Alberto Moyano
En un mundo devorado por la industria del entretenimiento, la playa se
ha convertido en la última frontera. Sobre la arena hiperpegajosa,
cubierto por el poderoso engrudo del bronceador factor 38, a la orilla
de un mar mil veces orinado y rodeado de marabuntas hiperactivas en
busca de descanso, el hombre del 2006 se enfrenta a esa aventura
definitiva que es lo desconocido.
Puede ser un banco millonario de medusas de ésas que transforman el
agua marina en una especie de salsa mexicana ultrapicante y de efectos
cutáneos devastadores; también es posible que toque padecer una buena
campaña de lectura, a base de individuos disfrazados de Quijote, Sancho
Panza, Sherlock Holmes o Conde Drácula, que visitan amablemente a los
ocupantes de las toallas, los cuales a su vez, comienzan a hacer
cálculos sobre cuanto tiempo tardará el Caballero de la Triste Figura
en desplomarse inconsciente dentro de su armadura y sobre la ardiente
arena, víctima de una lipotimia; incluso se puede ser el anfitrión de
alguna manifestación veraniega, ya sea por los presos, por sus
víctimas, por los pilotos de Iberia o por las suyas; y en lo que sería
el colmo del humanitarismo-chick, se puede presenciar el desembarco de
uno o varios cayucos y protagonizar después las noticias deAntena 3,
grabado en el momento justo en el que le pasas la botella de Aquarius
al desfallecido senegalés.
Entre una cosa y otra, el caso es no dejarte en paz. Y del campo, mejor
no hablar porque con tanto fuego forestal, lo mismo vas a hacerte una
barbacoa y acabas enrrolado en un retén contraincendios.