Diario Vasco
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No digas nunca “te lo dije”
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Cecilia Casado | 26-09-2016 | 06:34| 15

 

Este post debería por pleno derecho ir dirigido a las madres, esas mujeres sabias y visionarias que son capaces de predecir el futuro de sus retoños, seguidas a corta distancia por los padres, claro está; en esto son algo similares a los cuñados, ese otro espécimen que siempre compra lo mismo que nosotros pero más barato y nos lo pasa por los morros. Pero a lo que vamos.

Cuando una persona mete la pata porque ha asumido un riesgo que se le ha ido de las manos, lo último que necesita es que venga el listillo de turno a recordarle cómo en su día le advirtió de lo que podía pasar si la cosa no funcionaba.

Esta actitud del “te lo dije” se hereda de abuelos a padres, de padres a hijos y de hijos a futuros retoños. Es algo así como la bola de cristal de andar por casa que ha existido en toda familia que se precie, sin más fundamento científico que la “sabiduría” de quien, por tener más años que nosotros, se convenció de que los diplomas los da la vida y no las universidades.

Cuando anuncia lluvia y uno pasa de llevar paraguas y vuelve a casa trayendo un resfriado de aúpa, ¿qué alivio da escuchar el “te lo dije” de turno? Y cuando compras un ordenador súper barato porque tú no eres tonto y comienza a dar problemas al poco tiempo, ¿ayuda realmente que te recuerden que ya te lo habían dicho? Eso por no hablar de los sentimientos y emociones, del inesperado aleteo de lepidópteros en el estómago gracias a alguien que no recibe el beneplácito de amigos o familiares que le hacen “la cobra” y cuando al cabo del tiempo –meses o años- en que la relación hace aguas, te lo sueltan a bocajarro señalándote con el dedo de disparar: “te lo dije”.

En realidad esos “avisos” que nos lanzan los seres cercanos cuando les participamos que vamos a tomar una decisión que supondrá un cambio en nuestra vida, no son –en el fondo- más que pura envidia disfrazada de interés; es decir, ¿realmente le importa a alguien que metamos la pata hasta el corvejón si estamos dispuestos a aceptar la responsabilidad y consecuencias de nuestros actos?.

Tantas veces aguanté admoniciones y agoreras previsiones por parte de mis padres con respecto a mis decisiones vitales (quiero decir, que a todas les pusieron pegas, ellos lo hubieran hecho mejor, estaban convencidos de que corría riesgos innecesarios y de que iba camino a mi perdición), que no tuve más remedio que afianzar mi autoestima a sus expensas y buscar las herramientas necesarias para sentirme segura de lo que estaba haciendo en el momento en que lo estaba llevando a cabo. Si luego salió bien o mal, esa es otra historia que sólo me importa a mí.

Cuando mis hijas han tomado decisiones drásticas en cuanto al rumbo de sus vidas, -curiosamente- otras personas aledañas, vieron en sus actos riesgos o peligros acechantes y, dicen que por lealtad hacia mí, me avisaron de lo que podía ocurrir, como si yo, por el hecho de ser su madre, tuviera autoridad moral para impedirles seguir su camino en libertad.

Por eso, creo que nunca he dicho “te lo dije”, porque acabé harta de que me lo dijeran a mí sin ningún derecho y, sobre todo, sin aportar con el retintín de la frase la más mínima ayuda para solventar el problema.

El “te lo dije” es un torpedo en la línea de flotación de la autoestima; es querer hacerle ver al otro que está en un nivel inferior, que sus decisiones no valen dos pesetas, que ha hecho las cosas sin atenerse a los “sabios consejos” que otros podían ofrecer y negándole el derecho sacrosanto a equivocarse.

Ahora –lo digo con mucho rubor- observo que hay muchas personas mayores de cincuenta años con padres ancianos  que les intentan dar lecciones a ellos, a los que les machacaron con sus “te lo dije”, avisándoles de todo lo que están haciendo mal en su final de carrera y, de alguna manera, con ganas sibilinas de espetarles el “te lo dije” cuando se caigan por no usar el bastón o se les enganche el cable del aspirador en el fémur o cualquiera de los riesgos que los ancianos de hoy en día suelen tener por  costumbre correr.

La vida cierra sus círculos y está claro que “donde las dan, las toman”.

No digáis que no os lo he dicho, ¿eh?

En fin.

LaAlquimista

*Fotografía: Charles Darwin

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Otoño: toca cambio de piel
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Cecilia Casado | 22-09-2016 | 17:45| 44

 

Cambio de piel al mismo ritmo con el que comienzan a caerse las hojas de los árboles, no puedo evitarlo; cada año, cuando el verano –ese tiempo de nadie que culebrea entre la primavera y el otoño, esos meses en los que se escribe menos poesía- recoge sus días y se retira como un príncipe destronado hasta el siguiente calendario, me asemejo de manera inconsciente e inevitable –y algo atávica, supongo- a ciertos lagartos que se frotan entre dos piedras para arrancarse la piel vieja y dejar que surja una piel nueva.

Es una necesidad vital, extraña, recidivante y no por conocida menos sorprendente; hubo incluso un tiempo en el que pensé que podría oponerme, por afán de sentirme libre y no condicionada a un impulso vital e instintivo, pero no fue una buena idea. Quizás venga ese impulso del cerebro reptiliano, -tendría más razón de ser y si así fuera-, así que mejor no oponer resistencia sino propiciarlo, fluir con lo que, a fin de cuentas, también forma parte de mi propia esencia. Ahora que la naturaleza comienza a desnudarse para volverse a vestir, mi “piel interior”  reclama algo parecido y se pone en marcha para llevarlo a cabo.

Es el momento de abrir ventanas, respirar el aire limpio, desechar lo raído y demasiado usado, tirar lo inservible aunque esté pintado de nostalgias, limpiar el espacio y hacerlo más amplio para seguir viviendo, incluso para vivir mejor, marcar los límites y esperar que el viento, la lluvia y el frío que vendrán me encuentren preparada, con una piel nueva, resistente, fuerte.

Así que es el momento de la limpieza cuidadosa del interior, un ir arrancando sin prisa pero sin pausa lo pegajoso del verano, los besos mustios, el tiempo perdido, lo demasiado débil como para soportar otro invierno. Ahí se irán amores y requiebros, algunos sueños que ya no son más que decepción y la piel vieja, inservible ya.

Si somos capaces de hacer “limpieza general” por dentro, al percibir los beneficios de dejar de lado miedos, prejuicios, temores y absurdos convencimientos, sentiremos también una especie de nervio que nos lleve a despojarnos de viejas e inservibles cosas materiales. Amontonar, guardar trastos viejos, ropa antigua –por si algún día apetece volverla a utilizar-, mantener un “cuarto de los trastos” donde va a parar todo aquello que hemos desechado con pragmatismo pero a lo que nos atamos con una cuerda invisible por temor al futuro, nos envuelve y ata a la espiral sin fin de una seguridad ficticia que –demostrado está- se resquebraja como lámina de cristal en el momento menos necesario, cuando vienen mal dadas, cuando la vida aprieta las tuercas y tan sólo podemos contar con la fuerza vital del presente; entonces es cuando nos damos cuenta de que las rémoras las hemos ido almacenando en la trastienda emocional nosotros mismos.

Lleva su tiempo mudar de piel, vaciar por fuera y por dentro. Separar lo viejo e inservible de lo poco que necesitamos para sentirnos en paz. Fuera trastos, piel reseca, recuerdos mohosos. Que corra el aire, limpio, que sobran cosas y miedos. Lleva su tiempo mudar de piel…pero lo tengo.

Todavía.

Confío.

En fin.

 LaAlquimista

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Jugando al parchís con María Teresa Guinda (In Memoriam)
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Cecilia Casado | 21-09-2016 | 20:13| 31

En la puerta de al lado empezó a enseñar yoga una mujer especial. Hablamos en el ascensor y me invitó a entrar. Entré –en el piso y en su vida- y ya no salí durante más de treinta años. Hoy mis hijas lloran su partida porque la recuerdan como “una especie de abuela” que les hacía bromas y regalitos. Jugábamos con ella al parchís, una especie de timbas que duraban horas y horas, y que ella casi siempre ganaba lo que preocupaba a mi hija pequeña: “Ama, ¿María Teresa hace trampas que siempre gana?”

No, María Teresa no hizo jamás ni una sola trampa en toda su vida. Eso es lo que yo creo firmemente. Mi amistad con ella, el cariño recíproco, fue uno de los puntales más firmes de los años turbulentos de mi existencia. Maestra, confidente, punto de apoyo incondicional, fue mucho más que una amiga, mucho más…

- “Lo muchísimo que ella disfrutaba, sentadas una frente a la otra, jugando al parchís… ¡y ganando! Las interminables conversaciones sobre lo divino y lo humano. Ver sus hermosas y bonitas manos, tranquila, dando su clase de yoga… tanto y tanto que recordar”. Me lo cuenta Teresa, otra amiga común que llora intentando asimilar la pérdida a pesar de que nuestra amiga, “ya hacía tiempo que se había ido”.

- “Lo que llegó a ser esa mujer para mí, ¡que el Universo la bendiga! Me acuerdo de las lecciones para el alma que nos regalaba…” Palabras de Ana, otra alumna, compartiendo la nostalgia de su partida.

Recuerdos, recuerdos… El libro tantas veces leído de “Juan Salvador Gaviota” que le regaló a mi hija Xixili. Y el muñeco “Epi Sonrisitas” que acompañó el descanso de mi niña Amanda tantas noches. El timbre de casa, podía sonar a las diez de la noche, -cuando acababa sus clases- y su cuerpo cansado se prestaba a compartir una infusión y un trocito de chocolate, ese cacao que forjó su infancia y que se le quedó prendido –con su amargor y dulzura a la vez- en lo más profundo.

Nunca me gustó especialmente el parchís; sin embargo, ¡la de partidas que habré echado con ella en la cocina de su casa! Sabiendo de antemano que me iba a ganar, como siempre, ella tenía esa buena suerte en la vida, que los dados jugaban a su favor dándole fuerza para seguir adelante, y jugó y volvió a la casilla de salida varias veces con varias fichas, pero gozó de una vida especialmente intensa, llena del amor que la rodeaba, la cercaba… ¡cuánto le queríamos todos! Era una mujer admirable; hiciera lo que hiciese siempre me parecía que lo aderezaba con bondad y amor, aunque me pusiera las peras al cuarto con un buen “sermón” cada vez que yo cometía un error e iba a llorar sobre su hombro. Fue dura cuando debió serlo y dulce y blanda como los bombones rellenos que tanto le gustaban. Le oí mil veces cantar y algunas menos gritar porque expresaba las emociones con la naturalidad limpia de un alma en paz.

La “utilicé” amorosamente en mis momentos de debilidad –que fueron muchos y repetidos: no me falló jamás, siempre jugó en mi equipo. Daba lo mismo que fueran las once de la noche, podía llamar a su puerta y ella abría, sonriente su corazón. Hasta cuando compartía lo hacía con sencillez, como pidiendo perdón.

Las croquetas de espinacas, el caldo de verduras, sus cuidados cuando pasé una neumonía y no tuvo reparos en pasar a mi casa todos los días para hacerme compañía sin miedo alguno a contagiarse. Los paseos por el barrio: te acompaño a tu casa, vale, ahora te acompaño yo a la tuya y las risas… Y las sesiones de cine nocturnas en el Astoria que nos pillaba al lado. Los libros que nos prestábamos, las confidencias desgarradas (sobre todo las mías) en el sofá de la sala. Nunca me dio un consejo porque sabía escuchar y en el silencio compartido me invitaba a encontrar mi propio camino.

Aguantó el sufrimiento físico de “una mala salud de hierro” desde que era una niña; pensaba que no viviría demasiado y se equivocó: habría cumplido dentro de poco los noventa y tres.

Tengo guardados en mi corazón miles de recuerdos compartidos, horas y horas de amistad que nos regalamos. Toda mi familia, todos mis amigos, han sabido y saben quién era María Teresa en mi vida y cómo seguirá estando viva en mi corazón como la más grande amiga que tuve jamás.

De todo lo que me enseñó sin saber que lo enseñaba, me viene ahora una frase acertadamente genial: “Tú quédate con lo bueno”. Y eso hago, “maestra querida”, me quedo con lo bueno y lo mejor de ti y de tu recuerdo…

Te veo esta noche en “la estrellita cariñosa”.

Cecilia.

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¿No querías caldo? Pues toma dos tazas…
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Cecilia Casado | 19-09-2016 | 07:10| 15

 

El viernes escribí sobre cómo afrontar el duelo por la muerte de un ser amado y todo el fin de semana se ha alimentado el blog de diversas opiniones al respecto. En ese post indicaba mi poca y lejana percepción de la muerte y tal parece que el azar ha querido jugarme una paradójica mala pasada.

En dos días han fallecido dos personas muy queridas para mí: mi tío Gonzalo –hermano menor de mi padre- y María Teresa, mi maestra de yoga –y de la vida- durante más de treinta años.

Sábado y domingo revuelta por dentro, asaltada por nostalgias que buscan su lugar entre las emociones y los sentimientos vividos, un fin de semana viendo fotos en blanco y negro, recordando en soledad los encuentros con mi tío el dicharachero, buscándole en las cartulinas junto a mi padre, jóvenes ambos, unidos y queridos. Mi tío Gonzalo, marino él, guapo en su uniforme, alto, espigado, guitarrista aficionado, camillero en Lourdes, cristiano ferviente, padre de mis cinco primos a los que tan poco traté por la distancia entre su mar y el nuestro. Él ha fallecido en el Mediterráneo y su hermano –mi padre- lo hizo en el Cantábrico, siendo ambos de tierra adentro. Busco en mi corazón el recuerdo de mi tío y salen a borbotones todos los de mi padre. He estado callada y ausente, lejos de festejos, pensando, sintiendo, mirando al mar sin decir apenas nada.

Y luego María Teresa. Sin solución de continuidad se me amalgaman lágrimas y recuerdos, demasiada emoción para hacerla palabras ahora. Noticia luctuosa, triste, por haber sido unos años compartidos con mis hijas que también la conocieron y la quisieron. De ella no puedo hablar aquí en este momento.

Son casi las doce de la noche del domingo e intento elucidar si esto es casualidad o causalidad, si existe el azar o la inoportunidad de los hechos. ¿Por qué justo cuando he escrito sobre mi lejana relación con la muerte fallecen dos personas cercanas en mi corazón? ¿Debo darle una lectura especial a este hecho? ¿O no hay ningún significado oculto que deba descubrir?

Si fuera supersticiosa no saldría a la calle el lunes que se avecina; ni el martes ni el miércoles. Me quedaría quieta parada viéndolas venir, esperando a que pase la racha nefasta, sin darle vueltas a la cabeza y pensando en ver alguna película superficial o leer una novela de esas que tienen muchas palabras pero dicen muy poco.

Estoy pensativa, muy pensativa. Y triste. Las emociones me han asaltado este fin de semana y ni tan siquiera compartir con una buena amiga la comida del domingo para celebrar el aniversario de su maternidad ni la fiesta y el jolgorio del viernes para celebrar el aniversario de mi nacimiento han conseguido sobrevolar el halo de tristeza que me cayó encima el sábado a primerísima hora de la mañana.

No es mi intención seguir hablando de la muerte. Ahora lo que me preocupa más es si esta coincidencia tiene algún sentido o, como tanto y tanto en la vida, carece de la más mínima importancia. Que las cosas pasan porque sí, que no están interrelacionadas, que las alas de la mariposa en la esquina del mapamundi no mueven el aire ni a dos centímetros, que mis días tranquilos igual se han terminado, que la paz que me adornaba tiene que salir también volando, con los que se han ido, con Gonzalo y María Teresa, en pos de un sueño hacia la “estrellita cariñosa” que va a tener overbooking a este paso…

Ya es lunes y empieza la madrugada; el sueño ha huido de mi cuerpo y siento que va a ser una noche especial, de esas que se pueblan de pensamientos y reflexiones que, al día siguiente, marcan una pauta a seguir, rascan una muesca más allí donde quedan las señales en el alma o como se llame ese sitio que todos mencionan y tan pocos han ubicado en el gps del ser humano.

Mi tío Gonzalo tuvo cinco hijos y mi amiga María Teresa también. Ambos con una vida rica y plena, han fallecido rodeados de sus seres queridos. Mi abrazo y mi pensamiento amoroso para ellos…

Cecilia

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Afrontar la muerte de un ser amado
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Cecilia Casado | 16-09-2016 | 08:56| 65

La muerte no ha dejado profundas señas de dolor en mi vida; no así la enfermedad de mi padre, penosa, interminable, agotadora para él y para quienes le amábamos. Cuando tiró la toalla y sintió que ya no quería luchar más me alegré por él y le dejé marchar; ni lo agarré a mi vida ni me aferré a la suya, le despedí con la mezcla de dolor y alivio que se da cuando el sufrimiento se vuelve –por fin- liberación. Se fue con su energía a la “estrellita cariñosa” y allí sigue enviando cada noche un aliento que de alguna manera soy capaz de sentir después de más de veinte años.

Sin embargo, he visto a muchas personas de mi entorno sufrir por la muerte de un ser querido: la más terrible la de unos amigos que perdieron a su hijo de veinte años por “muerte súbita”. Falleció también un gran amigo mío con sesenta años pero nos había dado tiempo a despedirnos mil veces mientras brindábamos por la vida y yo no sufrí por él aunque sí lo hicieran sus hijas. El marido de una amiga murió después de años de lucha contra el cáncer y ella también respiró aunque ese respiro le provocara un muy común sentimiento de “culpabilidad”. Y el padre de mi hija mayor mas hacía muchos años que habíamos perdido el contacto.

La muerte, esa desconocida.

La muerte arrebata, roba, frustra, arranca del corazón ilusiones, proyectos, deseos y deja a quien la padece colateralmente, abandonado, en una especie de estupor, una pesadilla sin final, perdido el norte, desaparecidas de la noche a la mañana las veredas por las que hasta ese momento se caminaba. He visto sufrir a algunas personas, llorar, maldecir y blasfemar, gritar y desesperarse por haberse quedado sin la persona a la que amaban, con la que compartían la vida, rutinas, tiempo cotidiano, el soporte seguro de las penas que siempre llegan, la compañía con quien celebrar las pequeñas alegrías; alguien con quien charlar y discutir, con quien ir al médico y de compras, con quien “comentar la jugada” de la vida en sus inevitables miserias. La gente se queda sin el confidente o la compañera, amputada emocionalmente, arrancadas de cuajo las raíces, desbaratado de un manotazo el rompecabezas de la vida.

No sé qué es eso, mis dramas personales no llevan como componente la muerte devastadora (ni mencionar aquí qué ausencias me romperían en dos), por eso los dramas de los demás los vivo con compasión, con la empatía de “aquí estoy pero no sé muy bien qué hacer para acompañar tu dolor”, un duelo que hay que vivir, un túnel oscuro que hay que atravesar hacia la luz que –siempre- está al final.

Una vecina lleva llorando la muerte de su marido después de un año entero; está de baja por depresión y atiborrada de medicamentos gracias a los oficios de los médicos. Sola, con apenas amigos y alejada de unos hijos con los que rompió la relación hace años. El otro día coincidí con ella en el parque –sentada ante un café en una terraza- y le pedí permiso para sentarme a su lado. Nunca habíamos hablado ni cruzado más palabras que los rutinarios saludos que la educación nos impone y fue un impulso súbito el que me hizo acercarme. Me contó muchas cosas, sus penas (que al psiquiatra no le interesan –según ella-). Pedimos un par de rondas de cerveza y acabamos cotilleando sobre los actores de cine que vendrán al festival este año.

Al despedirnos me abrazó y me dio las gracias. Me sentí inmerecedora por mi compasión de tres al cuarto y por mi desvaída empatía puesto que no sé realmente cómo es el dolor que ella siente en lo más profundo de su ser. Luego pensé que me ha ayudado a reflexionar y que también le estoy agradecida por haberme puesto ante mi realidad privilegiada y ausente de dolor…en este momento.

La próxima vez que la vea tengo que decírselo… y pagar yo las cañas.

En fin.

LaAlquimista

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.

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