Diario Vasco

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Natural, salvaje, viva
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Cecilia Casado | hace 16 horas| 0

De vez en cuando siento la necesidad ineludible de quitarme las vestiduras urbanitas –las de fuera y las de dentro- y dejarme sentir tal cual soy. Un poco salvaje, un poco anárquica, quizás un punto rarita, ¿qué me importan las etiquetas si lo que siento no tiene nada que ver con lo que se ve desde fuera?

De vez en cuando arranco mi coche rojo, le pongo el cinturón a mi perrillo blanco y me voy carretera adelante, hacia los montes de mi amada Navarra a respirar el aire frío del invierno.

Ligerísima de equipaje, descubro que me he olvidado en casa el cargador del móvil, el pijama, la agenda y la cartera. Sí, la cartera. Dos días sin DNI, ni carnet de conducir…ni más dinero que las monedas que llevo en el coche para cuando hay que sacar un tique de aparcamiento… ¿En qué mundo feliz me he sumergido estos dos días de paréntesis entre ladrillo y ladrillo?

 

Afortunadamente soy acogida amorosamente donde no tengo que dejar la tarjeta de crédito como fianza al entrar; por la misma fortuna me esperan brazos abiertos llenos de cariño y mesa con mantel llena de viandas. Esa fortuna que me “persigue” desde que yo he dejado de perseguirla…

Busco silencio, disfruto del espacio en compañía y de su parte de soledad, allá donde las personas se respetan sin exigirse compartir ni planes ni horarios. Donde yo soy yo y los demás son ellos mismos sin que nadie tenga que demostrar nada. ¡Maravilloso concepto, dulce realidad!

El sol del mediodía acaricia los prados que se ofrecen confiados; unos caballos pastan ajenos a cualquier prisa humana. El cielo se regala en un azul al que ningún pintor ha osado dar su nombre y el agua baja de la montaña cantando a gritos su ímpetu natural.

Yo también canto. Me atrevo a cantar, con ganas, sin pena ni vergüenza, la voz también puede participar del baile que se celebra a los ojos de quien sabe mirar, ¡cuánto tiempo sin dejarme llevar de esta manera…! Dejo que el camino guíe mis pasos hacia arriba, a la derecha, hacia abajo ahora y, un poco más allá, se detenga en un recodo al sol. Me detengo, obediente y ya no sé más del tiempo que marca el reloj porque me acaricia el tiempo de la vida.

Los árboles desnudos esperan confiados, todo es esperanza. Me uno a esa pequeña ceremonia de confianza, de gozo sin pretensiones; yo sé que la primavera está en el calendario, ellos no saben nada y son más sabios que yo… porque no necesitan de certezas, ni buscan promesas, ni persiguen logros; tan sólo son.

 

Busco la luz de la tarde, dulce después de la mañana soleada, el camino sigue desierto en todas direcciones porque es camino libre de depredadores de caucho y metal, es un camino para seres vivos y cada detalle lo manifiesta en un regalo tendido a mis pies, al alcance de las manos, al elevar mis ojos al cielo…

Soy pequeña, me siento pequeña y a la vez grande, no sé explicar la paradoja, tan sólo vivo la contradicción arropada con el adverbio que más acomoda a la situación, “naturalmente”…

Podría estar desnuda entre los árboles desnudos, tranquila junto a las cabras y ovejas pasmadas. Sentada sobre la hojarasca acariciando el perro grande que ha venido ladrando desde un caserío y que, en cuanto me ve, menea la cola pidiéndome una caricia.

No tengo nombre ni papeles que lo demuestren, tengo mis piernas y mis botas, el bastón y la sonrisa, los pulmones que respiran ralentizados, los ojos que descubren un panorama inusitado y feliz. Tan lejos del pueblo y tan cerca de mí misma; tan débil en la soledad de mujer en el monte y tan fuerte de sentir mi yo interior palpitando.

Tengo la cabellera de un Botticelli, el cuerpo de una lamia, las alas de un hada antigua, los ojos cerrados que todo lo ven y la piel perfecta para sentir el aire frío del invierno, el calor del sol, la caricia de la vida…

Natural…salvaje…viva.

En fin.

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Ponerse en “modo zen”. Un recurso eficaz
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Cecilia Casado | 26-01-2015 | 11:39| 0

 

Esta frase es una pequeña licencia que me permito cuando quiero explicar a alguien cómo me lo monto para poder soportar ciertas agresiones extemporáneas que, a mí como a todos, me ocurren de vez en cuando.

Estamos demasiado acostumbrados a “saltar” a la primera de cambio –o a la segunda, cuando nos pinchan con delicadeza- y esa reacción, mitad visceral mitad racional, nos deja luego chafadísimos a la vez que alterados. Es normal, lo que queremos es que nos dejen en paz y no nos traigan más problemas de los que ya nos buscamos nosotros solos… Pero el caso es que hay mil pequeñas incidencias en la vida cotidiana que perturban el somero equilibrio con el que nos vestimos cada mañana para enfrentarnos a la existencia.

El bocinazo del conductor impaciente, el mal gesto de quien tropieza con nosotros y casi nos mete el paraguas en el ojo y encima no se disculpa, la señora que nos quita el asiento libre en el bus con un nada discreto empujón del bolso, el ancianito que se nos cuela en la cola del super poniendo cara de “mutilado de guerra”, los chavales que pasan veloces con su monopatín rozándonos con tanto arte que no sabemos si ha sido un pájaro o un avión, los críos del vecino que nos despiertan a gritos a las siete y media de la mañana. Todas estas pequeñas nimiedades cotidianas que, como no nos preservemos contra ellas, acaban poniéndonos de un mal humor de mil demonios. (Lo de “humor de perros” no lo diré nunca, porque yo nunca le he visto a mi perrillo de mal humor)

Es para poder lidiar con estas pequeñas incidencias que he inventado mi pequeño recurso de ponerme en “modo zen”. Y no es burla hacia esa más que respetable escuela de budismo sino un guiño al estrés, la prisa, el cansancio y el desconcierto de la vida cotidiana.

Ponerme en “modo zen” está en el mismo saco en el que guardo la práctica de la “media hora de seguridad” antes de reaccionar visceralmente ante un comportamiento extrañamente desagradable por parte de alguna persona querida o apreciada. Ponerme en “modo zen” me recuerda que hay otra manera de encarar la vida que no sea estando siempre alerta, dispuesta al ataque o al contraataque. Es entonces cuando intento –de manera chapucera a veces, todo hay que decirlo- fundirme con el universo entero propiciando un pequeño cambio en mi espíritu y, fluyendo de esta manera, incorporar a mi ser la supuesta “agresión” como algo que no tiene que ver conmigo aun formando parte del todo del que yo misma formo parte.

Parece algo complicado, pero no lo es, por lo menos si de lo que se trata es de tener lo que en occidente se llama “santa paciencia” para no desesperarse con las pequeñas y molestas agresiones de la vida, precisamente occidental.

Me pongo en “modo zen” cuando por enésima vez suena mi móvil para ofrecerme una mayor cobertura de mi seguro vivienda. Atiendo a la señorita que se gana los garbanzos de esa manera y le concedo dos minutos para que sea feliz. Luego destruyo amablemente su intento de convencerme deseándole también feliz día con una sonrisa.

Me pongo en “modo zen” cuando me llama un amigo para anular una cita con la que yo estaba más ilusionada que él y le sonrío mientras le digo eso tan poco sofisticado de que “hay más días que lechugas” aunque por dentro yo ya sé que no va a volver a llamar.

Me pongo también en “modo zen” cuando el motorista de la policía municipal llega hasta mi coche mal aparcado pisando medio metro de raya amarilla y me planta en el parabrisas una “receta” de 80€. Pago el 50% acogiéndome a la benevolencia del Ayuntamiento y doy gracias al Universo por poder desprenderme de esa cantidad sin verme después obligada a dejar de comer durante varios días.

Igual parece una tontería, pero doy fe de que no lo es. Sin ir más lejos, ayer mismo, algún malhadado conciudadano me ha vuelto a patear el espejo retrovisor del coche y, ya veis, yo aquí escribiendo, tan tranquila…

En fin.

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“Vivir sin pensar, vivir en plenitud”
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Cecilia Casado | 21-01-2015 | 07:28| 28

Este es el título del último libro de Antonio Jorge Larruy, un hombre al que he conocido personalmente como consecuencia de mi interés desde hace ya unos años por la filosofía y enseñanzas del humilde/gran maestro que fue Antonio Blay Fontcuberta.

De Antonio Blay oí hablar –debo confesar que tristemente tarde- a través de un blog que escribía en este mismo soporte digital la periodista Cristina Turrau, “La tesis de Blay”, un blog sucinto y contundente que me gustó desde el principio y que cuando dejó de publicarse me dejó el mejor sabor posible que fue la amistad con su autora. Luego vino el deseo calmo de leer los libros de Blay,-que ella me fue regalando de a poquitos-, de ir pasito a pasito desgranando su sencillez, su humildad, su certera forma de ver la vida con la que he ido identificándome conforme me he adentrado en los conocimientos que compartió.

Blay fue un maestro de la Psicología de la Autorrealización y, quien siga mi blog, ya se habrá dado cuenta de que todo lo relacionado con el Crecimiento Personal me preocupa, me interesa como tema prioritario en el camino de mi vida.

Y como todo buen maestro, Blay sólo transmitía desde su experiencia, con sencillez y haciéndose entender sin utilizar conceptos complicados, sólo lo que había comprobado por sí mismo era lo que compartía; un práctico, no un teórico.

En esta misma línea y como buen discípulo suyo, Antonio Jorge Larruy es uno de los muchos que recoge el testigo de Blay y lo comparte y transmite a través de sus libros y de los cursos que imparte desde su “Círculo interior”. No es la primera vez que visita Euskadi, aquí ya hay un grupo que se empeña en realizar ese “trabajo interior” que tanto les chirría a algunas personas y tanto beneficio produce en otras (entre las que me encuentro).

Ahora tengo la oportunidad “de hacer lo que tengo que hacer” desde el convencimiento interno que me da saber que ya he elegido mi camino (y ya era hora, a mis años…)

Esta misma semana, el jueves 22, el viernes 23 y el sábado 24 voy a participar en un curso impartido en Donosti por A.J.Larruy –sesiones de tarde el jueves y viernes y todo el día el sábado- para “aprender a vivir” desde el interior, utilizando herramientas sencillas que nos permitan hallar el camino hacia esa supuesta “felicidad exterior” que buscamos en vano y no hallamos porque, precisamente, no miramos en la dirección adecuada.

Así que, después de la Tamborrada, toca silencio interior, un poco de trabajo conmigo misma, ya sabéis, cosas mías…que por supuesto os invito a compartir.

Por si alguien desea contactar e inscribirse en el curso, todavía está a tiempo (tendrá lugar en Donosti, en un céntrico hotel): aeamparo@gmail.com o tlf: 649785034

Volveré el lunes próximo porque me tomaré estos días para reflexionar sobre mi vida. Sí, todavía sigo reflexionando…

En fin.

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“En todos, hay una demanda de vivir más plenos, de sentirnos más libres, sueltos, felices, y a la vez determinados, consistentes, con claridad y con verdad.
Todos reconocemos el valor auténtico de lo espontáneo, de lo natural, por ello nos atrae tanto la naturaleza y nos fascina la frescura de un niño pequeño. Todos anhelamos eso y sin embargo, no lo realizamos. En nosotros hay un fuerte contraste entre nuestras aspiraciones y nuestra realidad cotidiana: deseo sentirme muy suelto y libre y acto seguido, me encuentro envuelto en una situación, atrapado, encogido. Todo ello pide comprensión, necesitamos conocer lo que nos está pasando; sólo entendiéndolo, podremos encontrar el camino para la realización de la demanda.
En este curso intentaremos proporcionaros las claves para comprender lo que nos sucede y los medios para realizar esa demanda. El curso es una guía simple y clara para iniciaros en un trabajo que os ayudará a madurar y a acercarnos a una vida más plena, más real y verdadera. Veremos como todo el problema de la persona radica en la desconexión de su propio fondo, el olvido de su propia identidad y la suplantación de ésta, por unas ideas erradas.
PROGRAMA
 1.  La vida: de la idea a la experiencia
- la vida como adquisición; tener para ser
- Hacia una comprensión profunda del sentido de la vida: la vida como
  despliegue de un potencial
- De la fragmentación a la unidad de la vid
      2.  El yo: de la autenticidad a la identificación
- La construcción de la idea/imagen de uno mismo
      3.  La práctica: el camino del despertar
- El descubrimiento del personaje
- La reeducación: al encuentro del niño interior
- La aceptación
- El centramiento
- Del centro a la expansión de la conciencia
- La herramienta de la actitud positiva
jueves 22 de enero 18:30 a 21:00
viernes 23 de enero 18:30 a 21:00
sábado 24 de enero 10:00 a 13:30 y 15:30 a 17:30

 

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Otro año sin comer angulas
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Cecilia Casado | 18-01-2015 | 08:43| 31

Las angulas son esos bichitos pequeñitos, como gusanos blancos con una rayita negra en el lomo –que es su label de calidad-, que cuando crezcan se convertirán en el llamado pez anguila. Es decir, son alevines que, aun cuando debería estar terminantemente prohibida su pesca y consumo, las leyes de la oferta y la demanda los encumbran al Olimpo de los placeres gastronómicos. Obviamente, el precio es “olímpico” también y, aunque no faltan en el mercado, tan sólo las economías de ciertas personas pueden permitirse su ingesta.

La última vez que degusté tan –desde mi punto de vista- excelso manjar fue hace diez años, en una víspera loca de San Sebastián, en que alguien fue a Francia (donde históricamente son menos caras) y compró algo más de medio kg. y nos lo comimos entre cuatro con la conciencia embarrada por saber que encima de la mesa estaba el presupuesto semanal en comida de una familia de cuatro personas. A mí me invitaron –no quedaba otra-, pero no olvidaré el placer psicológico que supuso la cena de aquella noche.

Comer angulas nunca fue tema baladí; a pesar de que había gente que se congelaba en las riberas del Urumea, con el fanal y las botas, para luego poner el botín sobre la mesa (o venderlo en la lonja a precio de oro) en la memoria colectiva siguen quedando como el mayor dispendio culinario que se podía hacer por estas fechas. Ni langosta, ni foie: angulas y punto.

Eran otros tiempos, qué duda cabe. Vivíamos alegremente –los que ahora tan sólo tenemos media sonrisa- sin pensar en más utopía que la generada por la fuerza de nuestra juventud. Había mucho que cambiar –demasiado-, pero había ganas, ímpetu, ilusión…y angulas.

Recuerdo aquellas navidades de los años setenta en que íbamos –como medio Donosti y media Navarra- a Hendaya, a hacer largar colas y comprar el codiciado manjar cuando todavía no habían inventado el pestífero sucedáneo (que cuesta lo que no vale) que engulle ahora todo quisque como si diera lo mismo comer jamón ibérico que mortadela.

Mi hija pequeña nunca las ha probado (y no sé si las llegará a probar alguna vez). Ahora mismo, una cashuelita de angulas vendría a costar unos 75€ por persona y eso cocinada en casa… ¿Acaso es tanto el dispendio? Pues no me parece a mí porque, la verdad, miro los escaparates de las tiendas “de marca” y cualquier bolso cuesta de 600€ para arriba, los pantalones más solicitados no bajan de los 350€ y unas buenas zapatillas de cordones tampoco bajan de los 400€, pero con la marca bien ostentosa para que pueda ser ostensible. O quizás sea al revés.

Según esta proporción, supongo que quienes se gastan tanto dinero en ropa y complementos también podrán comerse unas angulas tan ricamente sin que les remuerda ni la conciencia ni el bolsillo…¿o no?

Lo que pasa es que mi mentalidad ha cambiado con el paso de los años. Antes lo miraba todo desde un prisma menos profundo –más superficial, obviamente- quitándole importancia a las situaciones que ahora están revestidas para mí de un valor intrínseco mucho más elevado.

No se trata de tener o no tener dinero para comer angulas, sino de tener o no tener conciencia para comérselas al precio que cuestan. Cuando hago estos planteamientos “económicos” siempre me contestan (los mismos) que cada uno hace con su dinero lo que le da la real gana y punto.

Sí, ya sé que esto es así en esta sociedad; sí ya sé que no debo juzgar a nadie por cómo busca y encuentra sus pequeños placeres aunque estos sean únicamente producto del dinero, de mucho dinero.

Ayer mismo una persona amiga me dijo: -“Si quieres, el lunes cenamos angulas porque me hace mucha ilusión invitarte”. Mi ábaco mental hizo un rápido cálculo y me salió la cifra: 150€ para dos personas. Era su dinero (es su dinero) pero a mí no me apetece “colaborar” porque ahora valoro mucho más otras cosas. Además, tengo que ser coherente conmigo misma y eso…también tiene un precio.

Osease, que… ¡otro año más sin angulas!

Feliz fiesta de San Sebastián a todos.

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Dejemos las cosas como están
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Cecilia Casado | 16-01-2015 | 07:20| 38

 

Demasiadas veces olvidamos la condición irreversible que nos conforma como seres humanos y nos permitimos la arrogancia inane de jugar a ser dioses, de intentar cambiar las cosas que son como son fuera de la voluntad que quisiera que fueran de otra manera. Estos desbarres –mentales o emocionales- los llevamos a cabo (aunque nunca impunemente) sobre personas cuya voluntad difiere sustancialmente de la nuestra, provocando y manteniendo situaciones que nos resultan desagradables, dolorosas o simplemente inadmisibles. Es entonces cuando metemos la cuña para intentar mover ese pedrusco que se alza en el camino de lo que creemos nuestra felicidad.

Pero lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible. ¡Cuándo se nos meterá eso en la cabeza!

Imaginemos que tu jefe es más bien un jefecillo, de esos que ostentan poca categoría humana, ausente de empatía pero sobrado de esa mísera arrogancia que permite a algunas personas mandar sobre otras que están obligadas a obedecer. Imaginemos que sufres por no poder derribarle de su pedestal de barro sin perecer tú en el mismo intento y verte en la cola del paro buscando a otro jefe que, presumiblemente, te hará lo mismo… ¿Por qué no dejar las cosas como están y dedicarse a ser feliz en la medida de lo posible sin echar cuentas del daño que alguien nos quiere hacer? ¿Acaso no nos ha dicho nadie que lo que importa de verdad es lo que sentimos por dentro y no las piedras que caen por fuera?

Imaginemos que tu pareja utiliza su propia infelicidad o las frustraciones no resueltas como arma arrojadiza contra ti porque no se ha dado cuenta de que él –o ella- es el único causante y responsable de sus pasos. Imaginemos que sufres porque no te atreves a hacerle callar por miedo a su reacción, por miedo también a perder la parte buena de la comodidad que consigues a su lado, comodidad afectiva o puro confort material. ¿Por qué no dejar las cosas como están y a las personas inmersas en esa realidad que han creado y nos vamos nosotros hacia otro camino, hacia otra vida que está ahí, afuera, esperándonos? ¡Si ya deberíamos saber que la gente no va a cambiar jamás por requerimiento personal nuestro sino por interés personal suyo! Así que, agarremos por los pelos el “interés personal nuestro” y dejemos con dos palmos de narices a quien piensa que es el ombligo del mundo y que siga hurgándoselo en busca de pelusillas…

Y también podemos imaginar a esa persona que nos ha ilusionado con sus cantos de sirena, ese pequeño deslumbramiento que precede al estallido de los fuegos artificiales del enamoramiento, esa persona generosa en metáforas e hipérboles pero parca en movimientos reales, ese juego doloroso en el que uno hace apuestas arriesgadas en la ruleta del amor mientras que la otra parte se limita a observar, desde una prudente distancia y cerca de la puerta de salida… ¿Por qué no dejar las cosas como están y dejar que los jugadores profesionales del amor sigan aferrados a sus seguridades y estadísticas basadas en el puro miedo de entregarse? ¿Por qué no dar media vuelta y sentir que no vale la pena arrojar margaritas a los cerdos? ¡Hay demasiado amor en las personas como para que tengamos que enamorarnos de personas sin amor…!

Dejemos las cosas como están y que cada cual siga su camino como mejor entienda y sea capaz. Que vaya por allá –bien lejos- el arrogante con su arrogancia, el maltratador con su maltrato, el cobarde con su miedo y mejor nos quedamos, tranquilos y sonrientes, los que hemos sido capaces de pasar por encima de la arrogancia sin mancharnos de su barro, los que hemos conseguido alejar nuestra vida de quien pretendía hacernos daño y, sobre todo, quienes estamos convencidos de que tener miedo a la vida y lo que ello comporta es ir en contra de la propia naturaleza que nos ha dotado, junto con un cuerpo diseñado perfecto, de la mejor herramienta para salir victoriosos de cuanto trabajo de Hércules se nos ponga por delante: el Amor.

Dejemos las cosas como están. Sobre todo las cosas ajenas.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.

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