Ya he entrado en la recta final de este “retiro mediterráneo” que tantas experiencias me proporciona, incluso aunque algunas no sean maravillosas, faltaría más.
Estos días que me quedan, digamos que son míos y solo míos, en el sentido de que me he esforzado en proteger la agenda de encuentros por muy atrayentes que puedan parecer. He decidido que la rutina solitaria apuntale mi tranquilidad interior antes de volver a la vorágine citadina donostiarra, más que con las baterías recargadas, como si me hubieran practicado una exanguinotransfusión.
Así pues, al punto muy tempranero de la mañana, voy a la playa –bien perfumadita de crema antisolar- a pasear todo lo que me dan de sí las piernas, para luego meterme en el mar a remojo como los garbanzos y sin importarme que la piel se me estremezca de tanto baño de agua, de algas, de compartir el mar con peces y pececillos, que no se asustan cuando ven mis piernas pataleando para mantenerme a flote.
Llevo una silla cómoda con una sombrilla pequeña incorporada –como las que se ponen a los cochecitos de bebé- que me protege lo suficiente de los rayos de sol; una horterada de mercadillo pero que es todo un invento. Cambio mi ropa mojada por ropa seca –ya que no puedo tumbarme al sol como me gustaría- y dejo que mi vista y mis neuronas se pierdan por el horizonte casi consiguiendo dejar mi mente en blanco.
Mucho antes de la hora del ángelus, vuelvo a casa y me enseñoreo de la sombra de la terraza con los pinceles o el ordenador y me preparo un almuerzo gustoso: capuccino y tostadas con tomate y jamón o lo que me pida el cuerpo –salado o dulce- y de esta manera mantengo el estómago tranquilo hasta la hora de comer, que suele coincidir con el momento exacto en que me entra el hambre. No hay reloj que marque esas horas… ni ninguna otra.
Hago la siesta en la cama –siesta corta, pero tumbada- y luego bajo al jardín con mi taza de té a leer bajo los árboles, cuyos saltarines y volanderos habitantes ya me han bautizado alguna vez… -y que todas las desgracias sean esas-. El jardín comunitario es muy grande y encuentro muchos metros cuadrados para mi uso exclusivo, habida cuenta de que la temporada alta empieza con el verano o cuando acaban las clases escolares y los tiernos infantes se enseñorean de las segundas residencias custodiados por sus santos y sufrientes abuelos, no antes.
La piscina es fastuosa para el último baño al atardecer previo a la cena en la terraza con el arrebol maravilloso del ocaso como telón de fondo.
La velada la paso en una chaise longue que es el summum de lo que yo entiendo por comodidad…
Todo esto en puro silencio humano; con algo de música y el móvil en modo avión, porque realmente me siento como si estuviera haciendo un viaje muy largo al centro de mí misma.
Estos días son meditativos y singulares: perfectos para atemperar mi ánimo de luchadora y rescatar los restos de los sueños que alguna vez tuve y se resisten a desaparecer.
Así vivo la soledad, así he aprendido a vivirla con mayúsculas.
Pura resiliencia, qué duda cabe.
Felices los felices.
Te invito a visitar mi página en Facebook.
https://www.facebook.com/apartirdelos50/
Por si alguien desea contactar:
apartirdeloscincuenta@gmail.com