Había que compartir casa. No resultaba apetecible pero era la única forma de alojamiento que me ofrecía la universidad, así que, una vez que llegué a Galway en aquel avión de juguete a aquel aeropuerto de juguete, me dirigí en taxi hacia mi nuevo destino. Qué frío hacía en Irlanda.
-Estamos teniendo un verano especialmente lluvioso.
El taxista había pronunciado una de las frases menos esperadas cuando uno visita por primera vez un país. Y lo de la frase es una forma de adornar la redacción porque mi inglés consiste en ir pescando palabras sueltas hasta lograr situarme.
El taxista me dejó en la recepción y yo llegué arrastrando mi maleta por caminos de gravilla hasta una zona de casas de colores llena de entrantes y salientes. El trazado urbanístico de aquel conjunto de viviendas de materiales humildes me resultó laberíntico a pesar del plano. ¿Por qué todas las casas estaban torcidas? La sensación de estar perdida se agravaba por la oscuridad de la noche. O eso me dije.
Tras varias idas y venidas encontré mi portal. Subí al primer piso golpeando las escaleras con mi maleta de ruedas.