Diario Vasco

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Desde la altura de sus corbatas
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Alberto Moyano | 23-01-2016 | 14:29| 0

Repasados todos los aspectos en torno a la Capitalidad Cultural que Donostia estrenará hoy, no sería justo pasar por alto el papel desempeñado por los expertos europeos que se encargaron de monitorizar el proyecto. A lo largo de todos estos años en los que Donostia 2016 fue primero candidatura y después la opción elegida, el comportamiento errático, quien sabe si incluso arbitrario, del jurado europeo y del comité de seguimiento ha pasado un tanto desapercibido, pero de hecho está sembrado de «perlas», algunas inolvidables. La primera fue el paso de Córdoba, junto con otras cinco ciudades, a la segunda fase tras un corte que dejó en la cuneta a una decena de ciudades que aspiraban también a la designación. Y lo curioso es que la ciudad andaluza, la gran favorita durante los tres años de proceso de selección, logró sortear el primer corte con un proyecto que fue acreedor a un severo rapapolvo. Así, tras destacar la ausencia de una planificación cultural adecuada, el jurado lamentó que la delegación cordobesa diera «respuestas incompletas» a las preguntas planteadas y mostraba su estupor ante el «excesivo uso de argumentos relacionados con el pasado de la ciudad, y la falta de una visión inspirada y compartida de Córdoba como una ciudad de cultura para el futuro», antes de sentenciar que «la candidatura quizá sufra de un exceso de confianza». Por último, lamentaba «la gran brecha entre los principales argumentos de la candidatura, y los medios y herramientas reales» diseñados para su realización. Ante semejante lista de despropósitos la pregunta era: ¿por qué Córdoba pasó a la segunda fase en más que probable detrimento de otra candidata? La respuesta es que nunca lo sabremos.

El siguiente episodio «europeo» que invita a preguntarse si los criterios de selección de las capitales culturales europeas son similares a los que rigen las designaciones de sedes mundialistas u olímpicas a cargo de FIFA y COI respectivamente fueron los periódicos informes elaborados sobre la marcha del proyecto donostiarra. Aquí nos encontramos con una alternancia de diagnósticos catastrofistas y optimismo irredento, en el que las cuestiones cruciales se convertían en unos meses en anecdóticas o, simplemente, desaparecía de la agenda de los «expertos». En este desconcertante zigzag, «la falta de liderazgo» del alcalde pasaba de síntoma alarmante a un asunto del que nunca más se volvió a hablar; la ausencia de patrocinios privados amenazaba un día el proyecto y al siguiente era una cuestión perfectamente aplazable al legado de la etapa «postcapitalidad». E incluso cuando el proyecto zozobraba sin más dirección que la «transitoria», el comité de seguimiento visitó la ciudad para informarnos de que todo iba bien y de que la ausencia de un director, una figura poco menos que ornamental, carecía de importancia.

Descabezado el proyecto, sin responsable de comunicación y con un presupuesto menguante, el Comité de Seguimiento atribuyó las críticas políticas al hábito –»es normal entre políticos, dado que no son del mismo partido que el alcalde»–, y las de los medios de comunicación a la falta de patriotismo localista –»cuando son continuas y sin fundamento, afectan a la reputación de la ciudad»–. ¿Sin fundamento? El propio comité de seguimiento criticaba con dureza meses antes el retraso en la ejecución del proyecto, las injerencias políticas y la falta de liderazgo, así como el recorte presupuestario y los incumplimientos económicos, además de expresar su desconfianza en las cuatro instituciones implicadas. Nada de todo esto importaba porque, según explicaron en el transcurso de aquella visita del verano del 2014 con una prosa propia del más abyecto manual de autoayuda, «todas las capitalidades culturales tienen momentos de crisis» y «una crisis es un proceso normal de crecimiento: cuando uno crece hay dolor».

En este itinerario que sería demasiado benévolo calificar como el del palo y la zanahoria, la guinda fue el informe del pasado mes de abril, resultado de una visita previa de una delegación donostiarra a Bruselas, en el que el imprevisible jurado obviaba cuestiones como la reducción presupuestaria, la demanda judicial del Ministerio contra Kontseilua y la propia Fundación, o el retraso en el proyecto de la nao San Juan, para calificar de «preocupante» el «elevado» número de proyectos aún en fase de definición y que cifraba en un 75% del total. Nada de esto impidió que el insigne jurado concediera el Premio Melina Mercouri , dotado con 1,5 millones.

Por contra, es de justicia reconocer que donde las han dado, las han tomado, y que en esta especie de «ruleta de Bruselas» también a los expertos jurados europeos se la hemos colado. Como cuando se les dijo: «Si Donostia gana la Capitalidad Cultural Europea 2016, el proceso de paz en el País Vasco será imparable». Todo un emplazamiento sin demasiada consistencia al que era difícil sustraerse y al que por supuesto sucumbieron. En efecto, el proceso ha sido largo y todos hemos aprendido mucho.

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La Tierra es un planeta triste y no hay nada que yo pueda hacer
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Alberto Moyano | 15-01-2016 | 11:10| 0

Circula por internet este vídeo grabado en una plaza del barrio londinense de Brixton, del que era originario David Bowie, horas después de que se conociera la noticia de la muerte del artista. Son tres minutos y medio que hacen innecesarios por superfluos todos y cada uno de los artículos y obituarios que se han publicado esta semana, en primer lugar, este mismo cuyo único objetivo es difundir aún más. La imágenes recogen a una considerable multitud de jóvenes de distintas edades, bastantes razas, diferente condición social y probablemente todas las tendencias sexuales imaginables, interpretando al unísomo la canción ‘Space Oddity’, la misma que hace unos años eligió el canadiense Chris Hadfield para cantarla con su guitarra desde la Estación Espacial Internacional, después de meses orbitando a 400 kilómetros sobre este absurdo planeta.

Estamos ante una suerte de ceremonia del adiós que pone sobre la mesa la indescifrable cuestión del sortilegio que envuelve a la música, qué aliento mantiene viva a una canción mientras atraviesa el espacio y el tiempo para instalarse limpiamente en el ADN de los individuos sin gran cosa en común y sometidos por lo demás al cotidiano bombardeo de información efímera; cuál es el influjo que la música ejerce en las personas para acabar emergiendo con idéntica fuerza en los momentos de felicidad y en los de desdicha, como si fuera el último refugio infalible; qué empuja a unos desconocidos a juntarse y cantar una simple canción sin aspiraciones de himno, ni trascendencisa, a sabiendas de que el homenajeado ni siquiera llegará a enterarse. Quizás estamos ante un atávico impulso que sólo busca espantar la mezcla de soledad y desolación a base de reconocerse en los demás.

Uno ve el vídeo y ve también el cable invisible que atraviesa los kilómetros y las generaciones para enlazar a seres dispares, anónimos peatones de las calles de cualquier país que, da igual a qué hora se levanten cada día o cómo se ganen la vida, que comparten sin mencionarlo el estímulo que les hace estremecerse al mismo compás; qué mecanismos desconocidos alimentan la parte más decente de nuestra triste condición, tan capaz de todo, también de destilar a grito pelado unas gotas de belleza atómica en forma de canción. Dirán: «El camaleón del rock and roll» y habrá que responder que vale, pero sus mutaciones palidecen al lado de las que nos insufló a los demás. “Planet Earth is blue / And there’s nothing I can do”.

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Colonia para hombre
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Alberto Moyano | 09-01-2016 | 09:54| 2

Tengo la vaga sensación de haber escrito ya antes buena parte de lo que sigue, pero aún a riesgo de repetirme, le daré otra vuelta al tema. En primer lugar, el genérico “violencia machista” empieza a convertirse en un término que, al igual que desde hace décadas sucede con el de “droga”, oculta más que revela, dificulta el diagnóstico correcto de un fenómeno plural y finalmente termina por significar nada. Aplicado de forma indiscriminada al asesinato de una mujer a manos de quien fuera durante veinte años su marido, a la agresión de una joven en un portal a manos de un espontáneo desconocido, al abuso sexual perpetrado por un violador en serie o al octogenario desbordado que pone fin a la vida de su mujer enferma terminal antes de suicidarse, contribuye tan sólo a generar un puré indescifrable y, por lo tanto, imposible de abordar.

Ahora, lo sucesos registrados en la Nochevieja alemana introducen una nueva modalidad de abuso, agresión y robo masivo y organizado. La turbamulta como imaginario amante despechado. Cabe preguntarse en qué concepto se tienen a sí mismos los perpetradores de tocamientos y sobeteos forzados -por no hablar de las violaciones- que, una vez descartada por improbable la hipótesis de la experiencia gratificante, no parecen tener más objetivo que establecer una jerarquía: quién va a someter a quién. Y la desasosegante respuesta es que los desheredados de la Tierra a los acomodados y sumisos europeos. Como quiera que este cuadro impide salir favorecido en el ‘selfie’ de la denuncia, buena parte de los sempiternamente autoproclamados-sectores-más-comprometidos-de-nuestra-sociedad han obtado por la incomparecencia en el debate. Y así, lo que habitualmente es un cutis ultrasensible se convierte ahora de golpe y porrazo en piel de elefante. A cambio, se evitan las posturas incómodas, se esquiva el riesgo de la contradicción y se adopta un confortable silencio que en este caso suena a estrepitosa sintonía de ‘Verano azul’ en versión silbada, una forma como otra cualquiera de hacerse el despistado para pasar desapercibido. Es logico. Si los oprimidos se convierten en opresores, ¿quién quiere verse envuelto en un galimatías del que es fácil salir pintado como machista o como xenófobo? Por eso, mejor acogerse al inolvidable “no te signifiques”. Por cierto, llama también poderosamente la atención el ensimismamiento de una comunidad de refugiados, a la que sería profundamente racista considerar una masa informe incapaz de formular y emitir opiniones propias sobre quienes esgrimieron por apropiación “el permiso de la señora Merkel”, acuñado como argumento incontestable.

Y finalmente hay que reseñar el fracaso que a comienzos del siglo XXI evidencia la izquierda europea, reducida prácticamente a una opción estética, en todos los órdenes de la vida, desde el laboral hasta el económico, pasando por el de la igualdad, lo mismo da entre mujeres y hombres que entre locales e inmigrantes. Todo conspira a favor de fomentar las sociedades homogéneas como única forma de combatir la xenofobia. O dicho de otra forma, hoy en día no hay mensaje como más futuro que el que reza que sólo una Europa monocolor nos salvará de Le Pen y Pegida, es decir, de (lo peor de) nosotros mismos. Frente a esto, además de decir ‘no’ habría que hacer algo más que, ahora mismo, resulta complicado imaginar y formular.

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¿Me vas creer a mí o a tus propios ojos?
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Alberto Moyano | 05-01-2016 | 09:41| 1

La izquierda se divide entre quienes consideran que la ideología es un sofá en el que instalarse ricamente para ejercer a perpetuidad de ornamento, a la espera de que venga alguien a redecorar el salón de acuerdo con sus indicaciones, y quienes la adoptan a modo de trampolín, cuando no de catapulta, para ir a otro sitio. Hay quien pone su cerebro –mayor o menor– al servicio de la ideología y hay quien pone la ideología al servicio de su cerebro, y en este punto, hay que recordar que primero fue el cerebro y sólo después la idea.

Puede que haya que ser todo un experto en política catalana para calibrar hasta qué punto ha acertado o errado la CUP en su rechazo a apoyar la enésima investidura de Mas como president, pero basta una solitaria neurona para advertir la profunda contradicción que encierra dimitir a causa del cumplimiento de la promesa que, sin resquicios para la duda ni ambigüedades, el propio Antonio Baños se hartó de formular antes y después de las elecciones del 27 de septiembre. «No votaremos ‘sí’ a un gobierno presidido por Artur Mas», un candidato «quemado» por la corrupción y los recortes. «Nuestros lemas son promesas», proclamaba hace nada Antonio Baños, de cuyo carisma y don de gentes nadie duda, por más que éstos nunca deberían ser el contrapeso de lo que uno dice y hace. El ya exdiputado de la CUP juró que su formación no investiría a Mas y llegado el momento de cumplir su palabra, ha decidido dimitir en desacuerdo con lo prometido. Ya hay quien confronta esta promesa concreta con otras mucho más vagas y difusas, como su «compromiso de trabajar por mayorías independentistas o ser garantes de la aceleración del proceso». En cualquier caso, correspondería al interpelado explicar cómo pensaba conciliar dos promesas, no ya contradictorias, sino incompatibles según se han encargado de demostrar los hechos.

Baños ya acertó en el diagnóstico del 27-S pero patinó en el tratamiento. «La declaración unilateral iba ligada al plebiscito. No se ha ganado, no hay proclamación». Y de seguido, añadía que los resultados sí legitimaban el inicio de un proceso de «ruptura». Un perfecto galimatías por cuanto a nadie se le escapa que en la Europa de 2016 resulta del todo imposible sacar democráticamente adelante un proceso de independencia con el apoyo del 48% de la población. Sin un cambio en la relación de fuerzas, lo mismo da un día, que seis meses o dieciocho, la proclamación es inviable porque el 52% sigue superando al 48%. Esta evidencia se convirtió, sin embargo, en motivo de farragosas elucubraciones en virtud de las teorías más alucinadas.

Y por último, causa pasmo contemplar cómo los más feroces críticos con la Santa Transición invocan ahora con el fervor del converso el principio supremo sobre el que se construyó íntegramente aquel proceso: el sacrificio de las propias convicciones en el altar de un supuesto bien superior, en este caso, un procés calificado hace apenas unos días por el también ya exCUP Xabier Monge como «el mayor fraude de la política catalana», espoleado por «un mandato inexistente, una hoja de ruta en blanco, una legislatura muerta. Y aún hablamos de investir al mayor cadáver político del momento», concluía.

Por todo lo dicho, resulta extraordinariamente complicado abordar estas cuestiones sin recurrir a expresiones como “afán gregario”, “prietas las filas”, “fe del carbonero”, “adhesión inquebrantable”, “obediencia debida”, “confianza ciega” o “pensamiento vicario”, a la vista de que puestos ante la manida encrucijada que plantea “¿a quién vas a creer, a mí o tus propios ojos?”, proliferan los sumisos que responden: “A ti, a ti, a ti”.

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Te lo cuento, no me pidas que te lo explique
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Alberto Moyano | 21-12-2015 | 17:21| 0

Rajoy ha sido, en el mejor de los casos, permisivo con la corrupción, lo ha recortado todo, ha castigado a los asalariados, ha subido los impuestos, ha aplicado el rodillo y ha hecho caso omiso a la calle y al resto del Parlamento. Resultado: ha ganado por 33 escaños y con más de siete millones de votos.

El PSOE ha obtenido los peores resultados de su historia, ha retrocedido en las ciudades para aferrarse al voto rural y se ha quedado con la Andalucía y Extremadura más involucionistas como único bastión de los que por nada del mundo quieren que algo cambie. Resultado: dice estar listo para asumir responsabilidades de gobierno.

El PNV ha fingido con éxito que la cosa no iba con ellos y ha ignorado el hecho de que la audiencia vasca se inclinaba por los programas políticos de La Sexta frente a los de Euskal Telebista. Resultado: se ofrece para ayudar a gobernar, está a la espera de escuchar ofertas. Lo peor que le podría pasar es que hubiera que repetir las elecciones, por el gasto que supondría.

EH Bildu se invistió hace años en representante vitalicio del Pueblo Trabajador Vasco e intérprete único de sus anhelos más profundos. Resultado: 16% de los votos y retroceso de siete a dos diputados.

Podemos ha planteado la batalla como una contienda entre los de arriba y los de abajo. Resultado: la pirámide invertida, con 123 escaños para los de arriba –la casta–, 69 para los de abajo –‘la gente’–. Su líder prefirió ejercer de comentarista de un debate ajeno a cumplir con el único mitin que tenía previsto en Euskadi. Resultado: ha sido el partido más votado por los vascos.

Ciudadanos: ha disfrutado del favor mediático como no se había conocido antes con fuerza alguna extraparlamentaria, su candidato arrasó en el famoso debate en bar El Tío Cuco y en los sondeos pisó los talones o incluso disfrutó de empates virtuales con todos los vencedores imaginarios. Resultado: no es que se haya hundido en la irrelevancia, es que ni siquiera se sabe con certeza en dónde se ha quedado.

IU/Unidad Popular ha realizado la mejor campaña en las Redes Sociales, ha contado con el mejor Comunity Manager, se ha inventado los mejores hashtags y ha conseguido que todas las abuelas fueran ex militantes del PCE. Resultado: 2 escaños de un total de 350.

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