Diario Vasco
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Cinco canciones de acercamiento a Brenda Holloway y el Mojo Workin’
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Ricardo Aldarondo | 13-03-2017 | 11:25| 0

Pocos festivales hay como el Mojo Workin’ que se labren su propio material como una pieza de orfebrería única; que rebusquen en lo que ningún otro festival ofrece, para rescatarlo de nuestro olvido. Nombres que emergen de antiguos y maravillosos carteles para recordar que están vivos y que van a cobrar nueva vida en una actuación exclusiva, con músicos muy alejados de su americana tierra, pero muy cercanos a esta que les acoge. El Mojo Workin’ esa inmersión en el soul clásico en un party non-stop (y este año de cuatro días) ya está aquí, desde el jueves.

Cuando vi los nombres programados para esta edición comenzó el procseo de rememoración Recordaba a Brenda Holloway como una voz menor (borren inmediatamente el epíteto), ahogada por tantas otras voces más legendarias, exitosas y determinantes para el devenir de la música en los años 60 desde la casa madre, Motown. Acudí para despejar brumas a uno de los ejemplares de esa biblia del libro-disco que es la colección The Complete Motown Singles, que recoge sin mentir en su título todas las caras A y B de ese infinito pilar del soul.

Ahí estaban, en el volumen 7 de la colección, correspondiente a 1967, un puñado de canciones fabulosas de Brenda Holloway, solapadas entre los megaéxitos de Diana Ross & The Supremes, Marvin Gaye, Smokey Robinson, Stevie Wonder y Four Tops. Y entre ellas sobresale esta maravilla titulada I’ve Got To Find It, y relegada en su día a la cara B del single You’ve Made Me Very Happy.

“Sabemos tres cosas de Brenda Holloway: sabe cantar, sabe tocar el violín y es una pedazo de compositora”, dicen los primorosos textos del disco-libraco. Sí, amigos, como diría el locutor de Pyscho Beat!: doña Brenda también es compositora, y lo demostraba en la cara A de ese single, You’ve Made Me So Very Happy. Y compartiendo firma con Berry Gordy, el capo de Motown, y con Frank Wilson, el compositor de I’ve Got To Find It, y tantas otras perlas de la Motown, que aportó ese ‘puente’ en medio de la canción que le da gracia especial. A Brenda le había dejado el hombre del que estaba enamorada, pero aguerrida y digna, decidió hacer una canción sobre los momentos felices, y no sobre la desgracia. La canción llegó al número 40 de las listas de éxitos, lo cual en aquel momento suponía sonar en muchas radios. Unos años más tarde Blood, Sweat & Tears incluyeron una estupenda, y más lenta, versión en su magnífico segundo álbum., Blood, Sweat & Tears.

En ese mismo 1967, en el mes de marzo, Brenda Holloway había publicado otro single excelente, y excitante, que podemos escuchar con su imagen esplendorosa y sensual. Categoría total. Y atención a la minientrevista final con detalle de sus zapatos. Esa Just Look What You’ve Done era otra composición de Frank Wilson, y llegó al numero 21 de las lista de rhythm & blues, cuando las listas eran sinónimo de canciones excelentes y éxito verdadero, claro.


Y en la cara B de ese single, otro bailable que pone alegría a la desgracia amorosa, Starting the Hurt All Over Again.

Y un poco antes, en diciembre de 1966, Brenda había grabado esta canción fabulosa, Till Johnny Comes, que increíblemente no llegó a publicarse en un single, como estaba previsto, ni pudo aflorar en un álbum que también quedó inédito, Hurtin’ and Cryin’. Esta pequeña joya no se pudo escuchar hasta 1999, cuando fue incluida en un ‘grandes éxitos’. Sin embargo Diana Ross & the Supremes sí que publicaron su propia versión en 1969. Aquí Brenda Holloway muestra en todo su esplendor la belleza de una voz tan suave y sensual como recia, siempre acertada en el punto justo de intensidad. Y con un delicadísimo vibrato en el momenot de mayor emoción. Una canción compuesta y producida nada menos que por Smokey Robinson para cerrar este pequeño acercamiento a Brenda Holloway, quien nació en un lugar de California llamado Atascadero. Tenía 18 años cuando fichó por la Motown, en 1966 y 22 cuando la dejó, y quedó apartada de la música como tantas otras grandes voces de los 60. A finales de los 80 reapareció, mientras el movimiento del Northern Soul rescataba y veneraba su legado. Desde entonces ha seguido cantando y actuando, en ocasiones especiales, como la de San Sebastián este sábado, gran colofón del Mojo Workin’.

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Cass McCombs, tejedor de estilos y tiempos
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Ricardo Aldarondo | 31-01-2017 | 20:31| 0

Empezó tranquilo, con la suave y algo irónica cadencia de Bum Bum Bum, como despreocupado de formalismos en esos primeros minutos de contacto con el escenario. El público se apiñaba ayer tarde en la recoleta sala Kutxa Kultur Kluba (San Sebastián) acogida por su excelente sonido. Se despreocuparon también pronto quienes tenían el recuerdo de un Cass McCombs más hosco en su anterior visita a San Sebastián, en Ulia, y con ese fantasma de hombre reservado y algo imprevisible que le rodea.  Pero todo fue plácido y bien conjuntado en la docena de canciones un poco descamisadas, como su cuello, que ofreció el californiano. Descamisadas no por imperfectas, sino por sueltas, volatineras, abiertas a aires distintos a los guardados en disco, fluyendo por distintos estilos que se iban construyendo con la inspiración del momento, y del cuarteto tan bien conjuntado en el que se presentó inmerso.

Ni siquiera se plegó a centrarse en su último y espléndido disco, Mangy Love: picoteó en cuatro o cinco temas, pero se dejó lamentablemente fuera maravillas como Laughter is the Best Medicine. Pero sí emergieron sus mejores tramos soul, caso de Opposite House. Prefirió tantear de un disco a otro, recuperar la encantadora Brighter!, elegir piezas más bien recitativas como la velvetiana Robin Egg Blue, y aportar amplios desarrollos de los que se iban desprendiendo los más diversos estilos sin salirse de la coherencia personal.

Además de comprobar el punch que como guitarrista tiene McCombs sin perder de vista el arpegio elaborado y juguetón, nos sorprendió las texturas que aportaba el teclista, armado con dos aparatos decididamente vintage, pero eternos: el piano Fender Rhodes de emocionante sonido, y el sintetizador analógico Juno de Roland con el que se zambullía definitivamente en evocaciones de jazz-rock en su vertiente más amable y cálida, aflautada, sinuosa.

En Run Sister Run se impuso la cumbia, nada menos, y el rescate de la preciosa County Love fue creciendo y derivando hacia el reggae-dub entre la complicidad total de los músicos (ese emotivo punteo de bajo), mientras Cass alcanzaba la máxima expresividad con su voz sentida, como ya había hecho en otras de sus canciones más hermosas Dreams Come True Girl y Morning Star. Lírico, pero con mucho cuerpo instrumental.

En ese saber estar en todos los estilos al mismo tiempo, sin descentrarse ni perder su propio nombre, Cass McCombs me recuerda al mejor Iron & Wine, el que supo crecer de la americana más terrosa a la sofisticación mejor entendida. También los emparejo un poco en la voz. Uno y otro están entre lo más sugerente, por atemporales y abiertos a todas las posibilidades, de los cantautores americanos de hoy.

 

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No todo es bailar y cantar: siete musicales tristes
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Ricardo Aldarondo | 23-01-2017 | 01:56| 2

Curiosamente, mucha gente sale de La La Land (La ciudad de las estrellas) manifestando unas irrefrenables ganas de cantar y bailar o asegura haber recuperado la confianza en el musical como antídoto contra el decaimiento, una viagra para el espíritu. No todo es comedia, ni mucho menos, en La la land, pero algo hace que los aspectos más amargos, que no son pocos, queden superados por la alegría que se asocia al acto de cantar y bailar. Sin embargo no todo musical es alegre, y hay unos cuantos ilustres ejemplos en la historia del género que más bien se hunden en el drama, proclaman el desánimo o reconocen el dolor de los sueños diluidos. He aquí siete de ellos.

Ha nacido una estrella (A Star Is Born, George Cukor, 1954).

En el triunfal título se esconde un revés amargo. En este magnífico musical de George Cukor, que también se puede considerar un melodrama con números musicales, la estrella interpretada por Judy Garland se eleva mientras su mentor y luego marido interpretado por James Mason se hunde en el alcohol y la depresión. Este número divertido y terrible al mismo tiempo resume las dos caras de un filme desgarrado y conmovedor, especialmente en su desenlace.

Siempre hace buen tiempo (It’s Always Fair Weather, Stanley Donen, Gene Kelly, 1955)

Otro título con retranca: viene bien ese espíritu positivo, porque el reencuentro de tres amigos después de haber participado en la Segunda Guerra Mundial no es todo lo gratificante que esperaban. Prometieron juntarse diez años después, y lo hacen, para repasar que ha sido de ellos y darse cuenta de: a) que lo de conseguir los sueños no es tan fácil como esperaban y sus vidas son más grises que doradas. Y b) que ya tienen bastante poco en común, y la férrea amistad de juventud se diluye con el tiempo. No tuvo éxito Siempre hace buen tiempo, probablemente por esa amargura que subyace en todo el filme. Pero se debe tener esta película entre los grandes musicales de Stanley Donen, y de Gene Kelly. Este número es muy alegre para nuestra tesis, pero cómo no seleccionarlo, si es un prodigio de sencillez, habilidad e inventiva.

Vampiresas 1933 (Gold Diggers 1933, Mervyn Le Roy, 1933).

En principio es la historia de un hombre que se enamora de una corista y se enfrenta a los deseos de sus padres de clase alta. Pero todo se ambienta en la época de la Gran Depresión americana, que aún coleaba cuando se hizo este musical que constituye uno de los primeros trabajos, y de los más importantes, de Busby Berkeley como coreógrafo. Y como autor real de los hitos que contiene el filme, sobre todo el número musical Remember My Forgotten Man, una reivindicación de los hombres que combatieron en la Primera Guerra Mundial, y a su regreso trataron de acomodarse a la vida cotidiana y acabaron golpeados de nuevo por la Gran Depresión. Ese ‘recuerda a a mi hombre olvidado’ se resuelve con una coreografía fabulosa, ya característica de los juegos caleidoscópicos de Busby Berkeley, con una canción maravillosa compuesta por Al Dubin y Harry Warren que también participaron con Berkeley en la serie de musicales de Warner que comenzó ese mismo año con La calle 42 (42nd Street, Lloyd Bacon, 1933) y con emocionante tristeza de principio a fin, incluyendo el épico final. Y precisamente Ryan Gosling lleva un par de años tratando de sacar adelante un proyecto de biopic de Busby Berkeley…

West Side Story (Robert Wise, 1961)

Como relectura de Romeo y Julieta, no hay más remedio que tomar West Side Story como una tragedia, a pesar de la euforia de algunos de sus números famosos, como América o Mambo!. Pero la violencia que se desata entre los Jets y los Sharks no es precisamente esperanzadora. Euforia, romance y tragedia magníficamente representados en las coreografías de Jerome Robbins y la dirección de Robert Wise, en temas como el inicio o Cool. Pero el momento cumbre en lo emocional es la imperecedera Somewhere (de la que Tom Waits hizo también una sobrecogedora versión orquestal).

Sweeny Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet (Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street, Tim Burton, 2007)

Si las navajas desatan la tragedia en West Side Story, hacen correr la sangre a raudales en este musical creado por Stephen Sondheim y llevado al cine por Tim Burton, aportando su propia estética del fantástico, a partir de la historia del barbero encarcelado injustamente y deseoso de venganza. Como en otros muchas obras de Sondheim, las melodías son intrincadas y complejas, poco que ver con la tradición del musical americano de estribillos entusiastas y con gancho. Una canción tierna y hermosa, y también terrible, dado el desenlace de ese chico que quiere proteger a su figura maternal.

Bailar en la oscuridad (Dancer in the Dark, Lars Von Trier, 2000)

Inmigrante, madre soltera, trabajadora de una fábrica, a punto de quedarse ciega y con el peligro de que a su hijo le pase lo mismo. No es argumento para un musical optimista, no. Queda el gancho de que la protagonista, Selma (una Bjork convertida en actriz muy solvente y emocionante y en autora de las magníficas canciones) es soñadora y puede aferrarse a su gusto por los musicales de Hollywood. Lars Von Trier también se basó en la tradición del musical americano para hacer en Europa algo muy singular dentro del género. Esta canción, I’ve Seen It All, es maravillosa y conmovedora como buena parte del filme.

Cabaret (Bob Fosse, 1972)

El interior del cabaret, con los exultantes números musicales que se desarrollan en su pequeño escenario, es el espacio donde puede celebrarse la vida, aunque sea en su vertiente más decadente, y deberían cumplirse los sueños mientras toda la realidad que lo rodea indica lo contrario: un entorno cada vez más sórdido, en el que Sally intenta salir adelante a veces de maneras poco adecuadas, cree encontrar el amor en un estudiante de indecisa sexualidad, y tiene que tomar decisiones difíciles. Y todo en el Berlín de 1931, con el ascenso del nazismo extendiendo su perversa sombra. Fue un enorme éxito, reforzando la idea de que un musical no tenía por qué ser un dechado de felicidad y positivismo.

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Siete alegrías de ‘La La Land’
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Ricardo Aldarondo | 17-01-2017 | 00:30| 0

1. Plano general. Daba miedo un musical en manos de Damien Chazelle, Whiplash logró su efecto de seducción con un montaje de redoble y platillo, picado hasta lograr efectos deslumbrantes, acordes con todo el sustrato de prestidigitación que tenía la película. Temíamos un disparate a lo Chicago. Afortunadamente en La La Land sabe lo que maneja, y hace todo lo contrario: casi todos los números están montados en plano secuencia (real o no, que después de Birdman ya no se sabe) y con grandes movimientos de cámara, para dejar que las coreografías y los movimientos de los actores se vean y la sensación de volar sobre el escenario se transmita adecuadamente, a la vieja usanza.

2. Lección de jazz. En Whisplash, Damien Chazelle transmitía una idea de la música bastante equivocada e irritante, equiparando la calidad artística al más difícil todavía, haciendo de la velocidad el máximo objetivo con un sentido atlético, no musical, y sometiendo el aprendizaje al sufrimiento. Para ser un genio de la música hay que sangrar y competir, esa era la máxima. En cambio La La Land ofrece una lección de amor hacia al jazz, primaria y superficial si se quiere, a lo Reader’s Digest como se decía antes (aquellos resúmenes de libros para los que no les gustaba leer) pero eficaz y loable. La pasión por el jazz del protagonista Sebastian (Ryan Gosling) es atrayente y su explicación de las virtudes del jazz y de su lenguaje, son tan sencillas como eficaces. Aunque el personaje, y la película en sí, anuncian que ya no son tiempos gloriosos del género, y se da una visión vintage del jazz sin reparar en su contemporaneidad, quizás alguien que rechaza el género de plano se haga fan, como la propia Mia (Emma Stone). El gancho de los aspectos más cool del jazz lo emplean muy bien, desde el poster de la película en el estilo de los discos de Blue Note.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3. El arte del pastiche. Es un misterio por qué unas veces funciona y otras no, por que a unos les admitimos el plagio constante (Tarantino) y a otros queremos mandarlos a los tribunales. La clave debe estar en saber reciclar sin olvidarse de aportar elementos contemporáneos, y que el conjunto tenga una imagen coherente y distinta en su conjunto, como en esos trabajos de ‘patchwork’. La La Land contiene tantas referencias (forma fina de decir que toma descaradamente de aquí y de allí) que resulta imposible hacer acopio, desde el fastuoso número musical inicial, tan similar al de Las señoritas de Rochefort (Les demoiselles de Rochefort, Jacques Demy, 1967), que luego toma elementos coreográficos de West Side Story y tantas otras, hasta similitudes demasiado evidentes (la farola de Cantando bajo la lluvia y Ryan Gosling agarrado a ella cual Gene Kelly, pero sin subirse). Pero no fotocopia Chazelle del musical, el ambiente de las chicas que tratan de salir adelante en el mundo del espectáculo, y que comparten vivienda con Mia, es recurrente en el cine de los años 30 que retrataba a las aspirantes de Broadway, por ejemplo, en Damas del teatro. Sea como fuere, a diferencia de The Artist que era una imitación del cine mudo con escasa entidad en sí misma y unos elementos de contemporaneidad que resultaban más guiños sin gracia que otra cosa, La La Land encuentra una coherencia total para encajar en el presente aludiendo a la nostalgia, o simplemente a modos, músicas y estéticas clásicas que siguen teniendo pertinencia, y que no han desaparecido de las nuevas generaciones de cantantes.


4. Estructura típica…o no. Como estructura de guion, La La Land es de lo más simple y clásico: pareja en proceso de enamoramiento, discusión y reconciliación…o no, que en la variante está la gracia del tramo final. Con el esquema narrativo y las alusiones al clasicismo que maneja la película, la difícil disyuntiva de optar por un final feliz o no está magníficamente resuelta. No diremos más por no desvelar nada, pero ahí surge otra referencia extramusical, el planteamiento narrativo que ya puso en práctica Edgar Neville en La vida en un hilo (1945).

5. Humor en la música. Entre los muchos hallazgos de la película está la capacidad de provocar humor exclusivamente con la música, o dicho de otro modo, explicar las frustraciones como músico que sufre Sebastian sin recurrir a la palabra, solo con las melodías elegidas en un momento u otro. Y no solo en la actuación de la banda ochentera donde el humor ya se desparrama en varias direcciones, con una ligera mofa a algunos de los éxitos menos ilustres de los primeros años 80, como el I Ran de A Flock of Seagulls.

6. Las canciones, otro tipo de triunfo. Quizás la mayor baza para La La Land funcione está en las canciones, excelentes en su mayoría, y apoyadas en el jazz y el swing más paladeable y no en la tendencia a la canción apasionada y ‘sentida’ que cubre el espectro que va de Operación Triunfo y Once. La inicial Another Day of Sun es un temazo que sin acudir a melodías facilonas consigue envolverte en su sortilegio rítmico. Tiene el pelígro de que la mejor canción esté al comienzo de la película, pero Someone in the Crowd o la imprescindible balada City of Stars no le van a la zaga en calidad y seducción. Tienen entidad para convertirse ya en standards.

7. La química y física de Emma Stone y Ryan Gosling. Una de las cosas más genuinas de La La Land es la química inmediata y perdurable que se establece entre Emma Stone y Ryan Gosling. Es difícil que una pareja resulte tan absolutamente encantadora, ajustada, natural, que cumplan sin alardes con todos los cometidos del musical y sin imitaciones palpables (aparte de alguna inevitable alusión a Gene Kelly). Ya coincidieron en Crazy, Stupid, Love y Gangster Squad, pero ahora en La La Land son tal para cual.

Sea una operación de nostalgia o una revitalización más o menos real del musical, sorprende una vez más que un producto hecho de materiales que la mayoría del público no quiere ver o incluso muestra un abierto rechazo hacia ellos, se convierta en un enorme éxito de taquilla. Eso también es un arte. Mientras tanto ahi seguirán los musicales de siempre, en brazos exclusivos de los adictos al género. O quizá La La Land ayude a ver con más respeto y devoción, y mayor frecuencia, los clásicos.

 

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Desde Cannes (7): Desacierto de pleno
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Ricardo Aldarondo | 23-05-2016 | 09:36| 0

El palmarés en Cannes suele ser bastante acertado. Los jurados cambian cada año, claro, y como en todos los festivales hay que recordar que los premios son la voz de quienes los otorgan, no del propio festival. A veces, la Palma no es la más adecuada, a tenor del sentir general, pero se compensa con otros premios bien atinados. No tenemos tanta memoria, ni hay tiempo de repasar toda la historia del festival, pero un desacierto tan total como el del jurado presidido por George Miller parece algo inédito.
En un año con muchas películas notables, que presentaba dificultades para elegir la excelencia en todas las categorías, este jurado optó por premiar lo anodino, lo desorientado y hasta lo abucheado. Para destacar lo memorable y perdurable de esta edición hay que citar justamente las películas que se han quedado sin premio. Era, sobre todo, la ocasión de darle la Palma de Oro a Jim Jarmusch, su redonda Paterson lo merecía. Pero se ha preferido otorgar de nuevo el premio máximo a Ken Loach (que ya lo obtuvo con El viento que agita la cebada) por I, Daniel Blake, otra de sus buenas intenciones convertida en película, una defensa del trabajador muy plausible pero presentada con pocos matices, un mundo de buenos y malos. Como denuncia social de los manejos de los grandes poderes era mucho más original, impactante y brillante la brasileña Aquarius, que tenía dentro a una Sonia Braga muy merecedora del premio a la mejor actriz. Sin embargo se lo llevó la filipina Jaclyn Jose por Ma’ Rosa, una de las películas más anodinas de su director Brillante Mendoza.


Curiosamente han sido premiados en esta edición varios cineastas que han presentado sus películas más flojas de una carrera otrora brillante: el gran Olivier Assayas anda un poco desorientado en su Personal Shopper y tampoco es normal hacerle compartir premio con el más acertado esta vez Cristian Mungiu por Bacalaureat. El ‘niño bonito’ de Cannes, Xavier Dolan, que esta vez decepcionó incluso a sus fans con Juste le fin du monde, era el menos indicado para obtener el Gran Premio del Jurado. Y Asghar Farhadi, que tiene muy buenas películas en su haber como Nader y Simin, una separación, ha hecho con Forushande su obra menos destacada, correcta sin más. Pero se llevó dos premios.
Ni uno solo de los apartados del palmarés quedó acertado, al menos entre los largometrajes a concurso. La mayor alegría con mucho fue el premio al mejor cortometraje para el director español ‘Timecode’, de Juanjo Giménez, sobre dos guardas de seguridad de un parking. El premio de la Semana de la Crítica lo ganó otro español, Oliver Laxe, con Mimosas. Así que mientras en la sección oficial competía Almodóvar, otro de los directores importantes que se han quedado sin nada, el cine español ha triunfado en los márgenes de Cannes. Eso sí que es un acierto.

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