Creo que estoy llegando a ser una experta en nanoeconomía y es porque me voy fijando en los pequeños detalles que, a fin de cuentas, es de lo que vivo rodeada ya que mi pequeño mundo es eso: muy pequeño.
Hace un par de semanas pasé unos días de asueto, silencio y descanso en un bosque cercano a un pueblecito de las Landas de Gascogne, Aquitania, Francia. Un sitio donde “sólo” había UN pequeño colmado, UNA panadería/pastelería, UN carnicero y así hasta completar la gama básica de la subsistencia. La primera sorpresa la recibí cuando comprobé que el precio marcado en una baguette de pan (francés, qué duda cabe) costaba 40 cts. de euro. No me corté en absoluto de preguntarle a Monsieur le Boulanger cómo era posible que el precio fuera mucho más barato que en mi ciudad…a lo que, sonriendo, el hombre matizó mi pregunta para afinar su respuesta: “Una cosa es el precio del pan y otra cosa lo que realmente vale”.
Así que queda claro, meridianamente claro, que una barra de pan VALE unos céntimos, que su costo real no pasa de los pocos céntimos de euro, aunque luego le pongan un PRECIO de 1€ e incluso más, como en mi barrio donostiarra. Si el panadero del pueblecito gana dinero honradamente, no quiero saber el costo añadido que imputa el empresario del ramo a esa “baguette” de pan congelado que mete en un horno delante de la clientela para venderla a precio de jamón.

Por el contrario, estos últimos días se vendió en una subasta en Nueva York un cuadro del maestro Rothko (“Naranja, rojo, amarillo”) en 66,8 Millones de Euros = más de once mil millones de pesetas por si alguien no se aclara. Por cierto, un cuadro de una belleza emocionante. Un poco antes, una versión de “El grito” de Munch, alcanzó la friolera de 91 Millones de Euros. Un buen precio de mercado para los inversores de arte.
Mi concepto de la nanoeconomía se nutre de bucear en el conocimiento empírico. Comparo el maravilloso cogote de merluza, comprado en la pescadería de toda la vida, con un costo para mi bolsillo de 6€ (pagué por la mediana entera 18€ y el cogote no era más que la tercera parte) y los 45€ que figuraban en la carta de precios de un restaurante al borde del agua por el mismísimo plato de la tierra. (Eso sí, para dos personas) ¿Añadir alquiler, gastos estructurales, salarios del personal, impuestos y beneficios? Por supuesto, faltaría más. Pero las cuentas no salen; simplemente, a mí no me salen.
No salen para mi bolsillo cuando me pruebo unos pantalones –que me quedan perfectos- con un precio etiquetado de 19.95€, después de salir por piernas de una tienda de esas “de las buenas” donde un pantalón similar –que también me quedaba como un guante- llevaba una etiqueta colgando de 155,00€. ¿Uno es una porquería y el otro es mejor porque cuesta más? En absoluto.
Lo que pasa es que no sabemos diferenciar “precio” de “valor” y creemos que aquello por lo que pagamos un alto precio es más válido que aquello por lo que hemos de desembolsar menos dinero. Somos así de tontos muchas veces, demasiadas. Cierto es que el “valor añadido” es la firma, claro está. Como en el caso de Rothko o de Munch, salvando las distancias.
También con las personas suele suceder algo similar. Las hay que llevan pegada por la parte de atrás una etiqueta, bien visible, no ya con el precio, sino con “la marca”. Y se hacen de valer en función del precio que se ponen a sí mismas. Que, seguramente, no corresponde con lo que valen.
En fin.
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De verdad que intento no enfadarme cuando compruebo que alguien no entiende nada –porque es incapaz de entender, por cerrazón mental o falta de capacidad, y encima hace molinetes con la espada porque se ha sentido “ofendida” por un comentario mío. Esas personas que todo lo toman como suyo, que si hablas de lo difícil que es la amistad, te dicen: “pues tú más y peor” y si cuentas que vas a hacer un viaje te lanzan el: “claro tú que puedes y yo no”; esas personas, digo, me cansan tanto que tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no enfadarme con ellas, ya que me resulta difícil evitarlas. Tan sólo me queda aplicar a rajatabla la “media hora de seguridad” para recordar que tengo que ser comprensiva con quien no tiene las mismas capacidades que yo.
Intento no enfadarme cuando voy por la calle y la persona que va delante deja caer al suelo el paquete vacío de cigarrillos y tragarme las ganas de recogerlo, avanzar dos pasos y decirle: “eh, que se te ha caído esto…” porque sé que le estaría agrediendo a través de la vergüenza ajena que siento y entonces pienso que la vida tiene cosas hermosas aunque en ese momento yo no sepa verlas.
Intento no enfadarme cuando veo a una anciana, en plena calle, intentando con el mango del paraguas arrancar un esqueje de un geranio de una ventana y le digo -“¿Quieres que te ayude?” y me contesta, -“ay, sí, sí, que quiero un trocito de ese geranio” y yo insisto, pero…-”¿te das cuenta de que le estás rompiendo la planta?” y la mujer porfía: -“ah, no pasa nada, tiene muchas más en la ventana” y me muerdo la lengua y me doy media vuelta porque con alguien así no hay ya nada que hacer, están perdidas para la causa irremediablemente, esas personas ancianas abusadoras, egoístas y asociales.
Pero cuando sí me enfado de verdad es cuando veo a un padre –casi siempre un padre, ya lo siento- gritando a un chavalín y dándole una bofetada en mitad de la calle, me pasó el otro día, ahí iban los tres, padre, madre e hijo dando la tabarra, pidiendo a gritos no sé qué la criatura y la madre, que te calles, que no seas pesado y el padre de repente hace ¡ZAS! y le arrea un sordabirón al chaval -de cinco o seis años-, no tendría más y yo me encaro al tipo y le digo: -“¿Cómo te atreves a pegar a una criatura?!” y el hombre me mira, va a contestar, la mujer lo agarra del brazo y siguen caminando, como si la cosa no fuera con ellos, arrastrando al crío que ahora sí que llora con ganas.
Cuando sí me enfado de verdad es cuando me encuentro con una señora en mitad del aparcamiento de debajo de mi casa, “guardando el sitio” a su marido que “ahora viene con el coche”. ¿Pero esto qué es, la selva? Y le digo, no, no, usted se quita ahora mismo de en medio a ver si le voy a atropellar y tenemos un disgusto y ella dice que nones, que ese sitio lo está guardando ella para su marido “que ahora mismo llega” y meto la primera en un amago de avance y la buena mujer se aparta y me da una patada en la puerta del coche y yo cuento hasta diez antes de salir y suelto un juramento con la puerta cerrada, porque como salga así la liamos. Y en esto que llega el marido en su Mercedes del año de la nana, renqueando el coche y…!le monta la bronca a la mujer por no haberle guardado el sitio…!
Y entre enfadarme y desenfadarme, entre aguantarme la rabia y dejarla salir libremente me paso parte de la vida… ¡ay quién fuera indiferente a la estupidez humana!
En fin.
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Hace un par de años, una de mis amigas tuvo una idea genial. Consistía en que organizáramos una cena invitando cada una a alguna otra amiga que a su vez traería a otra amiga, de forma que, por aquello de que “los amigos de mis amigos son mis amigos” pudiéramos ampliar nuestro círculo de amistades y disfrutar de una nueva experiencia. De golpe y porrazo nos juntamos diez mujeres que no nos conocíamos entre nosotras más que de oídas –o de nada- y, huelga decir que fue un éxito y lo pasamos tan bien que nos dieron las tres de la mañana entre cuentos, copas y algún que otro baile.
Más que nada eran las ganas de divertirnos, de salir de la rutina, de hacer algo nuevo en esta sociedad tan pequeña de una ciudad provinciana donde casi todo el mundo ha oído hablar de todo el mundo y parece que no queda mucho por descubrir. Del grupo inicial quedamos siete que no nos fallamos ya ni nos perdemos una “cena de chicas”. Algunas vinieron y se fueron, aves de paso como siempre hay.
Todas tenemos valores en común, -de otra manera no podríamos ser amigas- aunque las realidades vitales son diversas: casadas y divorciadas, profesionales en pleno ejercicio, una pre-jubilada y una estudiante. Y de esta “chica” quería yo hablar porque creo que compartir someramente su itinerario vital puede enseñarnos una bonita lección, como así ha sido en mi caso y en el del resto del grupo.
Carmen tiene setenta y cuatro años, según dice ella, pero ni mirándola con lupa podríamos echarle más de sesenta y pocos, tal es la vitalidad que se desprende de sus ojos vivaces, su voz fuerte y un poco aguardentosa y su porte erguido, alta y delgada como la madre de nuestra canción popular.
Vino desde otro país –atraída por la herencia nostálgica de un padre vasco al que admiraba y a quien quiso reencontrar respirando este aire- con sus propios cantos de sirena y se enamoró de Donostia -¡cómo no!- y decidió, junto con su marido, ambos jubilados, repartirse el calendario entre esta tierra y la suya donde siguen amándola sus cuatro hijos y once nietos. Carmen no terminó su vida laboral y profesional para dedicarse a viajar, hacer pilates y leer novelas; ni se tumbó al sol como lagartija mediterránea a esperar que se agotaran sus telediarios.
Carmen siguió teniendo ilusiones, inventando sueños nuevos, porque los de juventud y madurez ya se realizaron –o quizás prescribieron- y era llegado el momento de crear otros nuevos. Soñar con un nuevo proyecto, un nuevo afán por acometer. Y así es como se decidió a volver a la Universidad para realizar un Doctorado en Economía justamente aquí, en nuestra pequeña ciudad.
Es un ejemplo para mí, una admiración sencilla pero contundente, compartir su amistad, saber de su vida, idas y venidas, afanes de estudiante que prepara una tesis reactivando su inteligencia cada mañana con este reto que la hace brillar con luz propia.
El sábado nos reunimos “las chicas” en su casa, cuyas puertas abrió generosamente de par en par. Cada una aportamos un plato de confección casera y amorosa y nos disfrutamos sin límite y con confianza. La conversación se tornó liviana o enjundiosa según el aire entraba o salía por las puertas del balcón y nos unió durante esas horas el deseo de conocernos un poco más, compartir el disfrute de la amistad y aprender, no olvidarnos de que seguimos siendo alumnas de la vida.
Hoy quería hablar aquí de mi amiga Carmen porque es el ejemplo vivo de esa hermosa frase que se le dice a alguien querido: “Yo, de mayor, quiero ser como tú”.
Va por ti, Carmen. Y por tus flores de fresa y menta…
En fin.
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