Estamos en mitad de un temporal de cambio e impredecibilidad, en el que el mundo a menudo cambia mucho más rápido de lo que somos capaces de digerir. La innovación y la creatividad a menudo se nos presentan como los medios para romper con el pasado y poder adaptarnos a estos nuevos tiempos. La mayor parte de nosotros pensamos que nos gusta la creatividad. Nos gusta proponer nuevas ideas, debatir sobre qué es y no es posible, probar nuevos productos y disfrutar de los beneficios que nos ofrece la tecnología.
Los tiempos convulsos de cambio vienen normalmente acompañados de una incapacidad de poder hacer predicciones sobre el futuro. Famosas son las afirmaciones de expertos de la talla de Harry Warner, uno de los fundadores de Warner Bros, quien en 1927 se preguntaba quién podría estar interesado en ir a ver películas en las que los actores hablaran. En 1932 el mismo Albert Einstein dijo que no había la mínima esperanza de que se obtuviera energía nuclear, ya que ello implicaría la manipulación del átomo a voluntad. Finalmente, Thomas Watson, presidente de IBM, en 1943 dijo que el mercado global de ordenadores sería como máximo de 5 PCs.
En 1997, Clayton Christensen, catedrático de la Universidad de Harvard, acuñó el término “Dilema del Innovador”, según el cual los expertos a menudo están cegados por su propio conocimiento, el cual les impide contemplar la posibilidad de algo radicalmente nuevo. Este dilema no es solo observable en los expertos científicos o tecnológicos, sino también en las empresas, ya que éstas optan principalmente por la mejora incremental de sus negocios en lugar de invertir en nuevas ideas disruptivas que aunque podrían poner “patas arriba” su negocio actual, también les permitiría abrir nuevos mercados. ¿Es por lo tanto posible que el dilema del innovador constituya un sesgo innato del ser humano contra la novedad?
Para responder esta pregunta, el equipo de investigadores liderado por el profesor Kevin J. Boudreau, reclutó a 142 investigadores (expertos en medicina) a quienes pidieron que evaluaran una serie de solicitudes de proyectos de investigación de manera aleatoria. En algunas ocasiones, los científicos contactados eran expertos en el tema del proyecto que evaluaban, mientras que en otras ocasiones, eran expertos en otros campos. El experimento garantizaba que los evaluadores no supieran quiénes eran los solicitantes, éstos a su vez desconocieran quiénes eran los evaluadores, y finalmente los evaluadores no se conocieran entre sí.
Los resultados de su investigación (puedes descargarte el artículo aquí) revelan que los proyectos más innovadores eran penalizados por la mayor parte de los evaluadores contactados. Sin embargo, esta penalización era especialmente remarcable en aquellos casos en los que los proyectos, siendo innovadores, eran evaluados por personas expertas en la materia del proyecto. Los autores del artículo consideran que el conocimiento experto no conlleva un pensamiento crítico, sino más bien un exceso de crítica y de defensa de los conocimientos establecidos.
Como se puede observar en la siguiente figura, Boudreau y sus colegas observaron que el grado de innovación o disrupción de las propuestas y las calificaciones de la evaluación realizada estaban inversamente relacionadas. Sin embargo, no todas las ideas innovadoras son susceptibles de ser sometidas a prejuicios. Como el lector podrá observar la curva que relaciona el grado de novedad de las propuestas y la puntuación obtenida tras su evaluación tiene una forma de U-invertida. Es decir, el “punto óptimo” de la innovación sería aquel en el que las ideas, aun siendo creativas, no son tan creativas como para romper los paradigmas establecidos.
Fuente: Boudreau et al. (2014, p. 40)
A menudo se piensa que las nuevas ideas, siempre y cuando mejoren las prestaciones de los productos existentes en el mercado, se venden solas, independientemente de cuál sea su grado de innovación (incremental o radical), ignorando así el valor de las actividades de marketing y comercialización. Tal vez merezca la pena recordar que tanto si es usted un académico, empresario, emprendedor, actor o diseñador, una idea mediocre pero con un marketing excelente resulta a menudo mucho más efectiva que una idea brillante pero con una mala comercialización.
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