Sus niñas. Sus niños. Sus atletas del Eibar. 32 años con el chándal. Sin apenas compensaciones materiales. Con muchas, eso sí, emocionales.
Hoy recibe un premio. El Premio al Voluntariado que otorga la Diputación de Gipuzkoa. Gran elección. Enorme reconocimiento a una trayectoria. La eibarresa Inmaculada Urkiola repasará miles de momentos vividos en la pista. Y los que le quedan. Compartirá esta emoción con el añorado Roberto Agirregomezkorta, quien le ayudó durante años en su labor, con Marcial, Jesús, Petrus, Naiara, Txomin… y más gente que forma el acorazado del atletismo en Eibar.
Entrenamiento tras entrenamiento. Competición tras competición. Fuera donde fuera, allí estaba ella. La recuerdo de azul claro. Con el cuaderno “Os toca calentar. Mover el culo”. Con el cronómetro. “Va muy bien, va muy bien. Vamos”. Con la sudadera de su discípulo. “Toma póntela rápido. No te enfríes”.
Siempre nerviosa. De un lado para otro. Desde la jaula de lanzamiento al foso de longitud. A la colchoneta de pértiga. A la salida del 100. Al txoko de los periodistas para darnos un estirón de orejas porque no habíamos publicado nada de sus niñas, de sus niños, de Eibar.
Tengo la sensación de que le conozco de siempre. Y es así. Yo era un atleta juvenil y ella ya era una fija en la pista y siempre con un amplio grupo de atletas por detrás. Después pasé a ser un periodista veinteañero y entonces me llegaba su estribillo “No te olvides de los de Eibar”. Y le hacía caso porque no quería tener miradas serias la siguiente vez que nos viéramos en la pista. Ahora soy un periodista cuarentón y ella mantiene su ilusión trabajando las categorías formativas y si le sale un atleta de nivel, pues mejor, pero no es lo primordial. Espectacular.
Me acuerdo de un detalle en los años 80. Ella entrenaba a dos grandes velocistas de la misma edad, tenían 17-18 años, Elena Guisasola y Maite Gamazo. Y aunque ambas tenían una inmensa calidad, Elena era mejor que Maite. Le tenía comida la moral a su compañera. En los titulares de los periódicos salía más Elena por sus récords o éxitos. Un día Inma me cogió del brazo y me dijo: “Antxon, dale un poco de cancha a Maite. Que se vea también importante”. A la entrenadora le daba igual el tema periódistico o quién era la mejor de las dos velocistas. Le interesaba la persona, el que no se sintiera mal por culpa de unas décimas de segundo o de una medalla de un color u otro.
Bueno ya he sacado una experiencia del baúl de los recuerdos que jamás había comentado a nadie. El periodista que aún estaba formándose recibió una lección.
Así es Inmaculada Urkiola. Una entrenadora a la que no le han hecho falta campeones olímpicos, usainbolts, cristianoronaldos o una pista olímpica. Sólo necesitó un gimnasio de colegio, unos metros de hierba, un poco de tierra, para producir una de las canteras más ricas de atletas de Euskadi. Y siempre ha atendido por igual a su estrella del momento como al alevín que comenzaba.
Hoy recoge un premio. Sonreirá. Lo agradecerá. Y mañana mismo estará en la pista. Como siempre. De la jaula de lanzamiento al foso de longitud. A la salida de 100. Al pasillo de pértiga. Espero que esta vez el periodista se salve del tirón de orejas.
Enhorabuena. Inma.