El Mundial de cross de Punta Umbría ha marcado un antes y un después. En primer lugar por la periodicidad de la disputa campeonato que pasa a ser de dos años. Segundo, porque se ha vivido un portazo a esta especialidad por parte de los medios de comunicación que ayer ya analizamos en otro post.
Tercero, porque definitivamente se ratifica el error garrafal de vender los derechos televisivos por parte de la Federación Internacional al mejor postor, sólo con la mirada en los dólares sin tener el foco puesto en lo que podría suceder de no llegar las imágenes a televisiones abiertas y con amplia difusión. La consecuencia es clara: el atletismo se muere, al menos por esta vía.
Y cuarto, es necesario volver a plantear el número de atletas por país. Hace unas ediciones se redujo de ocho a seis atletas por equipo. Y yo voy más allá, es necesario reducir a cuatro. La clasifcación por países pierde interés por ese doblete eterno Kenia-Etiopía por lo que se puede plantear que puntúen únicamente tres corredores y listo.
Con esta medida atletas que ocupan hoy por hoy unas dignas posiciones entre el 15 y 25, pueden llegar a entrar en el top ten mundialista reavivando quizás el interés del aficionado británico, francés, estadounidense, español… En pista sólo participan tres atletas por país y prueba.
Asimismo, es hora de introducir reglas en el tema de las nacionalizaciones. Yo sé que es un tema muy sensible y que choca con la globalización, con los derechos de las personas, que las federaciones deportivas poco pueden hacer. Pero la situación se les está escapando de las manos a los dirigentes. En algún foro he leído que los campeonatos de Europa ya son transafricanos (también hay perlas caribeñas…) y que los mundiales de fondo son intocables para quien no es del cuerno de África. Ya, eso lo sabemos desde hace 30 años. Lo que ocurre es que además de la pareja Kenia-Etiopía, ahora irrumpe Eritrea, más los países que fabrican su selección con fichajes, como Bahrein, circunstancia que debería zanjarse.
Algunos equipos de Europa se aprovechan también de las nacionalizaciones de atletas exkenianos, exetíopes, exmarroquíes. Indudablemente son atletas con menos tirón y no alimentan el interés del aficionado medio porque han irrumpido en esas selecciones con 20 o 25 años. No es lo mismo esta situación con atletas de origen africano, de segunda o tercera generación, nacidos y entrenados desde siempre en Europa cuya integración nadie discute.
No creo que sea una postura racista. Alguna vez lo hemos tratado en este blog. Pero la realidad y las consecuencias de estas políticas están marcando peligrosamente el futuro de este deporte.
Reconozco que en un deporte como el baloncesto donde el grado de penetración de estadounidenses -extranjeros en general- es brutal y donde las figuras locales escasean, excepto en los grandes equipos de la ACB, existe otro gancho para el interés del aficionado que es el apoyo a un club que representa a una ciudad. La identificación es ese color de camiseta y la gente ‘olvida’ de dónde son esos jugadores que están en la cancha. Indudablemente si todos fueran guipuzcoanos los jugadores del GBC, por ejemplo, la identificación sería absoluta. Sin embargo se ‘perdona’ que en la plantilla sólo haya un jugador local, que apenas juega.