A veces, y solo a veces, me dejo llevar por los gustos o deseos de los demás, sobre todo cuando soy consciente de que ellos lo hacen con la loable intención de hacerme feliz. Me complace “adaptarme” o “dejarme fluir” porque no voy a ser todo el rato la individualista insoportable en que con el paso de los años he estado a punto de convertirme.
Así que ayer disfruté de un cambio de planes radical, consistente en abandonar el bucolismo de arena, pinos y vistas a las montañas y pasar la jornada en la ciudad de Tarragona, piedras milenarias, recuerdos de los romanos y cemento invasivo. Y una comida fastuosa en el barrio marinero de El Serrallo. Fueron casi ocho horas mano a mano con mi amiga R. que tan bien me cuida.
Soy consciente de que tanta libertad y tanta soledad es lo que tienen, que se pierde la perspectiva y una se cae en el pozo del propio ombligo y para cuando quiere salir de él ya no queda nadie dispuesto a arrojar una cuerda para salir de él.
Pero sí que es cierto y debo reconocerlo que después de estar hablando sin parar tantas horas, al día siguiente, lo más parecido a la felicidad es el silencio, para buscar un equilibrio que no me quite la sonrisa en ningún momento del día. Llega el fin de semana y nada importa si no echas cuentas de lo que tienen los demás ni de lo que crees que te falta a ti.
Felices los felices.
LaAlquimista
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