Diario Vasco

img
No todo México es violencia. Yucatán. Un oasis de paz y calor.
img
Cecilia Casado | 02-03-2015 | 14:53| 0

 

 

México nos está siendo vendido últimamente como hervidero de violencia sin par; y cierto es, desgraciadamente, que existe una parte del país invadida por la maldad humana, el maquiavelismo del todo vale para conseguir lo que uno quiere –dinero, poder, valor social- y los negocios malhadados para enriquecerse unos cuantos a costa de la pobreza de unos más que muchos están a la orden del día. ¿En qué esquinita del mapa no es esto así…?

No obstante, me cuidaré de generalizar en cuanto a lo peyorativo de este hermosísimo país donde las personas que voy conociendo son tan valiosas humanamente como en cualquier parte del mundo.

 Cuando alguien me dice: “¿A México otra vez? ¡Uy, qué horror, con lo que está pasando allí!” me recuerda indefectiblemente a aquellos tiempos pasados en los que ciudadanos del mismo Estado nuestro se negaban a visitar nuestra pequeña tierra vasca por miedo a saltar por los aires en cualquier esquina. Al final el miedo generalizado es lo que paraliza las mentes y los brazos de quienes deberíamos estar discerniendo todo el rato la verdad de la mentira, dónde está el límite entre lo que nos cuentan y la mera realidad.

 Vengo a México una vez al año más o menos; motivos no me faltan. Motivos amorosos, que son los que meten el turbo al cuerpo para abandonar la zona de confort cotidiana y liarse la manta a la cabeza y decir, allá voy de nuevo, hazme sitio a tu lado que tengo besos para regalar. Son mis hijas en este caso las que, primero una ya desde hace tres años, y otra desde hace unos meses, respiran el caliente aire de la península de Yucatán viviendo tal y como desean hacerlo, lejos de presiones estresantes europeas, merkelianas.

Escribo este post con la intención casi única de romper una lanza a favor de un país, de una tierra de la que, como es costumbre en todas partes gracias a la eficacia de los medios para crear desgarramiento de vestiduras ajenas, se habla mal, muy mal, como si fuera el infierno en la tierra por culpa de todos sus habitantes cuando lo que ocurre, como en nuestra casa es que “por culpa de unos pocos” el resto estamos siendo demonizados.

México es mucho más que la Riviera Maya de cartón piedra llena de norteamericanos y argentinos (y algunos españoles) cobijados en ghetos de pseudo lujo como es el “todo incluido”, ese engañabobos (con perdón) que te permite comer y beber TODO LO QUE QUIERAS las 24 horas del día, como si fuéramos muertos de hambre, famélicos o provenientes de una guerra desesperada. Sitios falsos, de decorado para poster de agencia de viajes, cocoteros y aguas azules, ron de garrafa para los mojitos, tequila de bidón para las margaritas, cerdo y pollo de criadero con mucho chile barato, paellas valencianas hechas a las siete de la mañana para deleite de los gourmets de tres al cuarto y, como no puede ser de otra manera, las botellas de agua mineral deben ser pagadas a precio de doblón.

 Me imagino a turistas lejanos haciendo un viaje a España para afincarse en un hotel/cárcel de cinco estrellas en Torremolinos con escapadas en rebaño/autobús a pueblecitos, grutas o puertos de pescadores de la zona. Con mucha sangría y tortilla de patatas precocinada.

 

México inmenso, variopinto, hermoso, lujurioso, de norte a sur, montañas y desfiladeros, la selva y el desierto, el mar y las playas, y las civilizaciones asesinadas, aztecas, mayas, por los invasores de la “madre patria”. Voy poco a poco conociendo el país: desde el Distrito Federal, Xoximilco, Coyoacán hasta Chiapas y Palenque. Montañas y selva, lagos y desfiladeros. Una incursión hermosa por Puebla y Veracruz y la zona de Chachalacas. El Caribe, cómo no, Tulúm y la Isla Holbox de feliz recuerdo porque es donde se casó mi hija mayor.

Y la pequeña alhaja colonial, Mérida entera, capital de Yucatán, donde hay paz con mayúsculas todo el tiempo, donde la vida se desliza en sus calores exuberantes para pintar el cuadro imposible de luz, color, flores, olores y experiencias humanas sencillas y honestas.

Yucatán de los mayas que todavía conservan idioma, costumbres, su sitio a pesar del tiempo vivido entre sus “depredadores”, riqueza sin contaminar, autenticidad sin artificios. Sus únicos cenotes, las pirámides, los manglares,la selva al alcance de la mano. Playas, islas, flamingos.

Turistas, no vengáis a México si es para poneros una pulserita de plástico en la muñeca que os identifique como extraterrestres. Que sigan sin venir los que “tienen miedo” de que les secuestren en falso o les asesinen en una esquina oscura; mejor visionar los documentales de la 2 y viajar a Madrid, Barcelona, París, Londres, Roma, Berlín donde todo es armonía, bienestar, paz y panes colgando de los árboles.

Rompo mi lanza a favor de la sinceridad y en contra de los prejuicios porque siempre me acuerdo de cuando mis amigos “de la meseta” no querían visitarme en mi txoko porque tenían miedo de que algo malo les ocurriera. Y es que parece que no hemos mejorado demasiado en cuanto a discernimiento se refiere… 

En fin.

¡Y que viva Mexico!

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com 

 

Ver Post >
Donde el amor te lleve. Un viaje a la otra punta del mapa
img
Cecilia Casado | 27-02-2015 | 15:03| 4

 

Ya estoy otra vez en el camino. Con mi maleta llena de regalos y una pequeña mochila a la espalda donde ya no viaja ninguna piedra. Dejo mis parcas pertenencias materiales en manos de mis amigos –echarle un ojo a la casa, vaciar el buzón, regar las plantas, no permitir que el polvo se aposente en mi ausencia-, envío a mi querido Elur “de colonias” a las altas cumbres donde se asilvestrará una vez más, donde pisará bosque, beberá rocío, buscará mi olor al lado de la chimenea y ladrará como loco cuando escuche mis mensajes de audio enviados por whatsapp (perritopiloto tecnológico); dejo en orden mi presente y subo de nuevo a un avión dejando que sea el amor de mi corazón el que elija el aeropuerto de destino. 

No son vacaciones, no las siento así, sino un tiempo para compartir con mi familia, mis dos hijas y mi yerno, -y las preciosas gatas Hiru y Luna- en un hogar en la otra punta del mundo. Durante un mes mi reloj biológico y emocional marcará un tictac diferente. Cenaremos en el patio bajo los árboles perlados de frutos cuyo nombre no sé pronunciar aún (nombres mayas, hermosos). La noche traerá el sosiego necesario para inaugurar un nuevo día al filo de las seis de la mañana, la hora mágica en que el Sol devuelve la vida a la Tierra por estos parajes. ¡Quiero dormir más! –dice mi cuerpo holgazán- pero aquí no existe el invento de las persianas, aquí se vive con la luz, sin artimañas político/industriales de horarios a convenir.

Salgo al patio donde las tórtolas bendicen el día con su canto. Los murciélagos ceden el sitio a los loros y la zarigüeya del fondo del jardín se esconde tímidamente para no asustarme. Miro al cielo y lo veo perlado de árboles, alrededor me saluda el follaje de una vegetación callada y ancestral; no son arriates de flores, ni jardines podados sino la pura vida verde de la que todos hemos formado parte alguna vez aunque casi ya ni nos acordemos. 

El aire de la mañana es dulce en Yucatán. Presagia el calor habitual del mes de Febrero. Son las siete de la mañana y respiro a pleno pulmón mientras hago mis pequeños ejercicios matinales para estirar mis ansias, descrujir mis huesos y saludar al nuevo día lleno de vida que se me ofrece entero. Abro y cierro la verja con cuidado de que no se escapen las gatas y enfilo mis pasos hacia cualquier parte. Un paseo a estas horas es un lujo que me puedo permitir.

Las gentes se afanan en su carrera hacia los trabajos que les dan de comer. Algunos caminantes –como yo- oxigenan sus pulmones para poder soportar el calorcito (unos 34º C) que llegará en unas horas. Somos gente “adulta mayor”, los que nos podemos permitir el lujo de gestionar las horas del día a nuestras anchas, sin presiones ni agobios, sin estrés ni obligaciones.

Miro las casas, los árboles, el cielo, las gentes. Hay pocos perros y muchos gatos. El ruido viene de las arterias donde hay tráfico incesante ya, pero en esta calle un regalo en forma de gran árbol corta la entrada obligando a los vehículos a realizar una maniobra apurada y, con lógica de automovilista, la evitan proporcionando un silencio especial, una especie de “oasis” entre el bullicio. 

Más allá del jardín mis hijas duermen su sueño tranquilo. Trabajan en su proyecto vital, se afanan en el presente sin pensar en el futuro; tienen vida en vez de tiempo, ilusiones en vez de decepción, fuego en la mirada en vez de brasas en el corazón.

Mis hijas. Ellas me han traído hasta aquí, siguiendo su estela, la huella de su amor que tanto gozo me da compartir. Sé que están en la planta de arriba de la casa, al alcance de mis brazos para recibir todos los abrazos que he traído en el equipaje (además del jamón ibérico y el queso vasco). Mis hijas y el amor que compartimos. Ellas van y vienen en su afán cotidiano y yo me acerco de buena mañana hasta la camioneta que en el paseo vende jugo de naranja, mangos, papayas, melones y les traigo un desayuno como cuando eran niñas. De repente me surge de algún viejo museo emocional las ganitas de ser “la ama” en vez de Cecilia. 

Mis hijas. Que no son mías sino suyas, que han elegido el camino diáfano que conduce a la propia realización sin venderse a cualquier postor, que viven en paz sus afanes cotidianos, sin ambiciones espurias, sin mirar la cuenta corriente cada día, sin tener que pisar a nadie para que no les pisen a ellas.

Mis hijas. Esos dos seres humanos que el Universo me ofrece compartir en un mismo círculo de amor. Ellas no “tienen su vida” –como gustamos de decir estúpidamente para justificar el desarraigo emocional y la distancia afectiva. Nadie “tiene su vida” alejado de los demás cuando quiere compartir el amor y la energía vital. Hablamos demasiado de los hijos que se van y dejan un vacío tras de sí. No creo en ello, no lo siento así en lo profundo.  

Vivir aquí o allá qué más da cuando los corazones siguen vibrando con la misma frecuencia. A veces –tan sólo a veces- hay nostalgias y alguna pequeña morriña, pero con un poco de esfuerzo (el necesario para hacer quince horas de avión) podemos volver a recolocarnos en la órbita amorosa, real, efectiva de la que no podremos salir ni siquiera cuando el cuerpo físico acabe su cometido.

Todavía estoy bajo los efectos del desfase horario (mi cuerpo no se acomoda fácilmente a las siete horas de diferencia), pero mi espíritu ya está aquí, mi alma ya tiene el visado yucateco para despertarme con la primera luz del día con la sonrisa confiada de que nada me falta y, con permiso de la santa, todo me colma… y es para bien.

Lo comparto por si a alguien le sugiere la idea de valorar lo que a veces no sabemos valorar. Y también preguntar: ¿son los que se van quienes tienen que volver de visita o los que nos quedamos ir a visitarlos…?

En fin. 

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

 apartirdeloscincuenta@gmail.com

Ver Post >
Las ventajas de ir a un hotel
img
Cecilia Casado | 25-02-2015 | 15:30| 14

 

Soy la primera en aceptar mis contradicciones; de hecho, supongo que no podría vivir sin ellas puesto que me muevo según el viento, no me queda otra para navegar por la vida sin que se me vuelque la barca. Y es por eso que me sorprendo a mí misma (todavía me queda cuarto y mitad de esa capacidad) invitando con todo cariño a los amigos a mi casa, recibiéndolos con gozo y, por el contrario, siendo incapaz de corresponder a su hospitalidad cuando de acogerme a mí se trata. Entonces, rizo el rizo de las justificaciones y me alojo en un hotel.

¿Por qué no soy capaz de conciliar mis propias ideas y dejarlas dormir juntas en la misma cama? ¿Por qué tengo dos aparentes varas de medir en cuanto a este tema en concreto se trata?

Imaginemos –aunque la realidad anula la imaginación- que una amiga me expresa su deseo de conocer mi ciudad. Me falta tiempo para abrirle de palabra las puertas de mi casa, de asegurarle que me provoca un gran placer recibir invitados, que le daré las llaves para que tenga su independencia de entrar y salir cuando quiera, que hay espacio suficiente, que no sólo no me va a molestar sino que no le molestaré yo… En fin, que soy capaz de soltar de corrido la retahíla emocional de todo el beneficio que me supone recibir a los amigos en casa. Y no hablo por hablar, por supuesto que no, ya que soy sociable y “acogedora socialmente” hasta el punto de formar parte –ya lo he contado aquí varias veces- del Hospitality Club, ese grupo de gente rara que va por el mundo ofreciendo alojamiento a viajeros que estén inscritos en dicha asociación. Así que, con más razón todavía, para abrir las puertas de casa a los amigos. Faltaría más.

Sin embargo, y aquí viene la “pelea” conmigo misma, cuando viajo –y mira que viajo y me muevo- me cuesta muchísimo corresponder con la misma moneda, es decir, aceptar los ofrecimientos que generosamente recibo para hospedarme en casa ajena. Para que esto ocurra, para que sea capaz de aceptar esa generosidad, tengo que estar convencida, pero convencida totalmente, de que mi presencia en esa casa va a aportar algo a mi huésped. Por ejemplo. Tengo una amiga que vive en una maravillosa “casita de chocolate” en mitad de las landas francesas. Vive sola con su gata y cada vez que voy a pasar con ella unos días se pone tan contenta, pero tan contenta y feliz, que esa energía me mueve a acudir a su lado, bien entendido que yo también disfruto de la magia del entorno, del regalo de la naturaleza, de los bienes que me ofrece de la mano de su cariño y amistad. No le molesto, no nos molestamos, porque tiene una preciosa habitación de invitados independiente donde la privacidad es absoluta. No nos tropezamos por ningún pasillo… y eso es muy importante.

Hace un año exactamente –por poner el ejemplo contrario- acepté el ofrecimiento de un amigo que insistió de mil maneras para hospedarme durante mi estancia en Barcelona. Yo le expliqué que tenía algunas personas a las que ver, paseos que dar, exposiciones que visitar y asuntos que reflexionar y él me aseguró que dispondría de total independencia y que tan sólo compartiríamos el tiempo que ambos deseáramos. Creí en ello. Llegué en el tren de la noche, me vino a recoger a la estación y, muy amablemente en un taxi, nos dirigimos a su domicilio. Una vez allí me mostró mi habitación, me dio un juego de llaves de la casa y las buenas noches.

Cansada del viaje y algo hambrienta, le pregunté si no tenía algo de fruta que ofrecerme (tampoco le iba a pedir jamón y queso) y me dijo que fuera a la cocina y tomara lo que me apeteciera. Calmé los crujidos de mi estómago y me acosté sin más. A la mañana siguiente sentí que había demasiado silencio en la casa, temí haberme dormido y que mi amigo hubiera tenido que desayunar solo, quizás que me estuviera esperando quieto en el salón, miedoso de hacer ruido y molestarme. Me levanté y, casi a hurtadillas, asomé la nariz. Nadie a la vista. Vacío total. La puerta de su dormitorio estaba abierta y ofrecía la imagen del orden y la soledad. Así que empecé a imaginar cosas mientras me duchaba. Como en la cocina no había nada aparentemente preparado para el desayuno me lancé a la calle en busca de una granja donde obsequiarme con un copioso y contundente desayuno. Terminado este volví al piso pensando –quizás- que mi amigo había salido a: hacer la compra, por el periódico, al banco a pedir un crédito o a las Ramblas a hacerse un retrato. Le llamé al móvil y escuché el timbre de su teléfono en su habitación. Esperé hasta casi el mediodía y entonces fui yo la que me largué a las Ramblas. Así estuve llamándole cada media hora más o menos –y con ese nervio dejando de disfrutar de mi paseo- hasta que a eso de las cinco de la tarde atendió mi llamada -¡ya había vuelto a casa!- y me explicó que ya me había dicho que yo tendría independencia total… Lo que no me había explicado era que también tendría indiferencia. El caso es que volví a casa, le comenté mi sorpresa y me respondió que me había invitado porque así podría ahorrarme el hotel y, algún día, ofrecerle mi casa donostiarra para pasar unas vacaciones gratuitas él también.

 Ni qué decir tiene que el hotel al que me dirigí ese mismo día me pareció una mezcla de paraíso y útero materno. En cuanto al “amigo” en cuestión, curiosamente, me llamó cada día de la semana para comprobar “si estaba bien”. No sé, igual le remordía la conciencia por algo…

Anécdotas aparte, es importante sentir que en casa ajena no se molesta a nadie. Si para acogerme alguien tiene que trastocar su rutina me provoca un malestar. Si para que yo obtenga comodidad otra persona tiene que perder parte de la suya no me puedo sentir feliz. Si tengo que hacer cola para entrar en el baño o que alguien espere a que yo salga para entrar me pongo nerviosa. Y cuando queda patente que “es cuestión de dinero” –el que cuesta el hotel- entonces lo tengo meridianamente claro; pago el precio de la independencia y todos tan felices.

Escribo esto tranquila, en paz conmigo misma, cuadrando mi agenda para estar con estos amigos y primas maravillosos que tengo en la gran ciudad y quienes, todos sin excepción, me han ofrecido alojarme en sus casas. No sé cómo lo he hecho para no herir la sensibilidad de nadie y asegurarles con mis abrazos y sonrisas que estoy feliz de compartir con ellos el tiempo que me dedican, a la vez de agradecer en lo más hondo esa hospitalidad que sé me han ofrecido de corazón.

Escribo esto tranquila, en el silencio de la habitación de mi hotel…

En fin.

*Comparte tus anécdotas en casa de ”amigos y familiares”… seguro que aprendemos todos a la vez que sonreímos. 

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

 

 

 

Ver Post >
La frialdad de la gran ciudad
img
Cecilia Casado | 23-02-2015 | 19:51| 19

 

Cada vez que salgo de casa, que abandono mi “txoko” en el que me siento reina y señora –a la vez que protegida- sé que estoy exponiéndome a “otra realidad”, aquella que ocurre cuando los protagonistas son los demás y tengo que dejar espacio para que el “modus operandi” de los otros se imponga sobre lo que considero la “forma correcta” de hacer las cosas; es decir, a mi manera.

Cada vez que salgo de mi pequeña ciudad provinciana y voy a una gran ciudad sé que voy a aprender alguna lección importante y tan sólo me preocupo de que el precio a pagar no sea demasiado caro; es decir, que pueda reflexionar e incluso filosofar pero sin pasar por ninguna Comisaría a interponer una denuncia. La vida no es tan fácil como yo quiero pintarla a veces y sé que las carencias materiales impulsan al ser humano a penetrar en otro tipo de carencias que no tengo derecho a juzgar, pero de las que –por pura supervivencia- tengo que alejarme o precaverme. 

Me tocó soportar en Madrid una especie de ola de frío de la sierra que me puso los nervios y la atención en alerta continua; en cualquier esquina un viento devastador podía quitarme las ganas de pasear, de disfrutar, de ir de aquí para allá y no estaba dispuesto a ello. Así que pedí prestado a una amiga un abrigo extra y me lancé a la calle disfrazada de mí misma pero con mucho frío. ¡Qué verdad es el dicho ese de “ande yo caliente y ríase la gente”! Ahora que miro las fotos de esos días pasados tengo que reconocer, con sonrisa complaciente, que –efectivamente- recordaba a algo parecido a un yeti urbano en femenino… Me tocó soportar en Madrid también otra ola de frío que no tenía motivos para imaginar porque, viviendo en un círculo pequeño, -como es el nuestro- uno acaba al final creyendo que el ser humano es igual o parecido en todas partes; craso error.

El primer encontronazo con esa otra realidad me sorprendió cuando me dirigía a compartir una velada con mis queridas primas y primos, y con la intención de aportar unas flores al evento, empecé a buscar una floristería. Al no hallarla en ninguna calle próxima a la que me encontraba decidí preguntar y para ello –psicóloga que es una- rebusqué entre los paseantes a quienes podrían (eventualmente) habitar en el barrio –uno de los barrios elegantes de Madrid- para así acertar en mi demanda. Descarté a unas cuantas personas –por motivos que no vale la pena mencionar- y elegí a una pareja de ancianos, bien trajeados, con aspecto de salir de misa, ella protegida en su abrigo de pieles y él protegido en el brazo de su mujer, en el que se apoyaba. Con mi sonrisa de chica buena y educada, me acerqué y les dije: -“Buenas tardes, me permiten una pregunta por favor…” y ella, con ademán displicente y despectivo cortó en seco mi voz y mi sonrisa con un: -“NO, que tenemos prisa”. Como soy rápida de reflejos, saqué al diablillo personal que siempre llevo en el bolsillo y le dije a la “señora” –por supuesto sin perder la educación- “Pues no se preocupe, muchas gracias por su amabilidad” a lo que el hombre, sabiendo de qué iba el percal, me dirigió una mirada más que elocuente que albergaba una pequeña disculpa por la mala educación de su mujer. (Lo de que tenían prisa, no sé yo para qué, porque caminaban a paso tortuga, pero en fin).

Cuando me reuní con mis primos y ante el relato de mi pequeña desazón, me quitaron toda la razón; es decir, me explicaron que no se puede ir por la calle sonriendo, parando al personal y haciendo preguntas, porque la gente entiende, espera, teme y no soporta…que le pidan dinero, le intenten vender algo o le quieran afiliar a cualquier ong de las miles que existen. Y que “los peores” son los que van bien vestidos, que a los “pobres” se les ve venir y se disfrazan para que no se les rechace a manotazos.

No se rieron de mí, ni mucho menos, ya sé yo el cariño que nos profesamos, pero sí que me sentí un poco como aquella paleta que venía del pueblo a la gran ciudad, con la gallina viva en la cesta y a la que todo asombraba.  

Al día siguiente, fui observando a la muchedumbre. En el mismo centro, en la Gran Vía o en la Puerta del Sol, en cuanto intentaba acercarme a algún honrado ciudadano haciéndole ver que me iba a dirigir a él personalmente…¡rectificaban su rumbo medio grado para apartarse de mi camino…! ¡Será posible! ¡Igual era porque iba muy abrigada y pensaban que era una homeless que dormía al raso!

Bromas aparte y sonrisas también aparte, tengo que decir en mi descargo que, en mi ciudad, cada vez que alguien me pregunta algo, le respondo; si me quieren vender algo, respondo con una sonrisa negativa. Si me piden dinero, hago exactamente lo mismo, pero todavía no he llegado al extremo de ir apartando a los seres humanos que se dirigen a mí con un gesto entre asqueado y fastidioso. Y espero que me dure la actitud…excepto que me vaya a vivir a una gran ciudad, claro está, de esas donde hace tanto frío que hasta la gente se ha olvidado de guardar un poquito de calor en su corazón.

En fin.

Laalquimista

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com 

 

Ver Post >
Cosas que sólo me pasan a mí. “Compuesta y sin novio”
img
Cecilia Casado | 20-02-2015 | 08:38| 24

 

Al final de cada uno de mis post aparece esta coletilla: “Por si alguien desea contactar…” y ahí va una dirección email. No es la mía personal, porque una ya ha aprendido algo en esta vida, pero sí es un correo que leo y atiendo cumplidamente. Ahí aparece de todo, como en botica, aunque la mayoría son palabras amables, de agradecimiento ¿? o incluso algunas confidencias anónimas de situaciones personales comprometidas a las que yo siempre contesto sin ninguna autoridad moral, desde luego. También, de vez en cuando, aparece algún “admirador” a la antigua usanza que me deja trastabillando emocionalmente durante un cuarto de hora. Y de esto voy a hablar.

Vaya por delante que no soy mujer desconfiada a priori, que siempre antepongo la presunción de inocencia del ser humano, la buena intención y doy pábulo a lo positivo en contra de lo que lo parece menos. Es decir, sigo siendo como siempre he sido en realidad sin haber modificado demasiado mi esencia en los últimos cincuenta años, lo que me hace sentir cómoda conmigo misma aunque de vez en cuando me lleve decepciones de órdago a la grande.

Entre el correo electrónico al que aludo, apareció hace unos meses la misiva de un señor de, pongamos, Santander. Se presentó como lector del blog –al que se aficionó cuando estuvo impartiendo un curso en Donosti y leía la prensa de aquí por obligación- y además de como lector como admirador de las palabras mías, de las ideas mías y, de rebote, de casi todo lo que me alcanzaba. A ver, que una no es de piedra y a nadie le amarga un dulce, faltaría más y menos a cierta edad, así que le contesté –muy en mi línea- educada y simpática como cualquiera que me haya escrito habrá podido comprobar. No marco distancias ni tampoco las elimino, simplemente creo que escribo y me manifiesto desde mi lugar aunque “el otro” se sienta impelido o ilusionado para realizar ciertos avances.

Pasó el tiempo y las misivas se convirtieron en una auténtica “relación epistolar” en la que –como ocurre entre personas normales y corrientes y sobre todo dotadas de cierta amable empatía- fueron desgranándose las vicisitudes personales y cierta necesidad (por parte de este señor, que conste, no por la mía) de acercar posiciones emocionales. Quiero decir que empezó a enviarme fotos (un hombre con los sesenta recién cumplidos, que más parecía sacado de un anuncio de café que otra cosa), muy cultivado –como quedaba patente en su forma de expresarse- y que manifestaba sin ambages haberse enamorado de mi personaje.

Ahora viene una aclaración importantísima. ¿Por qué cuento esta historia “traicionando” aparentemente una relación amistosa entre dos personas? Pues quien lea hasta el final encontrará respuesta cumplida a la pregunta.

Las cartas se sucedían cotidianamente; es decir, ÉL me escribía todos los días y yo le respondía…guardando ya las distancias que cayeron al suelo el día que me llamó por teléfono a mi casa con la connivencia de esas páginas de buscadores que echan al viento de Internet dirección, teléfono y demás datos de cualquiera que aparezca en Google.

Si la palabra escrita puede encandilar a alguien o proyectar sobre el lector buenas sensaciones y despertar viejos sueños dormidos, ¡qué no hará la palabra hablada armada de una voz sensual de locutor de madrugada! Luego llegaron las flores en el día de mi santo, después un libro dedicado (porque escribe y publica) y, finalmente, la petición de una cita coincidiendo con un viaje suyo a mi ciudad.

A estas alturas de la película, yo ya sabía quién era este señor y hasta su número de DNI si hacía falta, porque ya no hay anonimatos que valgan ni hace falta contratar a un marlowe cualquiera para que nos informe de en qué tejemanejes está metida una persona.

De esta forma –y no porque me lo contara él- supe que estaba casado y bien casado en segundas nupcias con una mujer estupenda, con una vida personal estable, un hijo adolescente y anclada en el costumbrismo social que demanda una ciudad de provincias (como la suya y la mía).

Lo que él quería de mí, lo que me proponía, era el sueño de (casi) toda mujer en la cincuentena a la que su pareja ya no hace apenas caso –caso de tenerla-: un amante que la saque del aburrimiento, una aventura para sentirse viva, una historia romántica para contar a las amigas con pelos y señales…

Mis amigas –esas brujas malévolas y listas- me aconsejaban cada una por su lado: que si “a nadie le amarga un dulce”, que si “cuenta, cuenta”, que si “!no se te ocurrirá desperdiciar una ocasión así!”…hasta la que me dijo “si tú no lo quieres, me lo pido yo”. Conclusión: que entre risas y más risas yo andaba con el paso cambiado.

Nunca nos llegamos a conocer en persona porque nunca he sido capaz de sentir atracción por alguien que no me haya mirado a los ojos y hecho temblar por dentro. Desperdicié –según él- la maravillosa oportunidad de disfrutar a su lado de los goces que poco van a volver a llamar a mi puerta –según él; y siempre según su opinión y criterio soy una mujer maravillosa pero poco inteligente porque me empeño en “no meter mi cuchara en guiso ajeno”.

Porque –y bien que lo he explicado mil veces- cuando una mujer se lía con un hombre casado, hay detrás otra mujer a la que, casi con seguridad, se está faltando al respeto y haciendo daño. Y lo que no quieras para ti, no lo quieras para los demás. No es moralina sino experiencia. Et voilà, una vez más compuesta y sin novio.

En fin.

(Te dije que lo compartiría y yo siempre cumplo mis promesas)

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com 

(Para cualquiera menos para ti)

 

Ver Post >
Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.

Otros Blogs de Autor