***(9) Noticias tristes desde la ciudad.-
Ayer el día comenzó con una llamada telefónica envuelta en lágrimas por el súbito fallecimiento de una extraordinaria mujer que ha dejado sumida en el estupor y la tristeza a toda su familia y personas que le tenían cariño. De repente me desaparecieron las ganas de ir a dar mi paseo matutino por la playa y cambié el rumbo hacia el barullo del mercadillo popular.
Allí entre chollos de a 3€, olor a fritanga, extranjeros en chanclas y mujeres musulmanas bien protegidas del sol dejé de pensar en la muerte como una fatalidad anunciada y la incorporé a la agenda que todos llevamos en la trastienda del corazón aunque nunca revisemos esa “cita programada”.
Es difícil hablar de la ausencia, es difícil sentir el mismo dolor que estarán padeciendo ahora mismo los que se han quedado aquí, en esta tierra, para despedirla con amor y empezar a recordarla con una gran pena. No me importa hablar de la muerte, de la mía cuando llegue, puesto que poco miedo me da ese tránsito. Sin embargo, a mis hijas les espeluzna que les recuerde que cada día que pasa no es un día más sino un día menos en ese “saldo a mi favor” que no sabemos si está escrito en alguna parte o es una especie de lotería que te puede tocar en cualquier sorteo puesto que, a fin de cuentas, la participación ya la llevamos encima desde el momento mismo en que nacemos.
Como me había ido de casa sin desayunar, con el estómago cerrado, me comí un fastuoso bocadillo de pan con tomate y jamón ibérico a la salud de M. –qué incongruencia- y brindé con el cortadito mirando hacia arriba como si fuera una copa de cava. Me miraron con cara un poco rara los clientes del bar, pero a mí qué más me dan esas miradas que ni saben, ni entienden ni acompañan.
A media mañana se levantó un furioso vendaval y cuando regresé al apartamento comprobé que el tenderete con la colada se había ido a tomar viento –por hacer un chiste malo-, rompiéndose las varillas y desparramándose las sábanas como velas arriadas por un mal marinero. Ni siquiera en el jardín los árboles frondosos consiguieron apaciguar al viento que, ya lo conozco de otros años, sopla desde las montañas –no sé si es el mistral o el seré- altera los nervios y el sueño.
Había pensado acercarme a la orilla del mar por la tarde pero no me gusta que se me alborote la melena ni las neuronas así que decidí quedarme en casita, con la historia de Pierre Lemaitre haciéndome compañía. Hay días en los que no se necesita mucho más para ahuyentar la tristeza y poder sentir que somos felices los felices…malgré tout.
LaAlquimista
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