La presencia de Pascual Maragall en San Sebastián con motivo de la película “Bicicleta, cuchara, manzana” en el Festival de cine, me parece admirable. Es un personaje al que siempre he apreciado. Le conocí allá por 1989, en la Copa del Mundo de atletismo que se celebró en Barcelona. Con el estadio de Montjuic intentando pasar una prueba preolímpica que suspendió por motivo de las goteras, cascadas de agua que cayeron por culpa de una inmensa tormenta.
Aluvión de críticas al estadio, a la ciudad, a la organización. Los periodistas extranjeros que buscaban algo para criticar la concesión de los Juegos del 92 ya tenían carnaza. A lo cual, Maragall respondió con la convocatoria de una multitudinaria rueda de prensa. Menudo marrón, pensé. Yo era un joven tribulete que puso las orejas como pantallas parabólicas.
Los periodistas estadounidenses tenían los colmillos afilados. Los franceses iban con látigo -París había perdido la candidatura olímpica- y los del foro de Madrid se relamían.
Pues allí estuvo el alcalde Maragall respondiendo en cuatro idiomas, sin asesores que le comieran la oreja, él solito, con argumentos demoledores y pinceladas de ironía. Un espectáculo de cómo girar el evidente desastre en un episodio positivo para la futura sede olímpica. Alguno salió de la rueda de prensa pensando que no había llovido el día anterior. ¡Qué tío!
Unos amigos periodistas catalanes me lo presentaron durante un almuerzo. Hablamos de la transformación de la ciudad barcelonesa que llegaba; de los Juegos; del País Vasco y nuestra situación difícil… Le felicité por su forma de llegar el tema de las goteras. Él me sonrió con ese rostro de perro-gato, muy de Cobi, como diciéndome “Me los he comido ¿verdad?”. Pues sí.
Ahora vive ese proceso de la enfermedad con sabiduría. Con distinción. Afrontando un alzheimer que quizás le vaya debilitando pero que quiere aprovechar y convertir esa situación en algo que no sea tan malo para futuras generaciones. Seguro que lo consigue.
Déjadme que escriba un par de párrafos dedicado a mi tío Ángel Celigüeta. Murió el domingo. Era aquel churrero de la calle San Lorenzo en la Parte Vieja. Preparó toneladas de patatas fritas. Las Celigüeta de toda la vida. Mi tío tenía pasión blanquiazul. Quizás os acordáis de aquellos sobres de patatas con la parte de atrás a rayas blancas y azules en honor de la Real, su equipo.
Siempre que me veía era un fijo: “¿Cómo ves a la Real? Parece que bien ¿no?”. En los últimos días ya no preguntaba por su Real. Pero te diré que va bien, que tiene futuro, que hizo un partidazo contra el Madrid, que los colores blanco y azul siguen fuertes. Ya te iré comentando.
PD1: El fin de semana futbolístico comenzó con el partidazo de la Real en un tú a tú con CR7 y compañía, pero a pesar de los aspavientos constantes del portugués, sin violencia innecesaria de los nuestros.
Pues bien, 24 horas después un descerebrado cazó a mala leche a uno de los artistas del fútbol. Messi sufrió una entrada en un estadio, el Vicente Calderón, que después del aplastamiento del tobillo del argentino, gritaron aquello de “Písalo, písalo…”. Pedagógico. Y para rematar, tras la expulsión, los aficionados colchoneros jalearon el nombre del aizkolari Ujfalusi cuando se iba a los vestuarios como si fuera el héroe-gladiador y hubiese protagonizado la hazaña del día. Lamentable.
PD2: Me ha llegado un mensaje privado en referencia a las pistas de atletismo y el estadio. Espero que me den vía libre para comentarlo.