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Cecilia Casado

A partir de los 50

¿Políticos honestos o infames?

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De todos es sabido que hay temas tabú de toda la vida que más vale no poner encima de la mesa con según qué compañías. La religión y la política se llevarían la palma y, para los que tienen otras inquietudes, el fútbol también puede generar serias disputas y encontronazos. Por no hablar de la caza, las corridas de toros, el machismo en general y las malas costumbres del personal en particular.

En este blog no se habla de política por higiene mental y eso también lo sabemos todos. Pero en la vida privada, -en la mía- abundo bastante en el tema puesto que forma parte de mi naturaleza social ser “política” y no “apolítica”, como dicen quienes –generalmente- ni entienden, ni saben, ni quieren entender o saber del tema. Quizás por eso el “iletrado político” se llena la boca en un único buche de amargura diciendo que “los políticos son todos iguales” y con ese (pobre) argumento termina su discurso. Porque no tiene otro, todo hay que decirlo.

En realidad, la política forma parte de nuestra vida como el aire que respiramos, es inevitable; como la religión, las costumbres alimentarias o el modus vivendi especial de cada pueblo por muy pequeño que sea. Además, me gusta hablar de política, situarme cinco minutos en la palestra del diálogo con mis colegas y un café o cerveza en la mano. Pero no para discutir ni para imponer unas ideas por encima de las del otro, sino para compartir información y aprender –que siempre hay que estar en esa tesitura- y, como siempre es el caso, reflexionar sobre tal o cual actitud de nuestros representantes.

Porque hablar de política, al fin y al cabo, no es más que expresar nuestra intención de voto anticipada, algo así como una “operación triunfo” que al final gana quien más votos saque. Lo curioso suele ser la cantidad de personas que llenan de cháchara un pretendido discurso sobre lo político para luego rematar diciendo: “total, me da igual, no pienso votar”. Y ahí te dejan, con la sensación de haber estado escuchando a un charlatán de feria, irónico e incluso despreciativo que, evidentemente, “sabe más que tú”.

 El caso es que cuando hablo de política me doy cuenta de que muchas veces tengo enfrente no a un amigo o colega, sino a un adversario que pretende convencerme de todos mis errores –pasados, presentes y hasta futuros-, explicándome que ÉL sabe más que yo porque está mejor informado…y punto pelota.

Así se pierden amigos, de verdad que sí, es una pena… Aunque da igual hablar de una cosa o de otra, lo que me doy cuenta es de que cada vez a la gente le gusta menos que se le lleve la contraria en cualquier tema, por banal o inane que este sea y se ponen como basiliscos si se les hace una corrección o un apunte, aunque sea con la sana intención de aportar información sin ánimo de hablar ex cathedra

Entiendo pues –porque me obligan a pensar así- que para tener una buena conversación sobre política –que no es tema aburrido ni baladí-, lo imprescindible debería ser tenerla con gente del propio pensamiento para que no haya fisuras. Es decir, los de izquierdas birreando con los de izquierdas, los de centro tomando vinos con los de centro y los de derechas lo que tomen ellos con los de su misma cuerda. Así todos tan tranquilos y sin pelearnos  volveremos a casa con la sensación de haber pasado un buen rato entre amiguetes. Que no es poco.

El problema –y no el más pequeño-, es cuando te toca “hablar de política” con esas personas que adquieren su información y gestan su opinión a partir de los hilos de Twitter, las payasadas de Youtube o las noticias de El mundo Today. Son muchos –multitud- los que en la barra del bar se llenan la boca (y no solo de pinchos de tortilla) calificando y descalificando a los políticos y la política, agarrando el rábano por las hojas y fijándose únicamente en lo más descarado: cuando lo hacen mal o cuando les pillan robando.

Patio de populacho con la tele encendida en una esquina del mostrador.

¿Alguien se atrevería a levantar un dedo por todos los políticos honrados y justos? Yo, sí. Porque haberlos, haylos, faltaría más. Algunos han sido famosos y forman parte del “santoral” político nacional, aunque la mayoría fueron personas políticas que no llegaron nunca a ser “personajes”, pero que sirvieron fielmente al pueblo que había confiado en ellos. Leed la historia, que hay unos cuantos. Incluso hoy mismo, hoy en día, ya que no sólo son “políticos” los que se sientan en el Congreso y el Senado y salen por la tele; hay muchos más que trabajan -y trabajan muy bien- lejos de los focos mediáticos. Quizás es que el relumbrón se lo llevan los de siempre: los que copan programas en primetime “hablando de su libro”… No voy a dar nombres por no hacerles el juego…

Por eso, cansada de encajar discursos catecumenizadores, como que hablo de política sólo para mis adentros, contemplo espeluznada el espectro negativo que invade a la ciudadanía casi sin remisión y cruzo los dedos –y si tengo que rezar, pues rezaré- para que tanta pelea dialéctica no dé paso al odio latente que puede mover a alguna mano incontrolada a cometer alguna locura de la que todos, después, nos arrepentiríamos o censuraríamos abiertamente.

Porque ya no tendríamos que hablar de política sino de dónde se nos están quedando los valores humanos, sí, aquellos que nos inculcaron en la infancia –con mayor o menor acierto- y que se han ido perdiendo con el paso de los lustros sin rubor ni pena alguna. Y que recordemos que ser político es una profesión, como ser fontanero o auxiliar de clínica, y a quien la elige se le debe respeto en principio como a cualquiera, lo que ocurre es que, como a los cantantes que sueltan un gallo en el concurso, no se les pasa ni una, mientras que los demás, los que trabajamos y cometemos errores y metemos la pata e incluso “la cagamos” en el ejercicio de nuestra profesión, no nos ponen en la picota para lincharnos públicamente.

Sí, ya sé que todo eso “va en el sueldo”, pero también sé que gracias a los BUENOS POLÍTICOS han salido adelante las mejores leyes y reformas sociales que ha habido en este país desde los tiempos de Fernando VII. Que no es poco decir…

Pues eso, que hoy me ha dado por hablar de los vituperados por excelencia…

Felices los felices.

LaAlquimista

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Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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