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La Historia del hombre que prohibió la Navidad: Oliver Cromwell, teniente general de los ejércitos del Parlamento inglés, Lord Protector, dictador… (1654-1658)
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Carlos Rilova | 07-01-2013 | 08:17

Por Carlos Rilova Jericó

Sí, existió un hombre en Europa que llegó a prohibir la Navidad y hoy, víspera de esa fecha, es, quizás, un buen momento para contar su historia, para que así, quienes aman esta fiesta, puedan armarse de indignación contra él y quienes la odian cordialmente -seguro que por muy buenas razones- tengan una firme base sobre la que edificar su encendida admiración por el personaje histórico que se atrevió a llevar a cabo aquello que ellos desearían que ocurriera cada 24 de diciembre de cada año.

Se llamaba Oliver Cromwell, puede que muchos de los que lo van a odiar o admirar a partir de la lectura de estas páginas ya lo conozcan gracias a una película británica firmada por Ken Hughes en 1970, interpretada por Richard Harris en el papel protagonista y rodada, en parte -lo que son las cosas- entre territorio guipuzcoano y navarro, como alguna que otra película anglosajona de los años setenta -“La batalla de Inglaterra”- de la que, quizás, hablaremos por aquí algún día de estos.

La película de Hughes, titulada “Cromwell”, no es precisamente una muy buena vía para conocer quién fue el verdadero Oliver Cromwell, aquel hombre que se atrevió a prohibir la Navidad. En un libro publicado hace algunos años por la Universidad de Alicante, “Historia y cine”, uno de los especialistas que escribía en ese volumen colectivo, señalaba que esa película era una descarada hagiografía del viejo Noll -el apodo de Oliver Cromwell- en la que se reflejaba a quien fue durante cuatro años, entre 1654 y 1658, dictador militar de Gran Bretaña -de Inglaterra a Irlanda pasando por Escocia y Gales- como una especie de taumaturgo que transformó a ese país, unificado bajo su férula, en la potencia mundial en la que se convirtió sólo muchos años después.

Puede que Hughes no se equivocase del todo a la hora de retratar a su admirado Oliver Cromwell en celuloide -no dudaba, por ejemplo, en presentarlo como un fanático religioso, que creía estar inspirado por Dios para hacer lo que hizo- o a la hora de reconstruir las feroces batallas entre el ejército del rey Carlos I Estuardo y el del Parlamento, que devastaron a Gran Bretaña en esas fechas, dejándola durante bastante tiempo bastante lejos de ser cualquier clase de potencia mundial.

Sin embargo, a los que quieran saber realmente más sobre el verdadero Cromwell, sobre el hombre que -ahí es nada- prohibió las Navidades, quizás les aprovecharía más otra película reciente sobre el personaje y sus hechos: “Matar un rey”, estrenada en el año 2003, donde se narra su historia a través de los ojos de uno de sus antiguos compañeros de armas, el coronel Fairfax, miembro de la nobleza inglesa descontenta con las tendencias absolutistas de Carlos I Estuardo que, sin embargo, con muy buen criterio, no quiere sustituir un despotismo con otro que podría ser aún peor.

Pero aún así, ni una ni otra película alcanzan a abarcar realmente la compleja personalidad de Oliver Cromwell y, por lo tanto, hacen difícil reconstruir esa vida que tuvo como uno de sus hitos el prohibir la Navidad.

Para juzgar al “viejo Noll” y sus hechos -en este caso la prohibición de lo que unos van a lamentar amargamente hoy mismo y otros a disfrutar con verdadero entusiasmo- es necesario echar mano de trabajos como los que en su día escribió el profesor John Miller.

Este colega historiador señalaba en un artículo, que fue traducido al español dentro de un dossier presentado por la revista “Historia 16” como “Cromwell y la Restauración”, que el viejo Noll era un hombre con muchos matices, para nada el típico puritano de estricta observancia como muchos de los que le siguieron durante el difícil período -para Gran Bretaña- de las guerras civiles contra la dinastía Estuardo.

Así resulta de las investigaciones del profesor Miller que Cromwell amaba oír música, gustaba de sostener buenas conversaciones en lugar de permanecer todo el tiempo amohinado y pensando -como otros calvinistas- sólo en rezar y obtener el favor de un Dios terrible y vengativo que salvaba las almas a capricho, sin dar señal alguna de su aprobación -a excepción del éxito en los negocios- y, además, tenía otra característica de lo más chocante en un puritano: también le gustaba fumar…

Sin embargo, el propio Miller reconoce que el viejo Noll, como muchos otros de sus correligionarios, estaba dominado por la intemperante idea de ser un elegido de ese Dios terrible imaginado por Juan Calvino y estar, por tanto, autorizado, en mayor o menor medida, a imponer una estricta serie de normas de comportamiento social que, para él, eran, en efecto, la voluntad de Dios.

Fue así -y según el profesor Miller, también por miedo a posibles tumultos sediciosos- como Oliver Cromwell fue prohibiendo muchas cosas que muchos ingleses encontraban divertidas. Por ejemplo las salvajes peleas de gallos que se celebraban en algunos garitos, la apertura de las cervecerías en domingo y, ya de paso, las Navidades.

¿Por qué hizo esto último?. John Miller no dice gran cosa al respecto, ocupado en hacer en pocos folios una explicación general, pero coherente, de lo que ocurrió en Gran Bretaña durante esa época convulsa.

A ese respecto fue más explícito en su día un periodista del prestigioso “The Washington Post”, George F. Will, que, a través de Associated Press, publico el 4 de diciembre de 2003 un jugoso artículo de opinión en el “The New York Post” acerca de esta curiosa historia sobre el hombre que prohibió las Navidades de donde, lógicamente, lo recogió el que estas páginas escribe, que así mataba el tiempo mientras andaba de un lado para otro recabando información en los archivos de Nueva York para otros fines que poco tenían que ver con el viejo Noll.

Según la ácida pluma de George F. Will, Cromwell había prohibido las Navidades por las razones equivocadas. Es decir, por considerar, como buen puritano, que esa festividad -con sus “carrolls” (“villancicos” se llamaban ya entonces aquí), sus cuestaciones puerta a puerta, sus dulces, sus excesos con la comida y el alcohol…- eran una infecta fiesta papista, una especie de caballo de Troya manejado por el Papa de Roma con el fin de aniquilar uno de los principales bastiones de la reforma protestante. No otro que la Gran Bretaña que él, Oliver Cromwell, había puesto bajo su poder absoluto una vez que vio que el Parlamento no funcionaba con la exactitud que sus exigencias puritanas querían.

En opinión de George F. Will la razón correcta para prohibir la fiesta que hoy celebramos algunos -y otros lamentan- debería haber sido la de evitar deplorables excesos consumistas como el que le daba pie a él para escribir ese artículo publicado en el “The New York Post” en 2003. A saber: una estampida en unos grandes almacenes de Florida que había terminado con una de las compradoras un tanto magullada mientras se peleaba con otros enfebrecidos consumidores que no querían quedarse atrás en la lucha por conseguir lectores de DVD al increíble precio de ¡29 dólares!…

En cualquier caso por mucho que algunos encuentren admirable el golpe de autoridad de Oliver Cromwell prohibiendo celebrar unas fiestas que para ellos son un fastidio por las más diversas razones -nostalgia de no poder celebrarlas con seres queridos que  ya no están, sufrimiento derivado de verse obligados a celebrarla con seres nada queridos…- deberíamos todos tener presente que el viejo Noll fue un dictador, que gracias al poder que había reunido en sus manos merced a unas tropas fanatizadas -el llamado “Ejército de los Santos” sobre el que se reconstruyó el “New Model Army” con el que el Parlamento aplastó la resistencia monárquica- se impuso sobre todos aquellos que se habían levantado en armas contra un rey despótico, aniquilando muchas de las libertades respetadas incluso por ese monarca de tendencias absolutistas y abortando en embrión las de otros grupos combatientes en aquellas épicas guerras civiles, gentes que esperaban que toda esa sangre vertida fuera para convertir a Inglaterra primero, y al resto del Mundo después, en un lugar donde el sufrimiento de muchos no fuera la base del bienestar de unos pocos.

Incluso informes tan técnicos como los que envía el embajador español en Londres en esas fechas, permiten percibir la desagradable cara que se oculta tras la supuesta virtud y rectitud del que esos documentos -hoy en el Archivo General de Simancas- llaman “el teniente general Cromwell”. El mismo que, tal y como lo reflejan esas hojas de manera verdaderamente cruda, disuelve definitivamente el Parlamento por medio de la fuerza armada bajo su mando.

Y por si a alguien le quedan dudas de lo que había realmente detrás de la recta virtud del viejo Noll, quizás la lectura de un magnífico libro titulado en español “El mundo trastornado” y firmado por otro historiador británico, Christopher Hill, les ayudará a comprender mejor la manera en la que cuando se empieza prohibiendo cosas como las Navidades o tomarse unas pintas de cerveza un domingo a la mañana, se acaba por prohibir y perseguir todo.

Incluidas compañías tan simpáticas como la de los llamados “ranters” (literalmente “los deliradores”, “los que deliran”), un grupúsculo de los muchos que surgen en la Inglaterra de aquella época convulsa con un programa de vida verdaderamente hedonista, que pasaba por disfrutar de la existencia cuanto fuera posible y de actuar de acuerdo a la máxima de vivir y dejar vivir. Un benéfico programa que, como señalaba, un preocupado Christopher Hill, tal vez de haberse llegado a imponer en la Inglaterra que acabó bajo el puño de hierro del viejo Noll, hubiera dado lugar a un mundo menos desgraciado en muchos aspectos que el que vino tras el triunfo en Inglaterra de aquellos que creían que la solución perfecta para todo era, para empezar, prohibir todo lo que no les gustaba por razones a veces un tanto estrambóticas y perjudiciales para muchos. Excepto para una minoría bastante difícil de aguantar en sus febriles pretensiones de virtud y restricción de lo que gentes como los “ranters” tan sólo consideraban impulsos humanos, muy humanos, y, después de todo, mucho más benéficos que, por ejemplo, masacrarse sobre un campo de batalla.

Ese posible triunfo de los “ranters” sobre los puritanos fue, de hecho, algo que no estuvo tan lejos de ocurrir, teniendo en cuenta que incluso el hijo de Cromwell, Richard, era proclive a esa clase de ideas u otras muy similares. Hasta el punto de renunciar en 1660 a sustituir a su padre en el cargo de Lord Protector, que, muy previsoramente y a pesar de haber renunciado a hacerse coronar rey, no había dudado en nombrarlo sucesor.

Pero del bueno de Richard Cromwell y de su buen criterio quizás podamos hablar otro día, recordando, por ejemplo, lo que decía Voltaire de él y de su decisión de renunciar a eso por lo que otros mienten, engañan, estafan, incluso matan… Es decir: el poder absoluto.

Hoy tal vez será mejor que todos meditemos sobre si, pese a todos sus defectos, eso de prohibir las Navidades podría ser una buena idea, habida cuenta de quién fue realmente, y qué hizo, el hombre que se atrevió a prohibirlas: Oliver Cromwell, teniente general de los ejércitos del Parlamento inglés, Lord Protector, dictador…