*** Esta es la cortina de la bañera del apartamento alquilado. No sé si me anima mucho…
“El trancazo de final de primavera o cuando vas de vacaciones y te enfermas”.- Pues ya está; ya me he quedado sola –de nuevo- en “mi otro mar”. Hasta sanjuanes voy a disfrutar de la vida al ralentí o en modo zen como me gusta decir a mí. Ya se han ido mis dos “rubias favoritas” –mi hija Amanda y la perrita Gaia-, ya se ha terminado la recarga emocional de una semana con sus desayunos, aperitivos, comidas, meriendas y cenas, los paseos por el monte y por la playa, las tardes relajadas –ella con sus amigas de Donosti o en la piscina de Cambrils, yo con mis libros-, la convivencia intensa que compensa tanta ausencia –que me compensa a mí, quiero decir-, ya que ella tiene su hogar en Valencia y sus viajes profesionales por toda Europa y parte del extranjero pintando murales.
Empecé a carraspear durante el viaje en coche, quizás por el aire acondicionado, y porque aquí me tiré al agua de cabeza tres días seguidos a pesar de estar más que fría, incluso para una chicarrona del norte como yo. Luego llegó el uso y abuso de pañuelos de papel, el dolor de garganta y, finalmente, justo cuando les llevé a la estación de tren al cabo de cuatro días, la afonía.
Se ve que lo psicosomático me sigue funcionando a la perfección ya que he sido capaz de aguantar la explosión de rinovirus mientras he tenido compañía y buenos planes que compartir y cuando me he quedado sola, muda también. Como en una montaña rusa, me he precipitado en caída libre sobre el malestar, el dolor de cabeza y el atontamiento general. Cero playa, cero piscina, cero patatero de todo menos de pintar mi primer cuadro de las vacaciones en la terraza y leer las primeras cien páginas de mi nuevo libro favorito.
Se ve que tenía tensiones acumuladas traídas del periplo asiático del mes de Abril y ahora va apareciendo todo de golpe. No pasa nada: tengo el frigorífico lleno de cosas ricas para unos cuantos días… o hasta que me llame alguna amiga catalana y me diga de salir a comer por ahí y entonces se me pasa la murria nasal. La vida es bella, a pesar de todo.
* El campo desde la terraza. Visión de sesión continua.
(6) “Defensas burlonas”.- Cuando se me escapan las fuerzas y me quedo “en modo plof” es cuando me asalta la certidumbre de que algo he hecho más o menos mal y mi cuerpo y mi mente han decidido cobrarse la factura. No falla. Ocurre un par de veces al año, siempre después de algún período espitoso –un viaje, muchos eventos, algunos desencuentros- y es como si de repente apareciera de debajo de las alfombras –de todas- las pelusas de polvo, la tierra que arrastran los zapatos, las murrias que no he querido atender.
Y entonces me colapso por alguna de mis dos partes débiles: las fosas nasales o los intestinos. Esta vez, mal menor, ha sido la primera la que ha petado a base de tandas de quince estornudos seguidos, hemorragia aparatosa y afonía total y absoluta. El mensaje está claro: que deje de licuarme las neuronas con pensamientos enrevesados y que me calle.
Ahí estaba yo, a las nueve menos cinco de la mañana, con el coche parado en doble fila a la puerta de la farmacia más cercana, a tres kilómetros del apartamento en el que no había parado de agobiarme durante ocho horas nocturnas y seguidas. Es curioso, porque la farmacéutica me atendió como si fuera doctora en medicina –lo digo para bien- y me vendió a precio de vellón el jarabe antitusígeno y expectorante que no te receta nunca la Seguridad Social por considerarlo un artículo de capricho, que un trancazo si no se trata con codeína –que es algo muy agresivo- ni es enfermedad ni es nada.
Al volver paré en el Forn que es donde hacen cruasanes crujientes que también ayudan a la recuperación del paciente.
Y me pasé toda la mañana leyendo, en la chaise longue –hay quien le llama “cheslón”, qué falta de glamour- que domina el pedazo de salón de este apartamento alquilado al hermano de una amiga, qué suerte he tenido para compensar que el de otros años me lo negaron porque habían encontrado a alguien que les pagaba más que yo. No me extraña, si se meten cuatro y el perro, tendrán que pagar más que la señora solitaria que ni siquiera enciende el aire acondicionado. 
A pesar de tener la agenda del día tan ausente de planes como mi cuerpo de ganas de hacer otra cosa que no fuera rascar todo el descanso posible para recuperarme pronto, no he podido dejar de reflexionar sobre mi vida presente y eso de vivir el momento intensamente.
Les daría yo a algunos psicólogos, a los que venden humo de incienso y soluciones on-line, palmaditas en la espalda por querer cambiar a la gente haciéndoles ver que la realidad no hay que modificarla sino aceptarla con filosófico estoicismo. Pues no estoy de acuerdo ni por el forro, porque si nos quedamos alineados en las filas donde nos meten acabaremos alienados de mente, alma y corazón. Y eso no puede ser.
Ay, creo que tengo fiebre.
Felices los felices, malgré tout.
LaAlquimista
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