Diario Vasco
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Nunca se termina de “educar” a los hijos
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Cecilia Casado | hace 9 horas| 0

 

A veces digo tonterías. Y cuando me doy cuenta tengo que tomarme el trabajo de corregir esas líneas torcidas de mi pensamiento. Es el caso de –hablando aquí y allá- cómo los de mi generación nos “llenamos la boca” hablando de la “buena educación” que hemos dado a nuestros hijos. Valores morales que nos transmitieron nuestros padres, satisfacción por el trabajo bien hecho, respeto por uno mismo y el de al lado e, incluso, buenos modales en la mesa por si algún día había que cenar en un sitio lujoso. Bromas aparte, siento que pertenezco a una generación “equivocada” que heredó las mismas “equivocaciones” de nuestros padres y abuelos.

Uno piensa que, a partir de cierta edad de los hijos, ya ha cumplido su deber y puede irse a Torrevieja a tomar el sol. Pues no, en absoluto. Más bien deberíamos darnos cuenta de que nuestros hijos hilan muy fino y miran con lupa todo lo que nosotros hacemos en una edad ya más que adulta y que siguen observando el ejemplo que les damos, comparándolo inconscientemente con aquella “educación” que les dimos de pequeños. Es decir, lo que vigilan de alguna manera es que seamos coherentes, que no caigamos en el “haz lo que yo digo y no lo que yo hago” que tanto éxito tuvo allá por los años en los que no se podía cuestionar la autoridad de los progenitores salvo riesgo de que nos cayera una buena encima.

Ahora que ya voy camino de la jubilación –por edad- no me quiero permitir el lujo de hacer trampas a mis hijas tal y como he observado que –en abrumadora mayoría- nuestros padres hicieron con nosotros. Me refiero a cómo las personas “adultas mayores”, viejas a secas e incluso ancianas, tienen la tendencia a olvidar descaradamente las normas de educación que impusieron a sus hijos por mor de no sé qué derecho que se han inventado. Me refiero a cuando los abuelos mienten, o sueltan tacos, o se cuelan en el bus, o tiran papeles al suelo o, y esto es mucho más duro, aparcan ciertos valores humanos que predicaron y que ya no les apetece seguir practicando.

Mis hijas me observan, sé que lo hacen. A veces se callan –cuando me pillan en un renuncio- pero otras veces me lo echan en cara. Y tienen más razón que un santo al recriminarme que yo cometa ahora yerros que antaño a ellas no les permití por aquello de la “buena educación” que perseguía darles.

O sea que he revisado media docena de actitudes mías que estaban un poco “para allá” no vaya a ser que a estas alturas de la película deteriore la buena imagen de educadora que siempre quise mantener con respecto a mis vástagas.

Así que no critico a mis amigos –o los critico poquito- ya que les enseñé que la crítica y el cotilleo desmerecen a la persona. Y mantengo mi casa (interior y exterior) lo más limpia posible para que haya coherencia con la enseñanza que les di de que “lo exterior es el reflejo de lo interior”. Sigo colaborando con alguna Ong que otra para que no digan que se me ha olvidado “compartir” con el que tiene menos tal y como les enseñé a ellas cada vez que nos íbamos de vacaciones por ahí.

Pero sobre todo sigo firme en mis principios sobre la vida y la forma de relacionarme con las gentes. A pesar de que los años vividos me han obligado a “hacer guardia en malas garitas” no he depuesto mi esperanza e ilusión en un mundo mejor, tal y como les contaba en los cuentos que compartíamos de pequeñas. Quiero que vean a su madre como la soñadora/racionalista que conocieron de primera mano en sus primeros años de vida; quiero que sigan pensando que soy la cigarra que canta cuando todas las hormigas están protegidas de la lluvia; quiero que me sigan viendo como la mujer fuerte que es capaz de gritar y patalear cuando todo se le viene abajo y como la mujer que se permite ser débil cuando hay penas que lamentar y amores por olvidar.

Voy a tener que seguir “educándolas” hasta que me muera –maldita sea- para que sepan que también sus propios hijos las mirarán con lupa algún día y que las tendrán de ejemplo, porque una no se libra de la madre que ha elegido o le ha tocado en suerte. Lo mismo que a mí me sigue pasando con la mía propia, faltaría más…

Y ahora que compartimos parte del verano “en casa” aprovecho la ocasión para seguir dando ejemplo.

En fin.

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Diferencia de edad en la pareja: prejuicio o realidad.
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Cecilia Casado | 27-07-2016 | 11:05| 21

 

Aquí lo correcto es decir que no tenemos prejuicios ni con este tema ni casi con ningún otro, no nos vayan a tildar de  políticamente incorrectos y nos saquen los colores.

Nuestro discurso va de no mirar por encima del hombro a nadie y “respetar” todas las opciones vitales; nos hemos convertido en una especie de dechado de virtudes…oficialmente. Pero a la hora de la verdad, cuando se rasca un poquito en esa máscara que todos llevamos incorporada “de serie” para convivir de puertas para afuera, van apareciendo las roñas de los prejuicios y las telarañas de una educación separatista en muchísimos sentidos. Tenemos grabadas a machamartillo una serie de “normas” que no nos gusta saltarnos ni que nadie se las salte, una especie de código deontológico de andar por casa que aplicamos según la conveniencia del momento.

El tema de hoy es intentar elucidar hasta qué punto somos tolerantes y aceptamos que exista una diferencia de edad “sustancial” entre los miembros de una misma pareja un poco más allá del patético tópico por todos conocido: hombre mayor con mujer joven, sí; al revés, según y conforme, pero mejor que no.

Esta situación –además de adolecer de falta de respeto hacia el prójimo- también conlleva unas “verdades” como puños. Algunas de ellas las conozco de primera (o segunda) mano por eso las saco a colación.

A partir de los cincuenta años la vida da un vuelco –quién que haya atravesado esa frontera no lo sabe- y empiezan a tomar protagonismo una serie de situaciones que estaban larvándose pacientemente. Jubilarse o prejubilarse cuando la pareja es diez años más joven conlleva un desfase brutal en la relación. Uno está deseando disfrutar de la ausencia de cadenas laborales y el otro tiene por delante todavía un par de lustros de fichar a las ocho de la mañana. Mala cosa.

Uno está todavía con las hormonas dando guerra y la pareja ha entrado ya en el declive irremediable de la edad que tan sólo puede ser solventado mediante mucha paciencia, buena autoestima y algún medicamento paliativo y de inestable efecto. Mala cosa.

Ya ni hablamos de las goteras propias de la edad provecta, cuando se pasa más tiempo en el ambulatorio que en el bar y los temas de conversación giran alrededor de males propios y ajenos mientras que la pareja –mucho más joven- ve con horror asomar las orejas del lobo al que tendrá que prodigar cuidados de enfermería. Mala cosa.

La diferencia notoria de edad entre los miembros de una pareja no es ostensible en la juventud, faltaría más; pero sí que lo es a partir de un momento determinado en el que se enfrentan fuerzas disímiles, ganas de vivir descompensadas –aunque naturales y respetables ambas- e incluso intereses que en su día fueron un nexo de unión y ahora son motivo de distanciamiento.

Seguramente el equilibrio físico y emocional tan sólo podrá darse en una pareja en la que no haya chirridos en el día a día por el modus operandi de la misma. Sería de extrañar que se pudiese funcionar estando uno lleno de vida y el otro con ganas de sopitas. El paso de los años nos iguala a todos y debemos saber aceptar ese devenir aunque sea cuesta abajo, pero tener al lado a alguien que vive y siente el momento presente desde otra perspectiva puede ser dañino y contraproducente para ambos, aunque esté fatal decirlo y tan sólo se reconozca con la boca pequeña y también en petit comité. Por eso prefiero mucho más estar con alguien que tenga las mismas ganas de vivir –sean muchas o pocas- que tengo yo, más que nada porque es legítimo y beneficioso…para ambos.

Es poco amable este tema, seguro que me sacan punta por opinar de esta manera, pero lejos de hipocresías, más nos vale no engañarnos en cuanto a la importancia verdadera de la diferencia de edad en la pareja. Y del amor hablamos en otro momento ya que es el único “amalgamante” que existe para mantener unida a la pareja en situaciones disímiles. O el interés, ya se sabe…

En fin.

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Habrá debate sobre el tema en el programa “Sin ir más lejos”, de Klaudio Landa en EiTB-2, mañana, jueves 28 de Julio, en el que participaré.

 

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Pérdidas de tiempo
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Cecilia Casado | 23-07-2016 | 16:24| 26

 

 

A veces se me instalan murrias en el alma y los remedios caseros de toda la vida no me sirven de nada. Es como estar delante de un ventilador que no funciona, abrir una ventana que da a un callejón o comprar flores perfumadas con spray. Tengo que mirar hacia otro lado, hacer cosas sin aparente significado, no sé, como abrir la nevera y ver qué hay dentro, mirar la fecha de los yogures caducados y saber que todavía estarán comestibles, poner en formación las zanahorias, los pimientos verdes y los puerros y no ocurrírseme nada sabroso que hacer con ellos. Así me siento a veces, con la imaginación detenida en un paso a nivel estropeado, no atreviéndome a cruzar por si a pesar de todo viene un mercancías sin avisar.

Rebusco entonces en la pila de libros que esperan turno junto a mi cama y leo las solapas por si alguno se me antoja sabroso a primera vista. Leo un par de páginas –los libros ya no llevan prólogos que sirvan de aperitivo- con poca atención, no sé quién es el escritor o la escritora publicada con tanto bombo y platillo por una editorial de campanillas, digo yo que tiene que ser bueno el contenido para que lo encuadernen y lo pongan en un escaparate, pero no siempre, pasa como con los melones que uno no sabe si estará bueno hasta que lo corta en dos y le da un buen bocado por mucho que lleve la pegatina del “villaconejos”de turno.

Estoy distraída y lo sé. Estos días de verano me ponen tristona. Y es que el invierno me gustaba por aquello del recogimiento, de la coartada cotidiana de estar tras los visillos leyendo o sin leer, tranquila por calendario interpuesto, sin la necesidad de ponerse sandalias y dejar los hombros al aire y reconocer que, efectivamente, soy una mujer de mi tiempo, viva, vivaz, presente en mi propia vida.

Pienso si me gustaría estar con alguien, tener una conversación interesante o por lo menos algo profunda para acompañar una cerveza al caer la tarde, pero no. No me apetece enfrentarme a la cháchara inane que dan en cualquier parte, mejor el silencio que dice tantas confidencias…

He leído sesenta páginas de una novela que no valía nada. Más de una hora de mi vida perdida en algo que no me ha aportado nada, tan sólo poner el nombre de la autora en mi lista negra de peñazos pseudo literarios. Tampoco me ha sacado del letargo vespertino una película con muchos laureles; la he puesto en versión original y la voz del protagonista era grave y aguardentosa, pero en el doblaje parecía la voz de un oficinista aburrido. No sé porqué hacen las cosas tan mal, la verdad, otros treinta minutos tirados a la basura.

La basura. Hoy toca sacarla. En el edificio donde habito pasan a recogerla de los descansillos tres días a la semana. Voy guardando cuidadosamente lo que menos huele y menos estorba para no tener que salir a la calle con las bolsas. Odio sacar la basura, es curioso, una actividad que todo el mundo lleva a cabo sin mayor trauma o aparente regocijo a mí me resulta fea, antipática y aburrida. Llegarme a la fila de contenedores y elegir entre el verde, el amarillo y el de color caqui. Abrirlos con el pie y arrojar ahí lo que sobra en mi vida, mis detritos, mis muertos cotidianos. Qué horror.

Voy sumando las pérdidas de tiempo cotidianas sin incluir las horas de sueño. Más de media vida entre unas cosas y otras, más desperdicio para que luego digan que dormir mucho hace más felices a las personas que es como decir que vivir menos da más felicidad. Me he puesto a pensarlo y no lo entiendo, será que es un reto filosófico que no está a mi alcance.

Así que me decido a escribir un rato, a dejar salir de mi mente unos pensamientos perdidos en el tiempo que no sé si tan siquiera verán la luz de alguna pantalla de ordenador. La ventana al mundo, la que se cierra y se abre cada día mientras perdemos el tiempo esperando que pase algo. O que no pase.

En fin.

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“Cambiar de charca”
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Cecilia Casado | 19-07-2016 | 07:48| 26

 

Me consta que por la zona norte del mapa patrio las chicas y los chicos siempre hemos criticado las pocas facilidades para “ligar” o conocer gente que nos hemos brindado a nosotros mismos. Será porque nos tocó vivir tiempos grises, nos pesaba demasiado la educación religiosa, los tabúes, el entorno y el qué dirán. Aquellas chicas y chicos somos ahora mujeres y hombres adultos mayores, es decir, más cerca de los sesenta que de los cincuenta y, qué triste reconocer que poco ha cambiado la cosa.

Seguimos con el “sí, pero no” de tantas mujeres que desean y no se atreven y nos tropezamos con el “no, pero sí” de tantos hombres que se atreven y no desean. Es decir, el mismo batiburrillo incomprensible que le hizo a alguien decir que las mujeres somos de Venus y los hombres de Marte para definir la falta de entendimiento entre dos sexos que, buscando lo mismo, ponen líneas rojas invisibles a posibles acuerdos. (Acabo de darme cuenta de que mi lenguaje está siendo invadido por el espectro político del vociferador televisivo, pido disculpas).

Entonces llega mi amiga E. y dio el consejo del millón: – “Alqui, querida, hay que cambiar de charca”. Como es una chavala muy graciosa (lo de chavala lo digo porque frisa los cuarenta), le reímos el chiste en grupo, hicimos los coros y volvimos a brindar, pero, en el fondo, como que no nos lo creíamos demasiado…

Cambiar de charca” cuando las ranas de la nuestra no responden a nuestra llamada es el único método simple y contundente para conocer a alguna persona “diferente” o “nueva”. Llevamos toda la vida “croando” en el tono supuestamente adecuado y –hay que confesarlo- sin “vender una escoba” como no sea un sábado por la noche, en cuadrilla, con mucha juerga encima y bastante alcohol en las venas. Un desastre donde los haya.

Cambiar de charca” consiste en ir a sitios nuevos, modificar el decorado habitual, utilizar las posibilidades al alcance de la mano –o de la sonrisa- para que el horizonte deje de ser siempre del mismo tono aburrido. Basta con desplazarse unos pocos kilómetros hacia la derecha o la izquierda del mapa, cambiar de provincia o de país (nosotros que tenemos la frontera tan cerca); abrirnos a otros grupos de personas, dejar en paz el maldito y endogámico chovinismo vasco y probar con gente de “matrícula” diferente.

¡Con lo majos que son los cántabros y los leoneses, y los andaluces y los valencianos! Gente con menos prejuicios o más ganas de pasarlo bien, personas desinhibidas que no tienen visión de 360º como nosotros, que estamos “a todas”, a ver quién entra, quién sale, quién pasa por aquí o sonríe por allá.

Mujeres abiertas y hombres simpáticos los hay en todas partes, eso ya lo sabemos y no hace falta repetirlo, pero si eso es así ¿por qué en el ambiente habitual estamos todos tan constreñidos? ¿Por qué tanta cara larga que te acercas a un hombre en la barra de un pub y te mira como diciéndote: “¿qué se te ha perdido aquí, tía?”. Yo no sé lo que dicen las mujeres a esos hombres “intrépidos” que intentan el acercamiento…  A nosotras, a nuestro grupo se acercan pocos, será porque siempre hay alguna con el gesto torcido y el paso cambiado… o será porque ellos prefieren mirar en vez de hablar si son de “la tierra”, porque los de fuera, los de “otras charcas” llegan desinhibidos, pisando fuerte, contentos e incluso felices…sin saber lo que les espera.

Por eso, cuando “cambio de charca” en mis continuos movimientos viajeros, aprecio –y mucho- la espontaneidad de quienes me hablan, me saludan, quieren conocerme y saber de dónde vengo y adónde voy; en definitiva, pasar un rato agradable con alguien de otra cultura u otro país que también tiene ganas de aprender y curiosidad por descubrir.

Yo misma saco a pasear la amabilidad para sonreir, aceptar, preguntar, reir y brindar con ranas de otra charca que están felices y contentas de recibirme entre ellas. Aunque mi color verde sea diferente al suyo y porque tenemos más cosas que nos acercan que las que nos separan, aunque no sean más que las ganas de confraternizar amigablemente.

Y si no es posible “cambiar de charca” porque estamos amarrados a ésta, no pasa nada; es veranito, la ciudad está llena de foráneos, de seres humanos que nos visitan, que seguro estarán encantados de conocer a los que aquí chapoteamos, brindémosles la mano, regalemos sonrisas y, porqué no, invitémosles a compartir un poquito de nuestra charca con amabilidad. Seguro que todos salimos ganando y aprendemos mucho y nos divertimos más.

En fin.

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Veraneando en Donosti
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Cecilia Casado | 19-07-2016 | 07:26| 14

 

Un día radiante de verano disfrutaba yo de una cervecita mirando el donostiarra mar. En la mesa de al lado, unos turistas patrios alababan el excelso panorama con que se les alegraba la vista. Me miraron y les miré sonriendo como una madre orgullosa de un hijo que ha metido un gol en el partido del colegio y ellos sentenciaron: “Imposible comprender que los donostiarras se vayan a otros lugares teniendo esta belleza a su disposición”. El aserto me dio en la línea de flotación puesto que soy la primera que caigo en ello y alabo las excelencias de “mi otro mar” donde resido un par de temporadas al año, y les di la razón tomando una nota mental para reflexionar sobre el asunto.

De vuelta estos días a mi Donosti querida me ha atacado una especie de “rabieta” pensando que durante mes y medio al menos “tendré que padecer” mi ciudad en vez de disfrutarla, haciendo oposiciones al paradigma de la contradicción a la que aludían los turistas del párrafo anterior. Creo que me ocurre algo parecido a tantos pamploneses que abandonan su ciudad ante la perspectiva de los sanfermines; o de los parisinos que dejan la ville lumière en manos de huestes foráneas durante el mes de Agosto. Renegando de alguna manera de lo que tenemos y dejando al recién llegado el honor de disfrutar lo que ya nos parece poco deseable porque andamos en pos de algo diferente, de algo nuevo aunque sea efímero.

Volví, pues, a casa, saludé a mis plantas –amorosamente cuidadas en mi ausencia por mano amiga- y me lancé a la calle, a ver el mar, al reencuentro silencioso con el decorado en el que, año tras año, sigo representando la “obra” de mi vida. Dejé el barrio silencioso y medio desierto para adentrarme en una vorágine estival de ruido, coches, multitud. Música y jolgorio por doquier, la ciudad resistiendo el exceso humano, expandiéndose como vientre fecundo, la playa desbordada de humanos –que no de humanidad- sobre una arena indiferente y un mar impertérrito, ajeno a consideraciones filosóficas o sociales.

El cartel veraniego será igual que todos los años: Festival de Jazz y la lluvia que se avecina –a pesar de las Clarisas y los huevos que les llevan-; miles de guiris y visitantes foráneos, el dolor de los abusos de cierta parte de la hostelería, los comediantes y músicos callejeros, el “ambiente” recurrente. Un poco de teatro a precio exagerado para que los donostiarras paseen sus galas y algún concierto en su ronda habitual. La muchedumbre fiel a los fuegos artificiales de la Semana Grande y la costumbre familiar del helado de después elevada a la categoría de “idiosincrasia donostiarra”. Los trenes de cercanías trasegando multitudes y jóvenes y mayores llenándolo todo –paseos, bancos, jardines, playas, montes- mientras procuran aflojar el bolsillo lo menos posible a la vista de la tenacidad de los “luiscandelas” de todos los veranos.

El veranito de Donosti con paraguas y zapatos a juego con el bolso. Los que pueden se van para luego volver y contar lo felices que fueron en otras latitudes dejando abandonada su ciudad en manos desconocidas, como esperando que la cuiden (a la ciudad) en su ausencia, como si ésta fuera poca cosa para pasar aquí el verano, como hacemos con tantas personas y situaciones que no se valoran hasta que se han ido tan lejos que ya no queda de ellas ni la sombra del recuerdo.

La mitad del tiempo de verano la paso en mi ciudad y la otra mitad yo también la abandono. Soy vulgar y corriente, como casi todo el mundo… y muy poco original. Queriendo salir de alguna manera del rebaño donostiarra he sacado plaza en el rebaño de otro sitio para hacer allí, sin pudor alguno, lo mismo que critico hacen aquí los que aquí llegan.

Se me está pegando lo que hacen algunos políticos: defender una cosa y su contraria y volvernos locos a todos.

Soy feliz cuando estoy en Donosti y cuando me alejo de ella, cuando contemplo mi mar y cuando admiro otro diferente; esa pulsión que me acerca y me aleja irremediablemente de la misma cosa según el estado de ánimo que me habita.

Como una marea emocional que esgrime carta de naturaleza en el ámbito de mi recorrido vital, como tomando conciencia de la impermanencia de todas las cosas y adelantándome al paso de baile antes de que la orquesta cambie de canción.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.

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