Diario Vasco

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La isla cotidiana
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Cecilia Casado | 23-05-2016 | 06:17| 19

 

 

 

 

Que todo hijo de vecino necesita sentirse querido por sus seres cercanos es una verdad de Perogrullo aunque haya quien diga que le da igual, que no necesita de afectos para sentirse bien, que con quererse a sí mismo tiene más que suficiente, librándose así de decepciones varias y desencantos diversos.

También están los que le buscan tres pies al gato diciendo que cada uno es libre de querer a su manera y al que no le guste que se aguante y que sobre el cariño o el amor no hay nada escrito porque para gustos están los colores. Pero a la hora de la verdad, todos -y digo “todos” porque no puedo decir honradamente “casi todos”- necesitamos que haya “alguien ahí” por si pintan bastos y nos pillan con la guardia baja.

Antes –en el siglo pasado, que se dice pronto- existía la costumbre de hablar por teléfono desde el aparato fijo que estaba en el mueblecito de la entrada o en la mesita al lado del sofá del salón. Llamábamos cada día a la abuela a ver qué tal estaba y ella nos contaba lo que le dolía ese día. Pero si no contestaba al teléfono a la hora de la comida, si llamábamos cuatro veces y nada, nos preocupábamos, íbamos a su casa –si vivía cerca- o involucrábamos a la vecina de turno por si había visto algo extraño.

Ahora todo ha cambiado y tengo mis dudas de si es para bien. Siento que vivimos en una “isla” y que nos hemos convencido de que esa es la manera “normal” de vivir. Aislados y a la vez accesibles. Quizás para que alguien se preocupe de si seguimos vivos haya que dejar inactiva la cuenta de Facebook  durante una semana o desaparecer de Twitter o no colocar una foto en Instagran durante un periodo de tiempo inusual. O no comentar en ningún foro o blog habitual. O –y esto sí que es la prueba de fuego- desinstalar el Whatsapp y ver qué pasa. No digo yo que apagues el móvil ni arranques el cable del fijo, que por ahí seguro que podrán contactarte quienes de verdad, pero de verdad de verdad se preocupan por tu vida sin poner como excusa para no hacerlo que ellos mismos están ocupadísimos con sus asuntos, sus historias, su estrés y sus horarios draconianos desde el punto de la mañana hasta el final del día no consiguiendo escamotear ni cinco minutos –cinco minutos, hay que fastidiarse- para que el pensamiento lleve a la acción el mínimo acto de interesarse por el prójimo al que se supone se quiere mucho y todo eso.

Cuando me entero de que han descubierto el cadáver de una persona anciana ya que los vecinos han llamado al 112 porque “olía mal en el descansillo”… me estremezco. Y no sin razón aparente porque, las cosas como son, a mí no me llama nadie cada día para ver si estoy bien y como vivo sola y mi perrillo todavía no domina las tecnologías, no sé yo qué sería de mí si me da un jamacuco un día festivo…

Un par de personas cercanas tienen llave de mi casa, pero claro, si yo no les llamo para decirles que vengan… ¿cómo se enterarán ellas de que tienen que venir? Quiero suponer que mis hijas se mosquearían en la otra punta del mapa si no respondo al whatsaap, pero sabiendo lo independiente que soy, seguro que no se preocuparían por lo menos hasta transcurridos unos cuantos días sin noticias.

No sé porqué me ha dado por escribir sobre este tema: al final parece que hablo de la soledad y en realidad lo que quería decir es que nos siguen más la pista los desconocidos que los cercanos por otros motivos.

Lo dicho: muchas posibilidades y poca comunicación.

Al final va a tener razón esa amiga que insiste después de treinta años en que ella no se separa de su marido por si la tiene que acompañar a Urgencias a las dos de la mañana.

En fin.

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La “horrible” vida tras la jubilación
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Cecilia Casado | 20-05-2016 | 17:23| 20

 

Llevo siete años sin ir a fichar; entre el desempleo estructural y la prejubilación mi vida ha dado tal vuelco que cada día es víspera de fiesta para mí. Y no es fácil asumirlo, como se verá.

La capacidad de resiliencia (en psicología, capacidad que tiene una persona para superar situaciones traumáticas) que se supone todos llevamos dentro -incluyéndome a mí- activó todos los recursos posibles y me empujó tras una puerta inesperada, como las de Alicia en su maravilloso país. Podía no haber abierto esa puerta y haberme quedado anonadada por la debacle, llorando inmóvil esperando a que “ocurriera algo”, pero como está en mi temperamento ser curiosa, la abrí.

Lo que hallé al otro lado llevo contándolo seis años en este blog de mis entretelas y quien más quien menos sabe de qué pie cojeo. Soy una positivista con ramalazos de racionalidad que no siempre me llevan a buen fin; o una racionalista soñadora que se arma un lío tremendo cuando me quedo quieta parada intentando sentir con fuerza lo que me late por dentro.

En realidad, tengo demasiados ejemplos alrededor que intentan demostrarme que la vida de los jubilados es “horrible”. Lo veo en esos vecinos con cara de agobiados que llevan a sus nietos al autobús matutino cuando yo estoy paseando a mi perro antes de volver a casa con el pan recién hecho para el desayuno. Les vuelvo a ver al mediodía corriendo para hacer la comida y darles de comer y a la tarde en el parque, con cara de aburrimiento y desolación –los abuelos- a la espera de que el hijo o la hija pasen a recoger a los retoños cuando acabe su estresante jornada laboral.

Lo veo en esos ex compañeros de trabajo con los que me detengo un ratito a charlar en la zona céntrica de la ciudad y que me cuentan de sus males y angustias y enfermedades todas ellas surgidas a raíz del desbarajuste mental y emocional sufrido como consecuencia de la obligada prejubilación a la que nos abocó a todos la otrora  brillante y puntera empresa. Están tristes y medio deprimidos, no saben bien qué hacer, se aburren inventando opciones, la mujer pone cara de resignación y les pide que “hagan algo”, que no se queden en mitad del pasillo y supongo que los hijos están más que hartos del mismo discurso en las comidas dominicales.

Están también los otros jubilados, esos que se las prometían felices viajando en pareja fuera de temporada, al solecito mediterráneo huyendo de la lluvia de aquí, disfrutando de sus ahorros de toda la vida, tranquilos ya por fin y que se han encontrado con hijos que vuelven a casa frustrados e indignados y carentes de trabajo digno; esos sesentones que no deberían tener más obligación que estar en paz y tienen que volver a la casilla de salida para ayudar a los hijos que no han podido o sabido enfrentar con éxito a la maldita crisis.

Entonces procuro no entrar al trapo y escuchar con amabilidad las quejas –o denuestos contra quien corresponda- y sonreir tímidamente para que no se sientan mal cuando ellos me preguntan que qué tal me va a mí, si echo de menos “estar en activo”, si no me deprimo “no teniendo nada que hacer”, si mis hijas han encontrado trabajo, si perdí los ahorros en las Preferentes o “me he vuelto a casar, por fin”.

Porque no sabría cómo explicarles que sigo estando en activo a mi manera, que vivir es mi pasión, que a cada día le busco su afán y se lo encuentro, que mis hijas están bien y trabajando aunque sea en la otra punta del mundo, que nunca tuve ahorros porque me lo gastaba todo en vez de meterlo en el banco, que vivo sola y feliz como una lombriz porque he comprendido que la impermanencia de todas las cosas forma parte de la vida y me siento en paz sola en mi casa como me sentiría en paz si compartiera la cama cotidianamente con alguien.

Entonces me despido de ellos con un abrazo y me voy a un banco al solecito tibio a reflexionar sobre la “horrible” vida que hay después de la jubilación.

En fin.

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¿Un final espantoso o un espanto sin final?
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Cecilia Casado | 18-05-2016 | 07:58| 12

 

La frase del título además de ser un juego de palabras es una realidad que se presenta en no pocas ocasiones cuando de poner final a una relación de pareja se trata. Parecería que es sencillo dar carpetazo a un acuerdo que ya no funciona, que no es ni operativo ni fructífero ni beneficioso para las partes, y, sin embargo, a la hora de dar marcha atrás cuánto conflicto, cuánto impedimento, cuántas cuentas pendientes por saldar…

Desgraciadamente quien más quien menos conoce de algún divorcio o separación traumática, bien colateralmente o bien en primera persona, en cuyo caso sobran las palabras para describir el calvario al que están abocados los protagonistas de la ruptura. Bien entendido que cuando una pareja se separa no lo hace irreflexivamente ni movida por impulsos –cosa que sí suele ocurrir muchas veces cuando se emparejan. En la naturaleza humana y pensante también va incluida cierta dosis de reflexión, de voluntad de arreglar las cosas y, sobre todo, el cálculo frío e interesado de cuánto vamos a perder a cambio de lo que vamos a recuperar: casi siempre la libertad y el respeto por uno mismo.

El caso es que hay demasiadas parejas que siguen cohabitando con el espanto cotidiano en vez de poner fin a esa situación aunque sea de forma traumática (que emocionalmente siempre lo es). El espanto cotidiano no tiene porqué estar salpimentado de violencia física, ni siquiera de violencia psicológica; basta con la lacra del aburrimiento, la indiferencia y la ausencia de comunicación. De hecho, el silencio que se corta con un cuchillo suele ser una de las claves que indica que la pareja está instalada en el “espanto emocional”. Eso por no hablar de “la soledad de dos en compañía”.

Ese “espanto” que se siente en la intimidad individual, cuando la persona se da cuenta de que “ya no queda nada” del sentir que otrora le llevó a emparejarse ilusionada y alegremente con quien hoy no le produce más que indiferencia, cuando no rechazo puro y duro. Ese “espanto” de compartir el lecho procurando no rozarse la piel, soñando con una cama privada para mantener sueños privados; ese “espanto” de respirar aliviados cuando la pareja se va a sus quehaceres y deja el espacio libre de su presencia para relajo y satisfacción del que se queda.

No hace falta llevar juntos decenas de años para sentir que la rutina ha modificado la esencia de lo que se consideró en su día “amor eterno”; también a la gente joven le ocurre este fenómeno del “espanto”. Porque se dan cuenta –a tiempo todavía- de que han cometido un error, que han elegido equivocadamente, que se han dejado llevar por pasión o deseo y, también alguna vez, por miedo o interés. Recuerdo hace treinta años como había gente que se casaba de “penalty” (por estar la chica embarazada) sin más base y fundamento que reparar el desaguisado o como forma y manera de “agarrar” a un hombre renuente al matrimonio. El amor podía estar o no presente, eso no ha cambiado con los tiempos. Hoy en día parecería impensable una situación así, hay otra mentalidad (afortunadamente) y otros medios (afortunadamente también); pero nos sorprenderíamos de cómo el mundo parece que cambia tan sólo en apariencia mientras que en el fondo sigue todo estando exactamente igual.

El “espanto” de quien se sabe atado cual galeote a la condena de mantener una familia para no perder a los hijos en un divorcio con consecuencias muchas veces injustas; el “espanto” de quien se sabe condenada a depender económicamente de quien aporta el pan sin poder optar a un trabajo que le dé independencia. El espanto, al fin y al cabo, de todos aquellos que se ven reducidos a una jaula social que no les ayuda a separarse, a ser libres, que les condena de antemano a la recriminación familiar o del entorno por no ser capaces de llevar a cabo el fin previsto de manera original.

Recuerdo con espanto auténtico a mi primera ex suegra echando leña al fuego y diciéndome con voz cáustica: “Qué poco aguantáis las mujeres ahora”. Creo que fue a raíz de aquella frase cuando decidí poner un “espantoso final” al matrimonio en vez de seguir aceptando “un espanto sin final”.

En fin.

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¿Qué fue de nuestro 15-M?
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Cecilia Casado | 16-05-2016 | 07:44| 17

 

¡Cinco años ya! Como un suspiro más cargado de poesía que de futuro han pasado cinco años, -cinco- que me obligan a mirarme las manos ahora en vez de echar la vista atrás y hacer un “resumen de la jugada” con la pizca justa de rabia y nostalgia mezcladas.

Me da igual qué ha pasado en este último lustro y no quiero volver a machacarme el alma con la maldita hemeroteca de latrocinio e indignidad que ha asolado mi país por todos los frentes. De norte a sur y de izquierda a derecha nos han fustigado malos vientos; la vergüenza se respira en el ambiente y ya no sé qué decirles a mis hijas.

Tengo la inmensa suerte de que ellas, dos mujeres suficientemente preparadas, inteligentes profesionales de lo suyo, han seguido su camino fuera de las fronteras de este viejo país sin cargar el equipaje con lágrimas de nostalgia. Es lo que tiene ser joven, que todavía no se ha llorado lo suficiente.

El mundo es de los jóvenes y lo están construyendo lejos de aquí, donde nos hemos quedado abandonados a nuestra suerte, zarandeados por los vendedores de humo que se aprovechan de los rescoldos utópicos que nos anidan a los mayores de cincuenta años y a la bendita ingenuidad de los menores de treinta y cinco.

¿Qué hemos hecho en esto últimos cinco años quienes salimos el “15-M” a las calles, plazas y foros con el puño en alto y la indignación por bandera?

¿En qué hemos invertido sesenta meses de nuestras vidas? ¿Hemos movido un dedo tan siquiera por mejorar nuestro pequeño mundo?

Hace cinco años comenzó la “indignación” como si fuera una moda; de aquella primavera vinieron estos refugiados, esta indignidad de miles de muertos, esta hambre de justicia y esta sed de solidaridad. Pedíamos un mundo más habitable, con menos ladrones y más gente honesta y nos hemos quedado predicando en algún lejano oasis del inmenso desierto de las arenas del dolor de muchos gracias a la maldad de unos pocos.

No es mi deseo hablar de política sino de humanidad.

Y siento que mi discurso se ha empobrecido, que me faltan las palabras a medida que me sobran las lágrimas. Por lo mío y por lo nuestro, por los sueños pisoteados, por la esperanza malgastada, por la razón violada. Por lo cercano y por lo que está lejos, por mi guerra y por la de todos, por mirar hacia otro lado cuando lo tengo todo delante de mis narices y tomo conciencia de que lo que tengo que hacer no es precisamente lo que he hecho hasta ahora.

De moda está la autocrítica; de moda…para quedar bien de cara a la galería y seguir haciendo lo mismo con una pequeña aureola de “buenismo” de tres al cuarto. No sé; tengo la sensación de que hoy estoy más indignada todavía que hace cinco años…

En fin.

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Cuando somos injustos con los demás
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Cecilia Casado | 13-05-2016 | 09:20| 26

 

 

Parte este post del reconocimiento humilde de que todos, absolutamente todos, estamos habitados por nuestros propios demonios. Esos que no se pueden presentar en sociedad y que viven en el cuarto trastero, el que no tiene ventilación, pero que forman parte del atrezzo inevitable de la existencia. Y aunque los queramos tener escondidos o castigados sin salir a la calle, cada vez que franqueamos la puerta de casa, en el último momento, como una corriente de aire frío y gris, se escurren de su escondrijo y se vienen con nosotros. Quizás no nos demos cuenta de que vienen con nosotros hasta que, inopinadamente, se deslizan desde nuestra boca hacia el juego de la vida.

Son esos demonios que estropean un tranquilo paseo al atardecer mediante una conversación que no tenía que haber sido y que es el detonante de un desencuentro; son esos demonios que convierten en rictus la sonrisa que durante horas estuvo anidándonos. Son los demonios que nos vuelven poco amables a los demás e incómodos ante nosotros mismos.

Si nos damos cuenta y reflexionamos después, lo más que solemos decir es: “no sé qué me pasó, se me cruzó el cable de repente”, como si fuera una excusa infantil para intentar deshacer el daño emocional causado. Pero ya está hecho y no tiene marcha atrás.

Son esos días en que le montamos una bronca a alguien que no se la espera, pero que estamos seguros de que se la merece; son esas ocasiones en que nos crece al final del brazo una espada flamígera con la que sentimos que hay que vengar alguna supuesta ofensa. Desbocadas emociones que se desbordan como si se hubieran reventado las compuertas de un embalse de penas viejas y enmohecidos resentimientos.

Cuando se lo hacemos padecer a los demás, volvemos a casa con el corazón encogido por haber hecho de patéticos verdugos sin obtener a cambio maldita la satisfacción. Cuando nos toca padecerlo se nos instala en el alma el vacío de la incomprensión y un sentimiento de injusticia, como si fuéramos víctimas inocentes, tratadas injustamente gracias a los demonios ajenos. En ambos casos estamos sufriendo y haciendo sufrir. Y la vida no es esto, no debería serlo…

Hoy abro la ventana de par en par y establezco una buena corriente de aire entre el cuarto de atrás y la vida que está ahí afuera. Que salgan volando los demonios que todavía me habitan hacia los dorados del amanecer y no vuelvan más. Por lo menos éstos. Hago el saludo al sol llenando mi cuerpo de nueva energía y todo mi ser del aire que vivifica. Cierro los ojos mientras estiro los brazos hacia lo alto, donde no llegan las sombras y me perdono por el daño que pude haber hecho ayer y comprendo y disculpo también a quien he acusado de hacerme daño. Porque la vida puede y debe ser mucho más que esta absurda pelea.

Y a esa persona que estoy acusando de tratarme injustamente le envío un deseo de energía positiva por si acaba sintiendo que no ha sido nunca mi intención tratarla injustamente. Quizás algún día nos volvamos a abrazar y a decirnos un “te quiero” que siempre ha estado ahí…

En fin.

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*Salvador Dalí. ilustración para “Las mil y una noches

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.