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Cecilia Casado

A partir de los 50

Ser mujer en España

dignidad

 

Nací en los cincuenta, vaya por delante. Un tiempo en el que ningún ciudadano podía ser libre ante el Estado puesto que el sistema de gobierno era una dictadura. A los más jóvenes puede que les desubique bastante escucharnos y que pongan cara de estar oyendo al “abuelo Cebolleta” y eso ocurre si no sabes quién es ese “abuelo”.

Nací y crecí rodeada de mujeres por ser cuatro las hijas del matrimonio de mis padres y mi único referente masculino fue mi padre hasta muy entrada la adolescencia. No vi un pene ni en pintura hasta los dieciocho años que fue cuando me espabiló un noviete de veinticinco que sabía gramática parda; en contra de mi naturaleza, me negué a tener sexo con él puesto que mi cerebro estaba constreñido por la asfixiante educación religiosa recibida.

Este es el bosquejo, ahora vienen las pinceladas concretas.

Ya con trece años, en el brote del desarrollo púber, fui absolutamente consciente de que los chicos me miraban a los pechos en vez de mirarme a la cara. No lo entendía, porque yo no les miraba a ellos jamás a la bragueta. Al no tener cerca un hermano o un primo creo que me libré –según me contaban mis amigas que sí tenían- de muchas primeras experiencias sexuales. Nunca jugué a “médicos y enfermeras” con nadie, jamás me levantaron las faldas para ver qué tenía debajo –como relataban mis amigas espeluznadas-, ni tuve que derramar lágrimas por besos robados o manoseos apretujados contra la pared. Mis amigas, sí.

Algunas –las “amigas” crueles- me decían que los chicos “no me hacían caso” porque era fea, ¿?  aunque yo sabía perfectamente que no se metían conmigo porque era ALTA y FUERTE y con un carácter de mil demonios. Ellas –las “amigas” crueles- tenían miedo y “se dejaban”. Quizás eran las víctimas del futuro, quién soy yo para juzgarles.

Mi madre, que aparentemente sabía poquísimo de relaciones entre chicos y chicas, me aleccionó siempre a no PROVOCAR al varón; es decir, vestir recatada, recogerme pronto, controlar actitudes, no reir a carcajadas, juntarme con “buenas compañías” y a ser posible, con los hijos de las familias que para ella eran “de confianza”. Un panorama desolador para una chica de quince años en los tiempos de la minifalda y el bikini.

¡Cuánto daño se nos ha hecho a las mujeres en este país señalándonos con el dedo por llevar un par de botones de la blusa desabrochados o el dobladillo cinco centímetros por encima de la rodilla! ¡Cuánto pesar hemos padecido haciéndonos creer que éramos poco menos que “mercancía” que se ofrecía para el disfrute del hombre!

(Releo el último párrafo y lo encuentro trasnochado, viejuno, rancio. Pero es la verdad que me brota.)

Y la maldita virginidad que había que defender como una María Goretti cualquiera, y los chicos erre que erre, que “si me quieres, te dejas y si no quieres, te dejo”, y la nefasta doña Elena Francis dando consejos de mierda por la radio y media España –la femenina- temblando ante sus juicios implacables.

Treinta años después, mis hijas tenían que ir al baño de la escuela de dos en dos –una para vigilar la puerta y que no miraran algunos chicos por debajo-; treinta años después las niñas de la edad de mis hijas iban al instituto vestidas como “lolitas” porque era la moda: ombligo al aire en pleno invierno, escotes de (poco) vértigo sujetando los libros… y todo ¿para qué? Pues para sentirse bien con ellas mismas, para ser “valoradas” por el elenco masculino que les rodeaba, porque ellas, ya en plena democracia, recibieron el mensaje abrumador de la sociedad, de los medios, el cine y los anuncios, de que la mujer “debe gustar al hombre”. Y de aquellos polvos, estos lodos.

Como madre de dos hijas ya adultas, tengo siempre presente la educación ineludiblemente diferenciada que hemos tenido que llevar a la práctica las mujeres conscientes de mi generación que hemos optado por la maternidad.

No olvido el discurso que mis hijas mamaron: aunque te respetes a ti misma, siempre puede haber quien no lo haga porque no le enseñaron a respetar al prójimo, ergo, no te confíes.

No tengas miedo, pero sé prudente. Diviértete, pero no pierdas el control. Vuelve a casa por debajo de las farolas. Consejos de madre, miedos de las madres que no queremos que a nuestras hijas les pase nada malo y que, aunque no queramos proyectarlos en ellas, conocemos el mundo, la vida, lo que está al acecho a la vuelta de cualquier esquina.

Ser mujer hoy, aquí y ahora, consiste en tener menos libertad que cualquier hombre, ponga lo que ponga en los papeles oficiales, digan lo que digan los expertos y aunque “San feminismo” nos quiera amparar. Ser mujer ahora mismo en España es estar pendiente de juicios y prejuicios que son los que condenan y hunden emocionalmente a una mujer en cuanto se descuida. Y, visto lo visto, significa también ser “ciudadanas de segunda”.

Y en esa cacería sin piedad de la mujer que quiere mantenerse digna y libre participan por igual –en jaurías bien organizadas- tanto hombres como mujeres, sí, eso de que “perro no come perro” no se da entre humanos…

Felices los que puedan serlo; a algunas nos cuesta mucho…

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

 

Temas

libertades, Mujer e igualdad, reflexiones en femenino

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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