Diario Vasco

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La ‘apertura Maroto’ se juega sólo con peones
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Alberto Moyano | 20-10-2014 | 15:51| 0

Partiendo del hecho de que cada cual ya es mayorcito para saber lo que hace, hay que vivir la recogida de firmas por parte del PP para validar la ‘apertura Maroto’ sin mayores dramatismos. Sí conviene aclarar que el proyecto para restringir el acceso a la RGI se edifica en torno a sobreentendidos y que quien los invoca pierde. Por ejemplo, toda prestación social -económica o en especie- está sujeta a posibles abusos. Si eres de los que cree que el riesgo es inasumible firma la propuesta del PP, vota a Maroto y, a continuación, acepta con resignación cristiana que buena parte de las desgravaciones fiscales a empresas, de las rebajas en las cotizaciones de la seguridad social y de las ayudas al I+D+i se van a ir por ese sumidero que es el reparto de beneficios entre socios a final de año.

Otro ejemplo de sobreentendido: la existencia de inmigrantes entre nosotros te salva a ti de serlo. Para un sector de la sociedad, en disposición de acceder a la educación y la sanidad privadas, nunca pasarás de ser el ‘magrebí’ que colapsa la urgencias con sus nimiedades. Contribuir, en la menor medida posible por supuesto, al sostenimiento de todos esos servicios que en ningún caso van a usar es el precio que astutamente pagan a cambio de estabilidad social. Siempre habrá alguien para quien el ‘magrebí’ seas tú; el plasma que preside tu salón son tus zapatillas de marca.

Más sobreentendidos: la ‘apertura Maroto’ se estrellará contra la mayoría parlamentaria, pero triunfará en calle, lo cual abre la puerta a que el propio alcalde de Vitoria o cualquier otra opción política a la caza de votos se busque y, de proceder se fabrique, sus propios ‘magrebíes’, bien en la figura del desempleado -al que el mismo dibujante que pinta inmigrantes con zapatillas de marca podría inmortalizar ‘todo el día en el bar’-, bien en la figura de la mujer trabajadora que entorpece con sus embarazos la buena marcha de la empresa y por consiguiente, pone en riesgo el salario del resto de la plantilla, por poner dos ejemplos que ya están sobre la mesa.

Y tras los sobreentendidos, las confusiones interesadas: si el PP exige que aquellas personas susceptibles de percibir la RGI realicen a cambio trabajos sociales ya no estamos hablando de una prestación, sino de un salario que, como tal, debería ir acompañado de la consiguiente cotización social, a cargo del empleador, ni Maroto, ni el PP aclaran quién sería. Acto seguido, lo mismo se podría exigir a los parados, a los beneficiarios de los pisos de VPO o a los empresarios que se benefician de las diferentes ayudas institucionales. Toda prestación tiene una cosa en común con las demás, al margen de quién sea el beneficiario: las aporta una mayoría para provecho de una minoría.

Que el PP, formación involucrada en las mayorías tropelías económicas de las que guarda memoria este país, vaya a obtener la adhesión inquebrantable de los autóctonos más desfavorecidos económicamente obedece a las leyes de la oferta y la demanda, el sometimiento al irrefrenable impulso animal de sacar del tablero a la competencia. No sé quién dijo que “el esclavo no sueña con ser libre, sino con ser amo”. Muy bien, pero cuando firmes la ‘apertura Maroto’, ten la certeza de que acabarán encontrando nuevas rémoras que lastran nuestra prosperidad y no hay razón tú mismo no acabes siendo alguna de ellas.

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Sólo tendrás la vida resuelta cuando hayas muerto
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Alberto Moyano | 10-10-2014 | 08:28| 8

No sé gran cosa sobre el ébola, de modo que si toca escribir de enfermedades infecciosas elegiré como tema España. Aquí la atención secundaria es siempre primaria y la primaria, primitiva. El problema de este país es, en primer lugar, de autoestima. En todo español anida la falta de orgullo, sólo así se comprende que a semejantes tasas de donación de órganos le corresponda el absoluto desentendimiento del sistema público de salud inherente a la mayoría absoluta del PP. Por cierto, no vivimos las consecuencias de la época de recortes, sino las de los tiempos de bonanza. Se podía haber invertido en investigación, pero se prefirió regalar cheques-bebé. Nunca hemos perdido la ocasión de desaprovechar una oportunidad. Habitamos en el territorio de la mezquindad, así que en una sociedad en la que todo el mundo agazapa en la boca un «yo también lo haría si pudiera», ¿cómo no considerar cualquier forma de altruismo o voluntariado un grave síntoma de déficit de atención cognitivo? En cifras, el drama se resume a grosso modo en que hay más españoles que saben vestirse de torero que ponerse el traje protector, por citar dos maniobras para las que no hace falta un master.

España se odia y sólo se redime en el odio, por eso jamás hubo forma legal de dejar de ser español. En esto recuerda a la leprosería de ‘Ben-Hur’: para irte, te tendrás que escapar. Si las declaraciones del consejero madrileño de Salud las hubiera realizado un médico francés, ahí hubiésemos rugido como un solo hombre. No digamos nada si la sabandija que las profirió fuese un catalán. Las generalizaciones, lo sé, son injustas, pero también lo fue liquidar a ‘Excalibur’, que no murió tanto por perro como por español, es decir, sin una explicación racional. Para concluir: que todo un eminente doctor diga que tiene la vida resuelta y que incluso encima parezca convencido de sus palabras dan la medida de la inopía y el desconocimiento en torno a los estragos de la edad y los últimos avances médicos en materia de cuidados paliativos. Puede que llegue el día en el que Javier Rodríguez secrete involuntariamente por todos sus orificios, es decir, igual que ahora, pero sin micrófonos ni cámaras delante.

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Algún día nos reiremos de todo esto
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Alberto Moyano | 08-10-2014 | 09:14| 9

No habían pasado veinticuatro horas desde el primer contagio de ébola diagnosticado fuera de Europa, en la persona de una enfermera de Madrid, y ya su perro se había hecho un hueco en la actualidad. El personal sanitario denuncia que apenas recibió cuarenta minutos de instrucción sobre los protocolos para tratar con infectados por este virus antes de que se les lanzara a la habitación de los infecciosos. En todo caso, es más tiempo del que los tertulianos han dedicado al estudio de la enfermedad y sus formas de transmisión, no digamos nada del que los consumidores han invertido en informarse. De toda esta catarata de datos, tan sólo podemos extraer una conclusión: en medicina, el ‘todo’ y el ‘nada’ son licencias literarias, infiltraciones del lenguaje poético en la terminología científica. Dado un país como  España, ni siquiera me atrevería a asegurar con total certeza que la enfermera infectada realmente lo esté. Puede que los frascos se han mezclado y que el portador de los virus esté de compras en Callao. Aquí hay forenses que han confundido los huesos de un ser humano con los de una alimaña. Se nos ha recalcado que en materia de infecciones,  el 0% y el 100% no existen. Por otra parte, es probable que convenga sacrificar a ‘Excalibur’, no por que el can haya contraído el virus, sino ante el riesgo de que lo haya contraído y los análisis den negativo.

Algún día nos reiremos de todo esto, la próxima semana o la siguiente si tuviera que aventurar una fecha. La experiencia acumulada demuestra que si bien la sensación de apocalipsis es permanente, los motivos cambian. La sospecha de que el mundo se acaba se ha constituido en una forma de alivio. Un día es la crisis económica, al otro, el terrorismo internacional y al siguiente, las insostenibilidad del sitema de pensiones. Muy virulento ha de ser el brote de ébola como para que no quede sepultado por nuevas calamidades en un plazo más o menos breve. Llegará el momento en el que estaremos plenamente convencidos de que matar a ‘Excalibur’  nos salvó la vida. En cuanto al ébola, España será el Stalingrado de todo el conocimiento científico acumulado en torno al virus.

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Munilla tiene un color especial
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Alberto Moyano | 03-10-2014 | 07:38| 1

El obispo de la diócesis de San Sebastián, José Ignacio Munilla, considera que ningún partido de cuantos tienen representación parlamentaria encarna los valores de la ética cristiana. A partir de ahí, en lugar de extraer las conclusiones pertinentes, el clérigo se enreda en disquisiciones sobre la orientación del voto. Pero Munilla tiene razón: el PP, que  se ha cansado de proclamar que  cualquier cigoto es una vida humana plena, está dispuesto a sacrificar unos cuantos miles de ellas en el altar de unas elecciones, por lo demás, municipales. El problema de la Iglesia Católica no estriba precisamente en las hordas ateas y agnósticas –la mayoría social, por otra parte–, sino en los fieles que, dos mil años después, se han confeccionado ya su propia religión a media, plagada de supersticiones pay per view y atiende a un único dogma: «mi relación con dios es personal y de tú a tú, la Iglesia delira, pero en el ejercicio de un derecho constitucional». De ahí que una deidad que todo lo ve, siempre lista para premiar las buenas acciones y castigar los deslices, ya no sea suficiente. Con un juicio final cotizando a niveles de bono basura, es lógico que la Iglesia se pase a  la Justicia terrenal y reclame mano dura. Para que los creyentes atiendan a las ordenanzas de sus dioses es necesario que el peso de la ley gravite sobre todos nosotros. Observen la frivolidad: colocados en el trance de votar por alguna formación que preserve la vida de miles de inocentes, los católicos optan por hacerlo en favor de una reducción del IVA. En atención al discurso en torno al aborto y la vida humana con el que el PP nos ha flagelado durante este última década, debo entender que ahora contempla la posible aplicación de la pena de muerte sin juicio previo a los no natos.  De provida a providorra en una sola legislatura, va a ser verdad que dios ha muerto. De lo contrario, ya hubiera irrumpido en escena escupiendo de su boca a los tibios, a estas alturas, un bolo alimenticio de dimensiones planetarias.

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Es más fácil que un camello pase por una aguja
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Alberto Moyano | 09-09-2014 | 14:55| 2

Si se confirmara la implicación de elementos o incluso contingentes entero de las Fuerzas de Seguridad del Estado en el tráfico de heroína durante los años ochenta en Euskadi la revelación tan sólo confirmaría la perfecta homologación de la sociedad vasca con sus contemporáneas. A nadie se le escapará que la hipótesis de que la Guardia Civil tuviera que recurrir al narcotráfico para aplacar los impulsos levantiscos de la juventud vasca resulta la mar de sugerente, pero lo cierto es que el negocio de la heroína generaba y genera tan ingentes beneficios que su reparto convierte en innecesarias las conspiraciones de carácter político. La implicación policial en las tramas de distribución de la droga forma parte hace décadas del paisaje global, de Estados Unidos a Japón, de los países nórdicos a Suráfrica. Es evidente que la telegenia intrínseca a «tuvieron que frenarnos con el ‘jaco’» es infinitamente más sugerente que la simplona «fuimos como todos»: Cristina F. en Berlín, Mark Renton en Edimburgo.

La teoría conspiranoica halaga nuestros oídos, magnifica la peligrosidad de los pobres diablos que fuimos y engorda el ego de una generación desmesuradamente narcisista, pero la realidad conspira contra el mito: durante los primeros ochenta, con la plaga narcótica en plena expansión, ETA sufría tal hipertrofia a causa de las riadas de jóvenes que ingresaban en sus filas que simplemente no sabía hacia dónde canalizar el superávit de voluntarios. Quizás de ahí que los destinara a tareas tan peregrinas como ametrallar camiones con matrícula francesa en los márgenes de las autopistas. Todo esto no quita para que la llamada ‘red Galindo’ realmente existiera, ni que el presunto carácter heroico en la lucha antiterrorista del oficial que dio nombre a la trama le hubiera dotado de enorme impunidad y, si se quiere, incluso de la protección de las más altas esferas. Pero las razones antiinsurgentes sucumben bajo el peso de los astronómicos beneficios económicos hasta convertirlas, de haber existido, en anecdóticas.

Cuando se trata sobre la droga así en general, no digamos sobre la heroína en particular, se soslayan dos factores: uno, que para acabar dependiendo de una sustancia hace falta, si no una voluntad  férrea, sí una perseverancia casi heroíca antes de alcanzar la adicción. Es más: al igual que sucede con el tabaco, las primeras ingestas no resultan especialmente agradables y, sin embargo, la pertinaz insistencia derriba cualquier muro.  Y dos, la infantil insistencia en ocultar que lo que pasa es que las drogas están muy buenas, según tiene dicho alguien que las ha probado todas.

Si ETA se embarcó en la lucha antidroga,  cebándose básicamente con los microcamellos de barrio, fue en busca de esa popularidad que tan sólo otorgan aquellas causas sobre cuyo indiscutible carácter noble existe un amplio consenso social. Por supuesto, su accionar no impidió que, ni tan siquiera por una hora, todas las drogas disponibles por aquel entonces en el mercado continuaran accesibles en cada una de las ciudades y pueblos de Euskadi. Nadie podrá decir que ETA le salvó del infierno de la droga. Y eso es algo que ayer como hoy demuestra la fortaleza de un mercado, que como cualquier otro del sistema capitalista, para funcionar únicamente necesita que fluya el dinero.

 

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