Diario Vasco

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Brindando tras la concertina, con amor y estupor
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Alberto Moyano | 28-08-2015 | 13:01| 5

Todos compartimos la misma desazón, si acaso en distinto grado, a la vista de las imágenes de los ciudadanos huidos de zonas de conflicto, del hambre o, simplemente, de la falta de perspectivas vitales en su penosa llegada a las fronteras europeas. Y todos sabemos también que en el origen de todo esto se encuentra la radical desigualdad en la que el azar o la voluntad de los innumerables dioses despiadados que nos han sumido a los bichos humanos. Y, por último, a todos nos gusta sentirnos tan solidarios, tan nobles y tan compasivos como a cualquiera, pero la situación plantea una serie de preguntas al margen a cuestiones éticas y morales –no digamos ya moralinas–, en el terreno del orden práctico. Unas preguntas que sobrevuelan la cuestión y que, de uno en uno o colectivamente, deberemos responder más pronto que tarde. Aquí van unas cuantas y no se refieren a un futuro más o menos inconcreto en el que Occidente deje de expoliar hasta los más remotos países, sino a los que en este agosto de 2015 aporrean las puertas de la ciudadela europea:

¿Están nuestros políticos desprovistos de los mismos sentimientos que al parecer albergamos y compartimos quienes les votamos y elegimos? ¿Son peores personas que nosotros? ¿Somos buenos y ellos malos? ¿Por qué no permiten la entrada de los refugiados? ¿Dónde vivirían estos refugiados? ¿En campos de acogida? Existen precedentes: Holanda alojó durante décadas a inmigrantes de sus excolonias en el mismo antiguo campo de concentración alemán por el que pasó en tránsito Ana Frank. ¿En las afueras de las ciudades, donde los vecinos acusarían a las autoridades de regalar pisos ‘a los de fuera’? ¿En el centro de las ciudades, donde los vecinos tratarían de impedirlo por todos los medios, so pena de ver devaluadas irremisiblemente sus inversiones inmobiliarias? ¿Repartidos por distintos barrios, para que el voto xenófobo crezca de forma homogénea? ¿En qué van a trabajar? ¿Como mano de obra barata, ellas en el trabajo doméstico, ellos en la construcción, todos en el cuidado de nuestros ancianos? ¿Se podría escolarizar a los niños extranjeros en cualquier centro operativo en el territorio? ¿Está la población europea dispuesta a compartir todo lo comunitario con decenas de miles de recién llegados? ¿Lo está la población de alguna zona de este mundo? ¿Se desataría algún tipo de cruel competición entre dos bandos irreconciliables –‘los de aquí’, ‘los de fuera’– a la hora de disputarse las ayudas sociales o las habría para todos? ¿Habría algún tipo de límite a la entrada de necesitados en el país y, de ser así, cómo se establecería? ¿Mediante sorteo, al estilo de las VPO? ¿O quizás por cupos, en función de las necesidades del mercado?

Y sigo: ¿son nuestros dirigentes políticos unos desalmados o tan sólo los obedientes intérpretes de nuestros anhelos más inconfesables? ¿Retiraría incondicionalmente las concertinas algún partido político de cuantos optan a gobernar en España en caso de victoria? ¿Existe algún tipo de alambrada frente a la cual se vaya a detener quien deja detrás matanzas sin cuento? ¿En qué clase de frivolidad incurre quien pinta bigotitos hitlerianos a Merkel mientras medio Oriente se despelleja en las alambradas con el único objetivo en la mente de llegar a territorio alemán, algo que jamás le sucedió a Adolf, más bien todo lo contrario? ¿Alcanzamos a intuir siquiera de forma ligera lo que sucedería en una Europa gobernada en su mayoría por partidos estrictamente xenófobos? ¿Alguien tiene una solución para todo? ¿Alguien tiene solución para algo? ¿Alguien tiene soluciones sencillas para problemas complejos? ¿Hemos de asumir que algunos problemas carecen de solución, al menos, de una solución a la altura de nuestras propias expectativas? ¿Son las exigencias de justicia universal el jabón con el que frotamos nuestras conciencias y la exhibición pública de nuestra –por lo demás intranscendente– compasión el agua en el que aclaramos la suciedad? ¿Tiene realmente alguien alguna propuesta?

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Donostia 2001: como si nunca hubiera pasado
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Alberto Moyano | 20-08-2015 | 13:52| 11

Cada sociedad olvida como puede, salvo la nuestra, que lo hace como quiere. Obligados por tantos casos al deber de memoria, acogemos con alivio cualquier drama que se nos presenta liberado de esta penosa carga. Es el caso de la explosión del juguete-bomba que el 20 de agosto de 2001 -al día siguiente de terminar la Semana Grande donostiarra- acabó con la vida de María Eraunzetamurgil, de 62 años, y causó a Jokin Galarraga, de 16 meses, el nieto que sostenía en sus brazos, heridas irreversibles. El fotógrafo de DV Fernando Postigo, que se encontraba en las inmediaciones, trasladó al niño primero a las Urgencias de la calle Bengoetxea y de allí, vista la gravedad de las heridas, a las del Hospital Donostia.

Recordemos la secuencia: “kale borroka”, dijeron unos; “guerra sucia”, replicaron los otros. “Un juego de rol”, concluyeron las investigaciones, que nunca llegaron a concretar a cuál de todos los del mercado se referían exactamente. Un año después, unos lo habían olvidado, otros hacían como si nunca hubiera pasado y los terceros estaban en trance de dar carpetazo a la estéril investigación. No habrá convocatorias ni actos de recuerdo para aclarar este crimen, dada la dificultad que entraña extraer provecho alguno de aquellos acontecimientos.

Es difícil sustraerse a la tentación de elucubrar qué habrá sido del ahora adolescente Jokin -alguien me contó el pasado año que es un preadolescente razonablemente feliz que, a falta del sentido de la vista, disfruta de los fuegos artificiales de Semana Grande grabando en su móvil el pimpampum pirotécnico-, así como de la persona que tuvo la desgraciada idea de colocar un mecanismo explosivo con pólvora en el interior de un cochecito de juguete antes de abandonarlo en el WC de un bar de la calle Narrica. Respecto a este último, me pregunto si en el tránsito de estos doce años habrá tenido hijos, habrá acunado a su bebé, habrá olvidado lo sucedido o simplemente, lo habrá asumido. ¿Se lo habrá contado a alguien? Quizás incluso ya haya fallecido, catorce años es mucho tiempo contado en páginas de esquelas. Un atentado sin objetivo identificable, culpables declarados, víctimas edificantes o enseñanzas de provecho tiende a caer en la inopia del olvido por falta de provecho. Hoy se cumplen catorce años de aquel crimen perfecto.

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Iron like lion in Zion
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Alberto Moyano | 16-08-2015 | 18:04| 3

El disparate es fenomenal: El festival de música reggae Rototom Sunsplash ha anulado el concierto del cantante estadounidense Matisyahu. Sin ser israelí, Matisyahu resulta profundamente sospechoso porque es judío Y los Sunsplash ya deberían saber que la contratación de cualquier artista hebreo implica en la España inquisitorial el sometimiento previo a un auto de fe. Inmediatamente, se puso en marcha la campaña: Matisyahu debía demostrar que era lo suficientemente buena persona, así fuera por la vía del sometimiento. El Rototom Sunsplash en un principio se negó: “El hecho de apoyar a Israel no significa respaldar su política de agresión contra el pueblo palestino”. Pero esta resistencia, sin ser heroica, no ha aguantado mucho en pie y tras exigir al artista estadounidense que firmara a pie de página y abjurara de sus pensamientos, fueran éstos cuales fueran -”si firma estas condiciones, continuará la actuación”-, el artista ha optado por el silencio como respuesta y la organización ha vetado su presencia.

Y Matisyahu ha hecho bien. En realidad, ha hecho muy bien. Someterse a las exigencias de los tiranuelos aprendices de Torquemada supone dar carta de naturaleza a la coacción al resto de los artistas judíos, que por lo visto deben pasar pruebas de ‘limpieza de sangre’ que a nadie más se le exige: ni a los músicos marroquíes, pese a la situación saharaui; ni a los rusos, pese a la situación chechena; ni a los grupos de tambores pastunes, pese a la indescriptible situación de la mujer en Afganistán. Del boicot a los músicos estadounidenses, mejor ni hablamos. De hecho, todo esto atufa a ‘Pequeña Habana’: “Que Silvio Rodríguez denuncie a la revolución cubana si quiere actuar en Miami”. Es eso, ¿no?

Y si Matisyahu ha hecho bien, muy bien, en ni molestarse en contestar es porque el boicot a su actuación no tiene nada que ver con lo que piensa, sino con lo que es: judío. Lo que opine el músico estadounidense sobre Israel, Palestina o la situación en Oriente Medio es completamente irrelevante, lo sustantivo es su condición de judío, una mancha que urge lavar, bien mediante la firma de una confesión, bien mediante una declaración grabada en vídeo. No obstante, nada de cuanto pudiera decir sería suficiente. El pasado año se proyectó en el Festival de Cine de San Sebastián la película israelí ‘Gett: el divorcio de Viviane Amsalem’. Para cuando Elkabetz explicó su postura hipercrítica sobre su país y su rechazo a la ocupación de territorios, ya se habían lanzado varias ‘fatwas’ laicas contra la proyección de la película. Se llegó asíal absurdo de pedir en Donostia en el nombre del pueblo palestino el boicot a un director que ha participado en festivales de cine palestino. Y ahora que el Santo Oficio va con rastas y fuma ‘canutos’, me tarareo atónico aquella canción: “I’m gonna be / iron like a lion in Zion”.

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La única vez que me bañé desnudo en La Concha…
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Alberto Moyano | 11-08-2015 | 08:54| 2

… a la salida del agua me vestí sin secarme y mientras regresaba a la Parte Vieja a través de Alderdi Eder con la arena pegada a la ropa rozándome la piel, me di de bruces con un baño de sangre. Grande. Indescriptible. La había por el suelo, formando enormes charcos, y también en los bancos, de normal blanquecinos, rojos aquella noche. Era la sangre del niño de seis años David Rodríguez Sánchez -fallecido-, el bebé de tres Asier Zabaleta -estallido craneal y pérdida de masa encefálica-, Luis Zubía Egía -amputación de las dos piernas-, y de los otros 129 heridos -según cifras oficiales, aunque muchas víctimas no facilitaron sus nombres para no alarmar a sus familiares- alcanzados por el estallido de un fuego artificial que cayó en mitad del público con los mismos efectos “que una bomba. Cuerpos parcialmente calcinados, piernas y brazos seccionados por efecto de la onda expansiva y decenas de personas que se retorcían de dolor amontonadas entre una multitud confusa y horrorizada”, dijeron las crónicas de la época.

Con esta facilidad que tiene Donostia para hacer como que las cosas no han pasado, la Semana Grande se reanudó a mediodía del día siguiente, por decisión de la corporación municipal y los representantes del centro de atracción y turismo. El suceso fue borrado de la memoria colectiva de la ciudad para que no empañara la contenida alegría que de habitual acompaña estas extrañas fiestas. También, como es costumbre en estos casos, la versión de la empresa lanzadora en absoluto coincidió con la que aportaron cientos de testigos. En cuanto a las medidas de seguridad, el entonces alcalde, Ramón Labayen, las calificó de “suficientes”, lo que no impidió que fueran radicalmente modificadas en lo que a los límites del público se refiere a partir de aquella noche.

Todo esto fue el 14 de agosto de 1985. De aquella tragedia se cumplirán treinta años este viernes, supongo que en ese oportuno olvido más o menos voluntario.

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Simpatía por el proletariado
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Alberto Moyano | 31-07-2015 | 17:34| 0

Las clases más bajas de la sociedad no sólo han servido por definición de mano de obra barata para la producción de bienes materiales, sino que se han revelado a lo largo de la historia del siglo XX y lo que llevamos del XXI como una fuente cultural inagotable en todos los órdenes. También en este caso, la producción es rápidamente enajenada en beneficio de las elites. Pasó con el tango, el jazz, el blues, el flamenco, el fado o la bossa nova, que hace tiempo que abandonaron los humeantes antros en los que nacieron para ocupar las diáfanas salas de conciertos. Cualquiera de estos géneros es susceptible de acabar protagonizando la más pulcra de las producciones de Carlos Saura o en modo banda sonora de Almodóvar, para solaz del público ilustrado. Se llevaron a Caetano Veloso y nos dejaron a Shakira, siempre de acuerdo con las leyes de mercado que rigen hasta en ámbitos impensables.

La cosa no había de quedar ahí. El público occidental con inquietudes ya no da más de sí como para hacerse cargo de otro museo diseñado por el más laureado de los arquitectos, ni con más centros culturales en edificios concebidos como una parte más del espectáculo, quizás la más importante. De ahí que la tendencia natural haya derivado hacia la ocupación de espacios de trabajo, mejor cuanto más fabriles. Frente al titanio se alza el ladrillo rojo y los materiales más bastos. Ahí donde la clase obrera se deslomó durante décadas hacen cola ahora los turistas en bermudas. Y como «hicieron sus fábricas al lado de nuestras casas» ?que cantaba Evaristo? también algunas de aquellas viviendas concebidas en su día como revolucionarios alojamientos del proletariado se han transformado en carísimas viviendas en manos del burgués bohemio ?en francés, «bobo»?. Puede que todo esto empezara en Berlín, lo cierto es que se ha extendido por toda Europa, una de sus primeras manifestaciones aquí fue cuando el «barrio chino» barcelonés se transformó en «El Raval». Qué decir del desaparecido Somorrostro, reconvertido en territorio olímpico y cuya memoria preserva ahora una placa inaugurada por las autoridades locales.

Como no podía ser menos en cualquier derivada cultural, la gastronomía también ha entrado en esta dinámica con forma de espiral. Cuando los comensales ya han recorrido todos los establecimientos galardonados con estrellas no sé qué, cuando se ya ha hecho la digestión en los restaurantes diseñados por los más reputados interioristas y cuando se ha rematado todo con un gintónic selvático, aún queda una última frontera: el bareto de toda la vida que ha sobrevivido a lo largo del tiempo sirviendo el menú del día a albañiles, pescadores, todos los gremios de la construcción o lo que sea, con tal de que el trabajo conllevara esfuerzo físico. En cuanto al local, mejor cuanto más cochambroso, más auténtico. Pero la prueba del siete es eso de «no hay carta, aquí el cocinero cada día te saca lo que quiere». Figuran ya incluso en las mejores guías turísticas, siempre bajo idéntica entradilla: «No os dejéis engañar por su aspecto de cuchitril, en su interior sirven los mejores…» Añádase aquí la especialidad regional.

El proceso de apropiación de lo ajeno continúa. Resultaría temerario aventurar que la cosa se va a quedar aquí. Tan sólo urge identificar nuevos ámbitos sobre los que clavar los afilados colmillos que siempre dignifican lo popular al elevarlo al nivel de lo culto y de culto.

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