La ley de Godwdin establece que “a medida que una discusión online se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis, tiende a uno”. Esta disposición legal cuenta con su reverso -aún sin bautizar-, que constituye toda una enmienda a la totalidad: la irrupción en plena charla de los 30.000 niños africanos que mueren de hambre o enfermedad curable cada día. A diferencia de la de Godwin, que suele derivar en interminables debates sobre los pros y contras de Hitler, esta otra ley presenta una ventaja indiscutible: su condición resolutiva. La mención de los 30.000 niños africanos salta limpiamente por encima de las defensas del contricante y zanja cualquier discusión, incluso las que aún permanecen en estado embrionario. Es el jaque mate pastor de las controversias.
Por supuesto, se encuentra disponible en el mercado en diversos formatos, pero fieles todos ellos a un mismo principio básico: el de la enormidad. Si desaparece a un niño, un experto nos recordará que miles de menores son raptados cada año. Si un tsunami devasta una región japonesa, no tardará en saltar alguien con el argumento de que “peor están en Haití”. Si alguien muestra su horror ante el asesinato a tiros de una docena de niños en una escuela de Connecticut, una manada de vigilantes tuiteros sacará a colación los vuelos no tripulados de la CIA, que matan a muchos más niños en Afganistán “y nadie les hace caso”. Si algún incauto osa mostrar su solidaridad con Tito Vilanova, le lloverán sin demora todo tipo de reproches por olvidar a los miles anónimos que luchan a diario contra el cáncer. Y cualquier posible réplica tan sólo servirá al díscolo para ser abofeteado en pleno rostro con la evocación de los famosos 30.000 niños africanos.
Perdidos en el maremágnum informativo, descreídos de cualquier religión trascendental y huérfanos de referentes morales, no cabe duda de que los 30.000 niños africanos constituyen un asidero al que aferrarse. La visión de un anciano menesteroso escarbando en los contenedores de basura en nuestra propia calle sólo es soportable desde una perspectiva global: a miles de kilómetros de aquí, los niños africanos ni siquiera tienen contenedor de orgánicos que llevarse a la boca. Además, el sufrimiento se hace mucho más llevadero porque funciona por acumulación: una muerte por hambre con rostro, nombre y apellidos resulta intolerable; en cambio, 30.000 al día constituyen un acontecimiento lo suficientemente multitudinario, anónimo y rutinario como para sobrellevarlo con esa pesadumbre hasta cierto punto confortable que acompaña a todo lo inconcreto.
Calculo que 1.350 niños africanos habrán muerto en el tiempo en el que he tardado en escribir este post. Los otros 28.650 lo harán en el transcurso de la jornada. El único objetivo concebible es desear que al anochecer sigamos todos vivos. A partir de esa modesta aspiración, entro en magnitudes en las que, sinceramente, ya me pierdo. No obstante, de ser necesario, podemos evocar de vez en cuando a los 30.000 niños africanos. Nos servirá para continuar fingiendo que, a pesar de todo, seguimos siendo humanos.