Como tengo muy claro que donde hay luz siempre habrá sombra, me he dado cuenta de que llevo varias semanas ensalzando mi vida, cantando a voz en cuello las virtudes de mis decisiones, sobre todo esa “carretera secundaria vital” en que he convertido “mi otro mar”, intentando huir de mí misma y de lo que proyecto con la negatividad que me viene de serie.
Por eso me paro a pensar cuando estoy sentada en el jardín contando hormigas y hago la lista –me fascinan las listas- de lo que tengo que “aguantar” para sentirme feliz y tranquila ahora mismo.
Lo primero que me mata bien muerta es que en el dormitorio no se consigue la oscuridad total y me despiertan los rayos de sol que se filtran por la persiana desajustada; eso me obliga a ponerme un antifaz si quiero seguir durmiendo, pero no evita que comience a sudar a una hora poco amable.
Lo segundo que me remata es el escopetazo del vecino cada cuatro minutos para ahuyentar a los pájaros que van buscando la sombra de su pequeño jardín, añadiendo a esto el portazo inevitable de la puerta de hierro de la urbanización –a veinte metros de mi ventana- cada vez que alguien entra o sale del recinto.
No hay ascensor y mi menisco está que ya no puede más de subir y bajar –sobre todo bajar- desde y hasta el segundo piso.
¿Me falta quejarme de algo más?
Seguramente que sí, pero me aburro a mí misma cuando me pongo tiquismiquis.
La reflexión que me hago es la siguiente: Si disfruto de la belleza de unas puestas de sol hermosísimas… también me toca aguantar la calorina de la terraza desde las cuatro a las ocho de la tarde, que me obliga a refugiarme en el jardín o en el salón con el aire acondicionado echando humo.
Pues esto es así, como la vida misma.
Quien disfruta de mis virtudes también tiene que apechugar con mis defectos…
Felices los felices.
LaAlquimista
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