Jon Mikel Zabala Iturriagagoitia
A veces, cuando hablamos de cómo mejorar la productividad, parece que las opciones pasan necesariamente por invertir más en tecnología, por mejorar procesos o por acometer reorganizaciones internas. Naturalmente, todo eso importa, pero además de estas medidas, también se pueden acometer otras que tal vez parezcan menos intuitivas.
En un análisis reciente, la OCDE muestra que la contaminación del aire (en concreto, las partículas finas PM2.5) no solo afecta a la salud a largo plazo, sino que también tiene un impacto directo sobre el rendimiento diario. El estudio concluye que la exposición al aire contaminado reduce la productividad laboral en el día a día, ya que disminuye la capacidad cognitiva, empeora la toma de decisiones y afecta al desempeño físico.
La contaminación se mide a menudo por la concentración de PM2.5 en al aire. Son partículas invisibles, muy pequeñas, capaces de entrar en interiores y de llegar a los pulmones. La Organización Mundial de la Salud recomienda promedios anuales por debajo de 5 µg/m³ (microgramos por metro cúbico), pero una parte importante de la población sigue expuesta a niveles superiores a 10 µg/m³. Europa ha mejorado de forma notable desde 2000, pero aún se superan con frecuencia las guías establecidas, y además con diferencias regionales marcadas: mejor situación en países nórdicos y la zona pirenaica, y peor en partes de Europa central y del este, el norte de Italia y algunas zonas mediterráneas.
Si nuestros lectores estuvieran interesados, pueden consultar los últimos datos recopilados por la Agencia Medioambiental Europea en el siguiente enlace (los últimos datos oficiales responden al año 2023, y los datos de 2024 son todavía provisionales). De manera no oficial, también se pueden consultar online los datos de la iniciativa Real-time Air Quality Index, en el que se ofrece una perspectiva global, en tiempo real, acerca de un conjunto de partículas como las PM2.5, PM10, O3, NO2 y SO2.
Ahora bien, se podría plantear una objeción razonable: ¿y si las zonas más productivas son también las más contaminadas porque concentran más actividad, más tráfico y más industria? En ese caso, se podría confundir causa y efecto. Para ello, el estudio de la OCDE analiza cómo se producen aquellas variaciones meteorológicas que no dependen de la intervención humana (i.e., cambios “aleatorios” en la altura de la capa límite atmosférica, que hacen que los contaminantes se acumulen más o menos cerca del suelo). Cuando esa capa es más alta, la contaminación se dispersa mejor; cuando es más baja, la contaminación se concentra. Por lo tanto, considerar la evolución de esta capa atmosférica permite aislar la parte de la contaminación que no está influida por la propia actividad económica.
Con este marco de análisis, los resultados de la OCDE revelan que un aumento de 1 µg/m³ de PM2.5 reduce la productividad laboral alrededor de un 0,55%. Dicho así, parece un efecto pequeño, pero en términos macroeconómicos, representa un impacto más que considerable. Entre 2010 y 2019, el crecimiento medio anual de la productividad en Europa fue aproximadamente del 0,75%. En ese mismo periodo, la mejora anual de la calidad del aire (una caída de alrededor de 0,4 µg/m³ en PM2.5) habría aportado unos 0,22 puntos porcentuales al crecimiento anual de la productividad. Es decir, una parte relevante del avance en la productividad europea durante esa década podría explicarse por dichas mejoras en la calidad del aire.
Además, el trabajo apunta a que las mejoras en la calidad del aire no sólo elevan el crecimiento, sino que también pueden favorecer la convergencia regional. La OCDE destaca que algunas de las mayores reducciones de PM2.5 desde el año 2000 se han producido en Europa central y del este, y que esas mejoras podrían haber contribuido tanto al crecimiento de estas regiones como a reducir las diferencias de estas con otras regiones europeas. Desde este punto de vista, por tanto, reducir la contaminación también representaría una opción para implementar políticas de cohesión económica.
Aunque resulte innegable pensar que la consolidación de la mejora de la calidad del aire puede depender de la implementación de regulaciones internacionales, el tejido empresarial también puede adoptar una serie de medidas prácticas a modo de inversión en su propia productividad. Por ejemplo: monitorizar la PM2.5 en centros de trabajo, especialmente en zonas urbanas o industriales; mejorar la ventilación y el filtrado en espacios donde la plantilla pasa muchas horas; diseñar protocolos para días de alta contaminación (ajustes de turnos, pausas o asignación de tareas más cognitivas a momentos/espacios de mejor aire); e incluso incorporar la calidad ambiental en decisiones de localización y en estrategias de atracción de talento, igual que se hace con la movilidad, la vivienda o los servicios.
Moraleja: si queremos comunidades más sanas y empresas más fuertes, puede que una de las medidas más rentables sea, sencillamente, respirar mejor.