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Cecilia Casado

A partir de los 50

Comiendo en el gallinero

Uno de mis restaurantes favoritos está en la Parte Vieja y su dueño es amigo de toda la vida. La buena comida, el precio aquilatado y las atenciones de Gorka me llevan varias veces al año hasta su local. Allí estuvimos mi amiga L. y yo un viernes cualquiera disfrutando de nuestra común compañía…y de la de varias mesas ocupadas mayormente por señoras de peluquería y caballeros de camisa recién planchada. Todos jubilados, saltaba a la vista. Porque, de repente fue como si un tornado y una tormenta eléctrica hubieran invadido el local; en menos de tres minutos de reloj los decibelios superaron la máxima permitida por la ley que regula esa contaminación acústica y el ambiente, apacible hasta ese momento, se convirtió en una cacofonía insoportable.

Ríete tú de las “raves” o de las fiestas de los pueblos donde actúa la Sabater. Ni comparación con las explosivas correrías de la chavalería en parques y botellones; aquello se convirtió en un gallinero enloquecido donde gallos y gallinas querían llevar la voz cantante. Lástima que no apareció el zorro. Así que mi amiga L. y yo nos miramos con resignación y decidimos seguir con nuestra degustación de viandas…en medio silencio o hablando bajito y leyéndonos los labios.

¿Mala educación? No. Lo siguiente. Unas mesas contagiaron a las otras y al cabo de media hora aquello era una locura y un frenesí, una algarabía digna del Congreso de los Diputados. Todas y todos levantaban la voz queriendo hacerse oir por encima de los demás. Brindaron de pie varias veces con riesgo de caídas sobre la mesa y derrames sobre el mantel. Parecía que les habían inoculado un virus fatal, una mezcla de síndrome de Tourette y patio de colegio desmadrado. El personal del restaurante estaba firme a la vez que anonadado, con cara de no entender qué estaba ocurriendo. Le llamarían alegría, pero también era una falta de respeto hacia los demás comensales.

El caso es que comimos lo más rápido posible, pasamos del café y decidimos hacer la sobremesa en una terraza donde no se escucharan más que los petardeos de las motos y los motores de coches y autobuses. Y alguna sirena de ambulancia. Una delicia, doy fe.

La anécdota final es la siguiente: como no había manera humana de hacernos traer la cuenta puesto que andaban todos como pollo sin cabeza, decidimos pasarnos a la “manera animal”, tan efectiva, consistente de pegar un silbido de esos bestiales, tipo cabrero montañés- introduciendo índice y pulgar en la boca y soplando desesperadamente. Mi amiga es una experta. Al instante se hizo el silencio, nosotras pusimos cara de cachondeo, pedimos la cuenta, dejamos buena propina y salimos pegando brincos –de cabra- del restaurante.

Ya digo: todos jubilados y contentos por haber cobrado la paga extra de verano y sentirse con ganas de celebrar la vida…

Felices los felices.

LaAlquimista  (Foto). Esta es mi cara cuando me quiero marchar de un restaurante.

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Temas

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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