Diario Vasco

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Películas para mayores con reparaciones
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Ricardo Aldarondo | 24-04-2012 | 15:51

Se da por hecho que Hollywood está obsesionado con llegar al público adolescente y que el cine se ha infantilizado. Se habla también de que hay que recuperar al público de más de 40 años que, se supone, están abandonando las salas. Pero como todas las generalidades, estas hacen aguas al menos por algunas partes.

En las últimas semanas el cine sobre la tercera edad o, menos crudamente, las vivencias de quienes están rondando los 60 y de ahí para arriba, no solo son protagonistas de una parte considerable de la cartelera, sino que han tenido notables resultados en taquilla. El exótico hotel Marigold, quizás ligera pero muy disfrutable reunión de jubilados, tratados con dignidad como personajes y con estupendas interpretaciones veteranas, lleva ya 400.000 espectadores en España, y después de cinco semanas, permanece en el 9º puesto del ranking. No solo habla de las goteras de la vejez, sino de actitudes ante la vida, vistas desde la última etapa, pero quizás también aplicables a otros momentos de eso que llamamos crecimiento y madurez.

Casi a la vez llegó Tres veces 20 años, que ha tenido una acogida bastante más tibia, y es menos resultona, pero también plantea sin tapujos las incertidumbres de ese momento en que se traspasa la puerta de la jubilación, y cómo ese cambio puede afectar a las relaciones de pareja, además de las personales. De nuevo dos actores veteranos y apreciados, William Hurt e Isabella Rossellini, se enfrentan al reto de enseñar las arrugas y, sobre todo, a plantear cuestiones espinosas al público. Lástima que lo haga con exceso de frivolidad.

También tiene una edad el protagonista de ese impresionante exitazo que está siendo Intocable, aunque su problema sea doble: la condición de parapléjico dificulta aún más que las ilusiones permanezcan vivas en la madurez, a pesar de que, como los protagonistas de los dos anteriores filmes, no tenga problemas de dinero. Las tres películas coinciden, además, en recurrir al humor, la ironía cómplice con el espectador, y esa actitud risueña que ayuda a aceptar y resignarse ante la inevitable decrepitud, buscando valores como la serenidad, la amistad o los nuevos afectos como medicina paliativa del rumbo senil. Incluso el cine español tiene su madurito ahora mismo en cartelera: José Sacristán en Madrid 1987 arrastrando experiencia, desencanto, cinismo y, también, estimulante interés en esa jovencita con la que se queda encerrado en un baño.

En cambio no hay espacio para la sonrisa, ni para el alivio con paños calientes, en las destrozadas vidas de Redención (Tyrannosaur), que no son tan mayores pero parecen estar al final del camino, sobre todo en lo emocional. Los personajes de los extraordinarios Peter Mullan y Olivia Colman están rodeados de desesperanza y desesperación, y aún así es atractivo, emocionante y conmovedor asistir al drama de sus vidas, a la posibilidad de que algo florezca aún.

Sin recurrir a alguna interesante trama secundaria de Kiseki, que tiene como protagonistas a niños, pero también hace balance de algunas vivencias de abuelos, este viernes llega Las nieves del Kilimanjaro, una de las mejores películas de Robert Guédiguian, que regresa a ese ambiente de Marsella, lucha obrera y solidaridad amistosa con sus tres actores fetiche, ahora para afrontar precisamente la madurez, y preguntarse qué hemos hecho bien, que hemos hecho mal y qué ha cambiado en nuestras convicciones, o cómo ven lo nuestro las nuevas generaciones.

Así que no es tan adolescente y evasivo el cine de hoy. En ciudades asediadas por el modelo de cines de centros comerciales, con pocas posibilidades de ver un cine verdaderamente diverso, quizás resulte más insólito todo esto. Pero lo cierto es que en San Sebastián, y especialmente focalizado en el cine Príncipe, existe todo un ‘senior power’  de espectadores 40+ que demandan este tipo de cine y suponen un considerable grupo, no de presión, pero sí de pasión cinéfila, que quieren historias humanas y reales, y que obligan a matizar esa percepción que se generalizó en la pasada década, de que el cine es para la chavalería.

 

 

 

 

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