Stephanie Grimbert y Jon Mikel Zabala Iturriagagoitia
El pasado 18 de abril pasará a la historia por la victoria de la Real en la final de la Copa del Rey frente al Atlético de Madrid. Una cita que, en términos futbolísticos, podríamos analizar con estadísticas, sistemas tácticos, detalles de pizarra, estados de forma y de ánimo. Pero sin duda alguna, tras lo vivido (en Sevilla para quienes estuvieron, y en casa para quienes lo vivimos a distancia) adoptar un enfoque exclusivamente táctico se quedaría muy corto. Hay partidos que no se pueden explicar con una lógica puramente futbolística. Quizá el fútbol, y especialmente el de esta Real, se entienda mejor si, por una vez, cambiamos de marco mental y adoptamos, como sugiere una reciente analogía, una lógica cuántica.
En la física (fútbol) clásica, un sistema (equipo) está en un estado concreto, o ataca o defiende, o presiona o repliega, o se estira o se compacta. Sin embargo, en un sistema cuántico existe la superposición, es decir, la capacidad de estar en múltiples estados al mismo tiempo. Y, honestamente, la Real Sociedad de Matarazzo encarna esta idea de manera majestuosa. Su estructura permite que el equipo conviva en varias fases a la vez: organiza una salida limpia desde atrás mientras, simultáneamente, sus laterales se proyectan como extremos, sus interiores pisan área y rematan (incluso a los 14 segundos), y sus centrales sostienen una línea que parece adelantada y protegida al mismo tiempo. No es simple versatilidad, es una superposición táctica. La Real no transita entre estados, los habita simultáneamente.
Otro principio fundamental de la computación cuántica es el entrelazamiento, a saber, partículas separadas por grandes distancias pero que, sin embargo, actúan de forma coordinada e instantánea. En el juego de la Real, esto se traduce en una red de relaciones (tácticas, personales y emocionales) que trasciende la proximidad física. Jugadores que parecen conectados por una lógica invisible, pero que funciona: un apoyo cercano activa un desmarque lejano, una presión en banda desencadena una recuperación en el carril central, un pase lejano permite reorganizar las filas y volver a empezar. Cuando la Real funciona no hay piezas aisladas, sino que hay un sistema (de juego) en el que cada acción individual resuena en el conjunto. No es casualidad, son automatismos, es entrelazamiento (futbolístico).
Otra de las propiedades cuánticas es la interferencia, según la cual las ondas se combinan amplificando algunas posibilidades y cancelando otras. En el fútbol, esto se refleja en la capacidad de generar ventajas… y anular las del rival. La Real domina este arte, aunque lo que tuvimos que sufrir no está escrito. Su circulación de balón, más allá de buscar ser estética, es selectiva, ya que busca ampliar los espacios útiles y al mismo tiempo, hacer desaparecer los potenciales caminos que podría adoptar el adversario. Cada pase no solo construye juego y genera riesgos, sino que también permite eliminar y bloquear las alternativas que quiere jugar el equipo contrario. Frente a un rival como el Atlético de Madrid, experto en reducir espacios, controlar escenarios y llevarte a su terreno, esta capacidad fue decisiva. Lo que se jugó en la final no fue únicamente lo que vimos. También fue lo que cada equipo logró borrar: líneas de pase, segundas jugadas… Hubo un fútbol visible… y otro invisible.
La física cuántica, además, nos recuerda que no todo puede conocerse ni controlarse con precisión absoluta. Existe una incertidumbre inherente al sistema, y en una final, la incertidumbre se multiplica: un tiro al palo (esa escuadra que todavía resuena), una decisión arbitral, un rebote, un destello de calidad, un instante de inspiración… Pero aquí emerge otra virtud de esta Real, su capacidad para convivir con el caos sin perder identidad. La Real no necesita controlar cada variable, le basta con sostener su modelo, incluso cuando el partido se desordena.
Todo sistema cuántico es frágil. La decoherencia (i.e., la pérdida de sus propiedades cuánticas por interacción con el entorno) es su principal amenaza. En términos futbolísticos, la decoherencia aparece cuando el equipo pierde su estructura, cuando las líneas se separan, cuando los automatismos se rompen, cuando el plan se diluye bajo la presión del rival o el peso del contexto. Y la final puso exactamente eso a prueba. La Real no solo tuvo que jugar bien, tuvo que mantener su coherencia interna frente a un entorno hostil, intenso y exigente. Y lo hizo. Con sufrimiento, porque en la segunda parte nos tocó sufrir de verdad, pero sin romperse del todo. Como si el equipo supiera que, si aguantaba unido, las probabilidades acabarían cayendo de nuestro lado.
Quizá todo esto no sea más que una metáfora. O quizá no. Porque la Real lleva años construyendo un modelo de juego que no se define por posiciones rígidas, sino por relaciones; que no separa fases del juego, sino que las superpone; que no depende de individualidades, sino de conexiones. Un equipo, en definitiva, que se parece más a un sistema cuántico que a uno clásico.
Por eso esta Copa es más que un título. Es la confirmación de una idea: que el fútbol del futuro (más complejo, más dinámico, más rápido, más físico, y más interconectado) ya está aquí. Y, hoy, habla en txuri-urdin.
Aupa Erreala! ZORIONAK!
PD: tras haber llevado la Real la física cuántica a su máxima expresión, ahora es el turno de la economía vasca, para capitalizar las oportunidades que ofrecen las infraestructuras que se están desarrollando en Donostia en este ámbito. No obstante, abordaremos esta cuestión en un próximo post.