El finde es un castigo.- (21) No me gustan especialmente los fines de semana porque hace años que abandoné el mercado laboral y, obviamente, todos mis días son víspera de fiesta. En esta tesitura, el sábado es el día ideal para alejarme del centro de la ciudad y de los compradores compulsivos que llegan en manada desde cualquier lado, y el domingo tengo que escapar a algún parque cercano y alejado de la playa. Por la tarde –la del domingo- no existo para el mundo, me encierro en mi búnker físico y mental y disfruto del paso de las horas con mi peculiar dolce far niente.
Pero en “mi otro mar” la cosa cambia…a peor. De repente llegan miles a la playa y todos a la vez; los afortunados que tienen una segunda residencia a menos de doscientos kilómetros de su campamento base y huyen del asfalto –Barcelona, Lleida, Zaragoza, cualquier lugar del interior- porque quieren playa, necesitan mar, aunque sea solo por dos noches, un finde rapidito con caravanas de coches para llegar y angustias conductoras para volver. Lo hacen cada viernes por la tarde y no fallan.
Yo tampoco fallo. Les voy sorteando por mis “carreteras secundarias”, y como cada vez somos más los que vamos a la playa a las ocho de la mañana o a las ocho de la tarde pues se hace dogma eso de que el orden de los factores no altera el valor del producto, ergo del disfrute. Qué predecibles somos, qué vulgares, qué vida alienada llevamos aunque nos creamos los reyes del mambo libertario…
(22) “Primero el papa y ahora el fútbol”.- No voy a añadir NADA a los miles de comentarios, reels, podcasts, artículos de opinión y tertulias de tres al cuarto. Pero por coherencia, como soy atea y aborrezco las competiciones arregladas de antemano, voy a hablar de “mi libro”.
Que no es que haya escrito uno –Calíope y todas sus amigas me libren de tamaño desatino al alcance de cualquier mindundi que sepa manejar la IA o tenga perras para pagarse un “negro literario”, magnífico artículo de Rosa Montero (ver mi post del domingo)- sino que cada día que pasa tengo más arraigada la magnífica costumbre de leerlos, a pesar de que haya gente un poco “cortita” que aboga por usarlos tan solo para adornar con brutal pedantería sus estanterías.
Qué inmenso placer poder dedicar horas y horas a la tranquila lectura lejos de musiquitas, algarabía humana y ascensores que suben y bajan y puertas que se abren y se cierran. El jardín que habito ahora tiene dos partes: la social y la umbría, donde nadie se aposenta porque está lejos de la piscina y no da el sol. Esa es la mía. Llego casi subrepticiamente con mis aperos de lectura –silla, libro, gafas, botellín de agua- y me pongo los pinganillos: es el truco infalible para tener alejados a los depredadores de jardín comunitario.
A eso de las cinco de la tarde empieza a haber movimiento; recogen sillas y tumbonas, neveras y flotadores, niños y niñas. (Los perros están prohibidos) Durante un par de horas la gente va cargando bultos en sus coches mientras yo cuento los minutos que faltan para el ocaso. No falla.
Ya se han ido todos: el atardecer rojo solo para mí… 
Felices los felices.
LaAlquimista
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