Nunca he entendido la razón por la cual los equipos vascos preparan sus finales visitando a la virgen de turno para pedirle que el balón corra con fluidez entre líneas y las oportunidades de gol se sucedan una tras otra, y una vez derrotados por abultados marcadores, sus jugadores no vuelvan , maza en mano, para pedir cuentas al icono y, en proceder, ajustárselas. Así en las ancestrales supersticiones como en las finanzas modernas, el intercambio de favores funciona de una forma que no termino de captar en toda su complejidad, aunque no se me escapa que siempre se llevan a cabo sobre el principio de irresponsabilidad. La derrotas son privadas; las victorias, de copago.
Ahora, a la espera de que Urkullu tome posesión de su cargo como lehendakari en una legistura marcada por el enorme vacío dejado por los iPads no comprados, volvemos al atrezzo iconográfico tradicional vasco, a base de crucifijo de plata y biblia de Duvoisin. Hay algo zafio en encomendarse al dios de los más necesitados cuando uno se dispone a recortar prestaciones sociales, a la vez que su partido rechaza de plano incrementar el impuesto de sociedades, todo ello en un clima generalizado de dietas que se abonan sin necesidad de presentar factura. Por otra parte, tampoco se entiende bien qué placer puede extraer alguien del hecho de humillarse ante Dios, cuando para eso ya están Bruselas y la troika comunitaria.
Para no incurrir en agravios comparativos, es de esperar que Urkullu lea en un folio todo eso de «ante Dios humillado, en pie sobre la tierra vasca, en recuerdo de los antepasados, bajo el árbol de Guernica, juro desempeñar fielmente mi mandato». Lo contrario menoscabaría la imagen de un candidato capaz de recitar de memoria toda la retahíla de plegarias mientras recurre a la ‘chuleta’ en pleno debate televisivo para desgranar su programa electoral: hemos elegido al presidente de la comunidad autónoma, no al sacerdote de la parroquia. También es de justicia reconocer que, a diferencia de lo sucedido con Rajoy, Urkullu no incumplirá sus promesas electorales y si lo hace la infracción pasará inadvertida: nadie recuerda cuáles fueron, si es que alguna vez llegaron a conocerse.