Diario Vasco

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Amigos sin derecho a roce
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Cecilia Casado | 29-10-2014 | 07:34| 23

No, no me he equivocado de preposición al escribir el título de este post, porque de lo que quiero hablar hoy es precisamente de esa nueva modalidad de “amistad” que parece que está teniendo muchísimo éxito entre personas…mayores. Y no es esta otra que la de juntarse hombres y mujeres con afinidades similares: naturaleza, viajes, cultura, baile, cine o gastronomía y dedicarse a disfrutar de la vida “en pareja aparente” para no tener que ir solos a los sitios a los que no apetece ni poco ni mucho ir solo.

Y así he ido viendo y encontrando por aquí y por allá a algunos hombres que buscan compañía, amistad,  pero con los límites bien definidos para que no haya lugar a malos entendidos: de sexo, nada de nada.

Antes de poner el grito en el cielo me dediqué a observar a otras parejas veteranas y, si eran sinceras en sus manifestaciones, indicaban que a partir de varios lustros de convivencia, el interés por la sexualidad parece que queda reducido a mínimos indescriptibles. Como mis experiencias en pareja no han alcanzado jamás tal extensión no puedo hablar con conocimiento empírico del tema, pero me estremecí unos instantes al empezar a vislumbrar el panorama que se (nos) extiende “a partir de los 50”.

Pero a donde quiero yo llegar es al hecho de que, si a cierta edad y cierto contexto, sigue estando de moda eso de tener “amistad con derecho a roce”, ahora lo que parece que se ofrece en el mercado es “amistad sin derecho a roce”, a gusto y comodidad de los participantes, con todas las ventajas de tener compañía para realizar las actividades interesantes, divertidas y enriquecedoras de la vida pero sin tener que pasar por el fatigoso, complicado y no siempre satisfactorio ritual que se celebra entre las sábanas.

¡Pues vaya fiasco, la verdad!

En el fondo de la cuestión subyacen los miedos: a no dar la talla en la cama (sobre todo el hombre), a la vergüenza del propio cuerpo (sobre todo la mujer), a enfrentar las alteraciones hormonales que a unos les ponen por las nubes y a otros les bajan al inframundo y, casi siempre, a una desgana generalizada de no cansarse, no comprometerse, tener la cama para uno solo y acomodarse sin paliativos a las pequeñas miserias de la edad más que adulta.

Pues está bien, pero conmigo que no cuenten, de verdad, porque… ¿me veo a mí misma saliendo con un hombre a cenar, al monte, al cine, de fin de semana y no sé qué más…sin compartir “la sal de la vida”? No me gusta el café descafeinado, ni la cerveza sin alcohol… ¿cómo me va a gustar la piel sin caricias, la boca sin besos, el cuerpo en un ataúd antes de haber fallecido?

Eso no quita para que siga aceptando y compartiendo las amistades “de las otras”, las de toda la vida, aquellas en que hombres y mujeres se sienten como hermanos, sin intervención de feromonas, y donde siempre ha habido compañerismo y relaciones de buena vecindad.

El debate de si es posible la amistad entre hombre y mujer lo solucioné hace ya muchos años, -ya que siempre he tenido algunos buenísimos amigos del alma-, pero lo que sí sé es que si un hombre y una mujer se avienen a “jugar a ser pareja” dejando de lado la esencia primigenia de lo que es un hombre y una mujer para participar socialmente en el baile de la vida… acabaremos alejándonos de lo que somos realmente: espíritu, mente y…cuerpo. Una pena, la verdad.

En fin.

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Momentos H&M (Hija&Madre)
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Cecilia Casado | 27-10-2014 | 08:15| 21

Así les llamamos mi hija pequeña y yo a los ratitos especiales en que nos encontramos agradablemente cercanas la una a la otra. Ratitos en los que no pretendemos ser “coleguis” –error donde los haya y que diluye los límites de la esencia de una madre y la esencia de una hija (o hijo)-, ni cotorrear como amigas de los chicos que nos gustan o de las rabias que nos disgustan; ella en su sitio y yo en el mío estamos muy cómodas, aunque ambas en el mismo sofá anímico y afectivo.

He parido dos hijas a las que adoro casi todos los días; la una habita lejos, muy lejos, está amorosamente casada y vive su proyecto de vida en común con esperanza, tesón y honestidad. Gracias al amor compartido durante más de treinta años nos sentimos cercanas y, además, la tecnología de diversas aplicaciones nos permite vernos y escucharnos con más intensidad incluso que la que tienen personas que viven bajo el mismo techo y sólo se miran cuando se cruzan por el pasillo. La otra hija mía se despierta cada mañana contemplando la misma luz que me alumbra y en el mismo huso horario; circunstancialmente compartimos el pan y la sal y eso hace que, en no pocas ocasiones, debamos enfrentarnos a los problemas de la convivencia como una pareja normal y corriente. Y con el perro en medio…

Por eso hemos instaurado nuestros momentos “H&M” que, haciendo un guiño a su marca favorita, significan para nosotras algo muy importante. Momentos “Hija&Madre” que van más allá de lo puramente práctico y convencional entre los padres y su progenie.

Yo no recuerdo haber salido con mi madre a ningún sitio que no fuera al médico, al dentista o a la modista. Ella cumplía con su “deber” como madre y yo no podía imaginar siquiera que existiera otra forma de relación. Jamás se me ocurrió sugerirle que fuéramos las dos juntas –y solas- al cine; o a dar un paseíto por un parque y charlar un poco; o a merendar un chocolate con churros y complicidad. Mucho menos todavía –ya en la edad adulta de ambas- pensé que pudiéramos compartir una excursión, un viajecito, una comida en un restaurante, un museo, una exposición, un concierto… Nada de nada porque, en aquella época, no se establecía con la madre más relación que la derivada de la obediencia debida; como si ella, la madre, como mujer, no tuviera un perfil definido y yo, la hija, no fuera más que una personita en desarrollo a la que alimentar y vigilar para que no se la comieran los depredadores. Solía ser la madre de quien emanaban consignas, consejos, lecciones y prohibiciones.

Me hizo falta ser madre a mi vez, sentir lo que era parir un hijo, para descubrir en plenitud las posibilidades de esa relación única e intransferible que se puede –y digo “puede”  como posibilidad- establecer entre una madre y sus hijos. Darme cuenta del gran “poder” fáctico con el que contamos las madres para hacer soplar el viento en la popa de nuestros retoños como brisa pujante y benéfica o como huracán devastador que pone en riesgo de naufragio su nave. No todas las personas tienen hijos pero todas han tenido una madre…así que es fácil entender de qué hablo.

Los momentos “H&M” son aquellos en los que asumimos al cien por cien el rol que nos compete: a mí como madre y a mi hija como hija. Yo con mis tribulaciones y mis dudas de adulta mayor y ella con sus inquietudes y miedos de mujer joven. Sin complicidades de anuncio televisivo, simplemente con la realidad de la mano y el cariño en el corazón. A veces no son más que el momento en el que me dispongo a sacar al perro y ella me dice: “voy contigo”. Otras, basta con un: “te invito a un zurito”. Y sabemos que en el silencio compartido hay muchas palabras que se escuchan, en la mirada común hacia los árboles que se desnudan habita también el amor por la naturaleza y el cariño cuando las piernas jóvenes suavizan el paso para acomodarlo al menos ágil de las piernas cansadas…

Tener hijos no consiste únicamente en quererlos mucho y desear lo mejor para ellos. Es un “trabajo” del que ninguna mujer se jubila jamás porque gravita alrededor de la órbita del amor y, como tal, exige “pruebas concretas”, no sirve dar el amor por supuesto y el cariño por sobreentendido…en ambas direcciones.

El beso de buenas noches y la sonrisa de buenos días –aunque tenga que ser por whatsapp- valen un potosí; el pequeño ramillete de flores que aparece en la mesa de la cocina, diez minutos de Reiki aunque sean a distancia, llegar a casa y encontrarse la mesa puesta y el horno exhalando un aroma exquisito. El tiempo de compartir una película, un pintxo-pote de última hora, la siesta en silencio, el abrazo que llega desde el otro extremo del pasillo (o del mapamundi)… todos esos son nuestros pequeños momentos “H&M” que puede que sean una tontería, pero que nos hacen felices…a mí y a mis hijas.

Quería compartirlo…

En fin.

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Oleo sobre lienzo: Xi Pan

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¿De verdad somos los vascos tan cerrados?
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Cecilia Casado | 24-10-2014 | 05:54| 23

Este es un tema del que puedo hablar con conocimiento de causa sin necesidad de tener un master en sociología; de hecho, es un tema del que todos sabemos algo porque en casa nos han dicho que es una de nuestras peculiaridades y nos lo hemos creído…

Dicen los “expertos” que eso de ser tan peculiares, es algo que nos viene “del caserío”, de cuando se vivía aislado en el monte y se hablaba más con las vacas que con la propia familia, pero yo no estoy tan de acuerdo porque ya hace más de cien años que las ciudades se poblaron con los que huían del aislamiento y unos cincuenta en que este territorio se repobló gracias a la llegada masiva de gentes de otra tierra con sus propias peculiaridades.

Eso de que los vascos somos “cerrados” tiene tanto fundamento científico como los chistes protagonizados por catalanes “agarrados” o andaluces que se pasan todo el día cantando y bailando. Lo que pasa es que, a fuerza de repetirlo de abuelos a nietos, al final, nos lo hemos creído y se ejerce de ello como si no quedara más remedio. ¿Qué has nacido en Azpeitia, Legutiano o Amorebieta? Pues eso: cerrazón al canto, sin que se libren del sambenito los de la capital, faltaría más.

Es muy curioso comprobar cómo personas con un temperamento tirando a alegre y jovial en el entorno familiar tienden a quedarse calladas en cuanto se hallan entre personas desconocidas;  como si la autoestima estuviera tan baja que no se pudiera uno comunicar más que con aquellos a los que conocemos, por miedo –quizás- a que nos malinterpreten o –peor aún- que nos suelten un bufido. Como si fuera de casa estuviera el lobo. “No hables con desconocidos” no era únicamente una prevención para evitar pedófilos; era también (y eso lo supe después) la manera de establecer barreras con los demás, de proteger y marcar el espacio propio, como diciendo: “bueno, ojo, que yo no hablo con cualquiera” y así marcar una diferencia arrogante a la vez de estúpida.

Viajando por aquí y por allá, y sin necesidad de salir del mapa de España, he podido demostrarme a mí misma (y a los demás) que la falacia de que “los vascos somos cerrados” pierde su sentido y deja de ser un artículo de fe. Sentada en solitario en una terracita de León se puede pegar la hebra con la gente de la mesa de al lado sin que te miren con cara rara o como temiendo que les vayas a contagiar algo. Lo mismo ocurre en una playa mediterránea, en un paseo sevillano, en la cola de un cine gallego o tomando unas cañas en el Raval barcelonés. Tanto cuando he sido yo la iniciadora de la conversación como cuando han sido los demás quienes se han dirigido a mí, en un momento dado, ha saltado el topicazo: “muy simpática eres tú para ser vasca…con perdón”.

Y es que…no hay perdón. No hay perdón de que nos contagiemos los unos a los otros, como si ser poco amables fuera una seña de identidad de la que enorgullecerse, y no nos demos cuenta de que llevar encima de la cabeza el sambenito de “cerrados” –que también puede ser sinónimo de antipático- no es un honor sino una pequeña y absurda vergüenza.

Afortunadamente he ido juntándome con gente como yo, con personas que somos capaces de hablar con desconocidos sin mirarlos como si nos fueran a robar la cartera o el marido; con personas amables y amigables capaces de compartir la mesa en el bar, de acompañar al que se ha equivocado de dirección, de ayudar a quien lleva mucho peso, de ceder el paso, tender una mano, regalar una sonrisa…

Somos “cerrados” y antipáticos entre nosotros mismos… ¡como para no serlo con los “de fuera”!

Supongo que esto es una actitud personal, que bien podemos cuestionar lo que nos han educado o lo que hemos visto en casa y tener un criterio propio más positivo, más proclive a la empatía, la amabilidad y, por qué no, la solidaridad con los demás. Luego, a puerta cerrada, si nos apetece, podemos seguir siendo “cerrados” y con “la txapela a rosca”.

En fin.

LaAlquimista

Cuadro: Mauricio Flores Kaperotxipi

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Cuando una puerta se cierra otra puerta se abre
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Cecilia Casado | 22-10-2014 | 09:17| 43

 

Esta es una de las cuestiones que más a menudo tengo que recordar, sobre todo cuando las cosas no salen como yo quiero y se me descompone el puzzle. Y así, cuando he perdido alguna pieza, en vez de volverme loca buscándola, lo recojo todo y lo tiro a la basura y aquí paz y después gloria.

¡Cuántas veces no me habré lamentado por haber perdido lo que yo consideraba una buena “oportunidad”! Y cuántas veces –pasado el tiempo- he tenido que alegrarme de que aquella puerta se me cerrara, sí, justo aquella puerta tras la que yo adivinaba parte de mi felicidad, porque se me abrió, sin tan siquiera esperarlo, otra mucho mejor. Y esto me ha ocurrido tanto en lo afectivo como en lo funcional.

El año pasado me nació la ilusión de volver a la universidad dentro del plan del “Aula de la Experiencia” en el campus de la U.P.V. en Donosti. Me apunté cumpliendo todos los requisitos y esperé ilusionada a que se celebrara el sorteo que determinaría quiénes eran los afortunados para optar a una de las plazas ofertadas. Las posibilidades eran del 50% así que mis esperanzas tenían cierta base. Sin embargo, el azar quiso que mi número saliera el último. Pero no únicamente el último de las plazas ofertadas, sino el último también en la lista de espera. Una rotundidad indecente porque tan difícil como sacar el primer número era sacar el último…

Pues gracias a que se me cerró esa puerta, me quedé exenta de responsabilidades académicas y pude viajar ese curso durante dos meses a países bien lejanos desarrollando una actividad tan enjundiosa o más que la que hubiera llevado en las aulas. Se me cerró una puerta y me quedé libre para abrir otra que me proporcionó una indecible felicidad y no poco conocimiento. Curiosamente, este año ni se me ha pasado por la mente volver a apuntarme al “sorteo de plazas universitarias para mayores de 55 años”.

En lo emocional y afectivo también me han dado alguna vez con “la puerta en las narices”. Y de ahí es más difícil sacar conclusiones positivas puesto que entra en juego el maldito ego para reclamar su cuota de protagonismo, pero una vez domeñado éste a base de zurriagazos externos y de mucho silencio interno, las aguas arrastran lo innecesario y queda únicamente un remanso limpio en el que poder contemplarse en paz.

Algunas personas cierran puertas por miedo, se protegen, colocan cadenas de seguridad y sienten que así quedan al margen de cualquier daño que les venga de fuera. No digo que no sea efectivo el sistema, -nunca lo he hecho-, pero sí que creo que también, al cerrar esa puerta, se está abriendo otra mucho más amplia, nueva y esperanzadora para la persona que se ha quedado “fuera” de ese afecto. Y esa nueva puerta que se abre es ni más ni menos que la de la posibilidad de encontrar otros afectos más sinceros, menos egoístas, menos calculadores y fríos…

Cuando me han cerrado una puerta afectiva he descubierto que se abría otra. Una puerta que yo he empujado poco a poco, casi con prevención, pero que ha dado paso a un nuevo camino de luz adonde no llega la oscuridad del pasado. Una puerta que no daba a la calle sino al interior de mí misma, territorio nunca suficientemente explorado…

Y está bien que así sea.

En fin.

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Paseos con mi perro. Cristina Enea.
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Cecilia Casado | 20-10-2014 | 05:27| 27

 A veces la vida te hace regalos. Y yo recibí el último envuelto en pelo blanco y con una carita deliciosa: se llama Elur. Y para que la dicha fuera completa, alguien tuvo la genial idea de permitir el acceso a los parques de la ciudad de los perros, para que también ellos pudieran disfrutar del regalo de la naturaleza de una manera sencilla y fácil. Es por eso que, con cierta asiduidad, nos vamos los dos juntos -atados, que no encadenados-a pasear or los espacios verdes donostiarras. Una correa extensible de cinco metros le da la libertad suficiente; hay unas normas que respetar y me siento feliz respetándolas ya que así la convivencia es placentera para todos, para los que amamos los perros y para aquellos a quienes les resultan muy desagradables, que en su derecho están. Los perros son como los niños en un sentido literal: si están bien educados resultan agradables, si no, una auténtica peste.

A trotecillo ligero llegamos hasta Cristina Enea, mi parque bienamado en el que pongo todas mis complacencias y debajo del gran árbol nos sentamos –mi perro y yo- para disfrutar del silencio, del aire caliente de este Octubre extraño y dejar que la mente se serene, se vacíe de todo aquello que le estorba y deje espacio para nuevos y más fructíferos pensamientos.

Al cabo de diez minutos de placentera serenidad, veo subir en procesión colorista un abigarrado grupo familiar provisto de neveras, bolsas de comida y demás parafernalia para hacer picnic. Rezo a cualquier dios despistado para que no se pongan cerca de mí, para que su alegría –que imagino bullanguera- no alcance ni a mis oídos ni a mi ánimo. Por si acaso, me sitúo en “modo Zen”, olvidando las normas explícitas del parque que indican que éste está destinado únicamente “al paseo de los ciudadanos”.

Mis ensueños comienzan a tomar forma y la mente se me vacía de pensamientos negativos, como si una corriente de aire hubiera limpiado lo innecesario.

Dejo que el cielo se convierta en el techo de mi pequeña habitación y que las ramas de los árboles se erijan en paredes, la hierba en alfombra y mi cuerpo sedente esté y no esté, practico la técnica de invisibilización que usaba en mi infancia y consigo que el tiempo se detenga a mi lado y corra rápido en el reloj de los demás.

Una pareja en bicicleta profana los caminos impunemente, pedalean ellos con furia y cansancio por la cuesta que sube entre los árboles, son ciclistas y hacen honor a su nombre, a sus cascos, a su ceguera ante las señales que prohíben circular en tal vehículo por el parque… Detrás viene un señor con un perro grande, suelto, libre, que olisquea las hojas caídas, se acerca al estanque donde dormitan las tortugas, asusta a los patos, defeca cuando tiene ganas y corre tras su dueño que se aleja -afortunadamente se aleja- por el camino que atraviesa el parque y lleva (bendito regalo) hasta la salida. En una especie de procesión surrealista -¿o no?- aparecen los niños de los patinetes, gritando a los niños que juegan con un balón azuzados por padres y madres felices y sonrientes que disfrutan -ellos también y a su manera- de este delicioso parque que es de todos y para todos.

Como yo también tengo mis recursos, decido que es el momento de cerrar los ojos e “irme de paseo” por encima de las copas de los altos árboles al otro lado del río. Vuelo hasta “la casa del águila” y desde allí observo el caos circulatorio consecuencia de la sempiterna carrera dominical por el medio de la ciudad; me queda la duda de por qué se organizan carreras continuamente para protestar, para celebrar, para demostrar al mundo la rapidez de unas buenas piernas bien entrenadas y un corazón a prueba de bomba, será que unos se dedican a correr mientras que otros nos dedicamos a ver cómo los demás corren… El aullido de altavoces me estremece, a punto estoy de estrellarme -en mi ensueño- contra la antena de telefónica, una avioneta pasa rozándome y deja su estela de combustible mal quemado sobre mi piel…

Aún intento bajar a la playa donde hay hormigas en traje de baño que se disputan cada centímetro de arena corriendo alocadamente en un sentido y en otro aprovechando los coletazos del verano, la sirena de las doce del día se mezcla con la barahúnda insoportable que asola la ciudad, las hormigas llevan todas camiseta de la Real, aporrean en grupos de quinientas mil un balón que salta tan alto como la rama de un árbol y aterriza sobre mi vientre dormido y casi mata de un infarto a mi perro que vela mi sueño pero no sabe nada de mis pesadillas…

Es un domingo cualquiera, sencillo y cotidiano, lo reconozco porque es igual a todos los domingos, va vestido de domingo, de fiesta urbanita, de mala educación, de deseo de celebrar el descanso propio saltando por encima de las normas inanes del difunto señor Duque de Mandas, del deseo de paz de mi espíritu, del sursum corda y de todo lo demás.

Como si fuera un lazarillo dejo que Elur me arrastre por la orilla del río, puente tras puente, hasta mi barrio. Atravesamos como podemos el olor a calamares fritos que sale de los bares y llegamos a casa. Me lleva a la cocina y me invita a beber agua fresca. Abro las ventanas y el aire puro me regala unos momentos de emocionada felicidad. Para colmo, en la radio suena un chelo interpretando a Bach…

En fin.

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Fotografías: Cecilia Casado

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Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.

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