Diario Vasco

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Vindicación de un imbécil: su seguro servidor
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Alberto Moyano | 21-08-2014 | 15:00| 5

Me encantaría –es un decir, claro– aceptar todos y cada uno de los disparatados presupuestos que se dan por hecho en este estrambótico texto, pero me resulta del todo imposible. Y no puedo  porque si asumiera que por ser hombre formo parte de la «cultura de la violación», tendría que hacer lo propio y por idénticas razones con la «cultura del asesinato» y con la «cultura de la pederastia».  A continuación, me vería obligado a hacer mías la «cultura de la supremacía racial» en mi condición de hombre blanco y la «cultura judeófoba», dado mi origen ario. También soy vasco, pero a ver cómo me las arreglo para aceptar que soy parte de la «cultura del comando Madrid». Demasiadas culturas para una sola persona, y en cualquier caso, demasiado multiculturalismo.

A las pegas enumeradas en el párrafo anterior le siguen otras aún más difíciles de soslayar. Por ejemplo, en atención al principio de reciprocidad, de haber algún inmigrante que viviera de las ayudas sociales sin querer un trabajo, me vería en el brete de exigir a todos los inmigrantes que reconocieran su militancia en la «cultura de la estafa»; ítem respecto a los gitanos y la «cultura del robo»; a los rumanos y la «cultura de la mendicidad»; o los  y las árabes y la «cultura del machismo». Y sigo: ¿forman parte los rusos de la «cultura de la violación» por el hecho de que el Ejército soviético forzara sexualmente a 1,4 millones de mujeres de todas las edades durante la II Guerra Mundial? ¿O sólo los rusos comunistas? ¿O sólo los comunistas, sea cual sea su nacionalidad? ¿Deben entender las mujeres de alguna etnia o nacionalidad que forman parte de la ‘cultura de la prostitución’ porque haya compatriotas que la ejerzan? ¿Deben asumir que si salen a la calle con ropa ajustada y/o tacones refuerzan esa ‘cultura’?

Ante las patrañas lanzadas por el autor en su artículo, una detrás de otra, digo «no» o, mejor, «ni hablar».  Formo parte de las culturas a las que me adhiero, en ningún caso de las que rechazo. Y para no hacerme trampas al solitario, diré que no he elegido mi condición de hombre, de blanco o de ario. Pero sí otras circunstancias. Por ejemplo: mi forma de vestir. Cada cual podrá pensar lo que quiera sobre las ‘pintas’ de cada cuál, también de las mías, pero que en ningún caso se me pida que haga mías sus conclusiones. Ni en sueños. Sería tanto como asumir el tristemente famoso ‘discurso de la minifalda’ y yo estoy por el derecho de autodeterminación, también el individual.

*Realmente, para escribir este post he tenido que sobreponerme a la enorme pereza que el texto original me suscita, a la enorme vergúenza que me da descender a semejante charca y, sobre todo, a la resistencia que me produce la sospecha de que todo es obra de un bromista frustrado, de un majadero narcisista o de las dos cosas a la vez. Si finalmente lo he escrito ha sido en atención a los cientos de tuiteros que lo han difundido solemnemente, bajo la fórmula: «Si eres tío, lees este post y no lo entiendes, eres un imbécil». Proclamo con orgullo que lo soy. Y añado: gracias al cielo. Por muchos años.

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La concertina suave
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Alberto Moyano | 14-08-2014 | 09:12| 1

Cada vez que un político invoca a la percepción ciudadana para avalar sus diagnósticos xenófobos incurre en un error de bulto. Al fin y al cabo, el sobeteado ‘ciudadano  de la calle’ percibe cada día con enorme nitidez cómo el sol gira alrededor de la Tierra, por más que la realidad sea justo la contraria.  Que Maroto no es racista lo demuestra la presteza con la que acudió a fotografiarse con el efímero Lamar Odom, probablemente el inmigrante de Vitoria que menos ha trabajado durante su estancia en territorio alavés. De confirmarse las acusaciones del alcalde vitoriano  contra los magrebíes por vivir de las ayudas públicas sin deseo alguno de trabajar, el dato tan sólo certificaría que en todos los colectivos se cuela un porcentaje de individuos con vocación emprendedora. En cuanto a los latinoamericanos, en boca de Maroto se convierten los amigos homosexuales que todo homófobo tiene, ni siquiera tan ejemplar comportamiento les libra de ocupar el peldaño más bajo en la escala laboral, bajo la denominación genérica de ‘machupichus’. Que no se preocupen estos últimos: solventado el ‘problema magrebí’, serán los próximos de la lista, bajo la acusación de disparar la inseguridad ciudadana con tantas ‘maras’.

Toda prestación social conlleva su correspondiente bolsa de fraude. Para que ésta sea lo más reducida posible, los políticos cuentan con una amplia batería de técnicos.  La otra opción sería suprimirlas una a una. Todo lo demás, no pasa de ser un intento de echar balones fuera y votos dentro. Mucho más sangrantes que las zapatillas de marca de cualquier inmigrante magrebí resultan los abultados vehículos que ocupan plaza en tantos y tantos pisos de protección oficial, esa modalidad de engordamiento artificial de  patrimonios privados mediante el recurso a los fondos públicos que, para colmo, sus beneficiarios atribuyen más a la fortuna en el sorteo que al esfuerzo conjunto de la sociedad. Del destino final de ayudas al I+D+i, desgravaciones fiscales e incentivos varios al emprendizaje, mejor ni hablamos. Al final va a resultar que cuando uno cree estar votando a un candidato a alcalde, en realidad está eligiendo una modalidad de concertina. Por lo demás, Maroto sabe perfectamente que el Santo Oficio hubiera derrotado a Galileo en cuantas contiendas electorales hubieran disputado.

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‘Selfie’ en Gaza
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Alberto Moyano | 23-07-2014 | 15:09| 7

Cuando se empieza poniendo el listón en lo más alto, el problema es que ya no es posible dar marcha atrás, sólo cabe seguir adelante y de proceder, internarse en el disparate. Llevamos tres semanas escuchando  y leyendo que los israelíes están haciendo a los palestinos lo mismo que los nazis hicieron con los judíos, pero a base de repetirlo la frase pierde fuerza. Es preciso subir el aumentar la dosis. «Dime cosas incorrectas / desde el punto de vista político», dijo el poeta y parafraseándole, estaba claro que habría de llegar el momento de rectificar: «Los judíos son peor que los nazis». Y el momento ha llegado, de la mano de una víctima de una adicta a la septorrinoplastia voluntaria porque hasta los más furibundos antisemitas se estaban haciendo lo remolones, los muy timoratos, y tardaban en soltar la bobada. «Gaza es peor que el Gueto (sic) de Varsovia», ha escrito Carmen Lomana, retuiteada de inmediato por docenas que, a estas horas, celebran la recóndita lucidez y el arrojo de la ¿tertuliana? o lo que sea. Transcurrirán unos días y de pronto alguien dirá, de una forma más o menos solapada, que los nazis, en realidad, no fueron tan malos. Lo cierto es que el destino de la mayor parte de los confinados en el gueto de Varsovia niños, mujeres y hombres, fue Treblinka, en donde la esperanza de vida para todos ellos era y fue de hora y media. Como en la franja, vamos. Lástima que ni uno de ellos tuviera la opción de vivir, así fuera en una ciudad bombardeadísima.

Porque aquí lo que sucede que denunciar injusticias todos los días puede terminar por aburrir. Así, es necesario que la ofensiva israelí sobre la franja palestina no quede sólo en eso, un enfrentamiento cruel y tremendamente desigual, hay que subir el diapasón, digámoslo cuanto antes, debe adquierir de inmediato la categoría de «genocidio» -tan cara a los judíos-, aunque las cifras de víctimas palidezcan en comparación con las de cualquier otro, pongamos la Kampuchea de Pol Pot, dos millones de personas -un tercio de la población- exterminada en cinco años.
Y lo más curioso es que a pesar de toda la hiel vertida, cuando vuelvan a repetirse incidentes similares, así hayan transcurrido dos, cuatro o diez años, los mismos de siempre no tirarán de coherencia para denunciar que se está perpetrando «un nuevo Gaza», sino que volverán a aferrarse a su obsesiva judeofobia para repetir las cansinas letanías plagadas de «esto es Auschwitz» y «peor que el gueto de Varsovia».

Ahora mismo, Gaza es el mayor ‘selfie’ del mundo al aire libre. Si hay que fotografiarse justo y humanitario, qué mejor que sobre un holocausto, un tanto impostado, vale, pero un poco a la manera del corredor sanferminero que se autoinmortalizaba a la carrera y con el toro detrás, esta vez su versión más comodónamente incruenta. Más de izquierdas, mayor valentía, mejor militante, más íntegro, cuanto más inequívoco sea el fondo y denunciando nada menos que un «genocidio» a ver quién no sale favorecido. Sí, «genocidio» está bien, pero por ahora, no hay que acomodarse. Si la operación se prolonga, habrá que buscar nuevas hipérboles. Voy adelantando trabajo: propongo «los nazis no eran tan malos» como siguiente paso y si la cosa se alarga, «en realidad, los judíos se lo tenían merecido».  Tiempo al tiempo.

*Nota: si nada de todo esto va contigo, simplemente no te des por aludido.

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Si continúas entre nosotros, manifiéstate con nitidez
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Alberto Moyano | 21-07-2014 | 08:33| 2

Dicen quienes han leído la transcripción de los interrogatorios a los que fue sometido Javier Rupérez durante el mes que permaneció secuestrado por ETA, que en un momento dado, el entonces dirigente de UCD contesta a la enésima pregunta con un ambiguo “¡es terrible!”. Y añaden que la exclamación parece ser más la expresión espontánea de un enorme hastío general que una respuesta concreta. Dentro de unos años, cuando todo esto haya acabado, las cámaras de La Sexta nos pararán por la calle para preguntarnos: “¿Recuerda usted dónde estaba el día en el que ETA anunció que había ‘culminado ya el desmantelamiento de sus estructuras logísticas y operativas derivadas de la práctica de la lucha armada?’ A lo que responderemos unánimemente de la única forma posible: “Perfectamente. ¿Me puede repetir la pregunta?” Desde que ETA anunció el cese definitivo de su actividad armada, vamos para tres años, cómo pasa el tiempo, ya hemos perdido incluso la esperanza de que nos proporcione una experiencia inolvidable, dado que adentrarse en la lectura de sus comunicados supone abrir una puerta a la aventura: es preciso coger aire cuando uno sabe cómo arrancará la frase pero nunca cómo, y sobre todo cuándo, acabará. De caer en Selectividad el análisis sintáctico de sus exuberantes reflexiones, las consecuencias serían devastadoras para generaciones enteras de estudiantes.

Hubo un tiempo en el que Euskadiko Ezkerra instó a la población en general y a la clase política en particular a actuar como si ETA no existiera, y la ocurrencia se saldó con un sonoro batacazo. Ahora nos encontramos en la situación inversa y hemos de simular que ETA aún existe, cuando es obvio que entró en coma sin redactar el testamento vital y cuando por fin se puso manos a la obra, había transcurrido un cierto tiempo desde el óbito y ya no se le entiende bien lo que dice. Leer a ETA empieza a parecerse a jugar con la ouija. Rara vez el muerto tiene la oportunidad de dictar sus últimas voluntades de cuerpo presente y viva voz, pero dado que en estos casos el tiempo apremia, debería volcar sus últimas energías en realizar un esfuerzo de síntesis, de forma que los menguantes huecos que aún consigue hacerse en los medios de comunicación tuvieran un contenido inteligible, so pena de acabar en las páginas de pasatiempos, junto al resto de las adivinanzas. Por lo demás, asombra que, entre “tener razón” y tener aliados, quienes habrían de comunicar al finado su fallecimiento y dar digna sepultura a su cadáver, continúen empecinados en optar siempre por la primera opción. Y al final, van a faltar voluntarios dispuestos a prestar sus hombros para portar el féretro.

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Otra vez, ciego en Gaza
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Alberto Moyano | 15-07-2014 | 08:48| 12

Ayer, exactamente a la misma hora en la que manifestantes españoles se concentraban frente a la embajada israelí en Madrid al grito de «no es una guerra, es un genocidio», el líder de Hamás, Ismael Haniye, proclamaba en televisión: «La respuesta política debe estar a la altura de la resistencia para recoger los frutos de esta GUERRA».

Y entonces, no queda más remedio que preguntarse a qué obedece esa irresistible y fascinante pulsión que algunos sienten a la hora de colgar la palabra «genocidio» a todo lo que suene a israelí. Y también cómo es posible que los palestinos, que sufren infinitas calamidades, puede ser el único caso en la historia en el que un pueblo es víctima de un «genocidio» y, a la vez, aumentar su población año tras año. Y ya puestos a preguntar, también cabe interrogarse cómo es posible que a estas horas de la mañana, Israel haya aceptado un alto el fuego condicionado únicamente al cese de cohetes contra su territorio, mientras que Hamás, víctima de «genocidio», lo rechaza categóricamente, un caso inédito en la Historia de los «genocidios». Y ya puestos,  habrá que preguntarse cómo es posible que se haya llegado a eviscerar de significado las palabras hasta este punto y en el nombre de qué nos hemos permitido hacerlo.  Convengamos que si realmente estamos ante un «genocidio», habrá que inventar una nueva palabra para dar nombre a otros acontecimientos registrados a lo largo de la Historia. ¿Por qué resulta tan complicado posicionarse en contra del bombardeo de Gaza sin recurrir a términos como «genocidio», «exterminio» y «nazismo», clamorosamente ausente en otros conflictos tanto o más sangrantes, en una espiral alocada que obligaría a calificar de “genocida” el atentado de Hipercor, por poner un ejemplo cercano?

Y hasta aquí la reflexión «humanitaria». Para los ‘expertos’ queda el análisis de las catastróficas consecuencias que para Israel ha tenido la desanexión de Gaza y las lúgubres lecciones que extraerá su gobierno de la que fue la primera devolución a los palestinos de territorios ocupados, un ensayo lamentablemente fallido del que nadie –y muy especialmente Hamás– quiere asumir su cuota de responsabilidad.

Mientras tanto, aquí continuaremos fingiendo que el antisemitismo, tan presente en Europa durante largos siglos, se evaporó un buen día, como si nunca hubiera existido, y en su lugar, floreció milagrosamente un angelical sentimiento humanitario denominado «antisionismo», y que ambos fenómenos no tienen absolutamente nada que ver entre sí..

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