Tres meses y varios desplomes de la Bolsa después, los niños vuelven hoy a las aulas. La primera lección debería consistir en advertirles detalladamente de que desde la última vez que se sentaron en el pupitre, al país se le ha volatilizado un 20% su valor, sin que nadie sepa expicar muy bien por qué.
En el colegio, básicamente y al margen de una considerable cantidad de conocimientos perfectamente inútiles, se aprende una sola cosa: defensa y ataque. Ahora se denomina proceso de socialización.
La escuela recurre a mentiras para adoctrinar a los niños en la sinceridad, echa mano de la coacción para ilustrarles sobre las bondades del libre albedrío y desde la doblez más absoluta, se les inculcará que toda buena acción acaba recibiendo tarde o temprano su recompensa. Por razones obvias, se omitirá que al período en espera de llegada de ese momento se le llama ‘vida’.
Mientras, extramuros, la imparable devaluación de los principales títulos bursátiles adquiere
la calidad de la magia, el antibiótico de la sabiduría. A falta de una formulación más concreta, lo esencial se condensa en una sola frase: “compra barato, vende caro”.
La economía se ha convertido en un casino que, desde el punto de vista del peatón, muestra una doble cara: por un lado, los jugadores ni siquiera podemos elegir el número de nuestra apuesta; por otro, la condición de meros observadores nos ahorra los remordimientos que asaltan al ‘binguero’ de madrugada.
Si se trata de convertirlos en hombres de provecho ante los que se abra un futuro de prosperidad, a los niños deberían enseñarles que el trabajo es un bien superfluo y reemplazable por la tecnología, que las muestras públicas de esfuerzo suelen ser interpretadas como un síntoma inequívoco de incapacidad y que donde esté la información privilegiada, que se quite el conocimiento.
El resto es atrezzo. La fe ciega en las enseñanzas escolares sólo conducen a la melancolía y, en último término, a la desdicha. Curiosamente, los profesores -esos seudopadres adoptivos unánimemente despreciados en sociedad- deberían ser los primeros en saberlo.