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Cecilia Casado

A partir de los 50

El verano, a cubierto

Donostia-San Sebastián. Mi ciudad de veraneo

De los tres meses que dura todavía un verano porque camino van de durar cuatro o cinco, he procurado y conseguido casi siempre, no moverme de mi ciudad; incluso cuando fichaba a las ocho de la mañana dejaba que los compañeros hicieran sus maletas en las fechas más jugosas y yo me quedaba haciendo guardia en la garita para recoger el testigo a su vuelta.

De esta manera es ya una costumbre que se ha quedado enganchada al ADN donostiarra la de fardar que veraneo en la ciudad más bonita de España, o casi.

Tres meses enteros y verdaderos sin pagar hoteles abarrotados ni alquileres insensatos; tres meses sin pisar un chiringuito ni beber una sangría “con todo”, ni mucho menos hollar con mis pies la arena de ninguna playa luchando por encontrar un metro cuadrado donde estirar la toalla. Ni mar ni piscina, ni montaña ni casa rural. Cero aviones, cero gasolina de 95 octanos. Esa es la intención que, a veces y solo a veces, reconsidero alegremente si el corazón me empuja a algún otro lugar.

Noventa días para ver cómo se estresan los demás con su ajetreo familiar, de pareja o con las amigas. Es el tiempo de observar la trashumancia humana desde el redil oficial hacia ninguna parte que tenga mejores pastos. Ya se sabe: como en casa, en ningún sitio.

Este verano no vendrá mi familia de allende los mares a comer pintxos, ni creo que yo vaya a otro lugar donde haga más calor que aquí. En casita, a no gastar un duro más de lo necesario y, de paso, guardar para cuando me apetezca transitar alguna carretera secundaria.

Charlaba ayer con mi amiga A., joven y psicóloga por más señas, sobre el “agobio” que supone que lleguen las fechas vacacionales y las opciones converjan: “Suplemento habitación uso individual”. Reconozco –y recuerdo- los tiempos en los que, una vez levantado el vuelo de los pichones del nido, me quedaba mirando por la ventana al horizonte, con la mirada perdida en el laberinto interno y el calendario solitario que conformaba la realidad vacacional en aquel tiempo. Sin familia, ni pareja, ni con perro que me ladrase porque las amigas todas se iban con sus familias, sus parejas y sus animales de compañía.

Aprendí a viajar sola, a reservar espacios para UNA PERSONA, a patear la vida y los caminos sin importarme que no hubiera nadie a mi izquierda –que es el oído bueno-. Aprendí también a rastrear en el gps individual las “carreteras secundarias” que podían estar –y estaban- a disposición de una mujer sola de más de cincuenta años. Encontré unas cuantas, las suficientes como para no deprimirme creyendo que “me faltaba algo” y empecé a valorar todo aquello que en ese momento se me ofrecía: libertad por encima de todo e independencia. Casi nada.

Aquel aprendizaje y aquel esfuerzo transformaron a la mujer que fui en la que soy ahora: mucho más segura de mí misma y menos quejica y, sobre todo, abandoné el rol de víctima al que tan sencillo es acceder y tan difícil abandonar.

Por eso, un año más, pasaré el verano “a cubierto”. Sin exponerme. Protegida. Y, lo más importante, tranquila por dentro que así es como una no enferma y duerme como un bebé.

Felices los felices.

LaAlquimista

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Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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