Diario Vasco
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Aldapeta, el Txomin y todos nosotros
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Javier F. Barrera | 25-10-2016 | 05:56| 4

Aldapeta era el nombre que rotulaba nuestras camisetas de balonmano, de fútbol, del deporte que fuera. La que más nos gustaba a Carlos Casal y a mí, la que luego recordamos en las largas noches de invierno en Algorta, cuando estudiábamos en la UPV, fue la que llevaba los colores del Ajax, entonces archifamoso por Cruyff y la Naranja Mecánica. Era blanca con dos grandes franjas rojas.Yo llevaba el número 13. En Facebook hay una foto de un equipo de fútbol del cole con esas mismas camisetas. He dicho las mis-mas ;-)

Aldapeta era también la palabra que lucíamos en el pecho, en las camisetas que era rojas si estabas en el grupo A, azules en B, blancas en C y verdes en D. En mi caso, entré en la B y ahí seguí hasta que llegó COU, que me tocó el grupo A por aquello de Ciencias, Letras y Mixto. Esas camisetas se compraban en Deportes Alzugaray, en los arcos del ‘Buenpas’. Aldapeta también eran los nombres de nuestros equipos en las competiciones. Nosotros jugábamos a balonmano y llegamos  a una final del campeonato de Gipuzkoa. La releche. Aldapeta es, en fin, la dirección del cole donde pasamos toda nuestra vida hasta que salimos a la Universidad, ya con los 18 años cumplidos.

Y cuando dejamos aquella cuesta y aquél conjunto de edificios con los pabellones Santiago y Beloka, con aquel cuartel de los grises (antiguo color de la Guardia Armada, que para los ochenta ya era Policía Nacional y eran de color marrón), nos dejamos también toda una etapa de nuestra vida en la que fuimos tan felices.

Ha pasado tanto tiempo que apenas queda ya nada de todo aquello. Ya no está Deportes Alzugaray para comprarse una camiseta y enfundársela para chulear por ahí. La última vez que estuve, en los años noventa, me dijo una señora muy amable que ya no se vendían y que la última remesa la regalaron a una ONG y que las repartió por Cuba. Aunque, como mis sobrinos andan ahora en Summa, les he acompañado ya un par de septiembres a lo que era el cine y les hemos comprado chandals y equipación deportiva con el nuevo nombre y el nuevo logo.

Tampoco queda mucho del antiguo colegio, de los antiguos edificios, y menos que va a quedar con las obras que están acometiendo Quizá ahora es un buen momento para recordar  aquél lejano primer día que asomé la cabeza al patio y era uno solo, todo corrido hasta el CEM y con dos puertas en las verja verde que daban acceso al mítico Barranco.

Qué cantidad de recuerdos, pronto se me van a caer un par de lagrimones…. Sigo. Y cuando esos septiembres que acompaño a mi hermana a por la equipación deportiva de mis sobrinos, no puedo dejar de pasear por esos pasillos donde fumamos nuestros primeros cigarritos con Jalaka y Fernández Oyarbide, Alberto Mozo y Arturo Muñoz. Y, de repente, hasta que empezaron con lo de las obras, ver las orlas de las antiguas promociones con los antiguos alumnos y encontrarme de morros con Don Manuel Santos, con Jalaka padre y con mi padrino, Pit Larzabal. Tengo que reconocer que es emocionante.

Sigo paseando esos pasillos que ahora son recuerdos y me sale a borbotones, con cariño, a la señorita Mercedes en la B y a Don José en la A. A Don Ricardo y a Don Carlos en 3º. A Don Florian y a Don David en 4º, ya en el Pabellón Santiago, sobre el frontón grande.  Y ya a quinto. Con Don Isidoro, a quien le pedíamos siempre no sé por qué cacahuetes y Don Francisco. Luego llegó sexto, y siento pena de recordar a Don Emilio Ruiz, el Bombillón, como un ser cruel, que nos tenía atemorizados. Sin embargo, creó El Chivato, un dazibao, es decir, un periódico mural que despertó mi vocación por el Periodismo, gracias, Bombi,

Y de ahí a séptimo de EGB. Qué coincidencia. Ahora es primero de la ESO y hoy mismo me acabo de despertar a las 6.30 en punto de la mañana, he desayunado con mi hijo Andrés y lo he dejado en la parada del bus. Ya está en el Insti y es el mismo curso. Y es en Séptimo de EGB, actual primero de la ESO, cuando apareció Txomin en nuestras vidas.

En nuestro caso, y sería 1977. Entró en clase y se anunció como nuestro tutor. Dijo su nombre una sola vez: “Don Juan Domingo Madinabeitia, pero todos me llaman Txomin”. Txomin fue nuestro tutor en un tiempo de cambios dentro de nosotros mismos y dentro de una sociedad que no la iba a conocer ni la madre que la parió en cuestión de un par de años. Franco la palmó cuando estábamos en sexto de EGB y ya en séptimo todo resultaba vertiginoso,, empezando por lo que nos pasaba a nosotros mismos en nuestros adentros, que dejábamos de ser unos enanos para empezar a ser unos adolescentes que maduraríamos en BUP con el comienzo de la década de los ochenta.

Y ahí estaba Txomin, un marianista de tomo y lomo con un perfil completamente diferente a todos los que habíamos conocido hasta entonces,. Txomin nos obligó a memorizar los 12.000 verbos franceses y todas sus comjugaciones con aquel libro rojo de tapas duras. Créeme, lo tengo ahora aquí mismo, a mi lado. Txomin era nuestro tutor, nos daba francés a golpe de dictados y preguntas sobre conjugaciones de verbos franceses, siempre de cinco en cinco y siempre con un maldito Passé Compossé por medio,  pero también era el que mandaba en el CEM. EL CEM, bajo el ‘patio de arriba’, junto a los vestuarios. El Centro Económico Marianista, que vendía bocatas de chorizo grandes y pequeños a 7 y 14 pelas, y de sardinas o queso los viernes. Con aquella fila de a dos de enormes futbolines y la barra donde estaba Txomin vendiendo las chuches. Frente a aquella barra había una pequeña mesa de billar. Luego unas mesas de lectura con tomos de tebeos encuadernados en verde y azul completamente desgastados y, al fondo del todo, dos mesas de ping pong. Y se acababa. Luego, con el polideportivo, quiero recordar que se tiró el muro y estaban conectados, pero eso no ocurrió hasta casi una década después.

Txomin no paraba. Era también el jefe de los patios, que eso en Marianistas es superimportante. Y jefe de los deportes. Le dio por aquél entonces por comprar una máquina. Desde ese momento, la máquina, que la leyenda decía que solo tenía la Real. Era una gozada, enorme, y se ubicó en una habitación adecuada a la Máquina ex profeso. Era alemana o así y era como una estación deportiva con 20 tipos diferentes de aparatos, todos integrados en la Máquina. Increíble. Una vez que consiguió que en Marianistas estuviera aquella Máquina, el siguiente paso fue el polideportivo. Empeño suyo personal, que consiguió como tantos otros que acometió en su fecunda vida.

También, nos llevó a París. Flipante. Ahí que nos fuimos muchos. Con el Txomin a París en la Zanahoria de Martín, La Mandarina ya no daba para más. Antony era el destino, donde están los Marianistas en París. Aquello sí que era Europa. Tenían polideportivo y psicina cubierta y climatizada.  De no creer. Por comentar algo, recuerdo que Txomin nos explicó desde el autobús cruzando los Campos Elíseos que en “ese cine, se lleva proyectando Emanuelle cinco años consecutivos”. El Txomin nos explicó E-SO.

Txomin infundía respeto, pero no era cruel. Era duro, pero la vida, ahora lo sabemos, también lo es. Fue un buen profesor y una persona inconmensurable, al que todos recordamos con cariño.

Así era Marianistas aquellos años entre 1970 y 1983 en el que todo cambió. Así era Aldapeta, el Txomin y todos nosotros. No está de más echar la vista atrás y sonreír entre tanto lagrimón ahora que me cuentan que el Txomin nos ha dejado para siempre.

Txomin, Goian Bego

(Pero seguro que está ya montando un partido entre marianistas y ex alumnos. Pero fijo)

 

 

 

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“Aita, cada día soy más de la Real”
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Javier F. Barrera | 29-09-2015 | 22:32| 0

El martes pasado, día 22 de septiembre, Andrés, nuestro querido hijo, cumplía 11 años. Ese mismo día el Granada CF recibía en el Nuevo Los Cármenes a la Real Sociedad en partido de Liga. Menudo partido. Andrés es andaluzarra, como le dice su madre, y tiene dividido el corazón entre el Granada CF y la Real Sociedad. No me negarás que no tiene mérito en un mundo de Ronaldos, Mesis, Madrides y Barcelonas que todo lo absorben y lo copan.

Así que de momento, ha aprendido a competir y a sufrir. Esperamos que cualquier día de estos, tras saber perfectamente cómo se pierde, y se sigue luchando y animando, aprenda a ganar porque le dan una alegría y cae algún trofeo, unas semis, algo por Europa o por la Copa, ya veremos. Entre tanto, Andrés nos ha salido un Séneca, un filósofo, un tipo cuerdo y sabio mientras sigue siendo un niño. Dice que en un partido de este tipo, pase lo que pase, él gana. Y, por supuesto, está lleno de ilusión. Y ahí, no hay ningún otro equipo como la Real.

Estas vacaciones fuimos toda la familia a Anoeta a ver a la Real contra el Sporting. Un partido que empezó con garra y terminó de forma soporífera. Al término del encuentro, la pandilla, que incluía a los tres primos y unos amigos, se apostaron con un móvil con la cámara de fotos encendida a esperar la salida de los jugadores de la Real.

Uno a uno fueron saliendo con sus potentes cochazos a una velocidad de diez kilómetros por hora. Todos los jugadores se paraban con todos los aficionados que se lo requerían, firmaban autógrafos y se hacían selfies. Andrés dejó la rampa de salida y se vino corriendo hacia nosotros y me dijo, excitado ilusionado, maravillado: “Aita, SE PARAN a hablar con nostros”. Se paran a hablar con nosotros, repetí para mis adentros.

Los chavales ven en la TV que los jugadores galácticos apenas invierten algún minutico en pararse con la afición, ya sea a la salida de los entrenamientos, en los aeropuertos o a la llegada a los hoteles. Y los de la Real, simplemente se paran con todos. Si es necesario salen del auto y se sacan fotos de cuerpo entero. A uno de ellos le dije, de broma, que se los llevara a dar una vuelta en su deportivo y tuve que rectificar rápidamente y decirle que era de broma, porque prácticamente se estaban subiendo ya en el coche.

El resultado es que Andrés y sus primos, Jon y Pablo, profusamente fotografiados por su amigo Aner, terminaron la sesión con las entradas del partido firmadas y una colección de selfies para toda la vida. Estaban encantados. Pensé entonces que quizá no hay gol ni trofeo que pueda compararse con la posibilidad de estar cara a cara con los jugadores. O hablar con ellos, por ejemplo, y que te respondan. Andrés le dijo a Illarra:
-Muy guay tirarse del Tambor de Mutriku…
¿Y qué te respondió?
-Sonrió y nos echamos el selfie. Illarra es supermajo…

Mientras volvíamos, ya con la noche cayendo, camino de casa, Andrés valoró la jornada futbolera con una frase que me llegó al corazón: “Aita, cada día soy más de la Real”.

Fue quizá en ese momento cuando decidí regalarle por su cumple, una camiseta de Illarra. Lo que no podía imaginar, tras pasar por la tienda oficial de la Real y pillarle una superchula azul de entrenamiento, es que todo mejoraría de forma increíble gracias a la gente que te quiere y a las hadas mágicas del marketing, que en vez de varitas portan palos de hockey. O así ;-)

Granada. Martes 22 de septiembre.
¿Cómo superar la experiencia de Anoeta

Estaba yo dándole vueltas y vueltas a la pregunta de marras cuando por la tarde sonó mi teléfono móvil. Había pasado a media mañana por el hotel donde se aloja la Real. Ahí me presenté al presidente de la Real, Jokin Aperribay, y le dije que era el cumple de Andrés y que si había posibilidad de que viera a los jugadores.

-”Voy a preguntarle al Míster”, me respondió. Vente a la hora de comer, añadió.

Allí que nos fuimos para el hotel Andrés y yo para ver si surgía el milagro y podíamos ver a la Real. Por si acaso, no le conté nada a Andrés, para aumentar la sorpresa si ocurría y para no levantar expectativas que no pudieran cumplirse, como en este primer momento ocurrió.

No pasa nada. Pensé. Nos fuimos a comer una burrata y unos espaguetis con parmesano y trufa y mientras engullía tales delicias pensé que Jokin Aperribay era un tipo bien majo, que tendría en la cabeza mil cosas, y que ninguna de ellas era la de un padre y su hijo de la Real en este Big Sur donde vivimos que es Granada. Sonreí y pedimos el postre.

Como comentaba, fue por la tarde cuando sonó el teléfono de mi móvil. Era Jokin Aperribay. Comprobé que no solo son los jugadores de la Real los que atienden a la afición. Ese respeto también es cosa de la Presidencia. Volví a sonreír y Andrés, al día siguiente, tenía puesta la camiseta con que Illarra jugó contra el Granada FC. Exactamente la camiseta con la que saltó al Nuevo Los Cármenes.

Gracias, gracias. Muchas gracias. No cambiéis nunca. Y Aúpa la Real!!!

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Un negroni con Ramón Gabarain
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Javier F. Barrera | 14-04-2015 | 07:52| 2

Nicolás y yo sorbíamos nuestros batidos de chocolate sentados en los taburetes de la barra de la cafetería California de la Avenida. Era 1978 y todavía no sabíamos ni acodarnos en la barra de un bar. Tampoco, al menos yo, habíamos probado el alcohol en nuestra todavía corta vida. Estábamos en 8º de EGB y teníamos 13 años. Pronto llegarían los 15 años y 1980, con los Ramones y Doctor Feelgood, pero esa es otra historia.

Era un sábado por la mañana y quiero recordar que Nicolás y yo tratábamos de pergeñar un robot con una lámina de hojalata que había conseguido trapicheando por el barrio de Amara con tebeos y cosas así. Habíamos llegado a un punto muerto en el diseño. Nicolás se empeñaba en que el robot hablara. Yo quería empezar a cortar la hojalata para al menos dar forma al androide de mis sueños.

Tanto Nicolás como yo estábamos completamente anonadados con La Guerra de las Galaxias, que acababa de estrenarse en Navidades en el Astoria. Yo la vi al menos seis veces y quiero recordar que Nicolás la vio en esas fiestas once. ¡Y eso que yo creía que me había pasado! De ahí nuestro inusitado interés por construir un androide.

Tras nuestro enésimo desacuerdo que no fracaso, fuimos andando aquel frío sábado por la mañana desde casa de mis padres en Amara hasta la avenida, donde el padre de Nicolás, Ramón, le había citado para así recogerlo y llevarlo a casa, ya que vivían en una villa maravillosa en el Alto de Miracruz, ahora celebérrimo porque en la misma zona se encuentra el restaurante Arzak.

Así que ahí estábamos Nicolás y yo, asomándonos al balcón de la vida sentados en los elegantes taburetes de la cafetería California sorbiendo nuestros merengados batidos de chocolate cuando entró el padre de Nicolás, Ramón Gabarain.

Entre otras muchas cosas, Ramón Gabarain era el hijo de Ventura Gabarain, el íntimo amigo de mi abuelo Juan Larzabal, el padre de mi madre. Ambos, Ventura Gabarain y Juan Larzabal, tomaron juntos el aperitivo durante medio siglo en la cafetería Oquendo de la misma calle junto al teatro Victoria Eugenia.

Cuenta la leyenda que Juan Larzabal se enfadó sobremanera al conocer que Ventura falleció. Resulta que ese día le tocaba pagar el aperitivo a mi abuelo. Y eso quería decir que siempre le debería a Ventura Gabarain una media combinación de Gin y Martini.

Visto ahora con el paso de los años, no me imagino mejor homenaje de cariño y respeto a un buen amigo que recordar cada aperitivo sin él y brindar por su viaje.

De vuelta a los taburetes de la cafetería California de la Avenida (más pijos y no nacemos), recuerdo que Ramón entró con paso ágil y ciertamente veloz. Más joven de lo que ahora somos nosotros, llevaba un jersey estilo pulligan de cuello pico muy mod con una corbata anudada con doble Wilson de color amarillo.

Me sorprendió aquel festival de colores. Pero solo había comenzado.

Extremadamente educado, culto y elegante, con un gesto de la mano llamó la atención del camarero (en esta cafetería iban con chaqueta blanca y pajarita negra, no te digo más) y le pidió con voz resuelta “un Negroni”.

¡Toma ya! Pensé. Un NE-GRO-NI. Yo que era y soy un tipo curioso y que ahora me gano la vida detectando dónde se cuece una noticia, me di cuenta a la primera que ahí estaba pasando algo. No se pedía ni una cerveza, ni un vino, ni un refresco. Estaba ordenando un cóctel. Y además sonaba a italiano por todos lados.

 

No pude contenerme y le pregunté

-¿Qué has pedido?
-Un Negroni. Y recuerdo ahora mismo perfectamente cómo juntó su dedo pulgar con el índice para dejarlos a una distancia perfecta que indicaba las partes de las que se compone esta bebida: una media combinación con Campari.

Entonces terció el camarero, satisfecho y profesional, mostrando las botellas, y confirmó:

-Una media combinación es Gin con Martini, y se le añade Campari.

Nos ofreció probar discretamente el resultado.
Mojamos los labios y un implacable amargor, combinado con el profundo aroma de la ginebra y con algo evolucionado respecto a lo que yo pensaba que era un caramelo, se coló para siempre por mis sentidos.

Ramón Gabarain, satisfecho, recuperó el vaso, brindó y apuró un trago.

Exactamente lo que estoy haciendo yo ahora mismo por él, ahora que ha emprendido su viaje para brindar con Ventura, su padre, y Juan Larzabal, mi abuelo. Ellos con su media combinación y él con su negroni.

Un tipo con clase este Ramón Gabarain

Un abrazo, Nicolás y familia
Un beso Leonor
Un beso, Leticia y Juanito Moreau Gabarain

 

 

 

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Una calle sin sombra
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Javier F. Barrera | 01-03-2015 | 21:17| 1

Me calo la gorra hasta las orejas.
Me subo los cuellos de la chupa
Botas bien atadas y la ciudad donde crecí, viví y moriré que siempre me espera.
Salgo de casa y me acerco al río, que bulle de agua, pleno. Sigo el murete y me dejo proteger por las ramas sin hojas de los frondosos castaños, recios. Muchos de ellos me han visto crecer y yo les he visto crecer a ellos. Hay un respeto y unas vivencias que nos conectan siempre. Las gotas de lluvia son también electrodos. Camino y me salen raíces que me atan a la tierra que me deja moverme despacio, sin pausa, contemplando, ensimismado. El sonido del viento canta una música monocorde. Silbo para disimular el cigarrillo en la boca. Pienso en el pendiente que nunca me puse y en el tatuaje que me haré contigo. Rumio una idea que me trastorna, que me acerca y me aleja del caos, de los gigantes, del acantilado. De ti. Sigo los pasos de siempre, los que me llevan a la bocana del río, donde baten las olas sobre el viejo puente adornado con farolas como las que pueblan las novelas de Julio Verne. Sin dudarlo, me adentro donde las olas mueren y explotan en la danza de la sal. Y no mojan. Excitan las sensaciones. Los recuerdos. Los planes de futuro inmediato. Los planes sin modelo, sin anhelos, sin vida, sin compromiso. Me muero diez segundos completos mientras el rugido crece. He vuelto a nacer y sigo siendo ese crío que espera la ola gigante en el filo de la barandilla. El crío que cuenta los segundos mientras la espuma de la ola y de los días trepa por el muro del Paseo Nuevo. Gana quien más tiempo resiste mientras sube. Saltar las Olas, le llamamos al juego. El agua del mar sana y me llena las venas, vacías de todas las lágrimas que sangré durante tu huida. Me falta el fuego si tengo la tierra y el agua de la mar. Lo encuentro en un brebaje que me tomo sin contemplaciones. Sopla el viento del Sur dentro de mí que contrasta con el del Norte que me acuna y alimenta. Recorro entonces la útima calle sin sombra de mi vida, la negra esperanza que me abandona cada vez que tierra, agua, fuego y viento, llegas a mí.

CRÉDITOS
-Inauguro con este post una microsección en Donostistorias, Paseos se llama, reflexiones del camimnante de esta ciudad.
-La calle Reyes Católicos de Donosti desde la trasera del ‘Buenpas’, este domingo por la tarde

 

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Feliz Paseo (y año) Nuevo
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Javier F. Barrera | 09-01-2015 | 13:37| 0

La Bodega Donostiarra está de bote en bote. Las guindillas, anchoas y el bonito reinan. Picamos chorizo a la brasa y tortilla. También ensaladilla, que te obliga a pensar de alguna manera que solo se puede comer ensaladilla y rodaballo en Donostialdea. No es medianoche y ya planeamos aventuras.

Mi amiga y yo, dos donostiarras trasterrados que las hemos pasado canutas, miramos al cielo y está nuestra estrella. Vemos la Luna Llena y no nos lo pensamos. Nos dirigimos a bordear el Paseo Nuevo. Es como si lo hubieran abierto para nosotros. Hay nuevas definiciones del color azul, del blanco de la espuma que se recorta sobre cada ola.

El ruido atronador que paraliza pero subyuga cuando rompe sobre el muro. La escollera de piedras inauditas. El viento en la calma. La Bajamar que te proporciona una extraña sensación de pereza, de plenitud. Algo tiene la mar que da miedo. La mar eterna que te espera siempre cuando vas a visitarla.

Mi amiga y yo no nos hablamos. Solo nos abandonamos al cálido viento lunar que nos va sanando por dentro. Lleno de sal, permite cicatrizar las heridas, que en un último intento, abrasan con la mayor intensidad posible, dentro de ti, donde las has dejado entrar.

Pero el viento lunar, el ruido atronador de las olas, la luz de las estrellas, el poder de la mar, conjuran el mal. Nos ponemos frente a la barandilla, tenuemente iluminada por la luz mustia de la farola.

Sabemos que el Cantábrico está debajo. Entonces, saltamos y nos vamos nadando. Buceamos y empezamos a sonreír. A la sonrisa le acompaña una carcajada. Al principio se contiene, al final es sonora, agradable, cálida.

No hace frío. Y decidimos volar. Pensamos que la escultura de Oteiza, el vasco lisérgico que nos guía, merece ser disfrutada desde arriba. Es también una antena que conecta en el otro extremo con la de Chillida.

Se percibe bien cuando vuelas en el viento, cuando nadas entre las olas, cuando caminas por la arena fina y mojada. Sabemos que ha sido el Año de las Ausencias y pactamos que tenemos que Desaprender. La noche insiste y te envuelve en sus azules, turquesas, cobaltos, marinos. Somos felices.

PD
La ortodoxia punk es quedarse y saltar juntos.

 

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Enrique Casas y la herencia de libertad
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Javier F. Barrera | 26-06-2014 | 17:16| 0

Leo con satisfacción en El Diario Vasco que el Parlamento Vasco “rinde un emotivo homenaje a Enrique Casas (leer la noticia)”.

Enrique Casas nació en Guadix, Granada; y fue asesinado en San Sebastián, Guipúzcoa. En febrero de 2009 se cumplieron 25 años de aquellos hechos.

Jesús Javier Pérez, periodista de Guadix; y el que esto escribe, periodista donostiarra; fuimos desde  Guadix a San Sebastián para recoger testimonios de aquella época.

Este es el reportaje multimedia que elaboramos: Haz click en el link

Y, ahora, déjenme que les cuente mi recuerdo, que tenía guardado dentro quizá para mostrarlo en esta ocasión, del día del asesinato de Enrique casas

Yo tenía 18 años y estaba tomando unas cervezas un fin de semana en un local de moda en San Sebastián.

Gemma, compañera en el CES (Centro de Estudios Superiores) de la calle Arrasate, había quedado con Jayone.

Fuimos juntos a La Kabutzia (es el nombre en euskera de un pequeño pez gelatinoso oscuro y asqueroso característico de nuestra costa). Y también La Kabutzia es -sigue existiendo- la discoteca del piso superior del Real Club Náutico de San Sebastián (Acabo de venir de Donosti y veo que han cerrado recientemente).

Sentimientos a flor de piel, el ritmo, la juventud, la vida que te la vas bebiendo a sorbos y nunca se acaba, la velocidad y el vértigo. Qué maravilla. Era un tipo feliz.

En una de estas, Gemma me presentó a un amigo suyo. Se llamaba Richard. Su padre, dos semanas antes, acababa de ser asesinado de quince tiros por los Comandos Autónomos Anticapitalistas. Unos terroristas de tomo y lomo.

Su padre, Enrique, abrió la puerta de su casa a los terroristas y le descerrajaron dos tiros a bocajarro. Enrique Casas se dio la vuelta pasillo adentro de su hogar y cayó desplomado. Los terroristas todavía tuvieron tiempo de soltarle otros trece balazos por la espalda.

Dos terroristas, Enrique Casas en el suelo y un solo testigo: Richard. No puedo ni imaginar qué corría por su ser en ese preciso instante.

Richard estaba ahora delante mío. Llevaba una camisa de cuadros y una prenda de estas como de esquiar. Lo recuerdo con pelo rizado claro y cara de susto. Nos estrechamos la mano, le di el pésame. Le pregunté qué tal estaba y se encogió de hombros. Bebíamos cerveza y estuvimos hablando durante largo tiempo, toda la tarde, recuerdo.

No volví a verle nunca jamás. La velocidad de aquellos años ochenta, de la vida, el ritmo y los sentimientos a flor de piel.

Hasta que este domigo de 2009, han pasado ya cinco años, entré en su casa de San Sebastián. La sonrisa de Bárbara Dürkhop evitó el escalofrío que suponía que me recorrería el espinazo al cruzar esa puerta donde los asesinos balacearon al senador Casas.

¿Qué decir de una mujer que ha seguido viviendo en este piso contra viento y marea?

Bárbara, dinámica y jovial, cálida, nos enseña las fotos de la boda de uno de sus retoños. A la izquierda, delgado, trajeado, con el pelo corto y sonriente, vuelvo a ver a Richard.

Le cuento esta historia a Bárbara y me dice:

-¿Así que de cañas en La Kabutzia ehhhh? bromea cómplice.

“Ahora es médico”, cuenta.

Me recorre una enorme satisfacción.

¿Qué otra profesión podría haber elegido Richard que cuidar las vidas de los demás?

También Bárbara nos dijo algo que no llegamos nunca a contar: “Quiero que mis nietos sepan lo que es ETA por los libros”. Lo que nos dijo es que quería que ETA desapareciera.

Hoy, cinco años después de aquella entrevista, ETA ya no existe.

Es la herencia de libertad de Enrique Casas y los de todos los que fueron y son como él. Todos.

 

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Eduardo Madina: El Shock del Futuro
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Javier F. Barrera | 13-06-2014 | 17:41| 0

Hubo un tiempo en Donosti que cada mañana, en verano, bajábamos en coche el Paseo de la Fe, que une la cuesta de Aldapeta con Miraconcha con tres curvas templadas y amplias, cuajado en sus flancos por villas de ensueño donde vivieron en su día mis primos Díaz Larzabal, todos los Berraondo o los Ezkerra.

Nos sabíamos de carretilla todos los nombres de estas casonas, y las recitábamos en un juego que suponía esperar en el interior del Seat 600 a que se viera el nombre de la villa y, como en el juego de adivinar anuncios de la TV, ganaba el que la decía primero: Jama Jampac, Txoko Txiki, Villa Izartxo, recuerdo todavía algunos de sus nombres.

Para mí, que era un crío en las postrimerías de la década de los setenta, era como un camino secreto. Ahí TENÍAN que pasar cosas.

En el seno interior de la segunda de las curvas, según bajas a la Concha, había un chalecito blancurrón y todo mono que, mientras bajábamos en el 600 matrícula SS-84148 a los mandos de mi madre y con mis dos hermanos pequeños atrás mientras cantábamos a voz en grito “Hemos ganao la bandera del Bilbao el portero medio muerto y el balon pintxao/Hemos perdido pero nos hemos divertido/Txim-Pún”, tenía una señal informativa.

La estoy viendo. A media altura. Un rectángulo acabado en flecha, quiero recordar, que en las letras negras interiores tenía escrito: “Consejo General Vasco / Eusko Jaurlaritza”.

Para mí, que apenas era un preadolescente, aquello significaba ‘algo’. Ahí estaban pasando cosas de las que yo quería saber.

Justo acababa de morir el dictador Franco y la vida en blanco y negro empezaba a ser a todo color, como los canales franceses A2 y algunos programas de FR3, porque TF1 era completamente en blanco y negro. En TVE Mazinger Z era en blanco y negro y a veces en color mientras en A2 Goldorak era siempre en color. No sé si me siguen. Dependía de si tus aitas tenían pasta para pillarse una tele en color o no la tenían.

Paro un momento y buceo en Wikipedia para ver cuánto me falla la memoria, pero no. Ahí estaba el Consejo General Vasco y, además, en las fechas que cuento. La delegación en Donosti, vaya. Luego echaron a bajo el chalecito y en su lugar hay una valla que da lugar a una urbanización horrible de ladrillo colorado.

Ahora, mirar la foto de arriba. Eduardo Madina le está hablando a un busto de Ramón Rubial, primer presidente del Consejo General Vasco, un mito elevado a los altares del socialismo vasco y español. Un referente. Muchos creen incluso que fue lehendakari aunque realmente ‘solo’ fue presidente de este órgano preautonómico, el Consejo General Vasco.

Es decir, comandó el origen de la autonomía vasca, por resumir, mientras vivía el lehendakari Leizaola, sucesor de Agirre; y antes de que llegara Garaikoetxea.

Eduardo Madina, que acaba de presentar su candidatura a dirigir el PSOE no hace ni una hora, parece apoyar su candidatura en Ramón Rubial, que llegara a ser presidente también del PSOE y en torno a quien existe un amplio consenso por su lucha en la clandestinidad y posterior carrera política ya en la transición democrática.

Pero no. No es ese su mensaje completo. En una sociedad española viejuna en cuanto a quienes todavía mandan    -recuerden la gran frase de @mimesacojea “¿No se os está haciendo muy laaargaaa la Transición?”- un tipo como Eduardo Madina necesita buscar atrás para lograr ir adelante.

Atrás, está claro, es Ramón Rubial.

¿Y el #Forward, como dice Baarck Obama? Es decir, ¡Adelante!





Pues hay que volver a clase, a la Universidad, y recordar lo que nos enseñaron. Dice la compañera Paula de las Heras en su crónica titulada “Madina promete un «shock de modernidad» para el PSOE y para España” que “Eduardo Madina ha esperado a que se abra oficialmente el proceso congresual en el que el PSOE elegirá a su nuevo secretario general para dar el paso al frente que muchos le habían reclamado, hace ya dos años, y sobre el que tanto dudó. Junto al busto de Ramón Rubial, bajo la claraboya del Senado, con una camisa azul claro remangada y unos vaqueros desenfadados, el diputado vasco ha anunciado su candidatura para la “producción -ha dicho- de un shock de modernidad”.

Y me ha saltado una chispa.

¿Qué demonios es un shock de modernidad?

Pues no es más que la segunda parte del mensaje que quiere transmitir.

El que completa con su mención a Ramón Rubial.

El ‘shock de modernidad’ apela directamente a una de las obras más significativas del pensamiento, obra de Alvin Toffler, tan mal citado como peor leído, quien define el término ‘shock del futuro’ como “demasiado cambio en un periodo muy corto de tiempo” (“too much change in too short a period of time”, en Wikipedia)

¡Upssss!

¿No es esto lo que piden las bases socialistas?
¿Los votantes desencantados?

¿No es lo que está diciendo Podemos que quiere hacer?

PD
No hay mejor (No) Future que el retorno a la ortodoxia (Punk).

NOTA
Este artículo está dedicado al 600 SS-84148 y a sus habitantes de aquellos años setenta, Maite, Txuri y Kike. El aita llegaba luego y salía por la escalera del Eguzki…

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Esa danza con la sal y la espuma
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Javier F. Barrera | 02-05-2014 | 10:29| 0

CUANDO SALTAR LAS OLAS ES EL MEJOR JUEGO PARA UN TXIKI DONOSTIARRA. LOS TEMPORALES EN DONOSTI SEGÚN EL NO DO DE 1951, 1953, 1964 y 1965

Es el ruido.

Es como la imagen superior. Olas que chocan contra el puente del Kursaal… en 1965. El año en que nací.

Cuando eres donostiarra, cuando eres gipuzkoano y te has criado en Zarautz, en Gros, junto a la Costa, sabes que es el ruido lo que te sobrecoge cuando hay un temporal con olas gigantescas.

Yo lo tengo metido dentro del cuerpo desde pequeño. Cuando íbamos al Paseo Nuevo y ahí, en el morro de piedra que va desde la Barra hasta el frente de olas con el Cantábrico por frontera, aprendí a sobreponerme a ese ruido generado por la fuerza de la naturaleza completamente desatada, indomable.

Sabes perfectamente a qué ruido me refiero. El de la marea, el de la montaña de agua que crece y se encrespa, se eleva sobre el nivel del piso del Paseo Nuevo y avanza para romperse unos metros antes por el choque con la contraola que vuelve rebotada y, entonces, surge un pico inmenso que baja a toda velocidad y se estrella contra la base del muro del Paseo Nuevo. En ese instante nace el rugido. ESE rugido. Brrrroooogggggggghhhhhhhhhhhh.

Y la ola sube por la parde vertical y si tienes la suficiente mezcla de valor y locura aguantas en la barandilla viéndola subir. ¿Cuál de todos los de la cuadrilla aguantará hasta el último segundo antes de salir corriendo? Saltar las olas. El mejor juego que un crío puede disfrutar en Donosti.

Pero no estas olas, las de estos últimos días. Estas son para verlas desde Urgull, con toda la seguridad del mundo.

 

Las olas forman parte de mi educación sentimental. De mi vida.

La anécdota es la siguiente. Mi chica que es de Jaén y estudió en Sevilla se reía de mí porque decía que San Sebastián era la ciudad de Pin y Pón. Que era una megapijería, que era demasiado bonita, que era…

Es cierto que también encontraba caldo de cultivo entre muchos donostiarras quemados de vivir en esta discreta y pequeña ciudad tardoburguesa, que le daban la razón.

Yo callaba.

No es que Donostia no sea así, que seguramente lo será. O no. Me da igual. Es que Donostia es también algo más. Y ese algo más es el que a mí me hace donostiarra. Puede resumirse, sin empezar a hablar de la Real, de los Pintxos y blablablá con una sola palabra: Olas. Las olas de Donosti. Las olas con las que jugamos, con las que hemos crecido. El espectáculo de las olas, de saltar las olas en el Paseo Nuevo, agarrados a la barandilla mientras rompe, de cogerlas en la Concha por arriba o pasarlas por debajo. Y ahora en Gros, surfeando con Andrés, mi hijo, y sus nueve años y los primos.

La anécdota, entonces, ocurrió en invierno, en el temporal de diciembre, como ahora. Estábamos en Donosti y mi chica dale que te pego con el Pin y Pón, el Ñoñostiarrismo y todo eso.

Yo callaba.

La llevé al Paseo Nuevo al mediodía. Estaba vacío. Era la hora de comer. Las olas empezaron a saltar, esa danza de sal y espuma que tanto nos gusta. Y el ruido de la ola cuando cae sobre el pavimento del Paseo Nuevo como un tableteo de ametralladora. Pero sobre todo, el ruido bronco que hace la ola al chocar contra el muro del paseo.

Mi chica se quedó paralizada. No solo embobada por la belleza del espectáculo que brindaba el Cantábrico al explotar contra el muro con toda su potencia. También tuvo miedo.

Nunca más ha pronunciado dos expresiones: ‘Pin y Pón’ y ‘Ñoñostiarra’. Sabe que una gente que vive con ese mar, esos temporales, esas olas, es algo más.

—–

Cuando las olas eran en blanco y negro

He navegado por Internet y he encontrado vía Twitter unos magníficos documentales del No Do sobre temporalaes en Donosti de los años 1951, 1953, 1964 y 1965. Son una gozada. ¡A disfrutar!

Y, ahora que lo pienso, los temporales son de lo más Punk

1951

 

1953

 

1964

 

1965

 

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Igeldo es inseparable
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Javier F. Barrera | 02-05-2014 | 10:29| 0

Para mí Igeldo es inseparable de Peter Gabriel, Kate Bush, Ángel y Silvia y Babro Bellido , por ejemplo. Igeldo era uno de los PLANES en la vieja Donosti de los años ochenta, cuando lo del Ñoñostiarrrismo no existía porque la vida era dura y lluviosa. Éramos mods en vez de pijos y caían palos por todas partes. Nuestra ética era la ortodoxia punk, al menos la mía.

Igeldo es inseparable también en la memoria de los mixtos gigantes del cámping. Poco más menos la receta era la siguiente. Pillaban una barra de pan, la abrían en dos, la rellenaban de jamón y queso baratico a espuertas y todo iba directo al microondas. Con un par. Ni plancha ni exquisitez ni nada. Pero el mixto te lo comías y te quitaba el hambre. Y era barato y las chicas se te quedaban mirando por primera vez y supongo que se preguntaban cómo era posible que te papearas tan descomunal bocata a media tarde.

Igeldo era El Tetas y todos los caseríos que aparecían por los caminos que se decolgaban hacia la costa rocosa donde jugábamos a dados. Al 4.000 y al yo pido la bebida, tú la pagas y tú te la bebes. Al final, todos salíamos como salíamos. Recuerdo al Keny pedir coca cola con champán, pagarlo al Buruz (este es mi hermano) y tener que beberse el brebaje el Chang. Y así, a por la siguiente ronda, que podría ser vino con ginebra. Vomitivo. Pero encantador. Entiendo que en una de estas nació el kalimotxo. O así.

El Tetas era un lugar en el que amanecía y te pillaba jugando a cartas con un buen carajillo o con un café y un pacharán. Fumábamos Habanos y la gau pasa era entonces de campeonato. Esta artimaña venía cosido al Ku- ‘Cuando un disco suena ya es viejo en Ku’- rezaban las pegatinas y las invitaciones de la disco más disco que nunca ha habido en Donosti. Ku es tan templo que creo que merece una entrada aparte en este tu blog ¿No?

Igeldo es inseparable del camino a Orio con las excursiones de los Marianistas con el Txomin (aká don Juan Domingo Madinabeitia, que también nos llevó a todos una vez a París). Era un planazo. Pillabas el bus en la plaza del Funicular y te dejaba en la plaza donde, digamos, terminaba la carretera y empezaban todos los caminos. El paseo es espectacular. Lo he vuelto a recorrer hace tan solo un par de años y sigue siendo uno de esos lugares fascinantes. Recuerdo perfectamente la última cuesta que te dejaba en la playa de Orio y ya, ahí, tirarnos de cabeza al agua.

Me pregunto ahora:  ¿El Ku no es Donosti? ¿Y las rocas de Igeldo? Se me apelotonan los recuerdos. La primera vez que llevé un coche fue un Ford Fiesta, con Lagunak, y me hicieron subir Igeldo. Sonaba Drivers Seat de Sniff & Tears. ¿Y las croquetas de Buenavista? A ver quién le dice a Gonzalo Paniagua Ayestarán que Igeldo no es Donosti y bajar con la Vespa rozando chapa las curvas mientras cantamos a grito pelado Su-Su-Su-Su-Susurrandoooooo… Pero sigamos.

Igeldo es inseparable de mi amigo Víctor Álvarez de Eulate con toda la nobleza que no le cabía en su corazón. Le encantaba Igeldo. Salíamos de Blis Bloch en Loviejo y nos subíamos en su coche, todo un Volkswagen escarabajo descapotable. Lo recuerdo como una flecha granate templar las curvas de la carretera de Igeldo, que son caracolas, narrando los movimientos, con esa media sonrisa que le afilaba la franca nariz y le hacía brillar sus ojos despiertos. Igeldo es la mirada de Víctor cuando contemplaba la costa Cantábrica y, de repente, te miraba a los ojos y se reía. Se reía a carcajadas y doblaba su cuerpo. Entonces, te abrazaba. Todas estas cosas, pasan en Igeldo. Cuando Víctor se fue le escribimos aquí, en el papel de El Diario Vasco que siempre estaríamos juntos, arriba, en las montañas; o abajo, en el mar.

Igeldo es Josetxo Ganuza y las rocas de Igeldo, Tximistarri. Era como nuestro lugar secreto. Costaba acceder y ahora ya no se puede ni estar. Era un lugar completamente salvaje, sin urbanizar, sin casas ni caminos. Se bajaba a pelo pero a cambio tenías el Cantábrico a tus pies bajo las laderas escarpadas del monte Igeldo. El agua fría y de difícil acceso permitía nadar sin el refugio de la Concha.

En el monte Igeldo y en esas rocas construimos nuestra amistad y forjamos una cuadrilla mítica que vive en nuestra memoria: Koldo Aristizabal, Víctor Álvarez de Eulate y compañía, que es a quienes dedico estas sencillas líneas.  En este monte Igeldo fotografié a Josetxo fumando un cigarrito mientras atardecía en junio de 1983.  En esas rocas de Igeldo que parece que ya no son Donosti Marta nos fotografió a los dos con 18 años recién cumplidos. Igeldo es inseparable, exactamente como lo somos Koldo, Víctor, Patxi, Herminio,  Josetxo, Jalaca, este que os escribe y todos los demás.



MÁS INFORMACIÓN

-El Pleno aprueba recurrir el decreto foral sobre la desanexión de Igeldo (link)
-El conflicto, en la hemeroteca de El Diario Vasco

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Donosti y sus playas: Surf, California y Hollywood
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Javier F. Barrera | 02-05-2014 | 10:38| 14

Para mí, hoy, Donosti es Surf, California y Hollywood. Son tres playas, unas fotos y tres historias. Seguirme.

San Sebastián tiene varias nombres y todos son preciosos. Lo explica muy bien la Wikipedia, para el que tenga curiosidad. Para los donostiarras, las tres playas a las que refiere la voz Irutxulo (Gros, La Concha y Ondarreta), nos permiten construir grano de arena, ola a ola, nuestra infancia y nuestra juventud. Lo de la madurez es ya más complicado, como todo el mundo sabe.

Uno era de toldos, de toalla o de carpa; es decir, de la Concha, de Gros o de Ondarreta. Y ahí, ya empezaba la toponimia local, que no sé si alguien alguna vez la ha recogido, pero que yo me afano, verano tras verano, en explicársela a mi enano y a sus primos.

A saber, la Concha se divide en diversas zonas donde se puede quedar. Se trata de la Rampa o de las Escaleras, que se diferencian por estar a la izquierda o a la derecha de los Relojes, que es a su vez otra zona. Luego están el Athlético de San Sebastián y, para los veteranos, los Eguzkis, aunque la Caseta de la Reina es desde hace ya años la Federación de Remo, creo.

Ahí mismo, entre los Eguzkis y antes de la Zona de Deportes había una Escalera de Caracol con un pasadizo que nombraba de esa forma esta zona. Todavía escucho en mis recuerdos el temblor de los escalones metálicos y el olor de la arena mojada cuando no es recogida por la marea y queda estancada tierra adentro, bajo el asfalto, en aquél túnel que salía bajo Maskor Gain.

Tras la Zona de Deportes, sube la marea, luego baja, el Pico del Loro, paraíso para los chavales con nuestro xalabardo y las gafas con tubo y las aletas.

Nace entonces Ondarreta y por ahí estaba la escuela de Wind Surf y el Club Tintín con su piscina y sus gabachos en un toque de modernidad transeuropea que ya ha desaparecido y se ha mudado a Gros, sí, a la Zurriola; lo sé. Luego viene la zona de la Reina y supongo que habrá más nombres, pero mis recuerdos terminan en la rampa del Tenis.

Luego estaba, al fondo, Gros. Que era gris. Y peligrosa, de eterna bandera roja, hasta que madrugaron los años ochenta y esa bandera roja significaba olas. Era el Surf. Y era el Muro. Ir al Muro era un plan. Y era un plan maravilloso. Había al fondo en Sagüés, cuando allí no había nada, un bar que se llamaba así, El Muro, con su máquina de marcianitos y su mesa de billar; su techumbre de paja en plan jagüaiano y su trozo de barandilla de La Concha. Me lo enseñó Javi Huércanos y mataría porque hoy, esta noche de noviembre, fuera 1984 y pudiera entrar en el bar El Muro y echarme unas birras, fumar unos cigarrillos y echar unos billares. Sonaba Marley, Bob Marley y afuera, la vida.

He encontrado en Facebook una página maravillosa que me sacia la nostalgia. Se llama La Vieja Playa de Gros y es un océano de recuerdos, de estampas de un mundo que desapareció y que solo nos dejó un pequeño agujero para escapar, como los ratones de Boris Vian en La Espuma de los Días. Maldito libro, no se puede tener más razón.

Ahí aparece la mítica Vespa Rosa, las fotos de la Escalera de la Muerte que bajaba al pico, el Pantxineto y el Comunista y el Insti de Gros. Tan importantes como las fotos, los comentarios de los protagonistas. Advierto, abriros un paquete de klinex, porque lo vais a necesitar, sobre todo si haces click aquí, que hay más de un centenar y medio largo de fotos del Muro y sus Olas y sus gentes durante los ochenta.

No fui un gran usuario de esta playa de Gros, la Vieja. Pero sí recuerdo que, precisamente, el primer día de mis prácticas en El Diario Vasco (1989), fui a darme un baño a la playa de Gros con Esther Casla y Mercedes y me picó un sabirón. La buena de Mercedes me llevó en bikini a la Casa de Socorro en su Ford Fiesta amarillo y no lo olvidaré jamás. El bikini, claro.

Ahora, llegan nuevos tiempos y al enano le quiero meter el aguijón de las olas y el Surf y en verano ahí andamos, pillando olas que según vaya creciendo espero que crezcan con él y disfrute como el campeón en ciernes que asoma, tras esa sonrisa pícara de dos abuelos, con un corazón todavía de oro. Y que siga.

Os había prometido en el titular tres playas, unas fotos y tres historias. Acabo de cumplir con la primera. Vayamos con la segunda, que corre pegada a la anécdota; sabrosa, pero ligera. Bueno, quizá no tanto. veamos.

Se trata de pasar de los mares del Surf de la Vieja Playa de Gros a California, la cafetería California de la calle Hernani frente a Alderdi Eder. Vale que había otra en la Avenida, pero la que molaba de siempre para nosotros era la de la calle Hernani. Tengo unos recuerdos de la década de los setenta y principios de los ochenta realmente gloriosos. Empecemos.

Tenía una decoración como de peli de gangsters donde el momento culminante es cuando una mujer, vestida ad hoc, paseaba entre las mesas y por la barra no sin zalamería con una enorme bandeja que sostenía con ambas manos y una cinta que le pasaba por el cuello en la que había todo tipo de tabacos. Era una  cigarrera, que yo sepa, la única de todo Donosti tú! A mí me extasiaba cuando salía de su cubículo, que estaba en la parte inferior del local, escaleras abajo, donde tanbién estaban los servicios. Entonces imaginaba, siempre, que cuando aparecía en el salón, inmediatamente empezarían los tiros entre los gangsteres importados de Chicago.

Una bala, fijo, perforaría siempre la vidriera que presidía el salón de la cafetería. Y, a continuacion, estrepitosamente, se haría añicos sobre el sobrero de fieltro gris del malo que había empezado la balacera.

Recuerdo vivamente esa enorme vidriera, que a los ojos de un chaval de no más de once años, le parecía una catedral de cristal y peces, porque era un acuarium lo que ilustraba.

He encontrado esta foto preciosa de California, con su larga barra y el salón. Al fondo se ve la vidriera de la que hablo. Aquí en California colmé sueños infantiles entre sandwiches y helados. Mi favorito era, cómo no, el sandwich California, aunque recuerdo que había siempre competencia con el Sandwich Club y, sobre todas las cosas, con el Gran Club, que incluía huevo y bacon. Recuerdo perfectamente cómo los hacían en la plancha tras la barra y cómo los cortaban en dos con un separador de aluminio y los trinchaban con dos espaditas de plástico, una blanca y otra azul. Más tarde, en el California de Zabalburu en Bilbao, me llamó la atención que las banderitas eran rojas y blancas…

También era el paraíso de los helados, con permiso de Los Italianos, justo a la espalda, en la calle Garibay. Pero es que en lo de Arnoldo lo que molaban eran los cucuruchos y en California las copas, la de Macedonia, la Melba o el Banana Split eran absolutamente deliciosas, no sé si comérselas o ver cómo las preparaban. Más adelante, un poco más joven, en COU, es decir, 1983, probé por primera vez las patatas bravas con Tabasco y el padre de Nicolás Gabarain, Ramón, hijo de Ventura, se tomó un Negroni, que es el trago que me pido cuando me pongo nostálgico de SS: Una media combinación (martini+ginebra seca con Negroni). Es amargo pero le va al Tabasco de las bravas como Dios. Doy gracias a los Gabarain por estas cosas.

De repente, como un dulce beso del Sur que se despide, California desapareció. Y nos hicimos tan mayores.

Hasta el otro día. Agosto. Un día de estos, quizá el 26, que sabes que todo cambiará y necesitas agarrarte a un fleco, un destello por favor.

Y ahí estaba, esa noche oscura de domingo, lloviznando, sobre el Aquarium de Donosti, completamente iluminado el local-fashion que se llama Bokado, la vitrina. Lloré. El niño que todavía llevo y ahora me hace sabio se emocionó. Y yo con él. Hay presente y futuro si has vivido. Si vives y estás vivo.

No es mala la lección: El que recuerda, encuentra.

Este Irutxulo de película con el que hoy nos topamos transita entre el Surf-Gros y una California-La Concha de buenas maneras hasta llegar ahora, a Ondarreta-Hollywood. Aquí aparece la Sirena de Hollywood con su marido, Esther Williams y Fernando Lamas.

La fotografía la he tomado de otra interesante página en Facebook que os va a encantar. Se llama San Sebastián desaparecida y tiene un éxito furibundo.


¿Por qué es importante esta fotografía? Es de 1961, cuatro años antes de que naciera. Pero ahí detrás, la tercera por la izquierda, con un bañador con bandas horizontales blancas, aparece Mayte Larzabal.

Sí. Es mi madre.

Mi estrella.

A su derecha, mi tía Marga.

La estrella Ciriquiain.

CRÉDITOS
-De la foto  de la cafetería California y de la de Esther Williams en Ondarreta, Kutxateka, como bien me piden en los comentarios.
-La de la vieja playa de Gros la he sacado de Google Images y aparece en decenas de sitios y no encuentro la fuente original. Si alguien la tiene, que me lo haga saber, por favor. En cualquier caso, el proyecto creado para contar la historia del Surf en Donosti la recoge.
-La foto del restaurante Bokado es de su página web
-La foto de mi hijo Andrés surfeando en la Zurriola es de Santi Sevilla 

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