Diario Vasco

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Susurra Libertad
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Alberto Moyano | 27-04-2016 | 12:49| 0

Hay gente que prefiere asistir a un concierto en un recinto en el que no se vendan bebidas que hacerlo en otro lugar en el que se expendan, pero ‘a precio de estadio’. De esta forma, se ahorra la engorrosa libertad de elegir y de paso, la tentación de incurrir en el clásico «he pedido una cerveza y me han robado». Voluntariamente, cabría añadir, pero eso nunca lo dice. Es una muestra de la conflictiva relación que, más allá de soflamas, mantenemos con eso que llamamos libertad.

La extraña pulsión se ha trasladado también al periodismo, en donde ha irrumpido con fuerza. Hace algún tiempo, el lector se quejaba de que no se entrevistara a determinada persona; hoy también se queja pero exactamente por lo contrario. Si algún medio preguntara a uno de sus lectores a quién le gustaría ver entrevistado, respondería con uno, dos, tres o cuatro nombres. Si la pregunta se interesara por a quién no debería entrevistarse, la lista se dispararía hasta las varias decenas. Porque como bien sabe la Iglesia Católica, que es una madrastra sabia que nos vigila a todos por igual, también se puede pecar de pensamiento.

Así, el pasado 22 de febrero un periódico madrileño publicó una amplia entrevista con el presidente sirio, Bachar al Asad, y como consecuencia, la Defensora del Lector tuvo que dedicar el domingo siguiente todo el espacio de su artículo a dar explicaciones ante las quejas de los lectores. Ítem sucedió con la entrevista de Jordi Évole a Arnaldo Otegi, trufada a posteriori de excusas explicativas, bien artículos en prensa, bien mediante entrevistas en televisión. Antes ya había pasado con ‘la madre del Cuco’ y volvió a repetirse el pasado domingo con José Bretón.

Una lectura benévola del fenómeno podría atribuir este afán inquisidor a la saturación informativa, pero todo apunta a que se trata más bien del censor de toda la vida, pero un poco más infantilizado, empeñado ya no sólo en evitarnos a todos los demás la tentación de incurrir en lo que considera pernicioso, sino también en conseguir que no le coloquen en el doloroso trance de tener que eelegir si lo ve o no lo ve, si lo lee o pasa de página. Para colmo, este especimen de reciente mutación ya no distingue entre entrevistador y entrevistado, con lo cual confunde las preguntas del uno con las opiniones del otro, al punto de que si el segundo contesta disparates lo atribuye de inmediato a que el primero los ha hecho suyos.

Las entrevistas se dividen en buenas y malas, pero no en función de quiénes son el entrevistador y el entrevistado, sino de la calidad de las preguntas y de las respuestas, y que haya que recordar algo tan obvio significa que si vivimos la irónicamente llamada «edad de oro del periodismo español» se debe, entre otras cosas, a que al lector medio no termina de pasársele la borrachera de «periodismo humano» en su gradación más redentora. Eso sí: luego grita “¡Libertad!”.

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Los medios van a cambiar de bando
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Alberto Moyano | 24-04-2016 | 08:38| 1

Es mucho más sencillo omitir la existencia de ‘Operación Triunfo’ en la historia del primer disco que grabó Bustamante que soslayar el decisivo papel de los medios de comunicación en el alumbramiento, irrupción y ascenso de Podemos. Jamás hubo antes otra formación política sin representación institucional alguna que alcanzara semejante grado de presencia mediática. Los disparatados programas electorales -de cumplimiento estrictamente imposible y, por lo tanto, matizados y rebajados luego de forma incesante y paulatina-, con los que Podemos ha competido en las sucesivas contiendas electorales siempre estuvieron presentes como opción, de la mano de diferentes formaciones extraparlamentarias, en cuantos comicios se han celebrado en España desde 1977. Si los de la formación emergente cuajaron esta vez fue entre otras cosas porque se brindó al carismático profesor Iglesias la posibilidad de impartir clases docentes a través de todas las plataformas mediáticas, a doble página o en horario ‘prime time’. Nunca un líder de izquierdas tuvo todas las semanas a su disposición trampolines como Inda y Marhuenda. El fértil imaginario periodístico hizo el resto: Pablo Iglesias se convirtió en el líder vertical del 15-M, un movimiento sin líderes y horizontal.

Dice Echenique que en muchas ocasiones el cuerpo de la información no coincide con el titular porque no los escribe la misma persona. ¿Habrá conocido a algún redactor-jefe en su hábitat? En general, si le dices al tuyo que se ocupe de titular tus propias informaciones es muy probable que te conteste que sí, que en cuanto le ingreses tu nómina en su cuenta corriente. Por alguna jugarreta del subconsciente, nadie hasta ahora había descrito mejor el funcionamiento interno de Podemos que el propio Pablo Iglesias cuando quiso ‘desvelar’ los mecanismos de promoción laboral dentro de la redacción de un periódico, un sistema basado en la adhesión inquebrantable al líder. Así se hunde un periódico, de igual forma que así se lamina un partido porque la información y la política son materiales que alcancen su mejor formulación cuando son fruto de debates. No creo que haya medio de comunicación en España que exija llevar la obediencia debida tan lejos como lo hace el líder de Podemos con sus cuadros. En pocas empresas como en la formación morada se penalizará tanto la discrepancia, ni se pagará un precio tan alto por la manifestación de una disidencia.

Iglesias luego ha pedido disculpas, pero su acometida contra un redactor de calle revela más un carácter que una opinión, y uno puede pedir perdón por lo que ha dicho, pero resulta más complicado hacerlo por una forma de ser. Por lo de más, el periodismo es un deporte de contacto y lo que quiere Iglesias es otro masaje.

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La prohibición electrónica
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Alberto Moyano | 08-04-2016 | 12:54| 0

Aquí confluyen dos vicios incurables: la de prohibir a todos lo que a uno no le gusta y la de promulgar el veto en el nombre de los derechos de terceros. Me refiero a la nueva Ley de Antención Integral de Adicciones y Drogodependencias, que restringirá la venta de alcohol por la noche a los negocios hosteleros. La prohibición resuelve de un plumazo la conflictiva relación que mantenemos con nuestra propia libertad, por cuanto quienes se quejan de los precios en los conciertos de una caña –de consumo voluntario, cabe recordar– verán resueltos sus dilemas al encontrarse con la implantación universal del modelo Kursaal: no hay bar, se acabó la tentación, fin del problema.

Por decirlo todo, en vísperas del concierto que Bruce Springsteen ofrecerá en el estadio de Anoeta el próximo 17 de mayo, se supone que en esta tercera visita del ‘Boss’ a Donostia desaparecerán las barras instaladas en el campo –a las que el propio Springsteen recurrió antes de su actuación en el concierto de hace unos años en San Mamés, para estupor de los presentes–, amén de los vendedores ambulantes que cargados con un grifo, sirven a diestro y siniestro. No hay adicción que genere una dependencia más rápida y fuerte que la que concede el poder de extender las prohibiciones.

Y qué decir de la venta de cervezas de la marca patrocinadora del Jazzaldia en la plaza de la Trinidad –escenario de pruebas de herri kirolak, adyacente a un frontón–durante los conciertos del Festival. Se nos dirá que la ley es prolija y está trufada de excepciones, pero ninguna de ellas responderá a cuestiones relacionadas con la salud, sino a las económicas. Que es de lo que se está hablando aquí desde el principio. Otro día hablaremos de la prohibición de vapear, tras décadas sermoneando el argumento de que lo peor del cigarrillo era el papel.

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Se veía venir: tampoco Hitler fue un antisemita
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Alberto Moyano | 30-03-2016 | 13:12| 4

Pasó lo que tarde o temprano tenía que pasar: que un líder de izquierdas con cierto predicamento alertara sobre el antisemitismo rampante en amplios sectores del espectro ideológico progresista para que se armara la trifulca que, paradójicamente, clarifica notablemente el confuso panorama. Fue Owen Jones, autor, entre otros títulos, de ‘Chavs-La demonización de la clase obrera’ (Ed. Capitán Swing), quien en un reciente artículo publicado por The Guardian advertía: «El antisemitismo es un veneno contra el que la izquierda debe luchar». Jones citaba algunos brotes que había detectado en sectores progresistas y concluía: «Es inaceptable que los judíos se sientan incómodos en el Partido Laborista».

Las réplicas no se hicieron esperar, precipitación que quizás explique tanto su escaso ingenio como su nula originalidad: no se puede hablar de antisemitismo para referirse al odio contra los judíos –venían a decir– por cuanto los árabes también son semitas. El argumento, traído por los pelos y contrario tanto a la definición de la RAE como a las de la European Union Agency for Fundamental Rights (FRA) y la Organization for Security and Co-operation in Europe (OSCE), se desvanecía en el aire, en el momento en el que los ‘replicantes’ acusaban precisamente a Israel de ser el auténtico gran antisemita. Absurdo, por cuanto si los árabes son hijos de Sem, los judíos también.

Todo esto trae del brazo una revelación: no hay nadie antisemita, igual que no hay nadie racista, ni machista. Todo ha sido un mal sueño. El propio Adolf jamás fue antisemita. ¿Cómo acusarle de serlo cuando estableció estrecha amistad con el gran muftí de Jerusalén o incluso formó una división entera de las SS –máximo exponente de la pureza racial– a base únicamente de musulmanes? Digámoslo ya: en neolengua, Hitler no sólo no era antisemita, ni siquiera fue islamófobo.

Esta desoladora conclusión, irrefutable para los nuevos judeófobos y que viene a negar el carácter esencialmente antisemita incluso del régimen nazi, se inscribe en el dramático absurdo en el que acostumbran a moverse en círculos los que profesan el odio a los hebreos. Por un lado, la ultraderecha, atrapada entre el negacionismo de las cámaras de gas y el deseo irrefrenable de que hubieran existido. Nostalgia de lo que no fue, que se llama. Y que para colmo, sí fue, como es obvio para cualquiera que no sea un perfecto ignorante. Por otro lado, la izquierda de piscifactoría, que al cacarear cual mantra que «Israel hace a los palestinos lo mismo que los nazis hicieron a los judíos» están diciendo que en Cisjordania funcionan cámaras de gas capaces de liquidar a 450.000 palestinos en 50 días o que éstas tampoco existieron en la Polonia ocupada. Por otra parte, éste es precisamente uno de los supuestos que la FRA y la OSCE recogen como ejemplos de antisemitismo: «Realizar comparaciones entre la política israelí actual y la de los nazis».

Conclusión: no existe el antisemitismo y, en consecuencia, tampoco los antisemitas. Al fin y al cabo, es un odio que se profesa pero no osa decir su nombre, disfrazándose de antisionismo o cualquier otro eufemismo. Víctima de esta corriente invisible puede caer tanto una película israelí propalestina como el rapero Matisyahu, de nacionalidad estadounidense, pero tremendamente sospechoso por su condición de judío y, por lo tanto, sionista de facto, por más que haya actuado en Israel junto a músicos palestinos. En cuanto al flanco árabe del antisemitismo, tampoco ha lugar. Al fin y al cabo, ¿quién odia a los árabes cristianos? Nadie. Bueno, excepto el Daesh y los Reyes Católicos que, éstos sí, como una buena madrastra, detestaron a árabes y a judíos por igual. Fueron, por así decirlo, los últimos antisemitas.

Y éste es, en esencia, el cuento que nos quieren contar los neoantisemitas: que no son un peligro porque en realidad el antisemitismo no existe. Al contrario: es un invento de los judíos.

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Desconfía de los adjetivos
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Alberto Moyano | 29-03-2016 | 08:33| 2

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