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Cecilia Casado

A partir de los 50

Reflexión del lunes. Ser feliz con lo que hay

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“Amanda, cuatro días de regalo”

¿Qué nos hace felices realmente a los humanos? Esta pregunta, dificultosa de formular porque tendría una respuesta diferente por cada individuo a quien se le plantease, me la hago continuamente, -no puedo evitarlo- cada lunes y cada martes para sacarle punta a la vida y escudriñar un posible foco de “felicidad” allá donde hay más sombras que luces.

La familia, el trabajo, una buena cuenta corriente y una salud aceptable; amigos agradables y caprichos generosos. Salir a cenar los viernes o a comer el domingo, al cine los miércoles, el sábado de compras, cuando llueve guarecerse y con el solazo crema protección 50. Que los niños se críen bien y que no den el coñazo en la adolescencia; que estudien “algo” que les dé un buen trabajo y que empiecen su vida siguiendo el modelo preestablecido.

Una definición un poco larga de lo que podría ser “la felicidad” a día de hoy, pero me temo que este concepto se ha convertido en un mero estereotipo; no da para mucho más…. O sí.

Siento muchas veces que mi vida se parece a mi frigorífico. Es decir, que miro lo que hay y entonces decido montarme la comida del día. Soy apañada y puedo hacer algo rico con un puerro, dos pimientos, una cebolla, un calabacín y un par de huevos. Es decir, me arreglo con lo que hay. No soy de esas personas que exclaman: “¡pero si no tengo nada!” y corren al colmado de la esquina a comprar de casi todo para luego llegar a casa, llenar las baldas del refri y acabar haciendo un pisto a la manchega.

Hace un par de semanas mi hija pequeña me propuso una visita relámpago de cuatro días, justo cuando ella regresaba de un largo periplo asiático y yo deshacía las maletas de un viaje a India. Supongo que queríamos ofrecernos los pequeños regalitos comprados con más ilusión y amor que dinero. Pero para mí han sido cuatro días de felicidad completa que me han recargado las pilas emocionales para varias semanas.

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De repente me vi preparando su cuarto de soltera, buscando la receta de la sopa de pescado, mirando la previsión meteorológica, cortándole el pelo al perro y tiñéndome las canas; de repente me ví cantando bajo la ducha y buscando en el armario las blusas de colores. Fui feliz con lo que tenía, poco o mucho, pero conscientemente feliz de mi buena suerte.

Cuatro días de “inmersión total” –o casi- para hablar lo justo y sonreir en exceso, cuatro días de cariño sin necesidad de declaraciones ante notario. La simplicidad de los besos y las tenues caricias entre madre e hija, ese ratito inefable por la mañana, dando los buenos días a la vida desde “la cama de la ama”, como cuando todas éramos un poco más niñas: felicidad.

Subir al monte a disfrutar del sol y bajar a la playa cuando estaba oculta por la niebla, recordar los sitios en los que hemos aprendido la vida juntas, la taza de té de la sobremesa, las confidencias que ya no hacen falta porque las dos somos moderadamente felices y estamos liberadas de cuitas emocionales tóxicas: felicidad.

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Cuatro días de regalo para estar en paz, eligiendo conscientemente hablar del presente y un poco del futuro, sin un mísero reproche o recuerdo del pasado aunque a todos nos pese de alguna manera. Haciendo planes bonitos que, aunque luego no se cumplan, nos han hecho sonreir con gusto al mencionarlos.

Instantes, momentos entre dos mujeres que se quieren más allá de cualquier frontera, ella con su amor y sus pinturas en Alemania y yo, la madre, con mis amores en Mexico y mis palabras en Euskadi.

Todo está en orden. O debería estarlo hasta que se nos cruza el pesimismo y leamos en algún sitio que la vida es dura tirando a durísima, que el ser humano ha venido a este mundo a sufrir, a trabajar para ser poco considerado, a ayudar a los desagradecidos, a intentar hacerse escuchar por los sordos, a compartir mesa, cama y mantel con personas que no nos quieren o no nos respetan lo suficiente.

Todo está en orden o puede estarlo si somos capaces de aceptar los pequeños eventos felices que a veces ocurren; valorando y agradeciendo lo bueno que se nos presenta en vez de condolernos siempre por lo que no tenemos. Felicidad.

He pillado en un armario un saquito de alubias negras: con una cebolla pequeña y un poco de aceite y sal voy a realizar una obra maestra. Un poquito de alquimia emocional nunca está de más…

Gracias, Amanda.

Felices los felices.

LaAlquimista

*** Fotos: Cecilia Casado. (Sol o niebla, es la misma ciudad, es la misma vida)

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

Temas

Alquimia emocional, amores madre hija, capturar el instante feliz, lo pequeño hacerlo grande

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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