Diario Vasco
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Siete alegrías de ‘La La Land’
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Ricardo Aldarondo | 17-01-2017 | 00:30

1. Plano general. Daba miedo un musical en manos de Damien Chazelle, Whiplash logró su efecto de seducción con un montaje de redoble y platillo, picado hasta lograr efectos deslumbrantes, acordes con todo el sustrato de prestidigitación que tenía la película. Temíamos un disparate a lo Chicago. Afortunadamente en La La Land sabe lo que maneja, y hace todo lo contrario: casi todos los números están montados en plano secuencia (real o no, que después de Birdman ya no se sabe) y con grandes movimientos de cámara, para dejar que las coreografías y los movimientos de los actores se vean y la sensación de volar sobre el escenario se transmita adecuadamente, a la vieja usanza.

2. Lección de jazz. En Whisplash, Damien Chazelle transmitía una idea de la música bastante equivocada e irritante, equiparando la calidad artística al más difícil todavía, haciendo de la velocidad el máximo objetivo con un sentido atlético, no musical, y sometiendo el aprendizaje al sufrimiento. Para ser un genio de la música hay que sangrar y competir, esa era la máxima. En cambio La La Land ofrece una lección de amor hacia al jazz, primaria y superficial si se quiere, a lo Reader’s Digest como se decía antes (aquellos resúmenes de libros para los que no les gustaba leer) pero eficaz y loable. La pasión por el jazz del protagonista Sebastian (Ryan Gosling) es atrayente y su explicación de las virtudes del jazz y de su lenguaje, son tan sencillas como eficaces. Aunque el personaje, y la película en sí, anuncian que ya no son tiempos gloriosos del género, y se da una visión vintage del jazz sin reparar en su contemporaneidad, quizás alguien que rechaza el género de plano se haga fan, como la propia Mia (Emma Stone). El gancho de los aspectos más cool del jazz lo emplean muy bien, desde el poster de la película en el estilo de los discos de Blue Note.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3. El arte del pastiche. Es un misterio por qué unas veces funciona y otras no, por que a unos les admitimos el plagio constante (Tarantino) y a otros queremos mandarlos a los tribunales. La clave debe estar en saber reciclar sin olvidarse de aportar elementos contemporáneos, y que el conjunto tenga una imagen coherente y distinta en su conjunto, como en esos trabajos de ‘patchwork’. La La Land contiene tantas referencias (forma fina de decir que toma descaradamente de aquí y de allí) que resulta imposible hacer acopio, desde el fastuoso número musical inicial, tan similar al de Las señoritas de Rochefort (Les demoiselles de Rochefort, Jacques Demy, 1967), que luego toma elementos coreográficos de West Side Story y tantas otras, hasta similitudes demasiado evidentes (la farola de Cantando bajo la lluvia y Ryan Gosling agarrado a ella cual Gene Kelly, pero sin subirse). Pero no fotocopia Chazelle del musical, el ambiente de las chicas que tratan de salir adelante en el mundo del espectáculo, y que comparten vivienda con Mia, es recurrente en el cine de los años 30 que retrataba a las aspirantes de Broadway, por ejemplo, en Damas del teatro. Sea como fuere, a diferencia de The Artist que era una imitación del cine mudo con escasa entidad en sí misma y unos elementos de contemporaneidad que resultaban más guiños sin gracia que otra cosa, La La Land encuentra una coherencia total para encajar en el presente aludiendo a la nostalgia, o simplemente a modos, músicas y estéticas clásicas que siguen teniendo pertinencia, y que no han desaparecido de las nuevas generaciones de cantantes.


4. Estructura típica…o no. Como estructura de guion, La La Land es de lo más simple y clásico: pareja en proceso de enamoramiento, discusión y reconciliación…o no, que en la variante está la gracia del tramo final. Con el esquema narrativo y las alusiones al clasicismo que maneja la película, la difícil disyuntiva de optar por un final feliz o no está magníficamente resuelta. No diremos más por no desvelar nada, pero ahí surge otra referencia extramusical, el planteamiento narrativo que ya puso en práctica Edgar Neville en La vida en un hilo (1945).

5. Humor en la música. Entre los muchos hallazgos de la película está la capacidad de provocar humor exclusivamente con la música, o dicho de otro modo, explicar las frustraciones como músico que sufre Sebastian sin recurrir a la palabra, solo con las melodías elegidas en un momento u otro. Y no solo en la actuación de la banda ochentera donde el humor ya se desparrama en varias direcciones, con una ligera mofa a algunos de los éxitos menos ilustres de los primeros años 80, como el I Ran de A Flock of Seagulls.

6. Las canciones, otro tipo de triunfo. Quizás la mayor baza para La La Land funcione está en las canciones, excelentes en su mayoría, y apoyadas en el jazz y el swing más paladeable y no en la tendencia a la canción apasionada y ‘sentida’ que cubre el espectro que va de Operación Triunfo y Once. La inicial Another Day of Sun es un temazo que sin acudir a melodías facilonas consigue envolverte en su sortilegio rítmico. Tiene el pelígro de que la mejor canción esté al comienzo de la película, pero Someone in the Crowd o la imprescindible balada City of Stars no le van a la zaga en calidad y seducción. Tienen entidad para convertirse ya en standards.

7. La química y física de Emma Stone y Ryan Gosling. Una de las cosas más genuinas de La La Land es la química inmediata y perdurable que se establece entre Emma Stone y Ryan Gosling. Es difícil que una pareja resulte tan absolutamente encantadora, ajustada, natural, que cumplan sin alardes con todos los cometidos del musical y sin imitaciones palpables (aparte de alguna inevitable alusión a Gene Kelly). Ya coincidieron en Crazy, Stupid, Love y Gangster Squad, pero ahora en La La Land son tal para cual.

Sea una operación de nostalgia o una revitalización más o menos real del musical, sorprende una vez más que un producto hecho de materiales que la mayoría del público no quiere ver o incluso muestra un abierto rechazo hacia ellos, se convierta en un enorme éxito de taquilla. Eso también es un arte. Mientras tanto ahi seguirán los musicales de siempre, en brazos exclusivos de los adictos al género. O quizá La La Land ayude a ver con más respeto y devoción, y mayor frecuencia, los clásicos.

 

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