Diario Vasco

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El ello, el yo y el socio accionista
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Alberto Moyano | 29-08-2014 | 14:04| 4

El mundo del fútbol se alza sobre varias falacias, no siendo  la menor de todas ellas aquella que sostiene que el forofo anhela  identificarse con su equipo. Si algún día fue cierto, ya no lo es. Justo al revés, exige que el equipo se construya a su imagen y semejanza y, sobre todo, de acuerdo con sus implacables designios. El hincha de nueva generación hace mucho tiempo que sabe más que cualquier entrenador por eso cada uno que llega nuevo le parece que empeora las prestaciones del anterior en un bucle interminable.  Ha cambiado el bombo por el gong y necesita que el mundo lo sepa. Ya no quiere jugadores en los que reconocerse, sino grandes estrellas que le rediman de sí mismo. Cada error debe pagarse al contado y a poder ser, en carne fresca. Así, no hay revés deportivo que no se pueda solucionar mediante los oportunos despidos y en esto el accionista de una sociedad anónima deportiva no se diferencia en gran cosa del de cualquier empresa que cotice en bolsa. Paradójicamente, los hay que  en otros órdenes de la vida se manifiestan como profundamente progresistas y hasta hacen síntesis con bacterias muy de izquierdas, pero que el cielo te proteja de trabajar a sus órdenes en el mundo laboral, a tenor del fervor con el que se entregan al ‘moobing’ digital sobre el objetivo de turno de sus odios caprichosos.

A todo esto, da completamente igual lo acertado o disparatado de sus argumentos, lo espeluznante es en qué términos se expresan éstos: vejaciones, motes, trato displicente, puñetazos encima de la mesa -teclado, en este caso– y, por encima de todo, ese machacón recordatorio, tan de ‘Los Santos Inocentes’: «Para eso les pagamos». Porque ya no se invoca el manoseado «para eso cobran»;  se ha ascendido un peldaño y ahora que todo el mundo se siente propietario, los términos del contrato afectivo se explicitan apuntando  con el dedo índice:  «Somos los dueños, que para eso pagamos», proclaman en lo que constituye un uso abusivo del plural mayestático. Y finalmente, todo esto enmarcado en su debido contexto porque del ensañamiento que algunos practican cabe concluir que extraen un cierto placer que, al menos hasta hace poco, se molestaban en disimular.

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En ‘Te recuerdo, Amanda’, el opresor es Manuel
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Alberto Moyano | 27-08-2014 | 14:06| 0

Cada vez que escucho el popular eslogan  «lo personal es político» me pregunto, por un lado, qué fue de las «condiciones objetivas» a las que apelaba la tradición marxista y, por otro, si los condenados por asesinar a su pareja caben bajo el paraguas semántico de «presos políticos» en atención a sus motivaciones.  Al hilo de los últimos acontecimientos, se abre paso la audacia: cualquier hombre milita en el bando opresor por el mero hecho de serlo.

Así, aunque cueste aceptarlo, en ‘Te recuerdo, Amanda’, el bando opresor se encuentra representado por Manuel. Del papel que jugó en todo esto el bardo blanco Víctor Jara, mejor ni hablamos.   Si Iggy Pop aullaba ‘Quiero ser tu perro’ tan sólo estaba disimulando y sin salir del ámbito canino, el Jacques Brel que cantaba «déjame convertirme/ En la sombra de tu perro», debería haber tenido la gentileza de caminar varios pasos por detrás, dadas las veces que un can ha mordido a un niño y casi nunca al revés, excepto en la facultades de Periodismo.  En cuanto a Jimmi Hendrix consiguió lo imposible: que la liberación femenina de la época quemara su sujetador a los sones de lo que hoy se consideraría la más explícita apología de la violencia de género. ‘Las señoritas de Avignon’ es sexista, llegado el caso, se documentará la biografía de Picasso como prueba irrefutable, y a Luis Eduardo Aute,  casi nos los saltamos:«Una de dos, / o me llevo a esa mujer / o te la cambio por dos de quince, / si puede ser».

El neopostfeninismotrans se le ha ido a alguien de las manos, no obstante, no le faltan animales de compañía dispuestos a conducirlo hacia el despeñadero. Desconfío de quienes se abren paso a codazos en la manifestación para hacerse como sea un hueco en la pancarta y me recuerdan poderosamente a aquel blanquito que, puño en alto, proclamaba: «Soy negro y estoy orgulloso». O, por recurrir a un caso más cercano, a esas centrales sindicales que todos los 8 de marzo nos recuerdan que las mujeres cobran un 20% menos que los hombres por desempeñar el mismo trabajo, pero omiten cómo tal discriminación puede perpetrarse sin la infame complicidad de los  comités de empresa. A ver si va a resultar que quien más grita es el que más debería callar, al fin y al cabo, el ruido es un disfraz como cualquier otro.

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Vindicación de un imbécil: su seguro servidor
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Alberto Moyano | 21-08-2014 | 15:00| 7

Me encantaría –es un decir, claro– aceptar todos y cada uno de los disparatados presupuestos que se dan por hecho en este estrambótico texto, pero me resulta del todo imposible. Y no puedo  porque si asumiera que por ser hombre formo parte de la «cultura de la violación», tendría que hacer lo propio y por idénticas razones con la «cultura del asesinato» y con la «cultura de la pederastia».  A continuación, me vería obligado a hacer mías la «cultura de la supremacía racial» en mi condición de hombre blanco y la «cultura judeófoba», dado mi origen ario. También soy vasco, pero a ver cómo me las arreglo para aceptar que soy parte de la «cultura del comando Madrid». Demasiadas culturas para una sola persona, y en cualquier caso, demasiado multiculturalismo.

A las pegas enumeradas en el párrafo anterior le siguen otras aún más difíciles de soslayar. Por ejemplo, en atención al principio de reciprocidad, de haber algún inmigrante que viviera de las ayudas sociales sin querer un trabajo, me vería en el brete de exigir a todos los inmigrantes que reconocieran su militancia en la «cultura de la estafa»; ítem respecto a los gitanos y la «cultura del robo»; a los rumanos y la «cultura de la mendicidad»; o los  y las árabes y la «cultura del machismo». Y sigo: ¿forman parte los rusos de la «cultura de la violación» por el hecho de que el Ejército soviético forzara sexualmente a 1,4 millones de mujeres de todas las edades durante la II Guerra Mundial? ¿O sólo los rusos comunistas? ¿O sólo los comunistas, sea cual sea su nacionalidad? ¿Deben entender las mujeres de alguna etnia o nacionalidad que forman parte de la ‘cultura de la prostitución’ porque haya compatriotas que la ejerzan? ¿Deben asumir que si salen a la calle con ropa ajustada y/o tacones refuerzan esa ‘cultura’?

Ante las patrañas lanzadas por el autor en su artículo, una detrás de otra, digo «no» o, mejor, «ni hablar».  Formo parte de las culturas a las que me adhiero, en ningún caso de las que rechazo. Y para no hacerme trampas al solitario, diré que no he elegido mi condición de hombre, de blanco o de ario. Pero sí otras circunstancias. Por ejemplo: mi forma de vestir. Cada cual podrá pensar lo que quiera sobre las ‘pintas’ de cada cuál, también de las mías, pero que en ningún caso se me pida que haga mías sus conclusiones. Ni en sueños. Sería tanto como asumir el tristemente famoso ‘discurso de la minifalda’ y yo estoy por el derecho de autodeterminación, también el individual.

*Realmente, para escribir este post he tenido que sobreponerme a la enorme pereza que el texto original me suscita, a la enorme vergúenza que me da descender a semejante charca y, sobre todo, a la resistencia que me produce la sospecha de que todo es obra de un bromista frustrado, de un majadero narcisista o de las dos cosas a la vez. Si finalmente lo he escrito ha sido en atención a los cientos de tuiteros que lo han difundido solemnemente, bajo la fórmula: «Si eres tío, lees este post y no lo entiendes, eres un imbécil». Proclamo con orgullo que lo soy. Y añado: gracias al cielo. Por muchos años.

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La concertina suave
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Alberto Moyano | 14-08-2014 | 09:12| 2

Cada vez que un político invoca a la percepción ciudadana para avalar sus diagnósticos xenófobos incurre en un error de bulto. Al fin y al cabo, el sobeteado ‘ciudadano  de la calle’ percibe cada día con enorme nitidez cómo el sol gira alrededor de la Tierra, por más que la realidad sea justo la contraria.  Que Maroto no es racista lo demuestra la presteza con la que acudió a fotografiarse con el efímero Lamar Odom, probablemente el inmigrante de Vitoria que menos ha trabajado durante su estancia en territorio alavés. De confirmarse las acusaciones del alcalde vitoriano  contra los magrebíes por vivir de las ayudas públicas sin deseo alguno de trabajar, el dato tan sólo certificaría que en todos los colectivos se cuela un porcentaje de individuos con vocación emprendedora. En cuanto a los latinoamericanos, en boca de Maroto se convierten los amigos homosexuales que todo homófobo tiene, ni siquiera tan ejemplar comportamiento les libra de ocupar el peldaño más bajo en la escala laboral, bajo la denominación genérica de ‘machupichus’. Que no se preocupen estos últimos: solventado el ‘problema magrebí’, serán los próximos de la lista, bajo la acusación de disparar la inseguridad ciudadana con tantas ‘maras’.

Toda prestación social conlleva su correspondiente bolsa de fraude. Para que ésta sea lo más reducida posible, los políticos cuentan con una amplia batería de técnicos.  La otra opción sería suprimirlas una a una. Todo lo demás, no pasa de ser un intento de echar balones fuera y votos dentro. Mucho más sangrantes que las zapatillas de marca de cualquier inmigrante magrebí resultan los abultados vehículos que ocupan plaza en tantos y tantos pisos de protección oficial, esa modalidad de engordamiento artificial de  patrimonios privados mediante el recurso a los fondos públicos que, para colmo, sus beneficiarios atribuyen más a la fortuna en el sorteo que al esfuerzo conjunto de la sociedad. Del destino final de ayudas al I+D+i, desgravaciones fiscales e incentivos varios al emprendizaje, mejor ni hablamos. Al final va a resultar que cuando uno cree estar votando a un candidato a alcalde, en realidad está eligiendo una modalidad de concertina. Por lo demás, Maroto sabe perfectamente que el Santo Oficio hubiera derrotado a Galileo en cuantas contiendas electorales hubieran disputado.

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‘Selfie’ en Gaza
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Alberto Moyano | 23-07-2014 | 15:09| 7

Cuando se empieza poniendo el listón en lo más alto, el problema es que ya no es posible dar marcha atrás, sólo cabe seguir adelante y de proceder, internarse en el disparate. Llevamos tres semanas escuchando  y leyendo que los israelíes están haciendo a los palestinos lo mismo que los nazis hicieron con los judíos, pero a base de repetirlo la frase pierde fuerza. Es preciso subir el aumentar la dosis. «Dime cosas incorrectas / desde el punto de vista político», dijo el poeta y parafraseándole, estaba claro que habría de llegar el momento de rectificar: «Los judíos son peor que los nazis». Y el momento ha llegado, de la mano de una víctima de una adicta a la septorrinoplastia voluntaria porque hasta los más furibundos antisemitas se estaban haciendo lo remolones, los muy timoratos, y tardaban en soltar la bobada. «Gaza es peor que el Gueto (sic) de Varsovia», ha escrito Carmen Lomana, retuiteada de inmediato por docenas que, a estas horas, celebran la recóndita lucidez y el arrojo de la ¿tertuliana? o lo que sea. Transcurrirán unos días y de pronto alguien dirá, de una forma más o menos solapada, que los nazis, en realidad, no fueron tan malos. Lo cierto es que el destino de la mayor parte de los confinados en el gueto de Varsovia niños, mujeres y hombres, fue Treblinka, en donde la esperanza de vida para todos ellos era y fue de hora y media. Como en la franja, vamos. Lástima que ni uno de ellos tuviera la opción de vivir, así fuera en una ciudad bombardeadísima.

Porque aquí lo que sucede que denunciar injusticias todos los días puede terminar por aburrir. Así, es necesario que la ofensiva israelí sobre la franja palestina no quede sólo en eso, un enfrentamiento cruel y tremendamente desigual, hay que subir el diapasón, digámoslo cuanto antes, debe adquierir de inmediato la categoría de «genocidio» -tan cara a los judíos-, aunque las cifras de víctimas palidezcan en comparación con las de cualquier otro, pongamos la Kampuchea de Pol Pot, dos millones de personas -un tercio de la población- exterminada en cinco años.
Y lo más curioso es que a pesar de toda la hiel vertida, cuando vuelvan a repetirse incidentes similares, así hayan transcurrido dos, cuatro o diez años, los mismos de siempre no tirarán de coherencia para denunciar que se está perpetrando «un nuevo Gaza», sino que volverán a aferrarse a su obsesiva judeofobia para repetir las cansinas letanías plagadas de «esto es Auschwitz» y «peor que el gueto de Varsovia».

Ahora mismo, Gaza es el mayor ‘selfie’ del mundo al aire libre. Si hay que fotografiarse justo y humanitario, qué mejor que sobre un holocausto, un tanto impostado, vale, pero un poco a la manera del corredor sanferminero que se autoinmortalizaba a la carrera y con el toro detrás, esta vez su versión más comodónamente incruenta. Más de izquierdas, mayor valentía, mejor militante, más íntegro, cuanto más inequívoco sea el fondo y denunciando nada menos que un «genocidio» a ver quién no sale favorecido. Sí, «genocidio» está bien, pero por ahora, no hay que acomodarse. Si la operación se prolonga, habrá que buscar nuevas hipérboles. Voy adelantando trabajo: propongo «los nazis no eran tan malos» como siguiente paso y si la cosa se alarga, «en realidad, los judíos se lo tenían merecido».  Tiempo al tiempo.

*Nota: si nada de todo esto va contigo, simplemente no te des por aludido.

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