Diario Vasco

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¿Merecemos celebrar nuestro cumpleaños?
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Cecilia Casado | 12-09-2014 | 05:36| 19

  • Todos los años por estas fechas me acuerdo de Marlo Morgan y su inefable libro autobiográfico “Las voces del desierto”. En él narra en primera persona su aventura con los aborígenes del “outback” australiano y su encuentro con una de las innumerables almas gemelas que (dicen) tenemos.
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¿Qué es ser espiritual?
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Cecilia Casado | 10-09-2014 | 07:23| 12

 

 

Desde hace ya bastante tiempo me andaba rondando en la cabeza la necesidad de concretar una reflexión propia sobre “la gente espiritual”, dicho este término como resumen o compendio de toda tendencia a desapegarse de alguna manera de lo superfluo de nuestra sociedad y ahondar un poco –aunque tan sólo sea un poco- en los recovecos del espíritu, no precisamente con afán o tendencia a lo religioso, sino únicamente como búsqueda del camino hacia la personal trascendencia como seres humanoReleo el párrafo anterior y lo encuentro farragoso. ¿Es que no se explicarme con más claridad y sencillez?

También yo estoy “contaminada” por los aires “espirituales” de moda y su vocabulario particular. Posiblemente también me haya dejado encandilar por ciertos cantos de sirena que hablan de “ser mejor persona”, de buscar y encontrar, de sentir sin padecer, de subir un peldaño en la escala que sea y, eso sí, mirar a los demás desde arriba, como diciendo “yo soy espiritual y tú te has quedado en el camino”.

Dejaré claro que “espiritual” significa referido a la persona: “muy sensible y poco interesada en lo material”. Sin darle más vueltas. Sin buscarle tres pies al gato, he aquí una definición perfecta de lo que tendría que ser una persona espiritual y no lo que nos venden estos últimos tiempos.

Cursos y cursillos, Convivencias y Retiros, Meditaciones y toda una serie de propuestas para, teóricamente –y como si fuera una asignatura lectiva- acercarse a lo interno del ser humano, la esencia, el poso profundo donde anida el espíritu primigenio aplastado por la superficialidad de la sociedad en la que hemos crecido.

Cursos y Cursillos que cuestan un dineral, donde se presenta un “guru” revestido de un halo espiritual que nos va a enseñar –a quienes no sabemos nada de ello porque hasta ese momento hemos estado en la caverna con los ojos cerrados- a apartar el ego de nuestra vida, a dejar la mente en reposo mediante la meditación, a ser “mejores” de alguna manera, además de comer diferente, no beber alcohol, no fumar ni tomar drogas y acercarse –de veras o de mentirijillas- a un mundo paralelo de espiritualidad al alcance de unos pocos elegidos.

Luego puede resultar que algunas de estas personas no sepan vivir sin ir a los mejores restaurantes o comprarse ropa nueva continuamente; o puede resultar que esas personas que sólo leen libros “espirituales” y que tienen un discurso lanzado desde un peldaño más arriba, no se tomen el tiempo necesario de tratar al que tienen al lado con AMOR del sencillo, cotidiano, del que hay que arrimar el hombro en la práctica, porque se han quedado en la teoría intocable de lo que se llama “espiritualidad”.

Yo soy espiritual porque soy muy sensible a la indignidad, la falta de libertad y la ausencia de valores humanos. Soy espiritual porque no valoro apenas los bienes materiales. Pero no lo soy porque medite quince minutos todos los días y luego le niegue la palabra a quien me quiera hablar. Me niego a reconocer espiritualidad alguna en todos esos montajes de fin de semana a base de: “convivencia en silencio, meditación, comidas a base de alpiste, charlas magistrales por maestros titulados y sentirse mejor que los demás”.

La contradicción está servida en este tema. Basta con mirar alrededor y darse cuenta de que ningún “maestro” hace alarde de serlo y de que quienes cacarean sus caros y elitistas cursos no están precisamente siendo coherentes con la “espiritualidad” que venden.

Por el contrario, se puede ser sencillo como persona-humana, no dar lecciones al prójimo como si el prójimo formara parte de una sub-especie y admitir la propia ignorancia en tantos y tantos temas con un poco de sinceridad y humildad.

“Espirituales” somos legión…aunque no vendamos nada.

En fin.

LaAlquimista

-Fotografía: Alejandro Ashley

 

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Pequeñas observaciones sin importancia (II)
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Cecilia Casado | 08-09-2014 | 09:18| 23

 

A veces la gente se para delante de mí, justo donde estoy sentada con mi libro a cuestas y la imaginación a flor de piel. A veces se detienen tan-tan cerca que me es imposible obviar su presencia, dejar de escuchar su conversación, apreciar incluso el olor de su piel. La incomodidad entonces me asalta y me invita a moverme de sitio, desplazarme un poco más lejos de su involuntario avasallamiento, pero no siempre lo hago puesto que me he dado cuenta de que es un acto descarado, un poco flagrante, que incluso puede molestar al otro que no se ha dado cuenta de las invisibles líneas que delimitan los espacios individuales.

Así que ayer me quedé quieta en mi sitio, sin mover ni una pestaña, cuando a menos de medio metro del banco en el que yo contemplaba la tarde llena de vida ir y venir, se pararon a saludarse un hombre y una mujer. Adultos mayores ambos, expresaron sorpresa y agrado por el encuentro (sobre todo él) que saludó a su “amiga” con un sonoro beso en la mejilla (¿izquierda?) mientras que ella, mucho más comedida, se limitó a ofrecerle una sonrisa de compromiso.

La conversación fue anodina. Que si qué tal, que si cuánto tiempo, que si cómo van fulanito y menganita y que vaya tiempo más revuelto y ya parece que se van yendo los guiris en sus vuelos charter allende los Balcanes… Me tapaban el sol y como el sabio a Alejandro Magno les hubiera pedido que se desplazaran un metro a babor, pero no hizo falta. La conversación languidecía a ojos vistas y en tres minutos se despachó el encuentro. Ella adujo tener prisa y él dijo que también. Luego él volvió a posar un ósculo sobre la mejilla de la señora y ella tampoco se lo devolvió. Al salir cada uno para su lado, ella, de frente a mí, sacó de su bolso un pañuelo y se limpió –casi se restregó- la mejilla besada.

No pude reprimir un gesto de sorpresa (no era culpa mía, sino suya) por el detalle tan feo, tan feo…

Luego volví la vista hacia mi libro y dejé pasar la vida.

En fin.

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Las sorpresas de la convivencia (I)
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Cecilia Casado | 06-09-2014 | 07:49| 16

 

Dicen que la convivencia mata el amor entre las parejas y eso es tanto como decir que cuando hay poco amor éste no resiste las fricciones de paredes comunes. Dicen que de puertas para adentro es cuando se conoce realmente a las personas, que casi todos tenemos dos caras, una para lucirla por la calle y otra para andar por casa. Dicen también –aunque yo no lo he aplaudido jamás- que la verdadera personalidad aflora cuando uno se calza las zapatillas viejas que más cómodas le resultan… 

Pero independientemente de lo que se diga por ahí, yo tengo mi propia experiencia, cada vez más extensa, puesto que no he dejado (y no pienso dejar) de invitar a personas “amigas” a mi casa, a compartir el pan y la sal, a dormir bajo mi techo, a comer mi comida y demostrarles así la confianza que les tengo amen del cariño incondicional.

Es esta actitud mía asaz peligrosa puesto que se corre el riesgo de encontrarse en situaciones inesperadas, insospechadas o incluso totalmente absurdas; no obstante, mantengo mi costumbre pertinaz porque el balance siempre se inclina a favor del conocimiento de personas humanas que enriquecen mi vida durante el tiempo compartido.

Contaré dos ejemplos, dos situaciones vividas ambas en los últimos meses. Una de ellas con una persona absolutamente desconocida; la otra con una persona amiga y cercana.

Ya conté alguna vez en este blog que formo parte de una asociación que se llama “The Hospitality Club” cuyos miembros ofrecen cobijo y atención –durante unas pocas noches- a viajeros de otros países o regiones que quieren conocer nuestra tierra relacionándose directamente con el “paisanaje”. También cuenta el hecho de ahorrarse el hospedaje, pero esa vertiente del asunto no me interesa ni la tengo presente cuando abro las puertas de mi casa a alguien que, a través del Club me lo solicita.

Así tuvimos en casa a Sergei, un ruso moscovita, bohemio, viajero recalcitrante, cineasta, artista, fotógrafo, que viaja durante seis meses al año por todo el mapamundi y que solicitó mi amparo donostiarra para comenzar desde la mismísima bahía de la Concha su Camino de Santiago por la Costa. Un tipo con cara de niño bueno que desdecía sus cuarenta y tres, un hombre educado que se descalzó al entrar en mi casa, que alabó y agradeció la cama confortable, la compañía, la cocina vasca con la que fue feliz a la hora de la cena. A cambio nos contó cosas de su país que no figuran en la wikipedia y que nos estremecieron y que no soy capaz de reproducir aquí… ¡Tienen tan poca libertad!

En la mañana, después de un copioso y compartido desayuno partió en su peregrinaje provisto de una mochila pequeña, de las de ir al gimnasio y poco más. Ligero de equipaje por fuera y por dentro, fue el ejemplo clarísimo de lo absurdo de viajar cargando “seguridad” cuando basta y sobra con un recambio de ropa y calzado, el sombrero y el corazón abierto, la sonrisa ancha…y la Visa y el Android claro está.

Dejó recogido el cuarto de invitados, fregó los platos, se deshizo en agradecimiento por la hospitalidad, nos prometió volver a visitarnos a la vuelta y cocinar algo rico y ruso, nos ofreció su casa en Rusia y nos abrazó como si fuéramos viejos amigos.

Un aprendizaje perfecto para confiar en el ser humano.

En fin.

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Pequeñas observaciones sin importancia (I)
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Cecilia Casado | 04-09-2014 | 06:56| 28

Me gustan los paseos vespertinos; demorados y un poco lánguidos, dejándome acariciar por un sol rojo contundentemente mediterráneo. Bien por la orilla del mar dejando que el agua se estrelle contra mis pies, bien por el paseo dejando que las siluetas de otros paseantes iluminen mi mirada un instante vivaz, el suficiente como para suscitar el deseo de meterme un segundo en sus vidas.

Me gusta llevar un libro conmigo ya que he aprendido que es la coartada perfecta para observar con disimulo inocente a mis semejantes. Me siento en un banco a ver pasar la vida con el libro entre mis manos y es como si me catapultara a otro espacio diferente, privado e incluso un poco íntimo, desde el que puedo jugar a uno de mis -inocentes todavía- juegos favoritos.

¿Quién no ha fantaseado alguna vez inventando una biografía a perfectos desconocidos con los que se cruza durante un instante efímero?

¿Qué sentirán la pareja treintañera que empuja sendos cochecitos de bebé, llevando él sobre sus hombros a una niña de unos cuatro años y ella en su vientre a una nueva criatura de unos ocho meses?

Él es rubicundo y ya coquetea con la orondez, quizás por empatía con su mujer; ella también es alta, rubia y con la piel visible color cangrejo de río. Quizás han venido de muy lejos –lo deduzco por la camiseta del Barça que luce el hombre- a pasar unas vacaciones familiares “de luxe” en un “todo incluido” frente al mar… Les veo alejarse claqueando con sus “uglyshoes” de moda… Seguramente él dará envidia a sus compañeros de trabajo relatándoles pormenores –reales o exagerados- de lo bien que se vive en España, de lo barato que es todo y del gozo que supone poder ir por la calle en bermudas de baño con el torso desnudo sin congelarse ni que un policía te ponga una multa. Igual ella está deseando volver a su piso del centro de su país ex soviético y poder cocinar su comida de siempre y abandonar los calamares fritos, las croquetas de jamón, los buñuelos de bacalao y los palitos de pescado que componen el bufé libre de cada mediodía y cada noche. Harta de macarrones, de pizza congelada, de piña y melocotón en almíbar ¿pensará que sus vacaciones son maravillosas…?

¿Qué llevarán en la mente el matrimonio “de toda la vida” que se acerca por mi derecha? Él un paso por detrás de ella, llevando el bolsón –de ella- al hombro, como una especie de porteador urbano siguiendo al jefe de la expedición…que es ella. La mujer habla por el móvil en castellano mesetario –por lo bien que se le entiende amen que por los decibelios empleados- con una presumible hija a la que abruma con pormenores meteorológicos mientras el marido, siempre un paso por detrás, marca vista a la derecha hacia un par de bikinis que holgazanean en el chiringuito cercano.

Seguramente –en mi biografía inventada- detentan actitudes que han conformado a los personajes desde hace lustros; esa especie de “supeditación” pública del marido a la esposa –lo de llevar su bolso no lo entenderé jamás de los jamases-, esa aparente necesidad de ella de caminar un paso por delante, marcando una distancia absurda, cuando igual resulta que ambos están al mismo nivel…de lo que sea.

Luego vuelvo la mirada a mi libro que también tiene personajes interesantes…pero mucho menos reales.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.

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