Ya llevo dos semanas enteras y verdaderas en “mi otro mar”, justo la mitad del tiempo de alquiler que me ha sido concedido este año. He disfrutado de mi hija y la perrita, me he bañado en el mar diez veces, -algunas menos en la piscina,- he pasado un catarrazo de mil pares, he pintado cuatro cuadros a mi manera y algunos de ellos a falta de retoques profesionales cuando vuelva a Donostia y he andado una media de ocho kilómetros al día.
Pero tanto va el cántaro a la fuente que…los dos pisos que tengo que afrontar varias veces al día me están pasando factura en el menisco roto desde hace años, así que tengo que bajar el pistón como sea y para eso tengo el coche, el bastón de monte y un poco de sentido común todavía: ya puedo dar gracias.
Recién ha llegado mi buena amiga R. desde Lleida y ya hemos hecho las dos primeras sesiones de “puesta al día” después del invierno. Por la mañana con paseo playero y chiringuito mirando al mar y, cuando el sol calienta menos, una sesión de “tardeo” en una terracita cuqui que tan de moda está y tan agradecido es volver a casa justo a la hora en que apetece ya tumbarse en el sofá sin nada más que hacer que tomar un caprichito dulce o salado antes de dormir.
Me siento feliz haciendo nuevas amigas, R. fue mi primera vecina acogedora en el apartamento anterior ya que es importantísimo saberse cuidada de alguna manera gracias a la proximidad de la buena gente. En “mi otro mar” he ido sembrando poquito a poco durante estos años y de esa manera no me siento sola aunque sola esté físicamente la mayoría de mi tiempo mediterráneo. 
He desarrollado una capacidad de sociabilidad que fluye sin mayores contratiempos con la mayoría de las personas. Basta –y eso todos lo sabemos- con ir con la sonrisa por delante, el tono de voz en su punto de cortesía y amabilidad y saber pedir sin invadir. Tengo varios trucos –el de pedir que me hagan una foto cuando camino por la playa es el mejor y el segundo mejor es el de acercarme a un perro y que se ponga como loco a menear la cola; entonces ya me he ganado a su dueña o dueño. Y de esa manera puedo interactuar con la gente si siento que me pesa demasiado la capa de la soledad y necesito deshacerme de ella.
Es la única forma –la única forma que me ha ido bien- de transitar tranquilamente por la vida sin pareja, ese comodín que tanto se usa para todo: para tener con quién ir de vacaciones o que te arreglen los cables cruzados, para no ir sola al cine o al restaurante o para que llamen por ti al 112 si te da un jamacuco.
Yo vivo con la gente y entre la gente aunque no todos sean íntimos ni amigos del alma, pero aprendo lo que no está escrito en ningún tratado filosófico y puedo seguir preservando esa parte de mi esencia individual que, para qué engañarnos, es preciso cuidar como oro en paño. La familia bien, gracias.
LaAlquimista
Te invito a visitar mi página en Facebook.
https://www.facebook.com/apartirdelos50/
Por si alguien desea contactar:
apartirdeloscincuenta@gmail.com