Era una toalla de rayas amarillas y blancas. Mi hijo jugaba a tiendas de campaña con ella y un día se la quiso regalar a una amiga que solía visitarnos en casa. Yo me opuse alegando que estaba usada, pero en el fondo no quería desprenderme de ella. La toalla siguió con nosotros olvidada en el armario. Un día mi hermana me comunicó que tenía que traer una toalla que se había llevado prestada para la piscina. Era la de rayas amarillas y blancas. Pensé en la oportunidad que se me brindaba para comprender el mensaje que aquel objeto quería transmitirme pero un día, saltando la guardia que había decidido imponerme, se me escapó una reclamación. Ahora ha vuelto al armario, vapuleada por los lavados. Y encima tengo que quererla.