Diario Vasco
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Lectura insólita del ‘sí se puede’
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Alberto Moyano | 27-06-2016 | 13:25| 1

Lo bueno de cabalgar el carrusel vasco es que va más rápido, de tal forma que siempre lleva una vuelta de ventaja sobre el español y que todo cuanto acontece en este último ya lo has visto antes. Aclarado lo cual, hay que certificar una vez más que confundir ‘reality’ con ‘realidad’ suele tener consecuencias catastróficas que algunas veces conducen a la melancolía y la mayor parte de las otras, a la rabia. El 15-M fue un programa de televisión, al igual que lo fue -por poner un ejemplo ilustrativo- el ‘espíritu de Ermua’. No sólo, pero sí principalmente y antes que nada. La realidad suele otorgar a este típo de ficciones un límite de cuatro años porque a la gente le gusta jugar con la cadena -elecciones municipales, europeas…-, pero en raras ocasiones con el mono -elecciones generales-. Ese límite se llama ahora Rajoy como antes se llamó Ibarretxe.

En el caso del 15-M el programa de televisión se levantó sobre una ficción ideológicamente nauseabunda: somos el 99% contra el 1%, de tal forma que en un lado estaba Amancio Ortega junto al Ibex-35, y al otro, “la gente”, una entelequia que englobaba al trabajador y al pequeño y mediano empresario, como si fueran un todo llamado a convertirse en sujeto activo de la Historia y en herramienta de transformación. Un puñado de eslóganes sonrojantes hicieron el resto. Los niños de todas las edades se han desfogado a modo durante cuatro años, dando de paso un espectáculo lamentable, hasta que pasados los cuatro años de recreo, la realidad -una andereño implacable- ha llamado a de vuelta al aula. Ya les pasó antes al dúo Mayor Oreja-Redondo Terreros. En aquella ocasión, el diagnóstico fue claro: “El pueblo vasco aún no está maduro”. En esta, tampoco han faltado las argumentaciones disparatadas, más o menos ingeniosas en función del emisor: del ‘pucherazo’ electoral a la culpa la tienen ‘los viejos’, también de todas las edades. La izquierda sigue en la luna de Valencia y la clase obrera se echa en brazos de la ultraderecha, harta de que le imparta lecciones de -por ejemplo- integración una progresía ilustrada cuyo único contacto con los inmigrantes se limita a elegir mano de obra para las tareas domésticas.

Como no podía ser de otra forma, todo este monumento se levanta sobre muchas piedras y por encima de todas, una que es epidémica: el infantilismo rampante. Para convertirse en partido Podemos hubo de dar la vuelta como a un calcetín a todo el 15-M y para ganar algún día las elecciones generales deberá hacer lo propio consigo mismo. Es el triste sino de los ‘realities-show’. Algún día nos toparemos de frente con la renta básica universal y, al igual que cuando sale un pazguato en la tele dudamos sobre si es de ‘Gran Hermano IV’ o de ‘Gran Hermano V’, entonces nos preguntaremos: ¿tú no salías en un programa electoral de las Europeas de 2015? El ‘espíritu de Ermua’ ya no interesa ni a los arqueólogos, apenas materia de estudio para certificar que la ortopedia social suele acabar generando una mayoría de rechazo, y el 15-M enfiló el mismo camino desde que miles de personas gritaron anoche “¡sí se puede!” al pie de un edificio reformado, presuntamente, con ‘dinero negro’.

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Springsteen en Anoeta – 2016
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Alberto Moyano | 18-05-2016 | 08:14| 0

Vaya por delante una constatación obvia y que no por repetida sobrará a los acérrimos: en su forma de entender lo que es un concierto de rock, Bruce Springsteen y la E Street Band se sitúan aún a años luz del resto. Dicho lo cual, otra obviedad: a día de hoy se trata de un señor de 66 años defendiendo un repertorio compuesto hace 30 ó 40 años, interpretado desde entonces en cientos de ocasiones. Por eso, lo que en su momento fue prácticamente imposible por no darse jamás las condiciones propicias -la interpretación de un tema como ‘Drive All Night, una auténtica plegaria-,hoy se ejecuta a la perfección sin mayores problemas. Lo que antes era de una emotividad insoportable, ahora es la recreación evocativa de aquel recuerdo, pero despojada del temblor. Una y otra vez. Noche tras noche.

La entrega física tiene a ciertas edades unos límites que el hombre suple con la obsesiva búsqueda del contacto con el público. De Springsteen, que grabó al principio de su carrera siete álbunes consecutivos absolutamente maravillosos, se puede decir que ha incurrido prácticamente desde entonces en lo que jamás hubiéramos sospechado: la irrelevancia. Siempre es posible un disco malo, otro flojo, aferrarse a las versiones ajenas o incluso el silencio discográfico; jamás hubiéramos imaginado en tantas ocasiones tendríamos que decir: “Esta vez tiene un par de canciones que no están mal”.

Anoche en Anoeta, el de New Jersey interpretó más de una treintena de canciones, dos tercios datadas en 1980 y 1984. Se llama ‘The River Tour’ con exactamente el mismo rigor que se podía haber llamado ‘Born In The USA Tour’. Hubo que esperar dos horas para escuchar el primero de los dos temas que tocó firmados en este siglo. Lo explica magníficamente hoy mismo Elvis Costello en entrevista con Diego Manrique: “En un festival, no puedes esperar que escuchen tu repertorio más complejo, hay demasiados estímulos compitiendo con la música. Desde luego, es más satisfactorio tocar en otros recintos”. Pongamos los móviles, pongamos las pantallas, pongamos las charletas del público. Sin embargo, cabe entenderlo todo como un acto de extrema generosidad por parte del Bruce: “Voy a hacerlo todo por estremeceros, a mí ya no me es posible”. En su día, su motor era una inagotable furia -por qué y contra qué es algo que cualquier que haya leído sus letras o conozca su biografía sabrá con exactitud-. Ésta desapareció en algún momento impreciso situado entre finales de los ochenta, principios de los noventa. Quizás resolvió sus conflictos a través de la paternidad. Qué más da. El aliento de aquella rabia fenomenal ya extinguida aún impulsa la inercia en el movimiento.

En lo que al concierto de anoche se refiere, cada uno de los 43.000 que éramos habrá encontrado su momento en un concierto que ha durado tres horas y tres cuartos, con eso a algunas bandas les da para tres actuaciones. Los rasgos de su rostro se van afilando por el agotamiento a medida que se suceden las canciones. El ‘This Hard Land’ final, con acústica y armónica, enfrentado a un estadio repleto que segundos antes flotaba en el apabullante sonido de una banda a toda máquina es de los que se recuerdan y tira por tierra cualquier ‘pero’ que se haya podido gestar a lo largo de la noche. Hubo más momentos, siempre los hay, de los que se podría decir lo mismo. Preguntaba Juan G. Andrés si no había incurrido en el exceso y si con dos horas y medias el público no se hubiera dado por satisfecho. La respuesta es un no rotundo: los conciertos de Springsteen funcionan por acumulación. Llegado el momento, de quién tanto nos colmó en la soledad de la habitación se espera que la evisceración ante nuestros ojos. Queremos asistir a la ceremonia de los vasos comunicantes y sentir cómo el músico se vacía a medida que a nosotros nos va llenando. Hasta la plenitud y el desbordamiento.

Woody Allen certificó que “el sexo sin amor es una experiencia vacía; ahora, como experiencia vacía es de las mejores”. Del rock del Springsteen de 2016 se podría decir algo parecido o incluso lo mismo.

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Historia de mi única matrícula de honor
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Alberto Moyano | 18-05-2016 | 08:15| 0

Tengo el inmenso honor de haber obtenido únicamente una matrícula de honor a lo largo de mi dilatadísima carrera como estudiante. Pero tengo una coartada: fue por necesidad. Ahora me he perdido sólo como funciona todo el indescifrable entramado societario de créditos, exámenes y trabajos, pero en los ochenta cada asignatura pendiente de un curso universitario para otro suponía 10.000 pesetas de recargo en la matrícula del año siguiente. De la misma forma, cada matrícula de honor te permitía descontar 10.000 pesetas en la tasa del curso siguiente.

Supongo que sería a comienzos de 1988 cuando se supo que Bruce Springsteen actuaría el siguiente verano en Barcelona y Madrid. Tres años antes, se saltó España y lo más cerca de Donostia en donde había tocado había sido en Montpellier. Hoy en día, 31 años después, da igual la circunstancia en la que sea, si surge la palabra ‘Montepellier’ siempre apostillo: “Ahí tocó Springsteen”. Por fortuna, no sucede a menudo. Con esto sólo quiero subrayar la profundidad del trauma y el imborrable recuerdo que me dejó un momento que no viví, excepto de forma vicaria. Sí: la falta de liquidez que caracterizaron los primeros veintitantos años de mi vida me había impedido ir, pero en 1988 me iluminé: pacté con mis padres que si lograba una matrícula de honor me darían las 10.000 pesetas que se ahorrarían en la matrícula del año siguiente para que fuera al concierto de Madrid. Visto ahora, fue un tanto mezquino, pero en mi descargo debo decir que si aceptaron el trato, intuyo que fue porque el histórico acumulado apuntaba a cualquier cosa, excepto a una matrícula.

A continuación fijé el objetivo: Teoría General de la Información (TGI). Se impartía en Segundo de carrera y por alguna razón vi posibilidades. Más aún cuando el profesor daba a elegir entre examen y trabajo. Descarté el examen y propuse un ambicioso proyecto: un estudio sobre el mal en la literatura de Baudelaire, Poe, Melville y Stevenson. Leí, anoté, fusilé, especulé, aventuré hipótesis y refuté teorías. Cité fuentes, entrecomillé citas. Durante meses llené folios y folios. ¿Cuál era el máximo de matrículas que un profesor podía conceder por curso? Creo que ocho, pero lo mismo eran diez. En clase éramos ciento y pico alumnos, contando los que vivían en la cafetería y los que sólo llegaron a conocer el campus en los exámenes de junio.

Obtuve la matrícula. Fui al concierto. El 2 de agosto de 1988. El País tituló: ‘La sencillez y el exceso’. El concierto arrancó con ‘Tunnel of Love’ y se cerró con ‘Twist & Shout’, exactamente igual que en 2008 en Anoeta, lo cual obliga a preguntarnos si hemos llegado realmente muy lejos. La nota que el profesor me envió comunicándome la concesión de la matrícula de honor aún sigue en casa de mi madre a la que, de cuando en cuando, le da por revisar viejos papeles. Cuando lo hace, al día siguiente siempre me pregunta: “Oye, ¿cómo es que una vez sacaste una matrícula de honor?”. Y entonces voy y le cuento todo esto.

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Susurra Libertad
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Alberto Moyano | 27-04-2016 | 12:49| 0

Hay gente que prefiere asistir a un concierto en un recinto en el que no se vendan bebidas que hacerlo en otro lugar en el que se expendan, pero ‘a precio de estadio’. De esta forma, se ahorra la engorrosa libertad de elegir y de paso, la tentación de incurrir en el clásico «he pedido una cerveza y me han robado». Voluntariamente, cabría añadir, pero eso nunca lo dice. Es una muestra de la conflictiva relación que, más allá de soflamas, mantenemos con eso que llamamos libertad.

La extraña pulsión se ha trasladado también al periodismo, en donde ha irrumpido con fuerza. Hace algún tiempo, el lector se quejaba de que no se entrevistara a determinada persona; hoy también se queja pero exactamente por lo contrario. Si algún medio preguntara a uno de sus lectores a quién le gustaría ver entrevistado, respondería con uno, dos, tres o cuatro nombres. Si la pregunta se interesara por a quién no debería entrevistarse, la lista se dispararía hasta las varias decenas. Porque como bien sabe la Iglesia Católica, que es una madrastra sabia que nos vigila a todos por igual, también se puede pecar de pensamiento.

Así, el pasado 22 de febrero un periódico madrileño publicó una amplia entrevista con el presidente sirio, Bachar al Asad, y como consecuencia, la Defensora del Lector tuvo que dedicar el domingo siguiente todo el espacio de su artículo a dar explicaciones ante las quejas de los lectores. Ítem sucedió con la entrevista de Jordi Évole a Arnaldo Otegi, trufada a posteriori de excusas explicativas, bien artículos en prensa, bien mediante entrevistas en televisión. Antes ya había pasado con ‘la madre del Cuco’ y volvió a repetirse el pasado domingo con José Bretón.

Una lectura benévola del fenómeno podría atribuir este afán inquisidor a la saturación informativa, pero todo apunta a que se trata más bien del censor de toda la vida, pero un poco más infantilizado, empeñado ya no sólo en evitarnos a todos los demás la tentación de incurrir en lo que considera pernicioso, sino también en conseguir que no le coloquen en el doloroso trance de tener que eelegir si lo ve o no lo ve, si lo lee o pasa de página. Para colmo, este especimen de reciente mutación ya no distingue entre entrevistador y entrevistado, con lo cual confunde las preguntas del uno con las opiniones del otro, al punto de que si el segundo contesta disparates lo atribuye de inmediato a que el primero los ha hecho suyos.

Las entrevistas se dividen en buenas y malas, pero no en función de quiénes son el entrevistador y el entrevistado, sino de la calidad de las preguntas y de las respuestas, y que haya que recordar algo tan obvio significa que si vivimos la irónicamente llamada «edad de oro del periodismo español» se debe, entre otras cosas, a que al lector medio no termina de pasársele la borrachera de «periodismo humano» en su gradación más redentora. Eso sí: luego grita “¡Libertad!”.

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Los medios van a cambiar de bando
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Alberto Moyano | 24-04-2016 | 08:38| 1

Es mucho más sencillo omitir la existencia de ‘Operación Triunfo’ en la historia del primer disco que grabó Bustamante que soslayar el decisivo papel de los medios de comunicación en el alumbramiento, irrupción y ascenso de Podemos. Jamás hubo antes otra formación política sin representación institucional alguna que alcanzara semejante grado de presencia mediática. Los disparatados programas electorales -de cumplimiento estrictamente imposible y, por lo tanto, matizados y rebajados luego de forma incesante y paulatina-, con los que Podemos ha competido en las sucesivas contiendas electorales siempre estuvieron presentes como opción, de la mano de diferentes formaciones extraparlamentarias, en cuantos comicios se han celebrado en España desde 1977. Si los de la formación emergente cuajaron esta vez fue entre otras cosas porque se brindó al carismático profesor Iglesias la posibilidad de impartir clases docentes a través de todas las plataformas mediáticas, a doble página o en horario ‘prime time’. Nunca un líder de izquierdas tuvo todas las semanas a su disposición trampolines como Inda y Marhuenda. El fértil imaginario periodístico hizo el resto: Pablo Iglesias se convirtió en el líder vertical del 15-M, un movimiento sin líderes y horizontal.

Dice Echenique que en muchas ocasiones el cuerpo de la información no coincide con el titular porque no los escribe la misma persona. ¿Habrá conocido a algún redactor-jefe en su hábitat? En general, si le dices al tuyo que se ocupe de titular tus propias informaciones es muy probable que te conteste que sí, que en cuanto le ingreses tu nómina en su cuenta corriente. Por alguna jugarreta del subconsciente, nadie hasta ahora había descrito mejor el funcionamiento interno de Podemos que el propio Pablo Iglesias cuando quiso ‘desvelar’ los mecanismos de promoción laboral dentro de la redacción de un periódico, un sistema basado en la adhesión inquebrantable al líder. Así se hunde un periódico, de igual forma que así se lamina un partido porque la información y la política son materiales que alcancen su mejor formulación cuando son fruto de debates. No creo que haya medio de comunicación en España que exija llevar la obediencia debida tan lejos como lo hace el líder de Podemos con sus cuadros. En pocas empresas como en la formación morada se penalizará tanto la discrepancia, ni se pagará un precio tan alto por la manifestación de una disidencia.

Iglesias luego ha pedido disculpas, pero su acometida contra un redactor de calle revela más un carácter que una opinión, y uno puede pedir perdón por lo que ha dicho, pero resulta más complicado hacerlo por una forma de ser. Por lo de más, el periodismo es un deporte de contacto y lo que quiere Iglesias es otro masaje.

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