Diario Vasco

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El primer beso… o así
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Cecilia Casado | hace 10 horas| 0

 

Alguien dijo la frase en una sobremesa cálida y dulcemente alcohólica: “esto está más rico que el primer beso”, refiriéndose a un postre de esos que ahora llaman de “autor” y no tienen nada que envidiar a los de “la abuela”. Y fue como si hubiera pasado un ángel, que todas las féminas presentes nos quedamos con la cucharilla en el entresuelo, a mitad de camino de la boca (que besaba) y el corazón (que animaba a hacerlo). La amiga más cercana me miró con cara picarona y sé que pensaba lo mismo que yo: esto hay que recordarlo, bien merece un capítulo aparte –aunque sea pequeñito.

Avivar recuerdos del siglo pasado –cómo suena eso, por todos los demonios- tiene sus ventajas y sus inconvenientes, así que soslayaremos estos últimos y teclearé un rato intentando inventarle palabras a aquel primer ósculo que fue gota de lluvia fresca que acabó en torrente imparable…

La adolescencia en una ciudad provinciana con ínfulas como era la Donosti de los años sesenta no tenía ningún atractivo para las chicas con dos dedos de frente; porque la actitud de los chicos que nos “pretendían” era todo lo opuesto a aquello que alguna vez podíamos haber soñado, no sé si influenciadas por los seriales radiofónicos que invadían las ondas hertzianas o por las revistas del colorín que se ponían a la venta todas las semanas y de las que no podía dar cuenta por estar firmemente prohibidas en mi casa. De hecho, la única manera de sacar un poco la nariz fuera y respirar otro aire la daba una revista francesa “Salut les copains” que me traía una amiga desde la cercana/lejana Francia y que mi madre repasaba concienzudamente antes de permitírmela leer, seccionando con una gillette las páginas donde venían, por ejemplo, anuncios descocados de jóvenes “pollitas” en sujetador.

Es decir, que dejarse besar por un chico era tan arriesgado como intentar ir a misa sin mantilla: merecedor de escarnio público y lapidación de la dichosa “fama” que toda joven debía mantener pura y blanca hasta más o menos los aledaños del altar el día de su boda.

Porque los chicos de entonces alardeaban insensatamente de sus avances con nosotras, los pocos que conseguían traspasar la frontera entre el pecado venial y el pecado mortal que estaba, más o menos, entre el beso en la boca y las manos alrededor de la cintura. Hubo una canción de Los Brincos, llamada “Lola” que nos ponía a cien a todos porque se atrevía a decir con todas las letras que primero “la besé en la cara, la besé en la boca…” y eso, ufff, nos elevaba a las alturas de Hollywood o parecido.

Así las cosas, y después de este prolegómeno morbosillo, tendré que confesar que lo que hacíamos todas, pero todas todas, era tener nuestros “ligues” durante el veraneo vacacional en otras latitudes o, las que se quedaban en la ciudad, aprovechar la estadía de chicos franceses o incluso ingleses que acudían atraídos por las playas norteñas y el buen tiempo veraniego que, curiosamente, respetaba el calendario y no como ahora que hace un calor de castigo en marzo y se tira luego todo el mes de julio lloviendo a cántaros.

Mi primer beso tiene por decorado una noche mediterránea, a principios del mes de septiembre y en la linde de mis catorce años. Salíamos a bailar en grupo chicos y chicas con la necesidad de mezclarnos con gente joven como nosotros, huidos de las severidades paternas que dormían tranquilamente mientras nosotros salíamos furtivamente por puertas y ventanas hacia el “desenfreno” de una discoteca playera, oscura, llena de hormonas y boleros para bailar “agarrao”.

Él se llamaba Antonio y era el socorrista de la piscina del hotel: el más alto, el más cachas y el más puesto en las lides de enamorar a cándidas adolescentes durante quince días. También supongo que era el más creído y pazguato, pero eso no tenía mayor importancia. ¿Cómo es que Antonio me eligió a mí entre el ramillete juvenil que se le ofrecía sin rubor? Seguramente porque yo era la que menos ojitos le puse, seguramente porque llevaba un bañador con faldita horroroso en vez de los primeros bikinis de mis amigas -que parecían cotas de malla- y que no pude llevar hasta bien cumplidos los dieciséis.

Todas mis amigas me vieron, todas mis amigas se lo contaron a sus respectivas madres y algunas de ellas, las amigas, me preguntaron al día siguiente si no tenía miedo de “haberme quedado embarazada” ya que, y esto es lo más grave del asunto, en aquella época, la ignorancia sobre la dinámica procreadora era tal entre las niñas mal o nada informadas por sus madres o el entorno, que se pensaba que de un beso podía devenir un embarazo inopinado.

De aquel primer beso recuerdo la luna llena sobre las rocas maravillosas de Roda de Bará, en una calita que todavía hoy visito, llamada Roc San Cayetano y en donde mi hija pequeña y yo estuvimos este verano deleitándonos con una paella maravillosa y…algunos cuentos tontos sobre mi primer beso. De recuerdo tengo también la sensación horrible que me embargó al día siguiente –domingo- por tener que acudir a la misa en familia y no atreverme a comulgar puesto que, casi con toda seguridad, estaba yo condenada por pecadora…

Cuando volví a Donosti y les conté a mis amigas de aquí “lo que había hecho” éstas se dividieron en dos bandos: las que me tildaron directamente de “atrevida” –por no decir otros epítetos más agresivos- y las que se burlaron de mí por darle importancia a una cosa tan natural como el juego erótico entre chicas y chicos, mucho más deseable cuanto más prohibido estaba.

En realidad somos la última generación –espero- de mujeres –y algunos hombres- que llegamos vírgenes a los matrimonios que nos esperaban, acechantes y casi inevitables, a la vuelta de la esquina de la veintena que ya tenía prisa por llegar.

¡Qué tiempos, qué inocencia! Y cuanta maldad, represión y falta de sentido común por parte de quienes nos hicieron ir en contra de la propia naturaleza y nos metieron en la cabeza el convencimiento de que los besos eran algo pecaminoso…hasta que nos besó el chico guapo que tuvo el valor de enseñarnos el truco de tanta magia escondida.

Ahora hay que fijarse en otros besos, los que nos quedan por regalar, los besos presentes,los besos ausentes, los besos escondidos en el fondo del corazón, los besos que todavía deseamos, los que nos esperan, los que necesitamos…

En fin.

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Sobre las (malas) relaciones familiares
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Cecilia Casado | 17-12-2014 | 08:51| 30

Dicen que “en todas partes cuecen habas y en mi casa a calderadas” y en este caso la sabiduría popular nos da un baño de lucidez a todos los que no somos especialmente amigos del refranero. Porque una cosa es lo que se cuenta de puertas para afuera y otra muy distinta la realidad que se cocina en cada puchero familiar.

El tema está ahí, nos mueve y remueve por dentro a las personas adultas mayores que vemos cómo la vida va pasando arrollando biografías y produciendo daños colaterales que ya difícilmente podrán sanar del “accidente” acaecido después de ser atropellados por la “locomotora familiar”.

¿Quién no conoce a alguien que no se habla con parte de su familia? ¿Existe algún grupo familiar en el que todos sus miembros estén bien avenidos sinceramente?

Tengo un amigo abogado que me cuenta –con discreción pero con contundencia- las horribles peleas familiares a causa de herencias mal acogidas y peor repartidas. Se me hace desagradable imaginar a hermanos odiándose a muerte por un quítame allá esas pajas o unos cientos de miles de euros, pero parece ser que suele ser una situación demasiado frecuente.

También tengo una amiga que trabaja en una residencia geriátrica de esas de mucho pago en la que hay ancianos que tienen familia (sobre todo mujeres) que están aparcados como un coche abandonado a la espera de que una grúa lo lleve al desguace. ¿Qué habrá ocurrido en esos grupos familiares para dejar “olvidado” al abuelo o a la abuela sin que los hijos sientan el menor remordimiento de conciencia? ¿O acaso será la justa cosecha por lo sembrado o una iniquidad manifiesta por parte de la familia? ¡Cualquiera sabe…!

El denominador común más habitual en los casos de “fractura familiar” suele originarse por una diversidad de pareceres entre padres e hijos; es decir, cuando las directrices de unos no coinciden con los intereses de los otros y se produce un enfrentamiento abierto, una lucha que no lleva más que a victorias pírricas y al dolor, la angustia, el trauma incluso por la dignidad aplastada mediante la fuerza de quien ostenta la vara de mando. Porque existen padres injustos, intolerantes e incluso crueles con sus propios hijos, que no les hacen la vida feliz, ni tan siquiera los respetan como seres humanos. Entonces ¿cómo pretender que esos hijos respeten amorosamente a su vez a quien no les respetó a ellos?

Y de aquellos polvos nacen estos lodos en los que tantas personas deciden cortar el hilo que les une a sus familias de origen y quedan fuera de la órbita que tanto les asfixió. Eso sin olvidar a las familias que “destierran” del espacio común a hijos o hermanos por considerarlos dañinos o mal ejemplo para el grupo. En ambos casos la falta de amor y de sentimiento son patentes, con motivos suficientes o con motivos inventados, pero si es un hecho que no lo hay más (el amor) supongo que no quedará más remedio que aceptar la realidad como es y seguir cada uno su camino sin interferir en el del otro.

Lo malo (malísimo) es cuando los miembros de familias desgajadas o disfuncionales se guardan entre sí rencores viejos o resentimientos podridos; probablemente les llevará a no poca infelicidad y a alguna que otra úlcera de estómago, sobre todo si siguen empeñándose en juntarse por Navidad.

Siempre defenderé la postura de que hay que ir donde a uno le quieren. El resto, son ganas de autoflagelarse y una manera segura de perder parte de la dignidad.

En fin.

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Las mejores Navidades de mi vida
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Cecilia Casado | 15-12-2014 | 07:51| 16

Las fiestas navideñas supusieron durante toda mi infancia un tiempo feliz, de hecho EL TIEMPO FELIZ por antonomasia. Y no se piense que mi emoción estaba suscitada por la presumible y deseada, que también, recepción de los regalos del día de Reyes, sino porque era una época en la que nos enseñaron a respirar AMOR, a vivir cada día el AMOR, como si el aire del mes de Diciembre, a partir del solsticio, estuviera cargado de átomos emocionalmente amorosos.

Primero en el colegio, las monjas, ya nos iban preparando y conduciendo al nacimiento bendito y venturoso de una criaturita humilde, venida del cielo, concebida “sin pecado” –que el pecado se entendía como que había sido concebida sin ayuntamiento carnal aunque luego nos explicaran que era otro “pecado” (del extensísimo catálogo disponible) al que se referían ellas, las monjitas. ¡Era todo tan bonito! Incluso me parecía que la nieve –de algodón blanco en los belenes- no producía frío, el asno en el que María viajó sería tan cómodo como el coche de mi padre y que el buey calentaba el portal de Belén tanto como la “catalítica” que teníamos en el salón de casa.

Ensayábamos los villancicos “elegantes”, tipo el Adeste Fideles y tal porque las zambombas y canturriadas no te las enseñaban las monjas, supongo que por considerarlas ordinarias y vulgares. Claro que luego en casa había tres cuartos de lo mismo ya que jamás se cantaron villancicos a voz en grito después del turrón, sino tan sólo cosas “finas”, e incluso alguien llegó a comprar un disco titulado “El pequeño tamborilero” que destrozó nuestras sobremesas hasta más que cumplidos los veinte años (creo que el disco se rayó y ya no se repuso, menos mal).

Las Navidades de mi infancia fueron muy felices porque me creí a pies juntillas que, en esas fechas, todo el mundo tenía algo así como la “obligación sagrada” de ser bueno. Y algo parecía, desde luego, puesto que en casa había más sonrisas amables que gritos y si alguien sacaba los pies del tiesto enseguida se le conminaba a volverlos a meter diciéndole: “eh, que estamos en Navidad…”. Así que, como decía, todos éramos más o menos mejores que el resto del año o por lo menos lo aparentábamos.

El tema de enviar felicitaciones navideñas, tontamente llamadas

christmas  era un capítulo aparte. Era todo un ritual ir a la librería de la esquina y elegirlos cuidadosamente. Había unos de un tal Ferrandis con unos muñequitos horrendos, mofletudos e irreales, pero eran los que más me gustaban, aunque en casa se compraba para enviar a la  lejana familia y a las amistades alguna representación de Murillo o similar en la que se reprodujera una Sagrada Familia como Dios mandaba…Había que enviar muchos christmas  para recibir otros tantos de vuelta y poderlos colgar con cintas rojas de las puertas o ponerlos encima de la tele para que se viera cuantos amigos y familiares teníamos. (Esto seguro que es una tontería, pero las amigas hablábamos de “a ver quien recibe más christmas este año”)

 En mi casa no se ponía un nacimiento o belén al uso. Habiendo cuatro criaturas en edad de soñar e imaginar, nos limitábamos a colocar encima de una mesita en la sala unas figuras de porcelana (de la buena, eso sí) representando “el misterio”: La Virgen, San José, el niño desnudito y la mula y el buey. ¡Aquello era inaudito comparado con los belenes que se organizaban –en todos los sentidos- en casa de mis amigas! Nunca hubo una explicación razonada ni convincente de porqué no montábamos el belén, pero curiosamente, unos cuarenta años después, cuando la infancia se nos había perdido irremediablemente a todas las hijas, mi madre tomó el gusto de comprar un “portal” de los de corcho y virutas de paja, y figuritas de pacotilla del todo a cien, y poner musgo y algún río de papel de plata y animalitos, pastorcillos y hasta los tres reyes magos con sus ofrendas… ¡Qué cosas…!

 El árbol de Navidad con bolas y espumillón lo empezamos a poner en casa cuando yo ya tenía unos doce años –no antes- y porque a mis hermanas (pequeñas) les hacía mucha ilusión. ¡Fue toda una innovación que mis padres aceptaran aquella “costumbre extranjera y pagana”, pero estuvo bien que la aceptaran a pesar de las protestas de mi padre que tenía que ir a cargarlo en la baca del coche a la puerta del mercado de San Martín y luego deshacerse de él cuando las agujas se quedaban secas y morían junto con la Navidad.

 Aun y todo, seguíamos siendo todos “buenos” en casa y era como una tregua bendita que duraba lo que las vacaciones del colegio; una vez pasado el 6 de Enero todas las aguas volvían a su cauce y el espíritu navideño se acababa junto con el último trozo de turrón.

 Pero yo era feliz, muy feliz. Me aprendí docenas de villancicos –escuchados en la radio que era mi fiel compañera cuando casi ninguna niña la escuchaba; también me gustaba muchísimo ir a visitar belenes por las iglesias de la ciudad, con recogimiento y devoción y la sensación de que la religiosidad en esas fechas adquiría una dimensión superior y de la que debía sacar provecho para conseguir “ser más buena”. (Eso me lo sugerían, no era idea mía, faltaría más) A la Misa del Gallo nunca conseguí que me llevaran (o me dejaran ir) porque “no son horas”, aunque en realidad creo que preferíamos quedarnos calentitos delante de la tele viendo gesticular a Raphael y a Lola Flores y a Gila con su teléfono a cuestas.

 En Navidades el amor me era ofrecido por impositivo del calendario y bien que lo disfruté… incluso cuando llegaban los Reyes Magos y había un trozo de carbón en mi zapato al lado de algún juguete goloso, como aviso recordatorio de que no tenía que relajarme en mi más que inacabable cruzada personal por “portarme mejor”. (¡Qué manía, por favor!)

 Las comilonas navideñas de mi infancia no se quedaron grabadas en mi memoria. No fueron habituales los excesos culinarios –por restricciones estomacales de mi padre y falta de imaginación de mi madre- ni las sobremesas con canturriadas, ni partidas de cartas hasta la madrugada, ni desbarres en las libaciones. Se cenaba tranquilamente con manteles, vajilla y cristalería “de la boda” (de mis padres) y luego se veía un rato largo la tele hasta que a mis padres les daba el sueño y entonces todos a la cama y aquí paz y después gloria.

 Pero yo era feliz, muy feliz, porque estábamos todos imbuidos del amor y la paz propia de las fechas. Propia de las fechas…

 En fin.

*¿Te apetece compartirnos las mejores navidades de tu vida?

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Cambiar la piel
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Cecilia Casado | 12-12-2014 | 07:51| 21

Siempre cambio la piel en otoño, quizás influenciada por las hojas caducas, quizás porque el calendario se tiñe de ocres y rojos macilentos. Cambiar la piel significa para mí adecuarme al tiempo nuevo que me queda por vivir arrancándome las escaras del alma, un trabajo delicado y que reviste no poco peligro ya que corro el riesgo de llevarme en el proceso una parte de mí, algo de mi esencia que me sea imprescindible para pasar el invierno que se avecina.

A veces siento que habitan en mí esas hojas sin vida ya que penden solitarias y patéticas de las ramas de algunos árboles sin terminar de caer al suelo para fundirse con todo lo muerto, esperando tan sólo un golpe de viento, un fustazo de la vida, para desprenderse del apego que las mantiene aferradas (estúpidamente) a una rama que ya no las necesita, que ya no las quiere porque brotará algo nuevo y verde más hermoso, más necesario.

La edad me va pesando ya. Unos días me siento una vieja/joven y otros días –para mí pesar- una joven/vieja. Me gusta bailar y ya no bailo. Me gusta enamorarme y no me alcanza ningún enamoramiento. Me gustaban tantas cosas que ya no puedo hacer, que se me sustraen al deseo, que se me escapan como agua entre las manos.

¿Es esto hacerse viejo? Dicen que la vejez es la pérdida de la ilusión, de la curiosidad, del interés por la vida, la ausencia de retos, la huída de la pasión, la sangre detenida en un suspiro inevitable. Esto dicen los expertos que todavía son jóvenes, así que imagino que ellos también lo imaginan, imposible describir lo que no se ha vivido, es una arrogancia imperdonable…

Sin embargo, cada año, cuando voy mudando la piel vieja para dejar que brote algo nuevo en mi interior siento que se me hurtan posibilidades y no puedo evitar sentirme rabiosa de alguna manera.

Me gusta bailar y ya no bailo porque no tengo quien me lleve a bailar. Me gusta enamorarme y ya no me enamoro porque los hombres tienen reparos en acercarse a mí. Me gusta viajar y ahora tengo que hacerlo sola porque mucha gente tiene miedo de gastarse los ahorros por temor a un futuro que ya no les va a alcanzar aunque ellos no lo sepan.

Hay un código no escrito, nefasto, contundente e injusto que dice lo que “se puede y no se puede hacer” a partir de cierta edad. Ni qué decir tiene que me lo voy pasando por el forro siempre que puedo, pero…¡no siempre lo consigo!

Es por eso que tengo que mudar la piel este año con más fuerza, a tirones si es preciso, para darle un respiro a mi espíritu, para que tome aire, fuerza, carrerilla, deseo y necesidad de renovarse, de volver a nacer en brotes verdes (aunque sean verde oscuro), aunque sean diminutos –con ilusiones menores y afanes empequeñecidos por la edad-, pero que vuelvan a nacer, que no se rindan, que no se abandonen a la suerte de la ausencia de ilusiones que, para mí, es como morir en vida y antes de tiempo.

Este otoño que termina ha sido muy duro en lo emocional. He tenido que afrontar una dolorosa despedida y otra no menos triste pérdida. He llorado mis duelos y sobrellevo mal que bien (más bien que mal porque me cuesta el mismo esfuerzo) alguna impuesta soledad en lo físico y en lo anímico. Pero el proceso está en marcha, he vuelto a darle al botón de “regenerar la piel” y dentro de poco, dentro de nada ya, llegará la noche más larga que pasaré abrazada a mis sueños y al anhelo de ver a mis seres amados felices y sonrientes.

Para volver a ser feliz yo misma y compartir con ellos me volverá a crecer la piel, sana y fuerte, resistente y preparada para un nuevo ciclo que no sé cómo será pero que me reconforta saber que llegará.

En fin.

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Personas maltratadas, hoy, aquí y ahora
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Cecilia Casado | 08-12-2014 | 18:31| 7

 

Hablar del maltrato generalizado –físico o psicológico-, cuando les pasa a los demás, coloca al individuo al otro lado de la barrera, con una distancia que no esperamos que se acorte ni nos coloque en primera persona del presente de indicativo de la voz pasiva: “yo estoy siendo maltratado”.

Curiosamente se entiende casi siempre el maltrato como una agresión penalizada, algo que la moral y las leyes han elevado a la categoría de delito en esta sociedad occidental y democrática, por lo menos oficialmente, y de cara a la galería. Sin embargo, ahora mismo son demasiado numerosas las denuncias contra padres que maltratan a sus hijos, que les pegan, les vejan, les insultan y les arrastran por el suelo –real y figuradamente. También son legión las denuncias contra maestros y/o educadores que abusan de su “poder” para amedrentar, burlarse y dejar a la altura del barro la autoestima de algunas criaturas en edad de formación; y eso cuando el maltrato no es una violación pura y dura de su cuerpo o su espíritu.

Un marido no puede pegarle una bofetada a su esposa sin correr el riesgo de que la sociedad y el Juez de Guardia tome cartas en el asunto si es denunciado. Un jefe o jefecillo no pude ya extralimitarse en sus funciones abusando de la jerarquía con sus subordinados so pena de exponerse a ser acusado de una cosa con nombre inglés. Y los inconscientes compañeros de pupitre ya saben que hay que tener mucho cuidado con las novatadas, las bromas subidas de tono y la burla hacia el “diferente” o el más débil. Todo esto ya esta reglado, contemplado en la Ley y con su correspondiente penitencia prevista.

Sin embargo, hoy, aquí y ahora siguen existiendo no pocas personas maltratadas que no pueden denunciar el abuso por no haber ni ley, ni juez que les ampare. Son personas normales y corrientes, que viven y se desenvuelven en un medio socio-económico no marginado, personas con trabajo, con principios, con moral y, sin embargo, con poca fuerza para rebelarse contra quienes “abusan” de ellos y les inflingen un maltrato psicológico que ellos mismos se niegan a aceptar como tal.

Maltratar significa tratar mal a alguien de palabra u obra. Incluso menoscabar o echar a perder.

. Y estas definiciones ofrecen un amplísimo abanico de posibilidades que las personas maltratadoras  –que son legión- utilizan cotidianamente para “darse aire”.

La esposa que le dice al marido “eres un inútil y no sirves para nada” lo está maltratando. De la misma manera que lo hace el marido que se dirige a su mujer con frasecitas del tipo “tú calla, que no sabes nada de nada”. El padre que se dirige a su hija llamándola “puta” porque vuelve tarde a casa o lleva la falda muy corta o la madre que se empecina en decirle al hijo “tú no vales para nada, mira a tu hermano” están maltratando a sus hijos de forma contundente.

¿Y qué decir de los hijos que se dirigen a sus padres con apelativos despectivos? ¿Y quienes tienen en su casa a servidores inmigrantes ilegales y los tienen como en los tiempos en los que se trabajaban 18 horas al día de lunes a domingo? Y me aburro de poner ejemplos y de verme reflejada colateralmente en alguno de ellos…

Yo ya no permito que nadie me maltrate de ninguna manera. Atrás quedaron los tiempos en los que tuve que sufrir los malos humores e infelicidades de quienes tenían “poder” sobre mí; atrás quedó toda una vida laboral que no estuvo exenta ni de mobbing ni de cómo se diga en inglés la muy extendida costumbre de pagar menos a las mujeres que a los hombres en igualdad de desempeño laboral. Yo ya no permito que nadie me maltrate de ninguna manera, ni que me dirijan insultos ni claros ni encubiertos, ni mucho menos me pongan -¡a estas alturas!- la mano encima como tantas veces tuve que soportar en el pasado.

Pero cuando veo que todavía hay personas que se llaman a sí mismas civilizadas y que siguen creyendo que “no pasa nada” por insultar malamente a quien tienen al lado o darle un guantazo a un hijo “para que aprenda” se me pone a hervir la sangre y no me da la gana de quedarme callada, como si no fuera conmigo la cosa. De esa manera, por meterme donde no me llamaban y dármelas de “salvadora”, me  retiraron la palabra y cortaron la relación algunas personas que prefirieron adoptar el papel de “víctimas” antes que rebelarse contra el maltrato y dejar a salvo su dignidad.

Son personas maltratadas, aquí y ahora que aceptan o soportan la ignominia por motivos que no sé si ellos alcanzarán a justificar y comprender: yo no, desde luego. Ojalá que les quede algo de luz para ver claro y algo más de fuerza para ponerle remedio.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.

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