Diario Vasco

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¿Domina el sexo nuestras vidas?
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Cecilia Casado | 24-11-2014 | 07:38| 0

Seguramente esta pregunta es más retórica que otra cosa en una sociedad en la que la preocupación principal consiste en no perder el empleo –si se tiene- o en encontrar uno al precio que sea. Sin embargo, el sexo es el segundo motor que mueve los engranajes de un mundo que corre alocado hacia un no tan lejano abismo. El sexo y el poder; el poder y el dinero. Un triunvirato que no se desliga de sí mismo desde que se empezaron a escribir libros y a contar historias.

Motivo por antonomasia para perpetrar crímenes, el sexo. O todo lo relacionado con él: amor frustrado, celos, envidia, abandono, infidelidad y engaño. El sexo como incentivo morboso para el marketing: prensa estúpida y vomitiva contando con quien se acuestan las “celebrities”; sexo que se vende y se compra como sostén publicitario; anuncios de sexo mercenario por doquier; utilización subliminal de imágenes impactantes que el ojo no ve pero que el cerebro detecta. Sexo prohibido para que sea más atrayente.

Y, sin embargo, existen todavía un par de generaciones –o tres- que seguimos relacionando íntimamente la práctica del sexo con el sentimiento amoroso; un lavado de cerebro realizado a conciencia por educadores familiares, religiosos, políticos, poderes privados y públicos que metieron en la cabeza de la gente dos extremos enlazados: por un lado lo pecaminoso de lo placentero y por el otro lado lo sublime de lo amoroso.

Ahí estamos casi todos, arrastrando cadenas herrumbrosas –pero no por ello menos pesadas- que recuerdan al desmemoriado varios conceptos universales.

1.- Que sólo te acostarás con el hombre al que ames (si eres mujer)

2.- Que la variación sexual te desvaloriza como persona (si eres mujer)

3.- Que a partir de cierta edad –la menopausia- desaparece la libido (si eres mujer)

Por el contrario, si eres hombre, hay enunciados diferentes.

 

1.- Que podrás acostarte con cualquier mujer que te guste.

2.- Que cuanta más experiencia sexual tengas más hombre serás.

3.- Que la potencia sexual te acompañará hasta la muerte, aunque sea con píldoras de color azul.

Concluyendo –medio en serio medio en bromas- que ya casi nos hemos creído que el sexo es algo que tan sólo tiene razón de ser cuando se es joven, o cuando se es viejo pero rico o vieja pero viciosa.

Al final me paso las estadísticas y los estudios de los “expertos” por el forro y me dedico únicamente a lo que me compete que es reflexionar sobre el hecho de que mis amigas solteras tienen más relaciones sexuales que mis amigas casadas y que mis amigos casados “pasan más hambre” que mis amigos que no viven en pareja. Generalidades tontas, generalidades reales…

Así que… ¿Ya no domina el sexo nuestras vidas…?

En fin.

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Pagar por adelantado a cambio de nada.
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Cecilia Casado | 21-11-2014 | 08:54| 12

 

¿Os imagináis un restaurante en el que al sentarse y hacer la comanda exigieran el pago previo de lo que se vaya a consumir? ¿Y una tienda donde hubiera que dejar 60€ a la entrada como anticipo de lo que se vaya a comprar? Pagamos “por adelantado” cuando, de alguna manera, ya sabemos qué es lo que nos van a dar a cambio de nuestro dinero. Al ir al cine siempre se pueden leer las críticas de la película con anticipación. Y al comprar el periódico ¿quién no echará un vistazo a los titulares?. O si es el caso de un Curso, Cursillo o Taller es de esperar que faciliten un prospecto, folleto o documentación al respecto para que sepamos qué enseñanzas se van a impartir.

Sin embargo, existe la muy extendida práctica de exigir un dinero por adelantado como “reserva de plaza” para la asistencia a algunos Talleres de diverso temario y, no es que me parezca mal, es que me parece fatal. Y me explico.

En fechas pasadas me sentí atraída por unas sesiones de fin de semana de “Constelaciones Familiares”, tema éste que conocí en el transcurso de mi viaje a Perú en el mes de Abril y que me interesó en gran manera. Al saber que en el mismo Donosti había un facilitador de esta experiencia, no dudé en confiar en mi instinto ¿? y poner mi deseo en marcha para poder “constelar” con una persona que se vendía como experimentado y bien formado en el asunto. Y ahí me fui con la ilusión puesta en la posible interpretación de mi caso personal. Una vez realizado el ingreso de la cantidad de 60€ -como reserva de plaza- solicité alguna información de cómo serían las sesiones, bajo qué enfoque y con qué directrices, a lo que me respondieron que “no solemos enviar ninguna información complementaria a lo que pone en la página web”, que era tan esquemático y difuso que apenas se podía entender excepto que fueras ya algo ducho en la materia.

El caso es que una docena de personas nos sentamos –en la trastienda de una conocida tienda naturista- alrededor del hombre que iba a ser nuestro “facilitador” o canalizador de energías. Obviamente cada uno habíamos acudido atraídos por la necesidad y la inquietud de aportar algo más de luz a un problema personal o a una situación familiar del pasado o del presente que no estuviera del todo solucionada. Para quien sepa de qué va esto de las Constelaciones Familiares no supondrá ninguna dificultad seguir la línea de lo que estoy tratando de contar; para los que nada saben del tema diré –muy esquemáticamente- que las Constelaciones Familiares es una terapia alternativa que toma elementos de la antropología social, la teoría sistémica y el psicoanálisis. Nada extraño ni del otro mundo, bien alejado de cualquier esoterismo, magia chapucera o bolas de cristal con incienso incluido.

Lo curioso del tema es precisamente lo que debo enlazar con el título de este post: la obligatoriedad de pagar por adelantado a cambio de nada. Y digo esto porque, llegado mi turno y cuando iba a exponer mi caso para que se trabajara con él en el grupo, el “experto” declinó propiciar mi constelación familiar aduciendo razones de que “le iba a exigir mucha energía”. Vamos, algo así como decir: “uf, esto me sobrepasa y prefiero no meterme con ello”. La misma respuesta obtuvieron otros dos participantes que también habían pagado el 50% del importe total por intentar constelar su situación personal.

Ni me enfadé ni me dejé de enfadar; me quedé en el sitio de nadie donde suelen pasearse en mi cerebro los estímulos inclasificables. Es decir: ¿Un señor me cobra por adelantado 60€ para realizar un trabajo conmigo y luego decide que no le conviene hacerlo? Pues no pasa nada, hombre, faltaría más, me voy por donde he venido y aquí paz y después gloria.

Este ciudadano dice seguir las teorías de Bert Hellinger, ser un “experto” en el tema y por esa publicidad de su página web me sentí confiada para asistir a sus sesiones de Constelaciones Familiares.

En realidad me he quedado sin la oportunidad de comprobar la veracidad de sus afirmaciones ya que se negó en redondo –y con no muy amables y públicas palabras- a ocuparse de mi persona (y de otros dos participantes más). Así que de su supuesta profesionalidad no tengo demasiado que decir excepto del hecho de su falta de empatía y educación. ¡Ah! Y de que se quedó con mi dinero a cambio de darme nada…o la enseñanza de que no se debe uno fiar de quien te exige un dinero por adelantado sin el compromiso de darte algo a cambio o la devolución de ese dinero.

Algo hemos aprendido, qué duda cabe.

En fin.

LaAlquimista

*No indico el nombre de este señor porque no quiero hacerle publicidad gratuita.

“En las constelaciones familiares, los representantes de los miembros de una familia perciben las sensaciones de quienes representan, aunque no haya habido un contacto previo entre estas personas. Esto ayuda a aclarar los asuntos pendientes, delimitando la responsabilidad y lugar de cada individuo dentro del sistema familiar.[2]

El método consiste en que cada persona, con ayuda de representantes configura su constelación familiar; con esto se sacan conclusiones acerca del sistema, de su estado actual, buscando soluciones de los problemas que se plantean.[2]

Las personas son capaces de percibir patrones y estructuras en las relaciones, quedando estas memorizadas, sirviendo como esquemas afectivos y cognitivos que definen el actuar de la gente. Las constelaciones familiares ayudan mostrando representaciones que escenifican determinados contextos sistémicos. Los representantes de los miembros del sistema familiar perciben y reproducen la situación en general, permitiendo que surja información sobre las estructuras e interacciones en el sistema, haciendo posible el desarrollo de una solución.[2]

En la configuración de la constelación el consultante puede experimentar el proceso, primero como observador externo y más adelante como participante directo, ocupando un lugar en la representación de la solución. Dentro de la configuración están los representantes, el cliente, los observadores y el experto, y todo el grupo puede modificar sus representaciones sociales del problema planteado.[2

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Como mi ombligo hay muchísimos
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Cecilia Casado | 19-11-2014 | 07:05| 18

Toda la vida creyendo que tenía un nombre y un apellido poco corrientes, y ahora descubro –en un rato perdido en que me he perdido por Facebook- que así, a botepronto, hay inscritas como dos docenas de mujeres que se llaman como yo: Cecilia Casado. Y mira que mi nombre es poco habitual y que mi apellido no es un gentilicio terminado en “ez”…

Es curioso cómo durante una época de la vida, para reafirmarnos en nosotros mismos, necesitábamos ser como los demás, diferenciarnos lo mínimo posible de los compañeros de colegio, -llevábamos todas las chicas el mismo uniforme durante la semana y el mismo tipo de ropa los domingos-, de los amigos de la cuadrilla, no llamar la atención para que nos dejaran en paz y nadie se metiera con nosotros; y luego, pasados unos años, nos entró –a casi todos- como una especie de neurosis en la que queríamos ser únicos, peculiares, “auténticos” y diferenciados del resto no nos fueran a confundir con alguien parecido.

Ahí pudimos echar mano –más o menos- de diferentes señas de identidad: los chicos se dejaban barba o se rapaban al cero, las chicas nos pintábamos el pelo de colores o nos disfrazábamos de Diane Keaton. Algunas hasta intentaron rizar el rizo y fumar con boquilla (aunque nunca vi a una mujer fumando en pipa). Ponerse sombrero cuando ya no estaba de moda, usas tirantes en vez de cinturón, cambiar el coche por la bicicleta, leer en los bares, hacerse vegano, darle a lo prohibido aunque no fuera más que para llamar la atención…

Pero en el fondo todos éramos iguales; hijos de nuestra época con mayor o menor inquietud por saber lo que pasaba fuera y lo que se cocía por dentro en una búsqueda desasosegada de la “diferencia”, de una especie de “etiqueta de identidad” que evitara sentirse parte de un rebaño indistinguible de churras y merinas haciendo las mismas cosas al son de la misma batuta.

Yo creí durante muchos años ser única y peculiar, diferente en todo y frente a todos, hasta con un nombre nada “vulgar”, y también –hace ya muchos años- me dí cuenta de que todos, absolutamente todos estamos hechos de la misma pasta sociocultural, que nos mueven las mismas cosas, que tenemos parecidos hábitos, comemos igual, sufrimos igual, vivimos sin salirnos del tiesto… Hasta que llegó el tiempo de la humildad de reconocer que no hay distingos, ni por nombre ni condición, que hay una esencia interna compartida por todos, un lugar recóndito del ser humano donde no hay artificio, ni trampa ni cartón, sino una luz que nos ilumina para mostrarnos el camino hacia la paz, la generosidad, la expresión del amor común.

Mis señas de identidad ya no las utilizo como tal sino como parte indeleble de mi personalidad, como una nariz grande –que también la ostento. Ya pasó el tiempo de querer fundirme con el entorno y el tiempo de desear diferenciarme del resto; ahora me da exactamente igual porque he aprendido una lección que desconocía: a ser YO sin fijarme en nada más. Que no es poco.

En fin.

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La enfermedad de un ser querido
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Cecilia Casado | 17-11-2014 | 06:36| 20

 

Mi perrillo Elur está diagnosticado de meningoencefalitis vírica desde hace dos años. Desahuciado en su día, ha remontado la enfermedad a base de medicación y de mucho amor y mimos, pero de vez en cuando tiene una recaída que me deja con el alma en vilo.

Un perrito enfermo es como un pajarillo que se ha caído del nido antes de aprender a volar: expuesto, frágil y dulce como un brote verde de primavera, ¿quién permanecerá impasible si lo encuentra piando en el suelo? Mi perrito no se queja del dolor que siente, dolor que sé que padece puesto que su cabecita blanca se yergue, como queriendo alejar a ese invasor que ha entrado en su interior y no encuentra postura ni para dormir, ni para comer ni mucho menos para seguir haciendo su feliz vida perruna.

Se mueve por el pasillo siguiendo la línea de la pared, buscando el apoyo conocido y forzando sus patitas que bailan solas sin que él quiera bailar; da un poco de risa (contenida) porque parece “borrachito”, pero cuando se le doblan las patitas delanteras y golpea con su hocico el suelo la risa se convierte en mueca de dolor para quien lo contempla. El no se queja, se levanta y sigue adelante hasta el siguiente coscorrón con una fuerza de voluntad que me hace pensar en ciertos paralelismos que podrían darse con los humanos y que no siempre se dan.

Un animalillo no dice “me duele”, “estoy malito” o “ayúdame”, pero hay en su mirada la aceptación de quien sabe que está expuesto, vulnerable, en manos ajenas y a expensas del amor y del cariño, lejos de cualquier interés… Un animalillo no pide ni exige, no reclama ni reprocha, tan sólo recibe lo que se le da con una muda (pero no por ello menos intensa) mirada de agradecimiento.

No hay queja ni chantaje emocional, ni siquiera gruñidos reprobatorios para reclamar la atención. Como animal no-racional es todo intuición y “sabe” que se le va a cuidar con amor sin necesidad de que lo razone gruñendo o lo reclame ladrando.

Como nunca antes de mi edad de adulta-mayor había tenido ni perro ni animal doméstico alguno, no sabía muy bien –cuando este proceso comenzó- cómo debía actuar con Elur. Un perro es un perro, un animal, no un ser humano –me decía la razón; pero ¡si es igual que mis niñas cuando eran pequeñas y se ponían malitas! –me susurraba el corazón- y así, por no saber bien qué hacer escuché la pulsión que me brotaba del interior y traté a mi perrito recordando viejos tiempos.

Mecerlo en mis brazos cantándole olvidadas canciones, darle agua con una jeringuilla a guisa de biberón, trocearle la comida blandita para que la coma sin esfuerzo, tenerlo a mi vera sintiendo mi energía, incluso mi calor.

Acompañarlo todo el rato dándole prioridad sobre otras cosas, llevarlo a la calle en brazos hasta el jardín y que huela su terreno aunque no se sostenga en pie, servirle su rutina en bandeja (como a los enfermos) para que se sienta seguro, confiado, deseoso de recuperar el aliento para volver a ser un perrillo sano y feliz.

Esta noche no podíamos dormir ninguno de los dos y en la madrugada fría he sentido que debía hacerle un hueco en “la camita mágica” que curaba los males de mis niñas hace unos años (no tantos) y que no es más que un placebo de amor y calor. Así que he puesto encima de mi lecho su cunita acolchada, envuelto en una manta, cercado de cojines para evitar que se cayera en un movimiento brusco inesperado y le he dicho: “ahora a dormir, mi perrito guapo”.

Sus ojos, fijos en los míos, pregonaban su contento, consciente de estar en territorio “prohibido” o quizás en el cielo de los dioses, quién sabe, y cerrando sus ojos me ha regalado varios suspiros profundos, de esos que a veces se me escapan a mí también cuando todo está en paz en mi interior. Al cabo de dos minutos su respiración profunda me ha indicado que el viejo truco de la “camita mágica” seguía funcionando. Al instante mismo su cuerpecillo se ha reacomodado apretándose junto al mío; sorprendida me he deslizado cinco centímetros hacia la izquierda. En un movimiento reflejo, Elur ha eliminado la pequeña distancia que había entre su cuerpo y el mío y, recuperado el contacto del calor (y del amor) ha dormido hasta el filo del amanecer.

Hoy seguimos cuidándolo y luchando por vencer el rebrote de la enfermedad; con la medicina milagrosa del amor y la medicación química para ayudar en el proceso. Todo es necesario y todo es válido. Seguramente mañana, -hoy lunes- cuando vayamos de nuevo al veterinario nos confirme lo que ya intuimos sin más fundamento que el deseo: que Elur quiere seguir vivito y coleando entre nosotras muchos años más.

En fin.

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Femenino genérico
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Cecilia Casado | 14-11-2014 | 16:58| 6

A ver, que quede claro y por delante que no intento ser más papista que el Papa (ni que la RAE), pero me lleva ya varios meses dando vueltas por el magín una situación curiosa y repetitiva en lo concerniente al famoso “masculino genérico” que incluye a hombres y mujeres por igual aunque a la hora de verbalizarlo se utilice únicamente el género masculino.

Lo de la tediosa pedantería de decir “niños y niñas”, “candidatos y candidatas”, “ciudadanos y ciudadanas” que lleva por delante el masculino excepto en “señoras y señores” y “damas y caballeros”, me la trae al pairo. Yo no necesito que se me incluya explícitamente dentro del concepto global de género para saber que existo y darme por aludida. Acepto perfectamente el término “el hombre occidental” para saber que también se habla de la mujer occidental. Pero a lo que voy.

Resulta que formo parte de una cuadrilla de amigos donde somos mayoría apabullante las mujeres. Hay veces que nos reunimos hasta doce chicas y un solo chico. (Esto es un ejemplo para entendernos mejor). Hace poco cenábamos todos “juntos”  y estábamos “todos” pasándolo requetebién. A mí se me ocurrió –cosas se me ocurren- empezar a cambiar el masculino genérico por el femenino genérico ya que, cada vez que hablábamos parecía que nosotras mismas teníamos una especie de nudo en el garganta al decir: “que guapos estamos” en vez del mucho más lógico, “qué guapas estamos hoy todas”. Pero claro, si al bueno de Nacho le incluyes en ese “todas”, con su metro noventa y cinco y su barba unamuniana…¡seguro que se hubiera sentido ofendido de alguna manera!

Y es lo que yo me planteo a raíz de esta mayoría real de mujeres sobre hombres en un grupo; no se trata de contar para ver si hay más mujeres que hombres, pero…¿y cuándo es abrumadoramente evidente por qué hay que seguir utilizando el masculino genérico y no el femenino genérico?

No lo digo en plan oficial para que lo enseñen en las escuelas –que bastante tienen ya con intentar enseñar algo- sino para andar por casa, vamos es un decir, que si estoy con mis hijas y mi yerno, me resulta rarísimo decir: “venga chicos, que comemos en cinco minutos” y ver la mirada sonriente de mis niñas como diciendo: “ay ama, que gramatical y políticamente correcta eres”.

Así que, de la misma manera que nos hemos pasado toda la vida entendiendo y aceptando que se nos englobe a las mujeres en el genérico masculino habitual, no creo que se les caigan los anillos a los hombres –sobre todo a mis amigos- si cuando estamos la cuadrilla y parece que el único varón del grupo es el pachá en su harem, utilicemos el género (pre)dominante en el momento, vamos, un poco como para hacer risas por fuera y ponernos muy serias por dentro.

También están los eufemismos: venga “gente”, ánimo “cuadrilla” y tonterías así para no llamar a las cosas por el nombre lógico que le correspondería si la vida fuera lógica en vez de –tantas veces- absurda.

Ayer mismo, en el parque, lo ví clarísimo. Una madre pegaba gritos (no le quedaba otro remedio) para atraer a sus infantes, una niña y un niño que jugaban salvajemente dedicados a tal tarea en las estructuras metálicas previstas al efecto. –“¡Niñooossss, que vengáis de una vez!” y el crío obedeció enseguida –más o menos- mientras que la cría seguía a lo suyo (colgada boca debajo a una altura de casi dos metros). Al final la madre se levantó, fue a buscarla y la sacó del trapecio a empellones. –“¡Si es que te llamo y no me haces caso!” Y la niña, perla cultivada del futuro, le espetó: “¡Si a mí no me has llamado, si sólo lo has llamado a él!” dirigiendo la vista hacia su hermano…

Pues eso, que este sábado tenemos las amigas cenita de cumpleaños. Y que no falten ni Nacho ni Paco.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.

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