Soy bastante buena escuchando; así que lo tienen fácil conmigo las personas que sienten necesidad de contar su vida porque, evidentemente, existe en el relato personal mucho de reafirmación o incluso de consuelo. Y si escucho es porque se aprende de la experiencia ajena casi tanto como de la propia y porque es una historia contada en vivo y en directo, es decir, sin trampa ni cartón.
Bien es cierto que todos tenemos una tendencia a la exageración o a adornarnos con flores del pasado que no pueden ser constatadas en el presente, pero eso es humano porque yo también lo hago, qué mejor reconocimiento que el del propio espejo que no siempre refleja a un Narciso sino también a la Gorgona.
Si alguna vez me he creído que mi vida, mi currículo personal había sido azaroso y trasquilado con poca piedad, no tengo más que escuchar a otras mujeres para darme cuenta de que por mucho que me queje de mi infancia traumática, de mi adolescencia desnortada y de mi juventud pisoteada siempre habrá alguien que haya sufrido más, padecido con mayor intensidad y no haya tenido la posibilidad de recuperarse –la famosa resiliencia- que he conseguido aplicar a mis circunstancias adversas.
Las “vidas ejemplares” no son las de aquellos niños y niñas “santos” a los que les pintaban un halo en la coronilla porque habían visto a la Virgen y nadie les quiso creer y se pasaron la vida rezando y rabiando. No. Las VIDAS EJEMPLARES son las de tantas y tantas mujeres que han tenido que cargar con carros y carretas para sacar adelante a sus hijos, ayudado a todos sus familiares, soportado sobre sus hombros el cansancio y las penas de los demás y, para colmo, han absorbido toda esa energía negativa que a lo largo de los años se ha transformado en enfermedad insalvable para ellas mismas.
Lo supe ayer compartiendo dos horas de comida con mi amiga E. que entre gambas y lubina, pasteles y helado, me regaló su confianza y un trocito de su corazón.
Cuando nos separamos me quedé muy pensativa: ¿Quién cuida del cuidador?
Felices los felices.
LaAlquimista
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