Diario Vasco
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Foteropanico agazapado: el ‘cómo lo hizo’ de la exposición de Juan G. Andrés
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Ricardo Aldarondo | 15-01-2013 | 16:40

Ahora que ha terminado el festival Dock of the Bay es momento de visitar con más tranquilidad la exposición que ha programado, la de fotografías de conciertos relizadas por Juan G. Andrés, también conocido en la sociedad virtual como Foteropanico. La exposición estará hasta el 31 de enero en el Centro Cultural Egia (calle Baztan, 21) de San Sebastián.

Ya se ha escrito mucho e inmejorablemente sobre la exposición, aquí por El Jukebox y aquí por el propio artista, textos que reflejan cómo la inauguración fue, además de multitudinaria, una reivindicación laboral y emocional que se sumó a la pura cuestión artística y musical, en una velada que resultó especialmente significativa y contó con un miniconcierto de Lou Topet & the 31st Crew que puso el clima perfecto para ese momento de euforia y melancolía simultáneas.

Aquí solo quiero depositar el texto que Juan me encargó como introducción a la exposición (junto a otro en euskera de Asier Leoz, ambos están en la entrada de la sala) y un vídeo que he confeccionado con las fotos del artista y documentos exclusivísimos del ‘cazador cazado’. Durante estos años le he visto trabajar a pie de escenario, se ha cruzado en mis propios vídeos o no he podido evitar desplazar por un momento el objetivo del músico a su incansable figura de espectador y cazador de imágenes a un tiempo.

Si vas a ver el vídeo, recuerda que la calidad de las fotos tal como aquí se ven no es comparable a la brillantez y nitidez de las originales.

Y, por favor, pon pantalla completa, y el volumen a tope.

Un espectador con múltiples objetivos

Siempre me ha llamado la atención la nitidez de las fotos que Juan G. Andrés hace en los conciertos. Puede parecer una tontería, algo que la máquina consigue sola porque es muy buena. Pero hay algo en esos colores brillantes, en esos contornos perfectos que resumen a la perfección el éxtasis fugaz, ese escalofrío en la columna que a veces sentimos los espectadores ante un escenario. Las fotos de Juan tienen la misma fuerza cuando atrapa a Alex Kapranos suspendido en el aire que al acercarse íntimamente a la serenidad de Leonard Cohen. No, no es solo cuestión de técnica: Juan es tan buen fotógrafo como buen espectador. Y un poco fan: la primera vez que le vi se había colado (nos habíamos colado) en el camerino de Lou Reed, ahí es nada. Está escuchando y por eso entiende lo que ve. Capta con la mirada la intensidad de lo que está sonando, con toda definición, en todo su esplendor.

Siempre que la libertad de la sala se lo permite, se sitúa en primera fila, como un espectador con múltiples objetivos, aunque su equipo de lentes es bien reducido. También ha robado alguna foto desde la butaca de los más serios auditorios, acomodadores y azafatas sabrán perdonarle. Pero mereció la pena. Y nadie se enteró. Porque a un metro del músico o en la distancia del cazador furtivo, Juan siempre se sitúa en posición de discreción y respeto. De su apodo El Humilde Fotero del Pánico, la palabra más acertada de las tres es la primera; porque no es fotero sino fotógrafo y cuando enfoca a los músicos lo que ellos ven en su objetivo no es agresión, sino admiración.

Su cuerpo le pide moverse porque está viviendo intensamente cada nota del concierto.  Sin renunciar al ritmillo consigue mantener quietud y precisión en la mirada. Le gusta que haya luz blanca y colores bien combinados, no por hacer bonito, sino para poder captar todos los matices de lo que ahí está ocurriendo.

Le habrá visto cualquiera que haya asistido a algún concierto en San Sebastián y muy amplios alrededores en los últimos años: por el simple impulso periodístico (es un raro caso de periodista, crítico musical y fotógrafo de conciertos, y no se sabe cuál de las tres cosas hace mejor) y por el placer de la música, se mueve a casi todo tipo de conciertos, con criterio e inagotable curiosidad. Y así, casi sin querer, Juan G. Andrés, o El Humilde Fotero del Pánico o Foteropanico para las redes sociales, está haciendo un trabajo de documentación de la música en directo en Euskadi de los últimos años que, si bien revela de forma instantánea su valor artístico, es con el paso del tiempo cuando va adquiriendo un carácter de documento imprescindible, de lo local a lo internacional. Esto es solo una minúscula muestra. Pero ya hay que ir agradeciéndoselo.

Ricardo Aldarondo

 

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