Ya estamos inaugurando el verano con las “olas oficiales de calor”, algo así como si fuera una efeméride que se repite cada solsticio, acostumbrados a ello sin pestañear y negando la mayor del cambio climático o como dijo el otro día un tipo con un micrófono delante: “cuando hace calor, hace calor”.
Estas manifestaciones poco cerebrales repetidas hasta la saciedad en telediarios y redes sociales hacen –desgraciadamente- que muchas personas se crean que esto de pasar el día a 40º es un reto. El año pasado fueron 3.825 personas las que fallecieron en España por el calor extremo. El dato mata al relato y punto pelota.
Es por eso que se me encienden todas las alarmas cuando veo a gente de mi edad, es decir, gente MAYOR, que siguen afrontando su rutina a pesar de las altas temperaturas, en vez de quedarse en casa, con un ventilador entre las orejas, bebiendo infusiones calentitas o agua fresquita.
Luego pasa lo que pasa, obviamente.
He atravesado el lunes quinientos quilómetros de la península de mar a mar –o de este a norte- medio precintada en mi vehículo, con el aire acondicionado a 23º mientras afuera marcaba casi veinte grados más. Como la parada técnica es obligada, la he hecho en cuanto el sistema del auto ha empezado a enviarme mensajes en rojo: “Conducción de riesgo, realice un descanso”, así que me he sumergido en la primera área de servicio que me ha salido al paso.
Aparcamiento abarrotado a pleno sol. Mesas de piedra con bancos bajo unos raquíticos árboles y una gran terraza entoldada. He salido del habitáculo del coche disparada hacia el local refrigerado para cumplir con el mandato del fabricante; ya se sabe, estirar las piernas, ir al baño y consumir un café malo y caro.
La cafetería/comedor estaba abarrotada y la gente ocupaba los espacios exteriores a esa temperatura a la que se cuecen los huevos – para hacerlos rellenos, no se me malinterprete-
No lo entiendo. No he sacado fotos de las familias con niños que casi no podían respirar, los adolescentes del autocar que iba o venía del viaje de fin de curso, los jubilados del otro autocar que se abanicaban bajo la chicharrera. Y digo yo, ¿de verdad es prudente hacer como si no pasara nada?
Llego a mi ciudad y la encuentro a punto de derretirse, pero con las playas llenas de un enjambre humano que está convencido que donde mejor se está con los rayos del sol cayendo como espadas láser es a remojo, en vez de a cubierto.
He aparcado al sol, a ver qué remedio, y al empezar a descargar el coche –al segundo viaje- he notado cómo mi temperatura interna se disparaba hacia el sofoco, seguido del sudor exagerado y, antes de que llegara la lipotimia, he dejado la mitad del equipaje en el maletero y corrido a tumbarme en mi sofá con un té caliente y muy azucarado y el ventilador en su punto más frío. 
Quiero sobrevivir a todas las olas de calor, apelo a mi propia prudencia y animo a las personas que ya tienen “una edad” a no sobrevalorar su resistencia. No somos invulnerables. Cada año que pasa vamos perdiendo capacidades físicas, se pongan como se pongan los que venden taichí, pilates y sesiones de gimnasio para “seniors”.
Pocas cosas son tan humanas como reconocer las propias limitaciones y tener poca prisa por llegar el primero a la “meta”.
Felices los felices.
Unos buenos consejos. Caliente caliente – Cruz Roja
LaAlquimista
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