(12) Melocotones y cerezas.- Son las ocho y media de la mañana y mi amiga E. me llama para ver si quiero ir con ella a no sé qué pueblo de por aquí a por melocotones y cerezas de los que cuelgan del árbol y no vienen en camión frigorífico desde la otra punta del mapa. Así que hoy también doy un golpe de timón y me apunto regocijada al plan que me ofrece el destino, que se me antoja mucho más emocionante que ir a pasear por la playa y bañarme en el mar, aprovechando que hoy ya no llueve aunque la temperatura ronde los 16º antes de desayunar.
Me visto de turista friolera con sudadera y vaqueros y zapatillas de pisotear y allá que nos vamos por las montañas del interior de la provincia. Pasamos Vandellós y rodeamos Mora hasta llegar al pueblecito de Miravet con su río Ebro y su castillo templario. Aquí ya hace calorcito y apetece sentarse al aire libre a tomar el café de media mañana. 
E. me ha traído en su coche y yo, como copiloto avezada, he ido haciéndole el examen de conducir entre curvas de montaña y carreteras peligrosísimas. Notable alto ha sacado la señora, doy fe. Entre melocotones y cerezas hemos hecho unas cuantas risas con sus amigos del lugar y “echado la mañana” entre ir y venir. Me han regalado una docena de frutos que habrá que esperar a que maduren en la encimera de la cocina… 
El resto del día, después de comer un pescado de la lonja –no olvido que estoy al borde del mar y los mercadonas me los tengo prohibidos- y una siesta reparadora, me siento la reina (madre) del mundo, así que agarro los avíos de pintar y me aposento en la terraza dispuesta a pasar del horizonte al lienzo, vía pinceles emocionados, lo que están viendo mis ojos los últimos días: unos atardeceres majestuosos que calman todas las penas.
Porque de eso se trata: de calmar las picazones internas y sentirse como una diosa, cosa que –curiosamente- nadie me lo impide.
(13) Cumpleaños feliz. He tenido la suerte de que mi amiga E. me incluyera en la comida de celebración de su 85 cumpleaños, junto a parte de su familia y otros amigos. Sí, 85 ha cumplido la conductora aguerrida y mujer hiperactiva que me llevó la víspera por los pueblos de la montaña a comprar melocotones y cerezas. En tan fausta ocasión nos ha obsequiado con un arroz con bogavante que se iba del mundo y una de sus nueras, que es una chef pastelera y heladera de gran renombre, nos asombró con una especialísima tarta de queso con fresas y helados artesanos de los de verdad. Comimos y bebimos a placer y la sobremesa se alargó hasta la hora de la cena, como ocurre cuando se está bien a gusto.
Yo agradezco con el corazón estos detalles amigables que tan poco se prodigan entre la gente de mi tierra; y me refiero a que, sabiéndote sola, te inviten a participar en algún evento familiar, acogiéndote con cariño y sin tonterías excluyentes. Igual es porque E. es nacida en Almería y sabe lo que supone tener que integrarse entre otras gentes y soportar que te tuerzan el morro con desprecio, que de eso sabemos mucho los catalanes y los vascos de los años 50 y 60 con inmigrantes que subieron al norte para sacar adelante el país después de aquella horrible guerra provocada por un golpe de estado militar.
El tema no es hablar de heridas del pasado, muchas de ellas supurando todavía hoy por culpa del discurso extremista de gentes que, ahora mismo, están adorando al vicario de su Dios en la tierra. Terribles contradicciones, hipocresías inevitables gracias a la Diplomacia europea…en fin.
Gracias de corazón a quien me acogió en su casa como a una más. 
Así que lo dicho: felices los felices.
LaAlquimista
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