejará de mantener su ritmo cadencioso. Aquí la gente pasea por el paseo marítimo al caer la tarde y en la playa se limita a tomar el sol, jugar en el agua y dar de comer al dueño del chiringuito más cercano.

Esta situación es perfecta para las personas que, como yo misma, van a la playa únicamente por el placer de oler el mar, escuchar el mar, contemplar el mar y bañarse en él. Dejarse llevar por esos sentidos corporales y que el ánimo se acomode a un pensamiento volandero o a la simple y sencilla divagación.

Y observar a diestro y siniestro porque no es la playa el lugar idóneo –a mi entender- para leer un libro (cualquier clase de libro). El reflejo del sol daña la vista y el cansancio ocular aflora enseguida. Como revistas no leo y sudokus no hago y tampoco me expongo al sol en plan lagartija ni me quedo dormida no me queda otra que mirar al horizonte y perderme en ensoñaciones.

Ayer mismo, de vuelta de dar un largo paseo por la orilla –somos cuatro los paseantes a primerísimo hora de la mañana- fui observando que, a la altura de los hoteles que festonean la costa, la masa humana se concentra como si les acuciara la necesidad de agruparse frente a un hipotético enemigo. Un poco más allá, tan sólo cincuenta metros, extensiones de playa limpia y virgen dormitan al sol sin pies que profanen la arena ni gritos que asusten a los cangrejos. ¿Por qué se hacina la gente cuando tiene la posibilidad de ubicarse en espacios grandes? ¿Será por miedo o por pura vagancia? Todos los rusos juntos. Todos los alemanes juntos. Los catalanes de la zona a la altura del aparcamiento. Los turistas nacionales, alrededor del chiringuito. Creo que le llaman “efecto lapa”.

Las tumbonas. Esos mamotretos que alguna empresa con monopolio municipal –todas azules, todas cada año un poco más viejas- se alquilan al módico precio de 5€. Si te vas a casa y luego vuelves hay que volver a pagar el alquiler aunque sea en el mismo día. Al filo de la mañanita, cuando gusto de pasearme el entorno solitario y hermoso, observo a los “tumboneros” colocando su mercancía, de dos en dos, en las mejores posiciones cerca de la orilla del mar y orientadas hacia el astro rey. Luego van llegando los de casa y protestan, “eh, que la playa es pública” y van acomodándose alrededor de las solitarias y vacías tumbonas que están esperando a que alguna pareja de despistados abone los 10€ correspondientes por tumbarse sobre una superficie plástica, oliendo a aceites de mil cuerpos pretéritos. Las utilizan de otra manera los subsaharianos ilegales para esconderse debajo cuando asoman por el paseo los chalecos reflectantes de la guardia municipal de playas.

Ahí llegan: los vendedores ambulantes en la playa. Esa es otra y no de tamaño pequeño. Estando como está absolutamente prohibida la venta ambulante –no sólo en la playa sino en todo el pueblo- los pobres vendedores pululan por la arena ofreciendo sus mercancías made in china pero con marcas francesas imitadas. Cuando se acostumbran dejan de mirar los pechos de las adoradoras de Helios y se dedican a lo suyo: a ganarse la comisión que la mafia de turno les ofrece por cada bolso, cartera, gafas o gorra vendida. Los municipales miran desde lejos y no hacen nada porque no tienen orden de hacer nada, lo que siempre me ha llevado a pensar si el tinglado de venta ambulante en la playa no está dirigido por algún concejal con sonrisa de conejo por delante y muchos votos por detrás. Me desconcentran. Luego vienen las familias con sus niños y sus suegras y cuñadas –que son las que más gritan después de las madres. Los niños molestan bastante menos que sus mayores.

Es entonces cuando llega el momento de marcharme con viento fresco –aunque en realidad sea bastante calentito- y cuando echo la última mirada a la playa repleta, se me ocurre pensar que la crisis empuja al que no tiene dinero a disfrutar de un espacio lúdico, hermoso y natural que es gratis a la vez que los hoteles están repletos hasta la bandera de foráneos que vienen a dejar sus dineros en esta tierra maltratada por tanto y por tantos.

En fin.

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Helados de Semana Grande
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Cecilia Casado | 09-08-2016 | 14:39| 15

 

Yo tendría más o menos ocho años y del mundo ya sabía más de lo necesario para esa edad, a saber, que la vida podía ser terriblemente injusta y deliciosamente agradable a la vez. Y en ese tema los helados forman parte importante de mi recuerdo. De las horribles sesiones de dentista/torturador de la época, me he quedado con el helado “de corte” con el que después me aliviaba mi madre el sufrimiento. Era un premio de consolación (y vaya que si consolaba).

Pasar largas temporadas en casa de mis abuelos, alejada de mis padres y hermanas pequeñas, hallaba el pequeño espacio de equilibrio emocional cuando llegaba el domingo y con él el postre suculento en forma de helado, otro “premio de consolación” con aspecto lujoso que tapaba otras penas a la vez que las endulzaba.

Al no existir frigoríficos con congelador los helados eran artesanales (quién los pillara ahora entre las capas de grasa, colorantes autorizados y potenciadores de sabor al uso) y para degustar tal exquisitez no quedaba más remedio que recurrir a la inmediatez de la compra. En San Sebastián, en el barrio de Gros, existía un establecimiento que me fascinaba; una horchatería/heladería que abría únicamente de primavera a otoño y cuyos productos me atraían tanto como un abrazo cariñoso. “Heladería Española” era su nombre, venerado por la chavalería y por quienes podían permitirse el pequeño dispendio de una horchata, un helado de chocolate, café, chantilly, fresa, limón, vainilla o tutti fruti. No había más paleta de sabores… ni falta que hacía. El negocio sucumbió al cansancio y al asalto de los helados industriales hace ya algunos años.

El domingo, en casa de mis abuelos, si los vientos soplaban favorables, de postre había helado. Un helado que traían a la puerta en un termo de corcho –que luego fue poliespán-  de color verde, de la mano de un repartidor con bicicleta. Yo veía a aquellos chavales que dedicaban la sobremesa del domingo a repartir helados por el barrio a cambio de la simple propina que les dábamos y me parecía muy triste, pensaba que ellos eran “pobres” y nosotros “ricos”, que era algo así como creer que unos éramos más felices que otros y que la vara de medir tenía forma de helado de cucurucho.

Aunque también estaban “Los Italianos” y la heladería “Vesubio”. Establecimientos ubicados en el Centro y en la Parte Vieja habiendo resistido uno de ellos –casi en su formato original- hasta el día de hoy. Algunas panaderías/pastelerías también dedicaron una parte de su negocio a fabricar helados, pero primaba la cantidad sobre la calidad, buscaban el precio barato y popularizar la delicatessen que ya iba convirtiéndose en algo más popular. Fabricaban sobre todo “polos”, aquellas porquerías de hielo de colores que eran un mal sustitutivo del helado “de verdad”. Inventaron el bombón helado, el plátano helado y el helado “al corte”, y no había evento, celebración, boda, bautizo o cumpleaños que se preciara que no incluyera helado en el menú del postre, aunque no fuera más que una bola de vainilla al lado de la tarta preceptiva.

Pero a lo que iba. Que tus abuelos te invitaran a un helado cuando salías a pasear con ellos ya era motivo suficiente para justificar toda una tarde dando vueltas y saludando a gente (ellos, no yo). Tomar un helado era un lujo; un lujo al alcance de casi todos pero un lujo en una época en la que no se acostumbraba a tomar fuera de casa prácticamente nada. A ninguna madre se le hubiera ocurrido dar a su hijo una merienda que no fuera el consabido bocadillo preparado en casa; para eso estaban los abuelos.

Así que el hecho de tomar un helado estaba relacionado con algo especial; como la Semana Grande o que te hubieran llevado al dentista. Esos días de Agosto se salía de casa después de cenar y de postre te invitaban a un helado: eso era un lujo. Como el pollo de los domingos.  Ahora, que todos somos igual de pobres y ya no estamos para lujos, se ha transmitido de abuelos a nietos el recuerdo de un placer que hoy en día ya no lo es más que en un recóndito lugar de la memoria nostálgica. Aunque todavía haya quien se engañe creyendo que es una tradición. Como el pollo de los domingos.

Comienza la Semana Grande y una turbamulta ilusionada consumirá helados sin parar, antes, durante y después de…lo que sea.

Es el momento en el que instalo mi “frontera portátil” y me quedo lejos del ruido, del fragor de la fiesta…y de los helados. Vacaciones en el barrio desierto, les llamo yo.

Me retiro a mis aposentos, pero dejo el Blog ABIERTO a aportaciones, comentarios y apuntes diversos. Que no decaiga…

En fin.

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Crecimiento personal. “La vida en dos actos”
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Cecilia Casado | 10-08-2016 | 08:03| 21

 

Desde que atravesé el “ecuador” de la vida –menudo eufemismo- y fue un hecho que “ya no cumpliría los 50”, mi mente ha dado un giro de 360º y se ha posicionado otra vez en la casilla de salida aunque habiendo modificado al propio gusto y personal interés el tablero de juego.

Digamos que el vuelco comenzó en el año 2000 –por aquello de tener una fecha redonda sobre la que apoyarme; aquel año de infausto recuerdo me estrellé con mi moto frontalmente contra un auto que se saltó un STOP y estuve varios meses de baja. Además, el que creía “el hombre de mi vida” me traicionó arteramente (como se comenten todas las traiciones). Mi cuerpo reaccionó ante el sufrimiento que no sabía gestionar y formó un tumor en el pecho izquierdo que hubo de ser extirpado para comprobar que –bendita buena suerte- me iba a ser ofrecida otra oportunidad.

Me quedaban mis hijas y el trabajo, -valiosos puntales-, y los restos de mí misma, aunque no pasaron muchos años sin que la montaña laboral se llenara de grietas y me abocara indefectiblemente a una prejubilación forzosa. La vida patas arriba.

No fueron buenos tiempos, no lo fueron en verdad, pero como no tenía más que dos opciones –luchar o tirar la toalla- elegí la que me pareció emocionalmente más inteligente, la primera, porque tenía en mi corazón la responsabilidad de la vida de mis hijas. Así que hice lo que me tocaba hacer, es decir, reciclarme a mí misma. (Hay quien dice que se “reinventa”, pero me suena pretencioso)

Cumplidos los cincuenta años y con toda la vida por delante (toda la que me quedaba) miré hacia atrás UNA SOLA VEZ. Me ví a mí misma sin ser yo misma, acuciada por la presión familiar y social de “ser alguien” o “llegar a algo”. Años estériles de esfuerzo, trabajo y cansancio… ¿para qué? Para cumplir con el mandato educacional sin tener en cuenta mis verdaderos deseos, mis capacidades, mi voluntad y mi libertad. Como tantas otras mujeres (y tantos hombres) hice lo que se esperaba de mí que hiciera. Pero lo hice a mi manera, de forma que los resultados no fueron los marcados en la estadística al efecto. Estudié, trabajé, me casé, tuve hijos, me divorcié, di la nota, me peleé con mi pequeño mundo y acabé con cincuenta años con “una mano delante y otra detrás” emocionalmente. Perfecto. Ideal para volver a empezar. Fin del Primer Acto.

Swami Prajnanpad, un luminoso sabio hindú, definió las tareas de la vida de una manera tan simple, sencilla y rotunda que casi cuesta percibir su profundidad y nítida verdad: “hacer lo que tenemos que hacer, dar lo que tenemos para dar y recibir lo que nos toca recibir.” Simplemente eso.

Lo mejor de todo esto es que yo he vuelto a tropezarme con esta frase en un libro*, y también con el sentimiento de que llevo varios años haciendo justo lo que el sabio propugna; atisbos de íntima felicidad. Más que nada porque me doy cuenta de que nadie “inventa la pólvora” sino que hay una pequeña sabiduría dentro de cada uno de nosotros que nos indica el camino a seguir; otra cosa es que nos atrevamos a seguirlo.

En el Segundo Acto de mi vida estoy haciendo lo que tengo que hacer y no otra cosa: vivo tranquila, escucho a mi cuerpo, siento la Naturaleza, he dejado de perseguir cualquier meta. Doy y comparto lo que tengo para dar: mis palabras, mi tiempo, mis reflexiones, mi autocrítica. Y recibo lo que ahora me llega, que es tanto que jamás habría podido imaginarlo.

Leo por penúltima vez el libreto de mi vida y me doy cuenta de que lo que hice hasta los cincuenta no fue más que la preparación del terreno para lo que iba a sembrar después. Es decir, ahora.

En fin.

LaAlquimista

(*) “Vivir en el alma” Joan Garriga Bacardí

 

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.

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