Nunca llegaremos a conocer cuánto sufrimiento hubo entre la persona de Frida Kahlo y el personaje que la vida le obligó a representar, pero visitando la casa de sus padres, donde ella vivió después con su marido Diego Rivera, he querido imaginar que su energía creativa, algo de su alma de mujer valiente, permanecería todavía prendida entre las raíces de los árboles de su jardín o las piedras golpeadas por el agua del estanque.
Pisar la Casa Azul de Coyoacán ha sido como entrar en un pequeño santuario donde la sacerdotisa fue a la vez mártir del mal de ojo de los dioses que la azotaron con sus peores látigos y el desatino del amor pasión que sintió por un hombre que utilizó el amor para irla matando en vida. En una de las paredes de la casa está escrita una frase que me hizo estremecer:
“Pies para qué los quiero, si tengo alas pa’volar”,
siendo estas palabras el canto de amor que ella misma supo dedicarse.
Paredes azules en el jardín, cojines bordados con frases de amor en su habitación de día y su recámara de noche. Fotos con Diego por doquier, pequeños poemas desgranando un amor inmenso, su manifiesto imperecedero de la entrega al hombre/monstruo que la desangró por dentro mientras acariciaba su alma. ¿Cómo es posible amar a una persona e inflingirle tanto daño? Dicen que “el amor cuando no muere, mata” y quien mucho amó y mucho sufrió bien lo sabe, aunque no seamos pintoras mexicanas cejijuntas.
Coyoacán (zona de coyotes) sigue siendo el pueblecito no muy lejano del centro de Ciudad de México, ahora un barrio más, donde la vida parece no haber avanzado en los últimos decenios. Con su arquitectura colonial en colores vivos, su aire intelectual, el precioso Jardín Hidalgo y el Zócalo con la catedral de ampuloso interior barroco que, por cierto, también se está hundiendo o por lo menos inclinada estaba cuando la visité ayer mismo.
Degustar en un restaurancito al aire libre un hermoso huachinango a la brasa –un pescado primo del besugo y de exquisito sabor, -precedido por un ceviche de camarones (ensalada de gambas) y rematado con un helado de mango, regado todo ello con cerveza, por un precio de 400 pesos = 25€ dos personas- es un placer que recordaré durante tiempo.
El café reposado a la sombra, un paseo en tranvía por sus calles y parques a la fresquita de una tarde de febrero, permiten que el espíritu retorne al sitio de donde nunca debió salir: a un lugar parecido al paraíso…
En fin.
LaAlquimista
Fotos: A.Arruti
(Foto de “conejito viajero”)
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¡Qué bueno sería que todas las ofertas de trabajo fueran así de claras! O que lleváramos bien expuesto un cartel en el pecho diciendo lo que queremos y esperamos de las personas para que ninguna se llame a engaño con nosotros y se sienta luego decepcionada. Pero claro, eso no sería políticamente correcto ni un tanto así y nos expondría al escarnio público por parte de nuestros amigos y conocidos. Dirían, “mira ésa, quién se habrá creído que es, con esas exigencias”.
Pero la verdad es que tenemos ideas muy claras de lo que esperamos de los demás, de la forma en que exigimos que se hagan las cosas y el comportamiento que estamos dispuestos a tolerar. Pero no lo decimos a las claras y ahí se va la gente llamando a engaño, dándose topetazos y luchando por mantener con nosotros una relación que lejos estamos de querer establecer con ellos.
¿Qué empresa se atrevería a publicar un anuncio como el de la foto? Ninguna que quiera que le tengan en consideración, obviamente. Pero hay que llamar a las cosas por su nombre, dejarse de eufemismos y ambigüedades y tener la valentía de decirle al otro lo que esperamos de él aunque nos tilden de peculiares o raritos. Quieren en este restaurante una mesera (camarera) que no sea fea, así de clarito lo dice el texto de la demanda. A ver quién es la “guapa” que se atreve a presentarse sin mirarse cuidadosamente antes al espejo. Algunos disgustos me habría yo evitado si algunas personas ante las que me he mostrado como realmente soy hubieran manifestado sinceramente qué es lo que esperaban de mí en vez de dejar que me agotara en el intento de resultarles agradable o satisfactoria.
Aquí en Mexico estoy viendo muchos carteles de demanda de gente para trabajar, colocadas aquí y allá. Este anuncio en verde, en el mercado de Coyoacán deja las cosas bien claras: buscan a alguien que tenga conciencia de querer ganarse el sueldo si le dan el trabajo y no ostentar una titularidad que le permita adormecerse en los laureles (supongo que cada cual está pensando ahora mismo en algún gremio concreto). En la vida hay que tener “ganas de trabajar”, pero no únicamente para sacar adelante el negocio de nuestro empleador sino para trascender a la propia persona y ser capaces de encontrar un sentido superior al hecho de volcar la energía en un proyecto. En lo personal también me hubiera gustado encontrar algún hombre “con ganas de trabajar” para emprender un proyecto de a dos que fructificase y no se quedase en la comodidad de la rutina sin incentivos.
El tercer cartel que he fotografiado –siempre en Coyoacán, visitando la “casa azul” de Frida Khalo- es la guinda del pastel de la claridad. Que nadie se llame a engaño, que aceptan a cualquiera que, simplemente, tenga el dinero para pagar el menú ofrecido. Sin guardias de seguridad en la puerta –como en casi todos los sitios del D.F.- en evitación de posibles situaciones no deseadas.
Y es que ahí quería yo llegar; ya en tan sólo cuarenta y ocho horas he captado perfectamente el mensaje: aquí las clases sociales no son subliminales, sino bien patentes y manifiestas. Todos tienen el mismo pasaporte y se cobijan bajo la misma bandera, pero unos tienen más que otros y unos SON más que otros. Por el color de la piel, que conste. ¿Racismo encubierto? No, manifiesto. Aquí lo de “políticamente correcto” les trae al pairo y no dejan de expresarlo. Para que nadie se llame a engaño. O sea que no sé si yo seré “presentable” o no para ellos cuando me miran de arriba abajo evaluando mis posibles orígenes… pero como en todo el orbe, el color de la piel sigue siendo el mejor o el peor pasaporte posible.
En fin.
LaAlquimista
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No hay edad para dejar de aprender y más vale darse cuenta a los cincuenta que agotar la existencia pensando que uno lo sabe casi todo, que me río yo muy mucho de esas ideas “inamovibles” sobre las personas y las cosas que se derriten como manteca al fuego en cuanto se sale de casa.
Ahora estoy en Mexico y hay quienes me han despedido como si me fuera al sur de Sudán o similar, llenándome de recomendaciones y metiendo miedo donde no lo hay; servidora es muy agradecida, pero también me gusta meter la cuchara en la sopa para saber si está caliente de verdad. El mejor ejemplo que tengo siempre al alcance de la mano es el de aquellas personas que no querían visitar el norte de nuestro mapa convencidos de que las bombas venían incluidas en el paquete turístico. O los que dicen que Paris es muy caro tan sólo porque se tomaron una vez un café en una terracita de los Campos Elíseos y les salió por un doblón de oro.
Ciudad de Mexico es una urbe probablemente más segura que Madrid o Barcelona donde te birlan lo que sea en la plaza Mayor o en las Ramblas sin que importe mucho de dónde seas. Bien entendido que los barrios marginales donde la droga y la delincuencia campan por sus respetos los hay en todas las grandes (y no tan grandes) ciudades, pero también es de cajón que yo no voy a pasearme por allí para sacar fotos y ponerlas en el blog. Así que siento el D.F. como un lugar en donde mi comportamiento tiene que ser igual de precavido o distendido que en cualquier otra ciudad.
¿Que te pueden asaltar si agarras un taxi pirata? Pues claro, al listillo se lo cepillan en todas partes. ¿Que te la juegas si llevas el rolex –aunque sea de acero- y los pendientes de brillantes y paseas por calles desiertas al anochecer? Pues a ver, como si los amigos de lo ajeno estuvieran a la puerta de las iglesias a las doce del día (que también). En un mundo donde cada vez hay más pobres es de cajón que no se debe jugar con las cosas de comer, que la envidia es muy mala…
Mexico es un país rico y el que lo ponga en duda que se informe aunque sea en Google. Aquí no hay crisis como la que estamos padeciendo en Europa. Aquí no se han puesto las botas los bancos de prestar dinero a quien no tenía un peso, porque ni los bancos son tan tontos ni los tontos tan ambiciosos y eso hace que el equilibrio se siga manteniendo mal que bien en lo económico a pesar de los chirridos políticos que emite el partido en el poder, pero yo he venido a este país como invitada y es de muy mala educación criticar a quien te ofrece todo lo que tiene a cambio de tus devaluados euros.
Los mexicanos no me miran con ese deje de superioridad que se usa en Europa cuando son los latinos los que vienen a visitarnos; no tuercen el gesto al saber que soy española, española de los españoles que vinieron a tomar y conquistar con arcabuces y cruces su tierra, a menospreciar su cultura y a realizar una tarea ímproba de mestizaje nunca solicitado.
Y para colmo se come de cine; ya sea en un restaurante de altos vuelos como en uno sencillo, limpio y amigable y creo que es porque le ponen cariño a la cocina, por eso están tan “hermosos” todos que lo que no crecen hacia arriba lo hacen a lo ancho sin tener el más mínimo empacho en lucir un cuerpo feliz y bien alimentado. Aunque gente sin personalidad la hay en todas partes, no solamente en mi país de origen, también aquí hay pijos, ñoños, envidiosos y malencarados.
¿Qué diferencias he venido a observar? Ninguna, este no es el juego de aguzar la vista y el ingenio sino el de reencontrar al mismo e igual ser humano allá donde se vaya, sin hacer distingos por conceptos tan estúpidos como lo que es cool, el glamour, o el color de la tarjeta de crédito. De momento, mis conocimientos no han sobrepasado a la charla efímera con los taxistas y las sonrisas de las camareras, pero voy a tener tiempo más que suficiente de pegar la hebra con más de un vecino, porque si no, no voy a aprender nada ni de Mexico ni de los mexicanos. Ni de la vida, claro.
Las fotos van hoy sin comentarios para darse cuenta de que el martillo “rompe prejuicios” va a estar echando chispas continuamente.
En fin. 
LaAlquimista
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Fotos: C.Casado y A.Arruti
Réplica exacta de la estatua y la fuente de La Cibeles de Madrid.
Veintidós millones de habitantes censados y me siento en casa nada más llegar, quizás sea porque no vengo como turista sino con el deseo de compartir el día a día de mi familia, así que me lanzo a la calle con el corazón dispuesto a ser feliz aquí también, como una madre viajera que desea descubrir la esencia de una ciudad y sus gentes y compartirla con ellos en la medida de lo posible.
La colonia Roma es un barrio singular, pintoresco y francamente bonito, sin ningún riesgo añadido que enturbie el ánimo y con terracitas y cafés donde se come y bebe bueno y a buen precio. El desayuno del primer día, y teniendo en cuenta que es domingo, procuramos que sea algo especial: jugo de papaya y toronja y mango dulce como un despertar en brazos amorosos. Después unos huevos rancheros, con su salsa de tomate y sus frijolitos y un café como está mandado, ya tenemos el pertrecho suficiente para encarar un buen paseo hasta el cercano mercado de Medellín.
Lo primero que hago en una ciudad es visitar el mercado más pintoresco –las iglesias pueden esperar- que es donde se le toma el pulso al paisanaje. Como en toda capital que se precie, el mejor pescado llega aquí aunque el mar esté a casi quinientos kilómetros y nos proveemos de unas magníficas ostras…!que nos venden, ya fuera de la valva, listas para el consumo! Tal parece que aquí se las comen a puñados y sin la tontería del limoncito y una a una…!a lo grande!
Es domingo de Carnaval y la multitud invade las avenidas cerradas al tráfico y pobladas de ciclistas felices bajo un sol inclemente. Unos bailan, otros cantan y todos comen y beben continuamente abasteciéndose de los mil y un puestecillos que pueblan las calles. La barahúnda es total y absoluta y nos mezclamos con ella sintiéndonos aceptados. ¿Turistas? Poquísimos hasta que llegamos a la inmensa plaza del Zócalo donde es reunión inevitable de los extranjeros de short y zapatillas. Jugamos a cruzar la calle jugándonos la vida porque la preferencia la tiene siempre el coche; sí, he dicho bien. El peatón es un mal necesario que pulula por las calles molestando a los conductores de vehículos… como hormigas en la senda de los elefantes. Te armas de sonrisas y piensas: “pues ya pararán, si quieren” y la experiencia comienza.
Lo mejor es hacerse una “limpia” para que se vayan con viento fresco las malas energías que podemos traer a este país y les damos el gusto de que se rían con nosotros de nuestra buena voluntad. A cambio, apreciamos justamente el maravilloso museo del Templo Mayor donde duermen las piedras hermosas de la pirámide que se erigía justo en mitad de la plaza y cuyas ruinas no fueron descubiertas hasta hace treinta años.
El dinerito español en Mexico hace chiribitas; es decir, se duplica o triplica si nos integramos con sus habitantes. ¡Qué delicia una comida rica, sabrosa y abundante por la gloriosa cantidad de seis euritos por persona! Por supuesto que hay lugares carísimos y otros todavía mucho menos onerosos… pero nos vamos a mover como lo que somos: personas sencillas de clase media sin ínfulas de ningún tipo.
Hoy es un día intenso y aprovechado al máximo. Una visita a la torre latinoamericana y a su terraza del piso 44 nos deja con la boca abierta ante la contemplación de la inmensa megalópolis con sus volcanes nevados al fondo. Mexico/Tenochtitlán está construida sobre una laguna, así pues, poquito a poco va hundiéndose y ese hecho le confiere una especie de embrujo añadido, la hermosura de lo efímero en el tiempo eterno.
Una réplica perfecta en bronce del David de Miguel Angel se baña en la plaza de Río de Janeiro mientras una niña celebra “sus quince años” vestida con tules anaranjados y cola de dos metros. La familia la rodea y vitorea mientras el fotógrafo oficial dispara inmisericorde; son felices celebrando sus costumbres como nosotros hacemos muchas veces el ridículo celebrando las nuestras. Un testigo de Jehová nos asalta en inglés porque nos ve “güeras” (blanquitas y rubias).
La “puerta del cielo” me saluda bañada en un sol azteca desde la nave lateral de la Catedral Metropolitana, como si el viejo recuerdo de las lágrimas de Moctezuma quisiera hacerse presente. Se hunde la catedral y todo el mundo lo sabe, así que las pisadas se tornan silenciosas y si cabe, incluso, un punto más devotas.
Afuera, el sol y el calor lo invaden todo y la bandera patria mastodóntica aletea por encima de varios camiones cargados de material militar con forma humana. No incomodan, pero no colaboran a dar un aire acogedor a la plaza. Los mil puestecitos de comidas imposibles (patatas fritas rojas, churros rellenos de algo parecido a la salsa de tomate y limonadas de colores) enloquecen a la pituitaria europea acostumbrada a reconocer y etiquetar los olores.
Todo es nuevo ahora, impactante y felizmente bienvenido. Vivir aquí o allá no tiene importancia; lo importante es saberse querido allá donde se esté.
Las jacarandas están empezando a florecer y la noche se llena de fragancias acogedoras. Es el momento perfecto para pararse a escribir, como cada final del día, tres cosas que nos hayan hecho felices hoy: estar con los míos, saberme en paz y poder dar las gracias a quienes me sueñan desde Donosti.
Cualquier lugar es bueno para vivir si se es capaz de vivir con uno mismo…
En fin.
LaAlquimista
Fotos: C.Casado
Por si alguien desea contactar: Laalquimista99@hotmail.com
Tuve un jefe –entre el abanico variopinto de los que me tocaron en suerte durante treinta y seis años de vida laboral- que decía que mi principal cualidad consistía en ser “muy apañadita”. Vamos, que organizaba rápido, bien y a bajo coste. Evité la molestia de explicarle que esa “cualidad” ya venía de fábrica conmigo y que no la desarrollé para que él se colgara medallas, pero ese es otro tema.
Una de las tareas que empaña un poco el placer de preparar un viaje es el tener que hacer las maletas eligiendo, desechando, pensando con cabeza en los detalles y separando lo importante de lo superfluo para que ni sobre ni falte y es por eso que, habitualmente, se suele dejar ese trabajo para la víspera –y así conseguir hacerlo mal y olvidar algo necesario. Como en el viaje de la vida, hay que ser “apañaditos” y pertrecharse con fundamento.
Me gusta hacer el siguiente razonamiento: ¿cuánto tiempo voy a tardar en hacer la maleta? ¿Dos horas? ¿Y no son acaso iguales esos ciento veinte minutos una semana antes de la partida que la víspera? Así que, con suficiente antelación, me meto de cabeza en esa tarea complicada y que agobia a más de un viajero. (A ver si nos vamos a embarcar en nuestro particular viaje a Itaca con lo puesto y poco más…)
Lo primero que hago es un listado, que más vale un lápiz pequeño que una memoria grande, e imaginar la secuencia de un día cualquiera del viaje desde que me levanto hasta que me acuesto. De esa manera me acordaré desde el gorro de ducha hasta el camisón pasando por toda la parafernalia que va desde el despertar hasta el momento de apagar la luz. Como odio disfrazarme de cualquier cosa, menos lo voy a hacer de turista, así que, vaya a donde vaya, no tengo que romperme la cabeza eligiendo prendas; me resulta más natural vestir la misma ropa que uso en mi ciudad porque es cuestión de estar cómoda en mi propio pellejo, ser yo misma en todo lugar y situación.
La lista debe dejarse encima de la mesilla durante veinticuatro horas –como el pan de las torrijas en el frigorífico- para ir apuntando lo que se nos ha olvidado en primera instancia y cuando ya no se nos ocurre nada que añadir ni nada que tachar, poner manos a la obra.
Una maleta no se hace a saltitos, un rato libre ahora y otro mañana, sino de golpe aunque te canses porque esa noche se duerme mucho mejor con un peso menos en la cabeza, que es como hay que hacer las cosas, bien aunque dé pereza.
El día elegido para meterse en harina, es buena idea poner buena música de fondo y tener un gintonic o similar a mano para que no decaiga el ánimo según se va yendo y viniendo del armario a la maleta y de la maleta al armario y se cubican las prendas y elementos varios aprovechando los rincones. (Un truco es enrollar la ropa en vez de llevarla extendida; se arruga menos y cabe más). E ir tachando con rotulador fosforito de la lista, porque conforme se llena ésta de colorines más a gusto nos sentimos, como con la satisfacción de ver que la tarea va cumpliéndose.
Casi siempre ocurre que, cuando todavía quedan en la lista bastantes huecos sin tachar, nos damos cuenta de que la maleta está a tope y no cabe dentro ni un calcetín más. Es normal y no hay que asustarse. Es el momento adecuado para irse a tomar unos vinos o a dormir si es tarde. Al día siguiente la mente habrá hecho su trabajo nocturno de escaneo y selección y caeremos en la cuenta de que no nos hacen falta cinco pantalones, tres faldas y dos vestidos para una semana. Que secador de pelo hay en todas partes y el bote de champú abulta la tira; que mejor un libro delgadito y allí donde vayamos ya nos agenciaremos otro; que podemos subsistir sin el Chanel Num.5, y la crema nutritiva en tarro grande se puede cambiar a un botecito chiquitin, y así iremos sacando cosas de la maleta, aligerándola de peso innecesario.
Norma de oro es que el equipaje pueda ser transportado con facilidad, sin parecer la mula Francis. Así no tendremos que pedir ayuda para transportarlo e iremos más cómodos y seguros durante el viaje. Sobre todo nosotras, las mujeres.
Curiosamente, los hombres se olvidan la mitad de las cosas y las mujeres llevan peso y bultos innecesarios, lo que nos da una idea de cómo afronta cada sexo el viaje de la vida.
A fin de cuentas, quienes necesitan “poco” para vivir y ser felices, también precisan de muy poco para viajar; el único sitio que nunca se desocupa es el de la felicidad que va por dentro y nunca da sobrepeso en la báscula del aeropuerto.
Todas estas instrucciones de andar por casa las cuento por si a alguien le sirven de ayuda y para recordármelas a mí misma, que ahora mismo ando sacando de la maleta lo que he decidido en última instancia que no necesito llevar justo cuando faltan dos horas para empezar mi viaje.





























