Diario Vasco

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Hasta el 2 de Septiembre
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Cecilia Casado | 25-08-2014 | 07:50| 9

 

Creí que aguantaría Julio y Agosto al pie del cañón, como otros años. Que el “veranito” donostiarra me iba a resultar propicio, agradable y beneficioso. Que, como casi siempre desde hace veinte años, pasaría los calores de julio y agosto perdida por los espacios verdes de mi ciudad, buscando pájaros y olvidando ruidos.

Pero no ha sido posible; tiro la toalla antes de llegar al final, abandono el asfalto y le digo a mi coche rojo que me saque de aquí… ¿Adónde? Al silencio, al silencio…

¿Qué hemos hecho los vecinos de cualquier barrio para soportar tanto ruido? ¿Qué hemos hecho los habitantes de la hermosa ciudad para convertirla en un hormiguero frenético y desagradable?

Ruido, ruido y más ruido. Estruendo del vial de salida de la ciudad con vehículos que se burlan miserablemente de la limitación de velocidad a 50 kms./hora. Broncas de madrugada todas las noches sin omitir ni una sola. ¡Hasta la iglesia del barrio hace repicar sus campanas en un desaguisado musical que hasta ahora se había evitado!

No ha habido ni una sola noche –ni una sola- en que haya podido conciliar el sueño antes de la una de la mañana y ni una mañana en que no haya presenciado el alba al son del tren madrugador y la sirena de una fábrica que, a las seis en punto de la mañana –caiga quien caiga- lanza sus decibelios impertinentes para despertar a todo el barrio.

Bien es cierto que he podido hacer varias “escapadas” de fin de semana a espacios boscosos y naturales cercanos; bien es cierto que tengo tapones de silicona por si la desesperación me aboca a un límite incierto. Pero también tengo que reconocer que nada me impide largarme con viento fresco (y tan fresco) de este enjambre en el que no soy ni “trabajadora ni zángana”.

Una semana, justo una semana (hasta el 2 de Septiembre) en la que mi ordenador portátil va a dormir el sueño de los justos. Ahora que los demás vuelven de sus vacaciones bien ganadas, yo me voy a las mías bien merecidas.

Inauguraré el mes de Septiembre desde otra ventana diferente con otra brisa y otra luz. Es lo que tiene la libertad, que su puerta se abre y se cierra desde lo más profundo de uno mismo… Es la mayor ventaja de ser no-dependiente, que puedo disponer de mi vida sin restricciones ni cortapisas algo que, durante cincuenta y pico de años no pude hacer por estar atada a mil obligaciones…

Gracias por estar ahí ahora…¡y cuando vuelva!

En fin.

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Demasiado analfabeto emocional
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Cecilia Casado | 22-08-2014 | 04:57| 20

 

Esto no es de ayer ni de antes de ayer, sino que forma parte de la educación generalizada que hemos recibido los de mi “quinta”, aunque parece ser que ahora se lo toman un poco más en serio en las escuelas y no en todas.

El caso es que vamos pisando fuerte por la vida toda una generación a la que se nos enseñó a no tener en cuenta las emociones y muy poco los sentimientos porque lo que primaba era hacer las cosas “con cabeza”. Con cabeza o con cabezonería, no sé muy bien, porque sigo viendo alrededor adultos que no saben gestionar sus emociones y todavía se asombran de los golpetazos que se dan contra las vallas que la vida les pone por delante.

Nos enseñaron a tener esquemas y proyectos vitales. Según el sexo y el entorno social fueron los hombres “diseñados” para mantener a una familia y procurarle el máximo de comodidades; y las mujeres para ser madres y criadas del anterior y de la prole venidera.

En otros entornos –como el que me tocó vivir en mi familia, más mujeres que hombres- se nos educó para ser auto-suficientes y no tener que depender de nadie para buscarnos los garbanzos, cosa que hemos llevado a cabo cumplidamente.

Nos enseñaron a pescar en vez de darnos peces, pero no tuvimos quién nos dijera cómo reaccionar cuando perdiéramos el anzuelo o se enganchara el sedal. Y mucho menos cómo gestionar el hecho de que nos robaran la caña en un descuido. O que la pesca fuera tan fructífera que no nos cupiera en la cesta. Cosas de esas que tienen que ver con las emociones inherentes a la condición humana.

¿Cómo gestiona un hombre hecho y derecho la pena y el dolor por la pérdida de un ser amado? ¿Llorando y dejando salir de su alma la amargura o haciendo de tripas corazón con cara compungida? Ese fatídico “los hombres no lloran” que sigue vigente en tantas familias le atenazará la hombría y acabará guardando el sufrimiento en su interior para vivirlo –quizás- en la intimidad que le dejen tener, ignorando que la tristeza hay que vivirla.

¿Y ese mismo hombre, enamorado, traspasado por la ilusión de haber encontrado a su pareja romántica perfecta? ¿Cantará corriendo descalzo por la hierba para expresar la inmensa alegría de su corazón o se limitará a regalar un ramo de flores comprado en una tienda? Quizás copie una poesía de algún poeta romántico –y puede que homosexual-, pero será parco en palabras, gestos y efusiones porque así se lo han enseñado, que es ridículo dar saltos embargado por una emoción, que no hace falta pregonar la felicidad a los cuatro vientos, que no es necesario en absoluto. Y se quedará sin saber que la alegría hay que vivirla también.

Hay siete emociones básicas según Daniel Goleman: Ira, Miedo, Felicidad, Amor, Sorpresa, Disgusto, Tristeza. Pero son conceptos academicistas que han sido desarrollados, superados, mejorados.

Porque el concepto de “felicidad” se transforma en la común y corriente “alegría” y lo que se llama “amor” ha traspasado la barrera emocional para anidar directamente en el plano de los sentimientos.

Hay una gran diferencia entre lo que llamamos “sentimientos” y “emociones”. Y cada uno debe saber en su interior cómo llamar a lo que le mueve desde las entrañas, a esas sensaciones, la mayoría de las veces inefables, que nos impulsan a actuar de una manera o de otra.

La alegría y la tristeza son emociones primarias. La alegría del hombre de las cavernas cuando ha conseguido matar una presa que les dará sustento durante un tiempo. La tristeza de ver cómo esa presa adquirida desaparece durante la noche robada por alimañas. Todo muy básico, muy “homus erectus”, pero acendradamente instalado en nuestro cerebro reptiliano.

Y el hombre, el ser humano, que no da importancia a la gestión de las emociones y las va echando al saco de “lo que no se entiende” se está privando de muchas cosas buenas. La primera de todas ellas a disfrutar de las emociones positivas y la segunda y no menos importante, a no dejarse dominar por ninguna de las emociones negativas.

Tan sólo pretendía –de manera muy esquemática- contar que conozco a unos cuantos“analfabetos emocionales” que son incapaces de salirse de sus esquemas mentales adquiridos durante casi cincuenta años y abandonarse a la dulzura, la tranquilidad y la paz de vivir como REALMENTE a uno le gustaría vivir: con emoción.

En fin.

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Feliz como una lombriz
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Cecilia Casado | 20-08-2014 | 07:44| 20

Tengo muchos motivos para ser feliz y, como no siempre me acuerdo, hago una lista que colocaré en lugares estratégicos para los momentos bajos.

Soy feliz porque he aprendido a quererme a mí misma tal y como me merezco, no como opinan los demás.

Soy feliz porque el amor que nació conmigo sigue vivo y compartido.

Soy feliz porque tengo un corazón que late a pesar de los esfuerzos que alguna vez hice por pararlo.

Soy feliz porque mis ojos ven a los demás como son por dentro y no como se visten por fuera.

Soy feliz porque mis oídos saben escuchar críticas y alabanzas, la música y el silencio.

Soy feliz porque mis manos han aprendido a acariciar y no a golpegar.

Soy feliz porque me gusta más un beso que un pastel

 Soy feliz porque puedo distinguir el olor del cariño
del de la envidia.

Soy feliz por todo lo que tengo que no sabía que tenía: fuerza para combatir y fe para seguir mi camino.

Soy feliz porque no echo cuentas del rencor y el resentimiento ajeno.

Soy feliz porque permito que los demás carguen con sus piedras sin hacerlas mías.

Y también soy feliz por todo lo que me falta porque sé que algún día llegará a mi vida. Y aunque no llegue, sé que seguiré siendo feliz.

Porque por fin he podido darme cuenta de que mi felicidad no depende de nadie más que de mí misma. Y porque el amor que siento en mi interior se mezcla con lo que recibo desde fuera: amor de mis hijas, de mis amigas y amigos, cariño y reconocimiento, generosidad, comprensión, apoyo y empatía. Este hermoso conjunto se nutre del amor que está dentro de mí, del cariño que reparto, del reconocimiento que otorgo, de cuando soy generosa y comprensiva y capaz de ponerme en el lugar de los demás para…simplemente, que sean un poco más felices.

Y así, soy feliz yo también.

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“El blog de la esperanza”
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Cecilia Casado | 18-08-2014 | 07:36| 48

 

 

¡Cuánta gente sola hay! Rodeados de multitudes, envueltos en el bullicio que generan los demás, entre el ruido de conversaciones ajenas y el ir y venir de los otros se encuentran muchísimas personas que se sienten solas por dentro. Y lo elegante no es decirlo sino callárselo porque a nadie le gusta escuchar penas ajenas.

De vez en cuando tropiezo con alguna persona que tiene la valentía de asumir lo que es y la ubicación que le ha tocado en el sorteo este en el que todo el mundo quiere estar en primera fila; personas que “confiesan” su soledad interior aunque por fuera la disfracen de tantas maneras como la sociedad permite (que son muchas). Léase familia, entorno laboral o cuadrillas superficiales de “conocidos”.

Y esto de los blogs parece que es una válvula de escape, un paliativo de andar por casa, que ayuda a no pocos –masculino genérico- en la pelea para llenar ese hueco grande y frío que todos hemos sentido alguna vez en mitad del pecho. Pues nada más sencillo que verter en un espacio compartido los sentimientos intransferibles, nada más cómodo y barato que liberarse de íntimas angustias en una especie de terapia de grupo “amateur”. Y sin llegar al extremo de estar agazapado detrás de la pantalla del ordenador contando cuitas y esperando empatía cibernética, bien es verdad que en no pocas ocasiones se puede hallar solidaridad y alivio. (Desde luego, mejor que hablar con la presentadora del telediario, ya es)

Si existe el “teléfono de la esperanza”, bien podría existir también “el blog de la esperanza”, un sitio donde hallar un poco de consuelo a la soledad interior, a la necesidad de tener amigos –aunque sean virtuales-, donde compartir un poco de tiempo libre con otras personas en vez de sentir que el círculo está ya cerrado definitivamente.

Hay mucha gente sola, demasiada. Y esta sociedad no favorece la comunicación “real”. Si no tienes familia, si no tienes muchos amigos, si ya no trabajas, puede suceder que en todo el día no se crucen dos palabras con otro ser humano más que cuando se va a comprar el pan o que –esto está constatado- tan sólo se “hable” con el perro o el gato (¿sustituto de otro ser humano?).

A mí no me hace mucha gracia este tema, pero está ahí, lo veo cada día, así que si alguien lo necesita le invito a ponerse un nick delante de los ojos –como esos antifaces elegantes que se usan en el carnaval de Venecia- y sumarse al grupo sin miedo ni vergüenza. O a contactar vía correo electrónico. Que estamos todos en el mismo barco.

En fin.

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Amanecer sobre Donosti
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Cecilia Casado | 16-08-2014 | 07:05| 22

  

Duermo poco. Así que en vez de desesperarme cuando mi mente decide que mi cuerpo ya ha terminado de dormir a las seis de la mañana –aunque me haya acostado a la una de la madrugada- me lo tomo con filosofía y me pongo a hacer algo que me estrese menos que empezar a dar vueltas en la cama intentando volver a atrapar el sueño.

Lo que mejor se me da es, a esa hora oscura que precede al amanecer, es ponerme a escribir. Abro el ventanal del dormitorio y dejo que entre el fresco de los árboles hasta mi cama. Arropada tan sólo por la luz de la pantalla del ordenador voy dejando que se funda con las sombras que comienzan a diluirse en el exterior. Poco a poco se va perfilando el paisaje cotidiano; el monte que colea adentrándose en la ciudad, las casas últimas que dominan el alto de Errondo y los árboles, muchos árboles de telón de fondo que marcan la pauta del movimiento del día, con brisa o viento como música de fondo para ir despertándose.

La luz del sol incide en mi campo visual desde la izquierda, descoordinada de las farolas que continúan encendidas, duplicando el esfuerzo de iluminar la ciudad dormida. Es hermoso lo que veo, todavía silencioso.

Ya no pienso en las cosas que tengo que hacer, como hacía antes. No me preocupan las citas, los compromisos o qué pondré para comer. Desde hace un buen tiempo llevo una agenda donde apunto las cosas y la abro después de desayunar; entonces veo qué me toca hoy, pero hasta ese momento sigo meciéndome en la tranquilidad de la ausencia de preocupaciones.

Porque esa es otra; ¿cómo lo hago para poder vivir sin apenas preocupaciones cuando éstas han manejado mi vida durante más de treinta años? Tendría que pararme a pensar concienzudamente qué ha ocurrido en mi existencia para haber conseguido no pre-ocuparme de las cosas, sino tan sólo ocuparme de ellas. Obviamente es una actitud más que otra cosa, una costumbre recién adquirida también, la de transitar por las horas sin estresarme, sin agobios importantes, haciendo lo que tengo que hacer en cada momento, pero teniendo bien presente la precariedad de las cosas, la ausencia de importancia verdadera.

Ahora mismo, las siete de la mañana de un sábado de una semana festiva, debería estar escribiendo para el post de hoy algo sesudo o interesante o siquiera con un mínimo de atractivo y, sin embargo, aquí estoy mirando por la ventana, con un té al alcance de la mano, sintiendo que este nuevo amanecer va a dar paso al día en que también podré ser moderadamente feliz gracias a pequeñas cosas. La visita de un amigo, un paseo por el monte, la conversación distendida, Elur brincando por la hierba.

Está bien esta ciudad para vivir. La presencia del mar alivia otros posibles inconvenientes; hay parques suficientes, montes al alcance de la mano y agradables paseos para enfrascarse en los propios pensamientos sin fijarse en el caminar ajeno. No es demasiado sucia y tan sólo algo bullanguera unos cuantos días al año. Bastante segura si la comparamos con otras urbes y con su porcentaje justo de incordios y molestias. Lo que no me gusta de ella está ahí para compensar todo lo que me ofrece. Como en las personas, más o menos.

Me gusta amanecer en mi ciudad y sentir que sigo teniendo ganas de vivirla.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.

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